domingo, 1 de mayo de 2011

Lunes de la segunda semana de Pascua: Jesús nos invita a nacer de nuevo, a una vida de la gracia, de hijos de Dios.


Lunes de la segunda semana de Pascua: Jesús nos invita a nacer de nuevo, a una vida de la gracia, de hijos de Dios.

Hechos (4,23-31): “Puestos en libertad, fueron a reunirse con los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos. Después de escucharlos, hicieron todos juntos, en voz alta, esta oración a Dios: «Soberano Señor, tú eres el Dios que has hecho el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos; el que por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran a una contra el Señor y su Mesías. Así ha sido. En esta ciudad, Herodes y Poncio Pilato se confabularon con los paganos y gentes de Israel contra tu santo siervo Jesús, tu Mesías, para hacer lo que tu poder y tu sabiduría habían determinado que se hiciera. Ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra, y extiende tu mano para curar y obrar señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús». Acabada su oración, tembló el lugar en que estaban reunidos, y quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y anunciaban con absoluta libertad la palabra de Dios”.

-Una vez libres, Pedro y Juan volvieron junto a sus hermanos. Después del milagro de la curación del tullido, Pedro y Juan pasaron una noche en la cárcel. ¡El primer Papa en la cárcel! por haber curado a un enfermo y haber anunciado la resurrección de Jesús. Ahora también algunos abogados querrían meterlo en la cárcel con motivo de su viaje a Inglaterra… Te ruego Señor, por todos los que están «encarcelados» por haber dado testimonio de su fe... por todos los que tienen dificultad en ser testigos, porque el ambiente en que viven es opresivo y constituye a su alrededor algo así como una cárcel que les impide vivir y anunciar a Jesucristo.

Los hermanos elevaron la voz hacia Dios: "¿Por qué esa agitación de las naciones?" El primer reflejo de esa «comunidad de hermanos» es orar. No es un grupo humano ordinario, es un grupo que se sitúa delante de Dios. Inmediatamente, dilucidan la situación en la que viven -¡un arresto de dos de los suyos!- por medio de la Palabra de Dios. El suceso vivido es confrontado a esa Palabra: eso es orar... ver nuestras cosas con ojos de Dios.

«¿Por qué esas naciones en tumulto, y esos vanos proyectos de los pueblos? «Se levantaron los reyes de la tierra contra el Ungido del Señor. «Pero Dios, desde el cielo se sonríe. "Os anuncio el decreto del Señor: Tú eres mi Hijo... te doy en herencia las naciones!" ¡Qué valentía y audacia debieron sacar de tales plegarias!

-Efectivamente, en esta ciudad se han aliado Herodes, Poncio Pilato y los pueblos paganos con Israel... La aplicación concreta es también inmediata, y sin inquietarse por preocupaciones diplomáticas. Son pobres. No tienen nada que perder. Se atreven a enfrentarse al Poder político y religioso dominante. -Ten en cuenta, Señor, sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con valentía. Hacía poco que este mismo Pedro temblaba de miedo ante unas criadas del sumo sacerdote. Y ahora se halla rebosante de audacia y valentía. Ser apóstol no requiere tener cualidades excepcionales, ni competencias extraordinarias. Ninguno de los apóstoles tiene instrucción. Concede, Señor, a todos los cristianos, a todos los bautizados que sepamos dar testimonio en todos los ambientes en los cuales vivimos.

-Acabada su oración todos quedaron llenos del Espíritu Santo. Este estribillo se repite continuamente en los primeros tiempos de la Iglesia. Es el tiempo del Espíritu. Es el fruto de la resurrección. ¡Señor, elévanos! ¡Señor, envía tu soplo sobre nuestras vidas! ¡Señor, llénanos de tu Espíritu! y danos la gracia de serle fieles. En este tiempo pascual, haznos descubrir la devoción al Espíritu Santo. El espíritu va unido a la plegaria: «acabada su oración...» Concédenos la perseverancia en la oración para llenarnos del Espíritu. -Entonces predicaron la Palabra de Dios. El apostolado, la evangelización, se derivan de ello. No hay conflicto en ellos entre «contemplación» y «acción». Pasan sin interrumpir de la oración a la proclamación del Evangelio (Noel Quesson).

Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad cristiana ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la primera oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y acentúa una mayor unión de sentimientos y el recurso a Dios, que escucha la súplica de la Iglesia reunida. En la acción eucarística, al hacer presente la actuación salvífica de Dios en Cristo, pedimos y recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de manifestar en el testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras. San Agustín habla muchas veces sobre la oración y sus cualidades y eficacia: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos mal, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Mal, con poca fe y sin perseverancia, o con poca humildad. Mal, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros».

Sea lo que sea lo que nos pase a nosotros -podemos perder la libertad e ir a parar a la cárcel- lo que pedimos es que la Palabra nunca se vea maniatada. Que pueda seguirse anunciando la Buena Noticia del Evangelio a todos. Si para ello hacen falta carismas y milagros, también los pedimos a Dios, para que todos sepan que se hacen en el nombre de Jesús. El temblor del lugar de la reunión se interpreta en la Escritura como asentimiento de Dios: Dios escuchó la oración de aquella comunidad. Los llenó de su Espíritu, como en un renovado Pentecostés. Y así pudieron seguir predicando la Palabra, a pesar de los malos augurios de la persecución.

Ojalá supiéramos interpretar y «rezar» nuestra historia desde la perspectiva de Dios. Por ejemplo, a partir de los salmos. Los salmos que rezamos y cantamos se cumplen continuamente en nuestras vidas. Con ellos no hacemos un ejercicio de memoria histórica. Cuando los rezamos pedimos a Dios que salve a los hombres de nuestra generación, alabamos a Dios desde nuestra historia, meditamos sobre el bien y el mal tal como se presentan en nuestra vida de cada día, protestamos del mal que hay ahora en el mundo, no por el que existía hace dos mil quinientos años. Como la primera generación aplicaba el salmo 2 a su historia (y el salmo 21, a Cristo en la cruz: ¿por qué me has abandonado?), nosotros los tendríamos que hacer nuestros, con su actitud de alabanza, de súplica o de protesta. Una oración así da intensidad y a la vez serenidad a nuestra visión de la historia, la eclesial, la social, la personal. Otra lección que nos da la comunidad de Jerusalén: ¿tenemos ese amor a la evangelización que tenían ellos? ¿Estamos dispuestos a ir a la cárcel, o soportar algún fracaso, o entregar nuestras mejores energías para que la Buena Nueva de Cristo Jesús se vaya extendiendo en nuestro entorno? ¿Andamos preocupados por nuestro bienestar, o por la eficacia de la evangelización en medio de este mundo a veces hostil?

Dios ha constituido a su Hijo en Señor y Mesías de todo lo creado. ¿Podrá alguien oponerse al Plan de salvación de Dios? Dios nos ha unido a su propio Hijo como se unen la Cabeza y los demás miembros del cuerpo. Dios nos ha constituido en la prolongación de la encarnación de su Hijo, para que, a través de la historia, la Iglesia sea la responsable de hacer que la salvación llegue a todas las naciones, hasta el último rincón de la tierra. La Iglesia vive en medio de tribulaciones y persecuciones dando testimonio de su Señor, muerto y resucitado para que seamos perdonados de nuestros pecados y tengamos vida nueva. Su Señor le ha prometido a su Iglesia que los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. ¿Podrá alguien oponerse al Plan de Dios sobre nosotros? Por eso vivamos confiados en el Señor, pues Él hará que su Iglesia reine, junto con su Hijo, eternamente.

El Evangelio (Juan 3,1-8) nos dice que “había entre los fariseos un hombre importante, llamado Nicodemo. Una noche fue a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque nadie puede hacer los milagros que Tú haces si no está Dios con él». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? ¿Es que puede volver al seno de su madre y nacer de nuevo?». Jesús respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañe que te diga: Es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va; así es todo el que nace del Espíritu»”.

A partir de hoy, durante todo el Tiempo Pascual, leeremos el evangelio de Juan. Empezando durante cuatro días por el capítulo tercero, el diálogo entre Jesús y Nicodemo. El fariseo, doctor de la ley, está bastante bien dispuesto. Va a visitar a Jesús, aunque lo hace de noche. Sabe sacar unas conclusiones buenas: reconoce a Jesús como maestro venido de Dios, porque le acompañan los signos milagrosos de Dios. Tiene buena voluntad. Es hermosa la escena. Jesús acoge a Nicodemo. A la luz de una lámpara dialoga serenamente con él. Escucha las observaciones del doctor de la ley, algunas de ellas poco brillantes. Es propio del evangelista Juan redactar los diálogos de Jesús a partir de los malentendidos de sus interlocutores. Aquí Jesús no habla de volver a nacer biológicamente, como no hablaba del agua del pozo con la samaritana, ni del pan material cuando anunciaba la Eucaristía. Pero Jesús no se impacienta. Razona y presenta el misterio del Reino. No impone: propone, conduce. Jesús ayuda a Nicodemo a profundizar más en el misterio del Reino. Creer en Jesús -que va a ser el tema central de todo el diálogo- supone «nacer de nuevo», «renacer» de agua y de Espíritu. La fe en Jesús -y el bautismo, que va a ser el rito de entrada en la nueva comunidad- comporta consecuencias profundas en la vida de uno. No se trata de adquirir unos conocimientos o de cambiar algunos ritos o costumbres: nacer de nuevo indica la radicalidad del cambio que supone el «acontecimiento Jesús» para la vida de la humanidad. El evangelio, con sus afirmaciones sobre el «renacer», nos interpela a nosotros igual que a Nicodemo: la Pascua que estamos celebrando ¿produce en nosotros efectos profundos de renacimiento? El día de nuestro Bautismo recibimos por el signo del agua y la acción del Espíritu la nueva existencia del Resucitado. Celebrar la Pascua es revivir aquella gracia bautismal. La noche de Pascua, en la Vigilia, renovamos nuestras promesas bautismales. ¿Fueron unas palabras rutinarias, o las dijimos en serio? ¿Hemos entendido la fe en Cristo como una vida nueva que se nos ha dado y que resulta más revolucionaria de lo que creíamos, porque sacude nuestras convicciones y tendencias? Nacer de nuevo es recibir la vida de Dios. No es como cambiar el vestido o lavarse la cara. Afecta a todo nuestro ser. Ya que creemos en Cristo y vivimos su vida, desde el Bautismo, tenemos que estar en continua actitud de renacimiento, sobre todo ahora en la Pascua: para que esa vida de Dios que hay en nosotros, animada por su Espíritu, vaya creciendo y no se apague por el cansancio o por las tentaciones de la vida (J. Aldazábal).

El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. En el Ofertorio rezamos: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno». El buen fariseo, Nicodemo, se muestra abierto, reconocido ante Jesús, pero no expresa su modo de pensar. Jesús se lo descubre: mira, entrar en el Reino es cambiar de raíz en el modo de pensar y sentir. Hay que nacer de nuevo, según el Espíritu. ¿Tú quieres ser ‘hombre nuevo’? En la Entrada decimos: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9). Jesús manifiesta a Nicodemo el misterio del bautismo, como nuevo nacimiento a la vida divina y como entrada en el Reino de Dios. Todo está relatado en orden al Bautismo. Comenta San Juan Crisóstomo: «En adelante nuestra naturaleza es concebida en el cielo con Espíritu Santo y agua. Ha sido elegida el agua y cumple funciones de generación para el fiel... Desde que el Señor entró en las aguas del Jordán, el agua no produce ya el bullir de animales vivientes, sino de almas dotadas de razón, en las que habita el Espíritu Santo». Y San Agustín: «No conoce Nicodemo otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la paternidad que engendra para la muerte, no de paternidad que engendra para la vida. Existen dos nacimientos; mas él sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad... Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir».

En un diálogo íntimo, Nicodemo le pregunta a Jesús por su misión. Jesús le contesta: es preciso nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo completamente nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo. Estas palabras constituyen un horizonte sin límites para todos los cristianos que queremos dejarnos llevar dócilmente por las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. La vida interior no consiste solamente en adquirir una serie de virtudes naturales o en guardar algunas formas de piedad. Tenéis que despojaros del hombre viejo según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada, decía San Pablo a los Efesios. Es una transformación interior, obra de la gracia en el alma y de nuestra mortificación de la inteligencia, de los recuerdos y de la imaginación. Así como la imaginación puede ser de gran ayuda en la vida interior, para la contemplación de la vida del Señor, podría convertirse en “la loca de la casa” si nos arrastra a cosas vanas, insustanciales, fantásticas y aun prohibidas. Su sometimiento a la razón se consigue con mortificación.

Dejar suelta la imaginación supone, en primer lugar, perder el tiempo, que es un don de Dios. Cuando no hay mortificación interior, los sueños de la imaginación giran frecuentemente alrededor de los propios talentos, de lo bien que se ha quedado en determinada actuación, en la admiración que se despierta alrededor, lo que lleva a perder la rectitud de intención y a que la soberbia tome cuerpo. Otras veces la imaginación juzga el modo de actuar de otros y lleva por lo tanto a cometer faltas internas de caridad, porque lleva a emitir juicios negativos y poco objetivos: sólo Dios lee la verdad de los corazones. Vale la pena que hoy examinemos cómo llevamos esa mortificación interior de la imaginación, que tanto ayuda a mantener la presencia de Dios y a evitar muchas tentaciones y pecados. La mortificación de la imaginación no está en la frontera del pecado, sino en el terreno de la presencia de Dios, del Amor. Purifica el alma y facilita que aprovechemos bien el tiempo dedicado a la oración; nos permite aprovechar mejor el tiempo en el trabajo, haciéndolo a conciencia, santificándolo; nos permite vivir la caridad al estar pendiente de los demás. La imaginación purificada nos ayuda en el trato con Dios porque nos ayuda a meditar las escenas del Evangelio y a meternos en él como un personaje más. Imitemos a la Santísima Virgen, que guardaba todas estas cosas –los sucesos de la vida del Señor- y las meditaba en su corazón (Francisco Fernández Carvajal).

El tiempo pascual es un tiempo de plenitud: la resurrección de Jesús ha revelado su "ser' profundo... su misterio divino. Era bastante natural, en este momento del año, colocar el evangelio que ha ido más lejos en la contemplación de la "Persona" de Jesús. El tema fundamental de san Juan podría expresarse así: El Hijo único de Dios se ha encarnado y ha sido entregado por el Padre al mundo a fin de revelar y comunicar a los hombres las riquezas misteriosas de la vida divina. Ser bautizado, es renacer. Es como si todo volviera a empezar. Es una resurrección. Un nuevo ser. Señor, haz que yo renazca, nuevo cada día. -Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. "Nacido de la carne"... "Nacido del Espíritu..." Dejo resonar en mí esta oposición. Yo sé lo que es la "carne": es la naturaleza humana con sus posibilidades y sus límites... es una maravilla frágil. Adivino lo que es el "Espíritu"... es la potencia divina. Desde mi bautismo, habita en mí el Espíritu de Dios. Yo he "nacido del Espíritu". ¿Pero es realmente verdad que soy "espiritual", que soy "espíritu"? ¿Qué exigencias debería tener esto en mi vida cotidiana? -El viento sopla donde quiere. Oyes su voz. Pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo hombre nacido del Espíritu. En griego, la misma palabra "pneuma" designa a la vez el "viento" y el "espíritu". La imagen es sugestiva: Jesús subraya el carácter "misterioso, invisible, difícil de controlar, del viento. No se sabe de dónde viene ni adónde va. Estar bautizado es ser conducido por ese soplo divino invisible. ¿Acepto yo que sea Dios, el Espíritu, quien me impulse hacia adelante, quien me conduzca "no sé adónde"? "El viento sopla donde quiere." ¡Vivir con lo invisible! "Lo esencial es invisible para los ojos", escribía A. Saint-Exupery en el "Pequeño Príncipe". -No te maravilles si te he dicho: "Es preciso renacer." Sí, es una novedad radical... un "hombre divinizado", un hombre animado de una vida superior, un hombre participante actualmente de la vida divina. Es conveniente hallar de vez en cuando el tiempo para pensar en ello, para realizar esta vida de verdad: la oración, tiempo privilegiado de empalmar con el Espíritu (Noel Quesson).

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