viernes, 5 de agosto de 2011

La Transfiguración de Jesús nos prepara para la Cruz y la Gloria

Mateo 17,1-9:

La Transfiguración de Jesús nos prepara para la Cruz y la Gloria

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

Ciclo A




Su rostro resplandeció como el sol

Lectura del Profeta Daniel, 7,9-10. 13-14.

Miré y vi que colocaban unos tro
nos.
Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus
ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo vi, en una visión nocturna, venir una especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su
presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 96, 1-2. 5-6. 9

R/. El Señor reina

altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina, la tierra goza;


se alegran las islas innumerables.Tiniebla y nube lo rodean,Justicia y Derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten cómo cera
ante el dueño de toda la tierra.Los cielos pregonan su justiciay todos los pueblos contemplan su gloria.

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,encumbrado sobre todos los dioses.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 1

7,1-9.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a

Pedro, a Santiago y a su hermano

Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.

Se transfiguró delante de ellos y siu rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron, blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

-Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moi

sés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

-Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto

Jesús se acercó y tocándolos les dijo:

-Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos no vieron a nad

ie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

-No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

Comentario: Los teólogos medievales hablaban de

la manifestación del Misterio en la car

ne humana de Jesús. Este plan secreto de Dios, como dice san Pablo (cf., p.ex., Col 1,26; Ef 3,5.9), era tan escondido que, cuando Jesús lo entreabre, Pedro lo rechaza y debe ser reprendido, como leemos en el día de hoy en este año 2009 en lo que tocaría leer en la lectura continuada, y Jesús contesta: "Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!" Justamente en estas lecturas salen las dos piedras, la de Moisés que brota agua (aunque dudó la primera vez) y la de Pedro que Jesús (verdadero Moisés y guía) proclama, y que es una piedra que duda… su fortaleza vendrá no de su poder, sino de la gracia de Dios, a pesar de su debilidad. El relato de la Transfiguración forma un bloque con la confesión de Pedro, el anuncio de la pasión, la reacción de Pedro, la increpación de Jesús y la llamada al seguimiento: "el que pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc 9,24). La Transfiguración es el broche de este conjunto. Y la garantía en la que todo se sustenta se encuentra en las palabras que se oyen desde la nube: "Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle". Sí: la gloria de Dios resplandece en la faz del Hijo del hombre, del crucificado. Moisés y Elías, gloriosos, conversaban con Jesús, "hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén". Y fue precisamente entonces cuando "Pedro y sus compañeros vieron su gloria". La escenografía, las palabras de la nube, la increpación de Jesús a Pedro (que concuerda con la respuesta de Jesús a la tercera tentación, según Mt 4,10) relacionan este texto con el del bautismo (que enlaza con la escena de la tentación). Si entonces la voz del cielo proclamaba a Jesús Hijo amado ("Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto": Lc 3,22), ahora la voz de la nube dice imperativamente a los discípulos que lo escuchen ("Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle"). "Para que sobrellevasen el escándalo de la cruz", comenta el prefacio de hoy (Josep M. Totosaus).

Comentario: Los teólogos medievales hablaban "de mys

1. Dn 7,9-10.13-14. La visión de las cuatro bestias y el "hijo del hombre" es la escena del juicio divino. -Siguiendo la línea del cap. 2, este cap. 7 nos habla de la sucesión de diversos imperios en el devenir histórico bajo el símbolo de cuatro bestias que salen del mar, fuerza caótica y morada de seres hostiles a la divinidad. -La liturgia nos tiene acostumbrados a recortar los textos bíblicos del A.T. Pero como nosotros nos preocupamos más de la intelección del texto que de la mera duración temporal, propongo leer todo el cap.: vs. 1-14, visión, y vs. 15-28, explicación. - Según la concepción mítica, el océano del que surgen las bestias es morada de potencias hostiles a la divinidad. Y de esta concepción mítica se hace eco la Biblia para presentarnos el mar como algo hostil, caótico... del que surgen las cuatro bestias que representan cuatro imperios. El león alado es Nabucodonosor, monarca de Babilonia (cfr. cap. 2): cortadas las alas de su soberbia puede razonar, comportarse como hombre. El oso, medio erguido, representa a Media, animal feroz siempre dispuesto a atacar y nunca satisfecho. El leopardo o pantera, con cuatro cabezas y cuatro alas, simboliza al imperio persa con su gran agilidad para apoderarse de todo el mundo. La cuarta fiera no es identificable, pero es más feroz que las demás. Los dientes de hierro pueden hacer alusión a Alejando Magno y al imperio griego; los diez cuernos aludirían a los sucesores de Alejandro y el cuerno más pequeño sería el perverso Antíoco, quien vence a los otros tres cuernos para hacerse con el poder. -Las cuatro fieras se suceden en la historia, pero no han sido capaces de mejorar a la humanidad. Por eso es necesario un juicio universal. El anciano es el mismo Dios, con un vestido blanco como símbolo de victoria y de poder; el fuego que de él brota ejecuta la sentencia, sentándose sobre un trono (=tribunal) para juzgar a la vez a todas las potencias de nuestra historia. Por su gran perversidad la última bestia es consumida por el fuego, a las otras tres se les arrebata el poder, pero pueden continuar existiendo. -En los vs. 13-14 aparece "como un hombre", es decir, una figura humana, un ser no divino que contrasta con las bestias ya descritas y a quien se le concede todo el poder y autoridad que antes poseía Nabucodonosor; su reino no tendrá fin. (A. Gil Modrego).

La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y de ángeles, como Señor. Los libros simbolizan que Dios tiene presentes todas las acciones de los hombres (cf Jr 17,1; Ml 3,16; Sal 56, 9; Ap 20,12). El que viene en las nubes del cielo “como un hijo del hombre” y al que, tras el juicio, se le da el reino universal y eterno, es la antítesis de las bestias. No ha surgido del mar tenebroso como aquéllas, ni tiene aspecto terrible y feroz, sino que ha sido suscitado por Dios –viene en las nubes-, y lleva en sí la debilidad humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frene a las bestias a las que está llamado a dominar (cf Sal 8). Tal figura representa al “pueblo de los santos del Altísimo” (7,27), el Israel fiel. Hijo del hombre que fue entendido como Mesías persona en el judaísmo en tiempo de Jesús (Libro de las parábolas de Henoc); pero tal título sólo se une a los sufrimientos del Mesías y a su resurrección de entre los muertos cuando Jesús se lo aplica a Sí mismo (Biblia de Navarra): “Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16,23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3,13; cf Jn 6,62; Dn 7,13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20,28; cf Is 53,10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf Jn 19,19-22; Lc 23,39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2,36)” (Catecismo 440). Y la Iglesia cuando proclama que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se dio el imperio: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla)” (Catecismo 664).

Es el comienzo de la segunda parte del libro de Daniel. Después de los relatos relativos a Daniel y sus compañeros, encontramos ahora las visiones de Daniel, clasificadas según un orden cronológico análogo al de los relatos. Esta es la primera visión, un sueño simbólico con las cuatro fieras y el Hijo del Hombre (vv. 2-14), lo que será explicado por un ángel posteriormente (vv. 15-28). Se quiere presentar a Dios como señor del tiempo y de la historia. Para evocar su presencia el lenguaje de la fe recurre a representaciones simbólicas donde subsisten los vestigios de antiguas mitologías despojadas de su lado negativo: Dios es presentado como un anciano sin edad rodeado de una corte de servidores. Dios queda velado pero se reconoce su presencia y su acción en la historia del hombre. Apocalipsis de consuelo y coraje. No hay asesor para Dios. El solamente juzga. En el NT, será el Hijo del Hombre el que se constituirá en juez, asistido por los ángeles (Mt 25,31) y descrito con los rasgos del anciano de Dn 7 (Ap 1,13-14). Cristo prometerá a sus discípulos participar en esta función judicial (Mt 19,28; Lc 22,30). Hay aquí subyacente toda una concepción de la historia de pecado. Todo conduce hacia un juicio final, hacia un gran discernimiento histórico. Aquí se inscriben todas las pruebas que el pueblo de Dios pasará en cualquier tiempo a causa de su fe. El rechazo o aceptación del reino se convertirá en un motivo de discernimiento en el momento último.

v. 13: "una especie de hombre".- Lit.: "un hijo de la humanidad". El simbolismo del hombre se opone aquí al de los monstruos que le han precedido: su venida entre las nubes lo sitúa en un contexto de divinidad. Tenemos aquí una influencia clara de las teofanías del AT en las que Dios aparece en la nube (cf Ex 34, 6; Lev 16, 2; Num 11, 25). La tradición judía posterior lo identificará con el mesías (Parábolas de Enoc, 46), lo que se justifica en un contexto cultural en el que todo grupo se incorpora, de alguna manera, a su jefe. La liturgia, en la misma línea, ve en este Hombre a aquel, que constituye la esperanza del creyente. De ahí que este pasaje, aplicado al triunfo de Jesús, sea también un mensaje de esperanza. El triunfo de este Hijo de Hombre lleva al creyente a ver reflejada en él su aspiración personal. Así, incluso en el mismo libro de Daniel, se comienza a esbozar el triunfo en categorías de resurrección. El desarrollo ulterior de la revelación no se contentará con mantener esta doctrina. Encontrará un marco muy apropiado para hacer inteligibles la muerte y la resurrección de Jesús. Una prefiguración y una base para comprender la significación de la transfiguración (Eucaristía 1978).

2. Salmo del Reino de Dios. Una vez más, Israel invita a la "tierra entera", comprendidas también, las "islas lejanas" (para un judío terreno por excelencia, las islas son símbolo de lo que está lejos, perdido en el mar, ¡allá!). Y esta invitación, es una convocación para venir a celebrar una fiesta de la "realeza" de Dios. Es una invitación a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey. La grandeza de Dios es proclamada mediante títulos como estos: "¡Yahveh es rey!"... "¡Señor de la tierra!" "Altísimo sobre toda la tierra!"... "¡Santísimo!". Esta grandeza divina se manifiesta en una teofanía, igual que en el Sinaí: ¡la tempestad, las tinieblas y las nubes los relámpagos, el fuego, las montañas que tiemblan y se funden como la cera! Esta "manifestación" sensible de Dios, que "aparece" en medio de fuerzas cósmlcas no controlables por el hombre, provoca dos resultados antitéticos:

-Los falsos dioses, los ídolos, las "vanidades", las nadas... Desaparecen ante el rostro del único verdadero Dios: monoteísmo feroz: "¡de rodillas todos los dioses!"

-Los fieles a este Dios, los justos, los "Hassidim", están alegres y de fiesta, pero a una condición, la de renunciar al mal. Moralidad feroz también "¡odiad el mal!" La religión de Israel no es una religión de medias tintas, o de actitudes color de rosa: hay que escoger el propio bando. "¡Ay de los servidores de los ídolos!" ·Chouraqui, judío de origen, más sensible que nosotros al juego de palabras del hebreo traduce así: "¡petrificados, los esclavos de la estatua!"

"El Señor es rey". "Venga tu Reino, así en la tierra como en el cielo". Sabemos la pasión de Jesús por su Padre. Entregó su vida al Reino. Sin embargo, Jesús, siendo el Hijo de Dios, evitó deliberadamente todo destello divino durante el tiempo de su Encarnación. Las "teofanías", de las cuales estaban ávidos los judíos en los tiempos de Jesús (formados en ello por los salmos de ese género), Jesús las rechazó sistemáticamente: "ellos pedían a Jesús un signo bajado del cielo... De hecho, no será dado a esta generación otro signo que el signo de Jonás. Los dejó allí y se marchó". (Mt 16,1-4). En comparación con el Antiguo Testamento, el Evangelio es discreto. Sin embargo en la Transfiguración, citan los evangelios un signo teofánico: "vino una nube luminosa y los cubrió con su sombra" (Mt, Mc y Lc). Igualmente, al anunciar su gloria durante el juicio ante el Sanedrín, Jesús recurre a este lenguaje bíblico: "Veréis venir al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64; Ap 1,7).

San Pablo cita este salmo, hablando de la Encarnación como una entronización real: "Cuando Dios presentó su primogénito al mundo dijo: "de rodillas ante El todos los ángeles (los dioses)" (Heb 1,6). Pero es sobre todo la Parusía de Jesús, su última venida gloriosa, la que se asemeja más a este salmo: "Cuando venga glorioso, sobre su trono de gloria, todas las naciones estarán reunidas ante El... Como el relámpago que se ve brillar de Oriente a Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre... (Mt 24,27-31). Entonces, los "justos" se asociarán a este triunfo como lo dice el salmo. Estas son las palabras de San Pablo: "fortificados por su glorioso poder, con alegría dad gracias al Padre que os concede tener parte en la herencia de los santos en la luz: El nos libró del poder de las tinieblas y nos condujo al Reino de su amado Hijo"... (Col 1,11-12) Observemos finalmente que Pentecostés asoció a la venida del Espíritu Santo, "la tempestad", y "el fuego" (Hch 2,2-3).

Delante de Dios. El Dios ante quien estoy es viviente. Cinco veces, en este salmo, somos invitados a estar "delante" de Dios. Lenguaje muy elocuente. El hombre, en el fondo, no tiene existencia autónoma: su ser no lo tiene por sí mismo... El está solamente "delante" de Dios. ¡El es! Yo soy, solamente "delante" de El.

El fuego símbolo de Dios. "Delante de él va el fuego y quema a los enemigos que lo rodean... Sus relámpagos iluminan la tierra... Las montañas se derriten como cera"... Estaríamos fuera de lugar, en el siglo XXI, al considerar infantiles estas imágenes. Hacen referencia ciertamente, a un viejo fondo mítico (confrontar el mito de Prometeo, vencido cuando trató de dominar el fuego de los dioses). Sin embargo la ciencia moderna, si bien nos ha enseñado a dominar un poco el fuego, nos ha revelado que vivimos sobre ciclones de fuego: el corazón de la tierra es un fuego temible que aflora a veces en los volcanes. El universo es un ensamblaje fantástico de "bolas de fuego", los astros. Nuestro sol es una enorme y permanente explosión atómica, a la que nadie, jamás se acercará... sin desaparecer, sin "ser consumido" dice el salmo. En este grandioso y aterrador universo de fuego, una mano creadora ha preparado un espacio tibio, en que la vida pueda existir, el planeta tierra. Sí, Dios nos ha permitido "ser delante" de El. Nos ha dado un espacio, un tiempo... para existir. Haríamos el ridículo pretendiendo pasar por astutos ante Dios.

¡Odiad el mal! El hombre moderno utiliza frecuentemente el lenguaje del combate. La Biblia también. Este salmo no es ni mucho menos de tranquilidad. En mí, alrededor de mí, debo luchar contra el mal. La palabra es fuerte: debo "arrancarme" del poder del mal, con la ayuda de Dios. La alegría brilla para el justo. Esta imagen de siembra atempera la violencia de las otras imágenes: Jesús la utiliza preferentemente. Más que el resplandor de un relámpago, el Reino de Dios es una "semilla", destinada a crecer lentamente. La luz y la alegría de Dios sembradas en la humanidad, crecen poco a poco... ¡Hay que creerlo! Israel, a la merced de las naciones paganas que lo rodeaban seguía creyendo que una "luz fue sembrada" (Noel Quesson).

«El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. El gran mandamiento: ¡Alegraos! Esencia y resumen de todos los demás mandamientos. Ama y adora, sé justo y amable, ayuda a los demás y haz el bien. En una palabra, alégrate, y haz que los demás se alegren. Logra en tu vida y muestra en tu rostro la felicidad que viene de servir al Señor. Alégrate con toda tu alma en su servicio. Sé sincero en tu sonrisa y genuino en tu reír. Trae la alegría a tu vida, y que ello sea señal y prueba de que estás a gusto con Dios y con su creación, con los hombres y la sociedad: en eso consisten la ley y los profetas. Alégrate de corazón. El Señor está contigo.

«Lo oye Sión y se alegra. Se regocijan las ciudades de Judá por tus sentencias, Señor». Esa es la ley de Sión y la regla de Judá. Regocijaos y alegraos. Con eso demostraréis que el Señor es vuestro Dios y vosotros sois su pueblo. Alegría en las personas y alegría en el grupo. Ese es el camino de la virtud, el secreto de la fortaleza, la llamada a todos los hombres para que vengan y vean y reflexionen sobre la elección de Israel y el poder de su Dios. El poder de hacer que su pueblo se alegre. La virtud de la alegría es virtud difícil. Y es difícil, porque ha de ser genuina y profunda para merecer el nombre, y no es fácil obtener alegría auténtica en un mundo de penas. Necesito fe, Señor; necesito una visión larga y una paciencia duradera; necesito sentido del humor y ligereza de ánimo y, sobre todo, necesito me asegures que a través de todas las pruebas de mi vida privada y de la historia de la humanidad, dentro de mí mismo, allí en el fondo de mi alma, estás tú con toda la fuerza de tu poder y la ternura de tu amor. Con esa fe puedo vivir, y con esa fe puedo sonreír. El don de la alegría es la flor de tu gracia en la aridez de mi alma. Gracias por la alegría que me das, Señor; gracias por el valor de sonreír, el derecho a la esperanza, el privilegio de mirar al mundo y sentirme contento. Gracias por tu amor, por tu poder y por tu providencia, que son el fundamento inamovible de mi alegría diaria. Alegraos conmigo todos los que conocéis y amáis al Señor. «Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre» (Carlos G. Vallés)

A Ruperto de Deutz -como antes a otros escritores- la meditación de la primera estrofa le sugiere el éxodo de los judíos por el desierto y la teofanía del Sinaí. "¿Quién, pues, podría ser este guía del viaje, sino Aquél que es para nosotros camino, Jesucristo, el Hijo de Dios? Columna de fuego porque es verdadero Dios y columna de nube, porque es verdadero Hombre. Durante el tiempo que duró la noche, sólo permanecía la columna de fuego; pero cuando despierta el día de la gracia y el tiempo de la misericordia, el fuego se convierte en nube. El que es Dios se hace Hombre. De este modo, resulta ser incluso un sol de fuego más intenso todavía: es sol de justicia, brillante en pleno día, porque es fuego revelador.

Sin embargo, a fin de que nuestra mirada fuera capaz de contemplarlo, ha venido en la nube: Dios ha venido en la carne para convivir con los hombres... El verdadero Sol, la fuente de la Luz, viene todo El a nosotros en la nube de su Carne. Y este sol, aún cubierto incluso por la nube, difunde más claridad, que, antaño, la columna de fuego en la noche."

La Carta a los Hebreos, partiendo de la traducción griega de los Setenta, refiere este versículo a Cristo, afirmando que, en el momento de la Encarnación, el Padre dice: "Que le adoren todos los Ángeles de Dios." Los Ángeles, a los que podemos contemplar adorando al Señor al instante siguiente del 'fiat' de la Virgen, cuando el Verbo se hizo carne, se aprestaron también a su servicio en las circunstancias más significativas de su vida terrena. De hecho, la alegría de Jerusalén se manifiesta en la segunda parte del salmo con el verbo “alegrarse” que da unidad al conjunto de la composición. La invitación a la alegría que recorre el salmo culmina en la que el ángel desea a la Virgen María al anunciarle la concepción y el nacimiento de Jesús (Lc 1,28). La Virgen escucha palabras semejantes a las que el profeta Sofonías dirigía a Jerusalén la hija de Sión (So 3,14-15) porque ella es la que representa al pueblo fiel y justo que siente la alegría de la llegada del Reino de Dios.

En la agonía de Gethsemaní, Jesús se deja confortar por un Ángel, por una criatura. Es el abismo de humildad que hay en Cristo. Él, -prosigue la Epístola- "tras realizar la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; hecho tanto más superior a los Ángeles, cuanto más se eleva sobre ellos el nombre que heredó." La realeza de Cristo, de la que está hablando todo el salmo, se extiende, por tanto, no sólo a los pueblos de la tierra, sino también a los Ángeles.

Es fácil descubrir en esta estrofa, con la ayuda de la tradición, una profecía de la segunda venida de Cristo. Venida precedida de grandes cataclismos cósmicos: Los montes se derretirán como cera ante el dueño de toda la tierra y todos los pueblos contemplarán su gloria (v. 6). Pero el Señor ha prometido a los suyos: "os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría." Para los justos y rectos de corazón amanecerá entonces el gran día de la luz y del gozo se alegrarán con el Señor y celebrarán su santo Nombre (Félix Arocena / Biblia de Navarra).

Juan Pablo II comentaba así el salmo de esa alegría pascual: “El Salmo comienza con una solemne proclamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo "pascual". Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús.

(…) Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos: las nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos. Además de estos, otra serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto (cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5), como ya cantaba el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios (v 6), mientras los "enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza irresistible del juicio del Señor (cf v 3).

Después de la teofanía del Señor del universo, este salmo describe dos tipos de reacción ante el gran Rey y su entrada en la historia. Por un lado, los idólatras y los ídolos caen por tierra, confundidos y derrotados; y, por otro, los fieles, reunidos en Sión para la celebración litúrgica en honor del Señor, cantan alegres un himno de alabanza. La escena de "los que adoran estatuas" (cf. vv. 7-9) es esencial: los ídolos se postran ante el único Dios y sus seguidores se cubren de vergüenza. Los justos asisten jubilosos al juicio divino que elimina la mentira y la falsa religiosidad, fuentes de miseria moral y de esclavitud. Entonan una profesión de fe luminosa: "tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses" (v. 9). (…) El profeta Malaquías declaraba: "Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3, 20). (…) El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo" (Libro de los misterios de Qumrân)”.


3. El astronauta Jeff Hoffman, durante su misión de abril de 1985, leyó desde el espacio este pasaje del surrealista Daumel, escrito en la década de los veinte: "No se puede permanecer en la cumbre eternamente; hay que descender de nuevo. Por eso, ¿qué sentido tiene preocuparse por el primer puesto? Precisamente por eso. Lo que está arriba no sabe lo que está abajo, pero lo que está abajo no sabe lo que está arriba. Uno escala, ve, desciende. Luego, ya no ve nada más.

Pero ha visto. Hay un arte de conducirse a sí mismo en las regiones bajas por el recuerdo de lo que uno ha visto en las regiones altas. Cuando no se puede ver ya, se puede seguir sabiendo, por lo menos, que existen las cosas de arriba".

Totalmente de acuerdo. Es importante haber visto, saber que existen las cosas de arriba. Aunque ya no se vean. Creo que este texto de Daumel nos sirve para interpretar el mensaje de la Transfiguración” (María Luisa Brey), que en la liturgia romana forma parte del itinerario hacia la Pascua. Hoy vemos el camino del hombre hacia Dios y el de Dios hacia el hombre: Dios llama al hombre -Abrahán (1a lectura) y a nosotros (2a lectura)- con una vocación santa, hacia una bendición misteriosa. Él es, ahora, quien presenta a los hombres a Jesucristo, su Hijo, el amado, su predilecto, para que le escuchen y le sigan, y sean así partícipes de su gloria. “Yo no soy flor nacida para todos los vientos / ni camino perdido para todos los pasos. / Yo no soy pluma suelta de destinos y acasos / arrojada a los aires cual despojo maldito. / Yo he nacido a la sombra de un mandato infinito, / de un misterio fecundo, / donde en letras de estrellas mi sendero está escrito. / Yo he venido a la vida con un nombre bendito. / Yo no soy hospiciano de las patrias del mundo” (así hablaba José María Pemán de la vocación).

El salmo es una súplica serena que contempla ambos aspectos del itinerario: el amor de Dios que acompaña al hombre en su itinerario de búsqueda, y la acción de Dios hacia el hombre liberándole de la muerte, fundamento de nuestra esperanza. El prefacio nos muestra la transfiguración del Señor vinculada al nexo pasión-resurrección: la revelación de la gloria de Jesús es clave de comprensión de su muerte; nos muestra también el carácter pascual del misterio de la salvación. El tema está preparado con la lectura de estos días, cuando vemos a los profetas que en su fracaso se realiza su eficacia: el grano de trigo ha de morir para tener fruto, como Jesús: la "kénosis: "...actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz" (Flp 2, 7-8). En el escarnio de la cruz, muestra su realeza. También se ve el relato de hoy anunciado en las tentaciones del desierto: "Si eres Hijo de Dios..." se decía entonces. A esta insidia da respuesta la transfiguración: Sí, "¡éste es mi Hijo!". Es el anuncio de la respuesta que será la resurrección (Pere Tena).

“En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después.» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exaltación» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz”, señala Ratzinger-Benedicto XVI, a quien seguimos a partir de ahora. Hay dos grandes fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkoí), que dura una semana. La confesión que Pedro hizo del Señor pudo tener lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el trasfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sancta sanctórum del templo. La confesión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. “Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna”.

Las fiestas judías tienen tres dimensiones: “proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fiestas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la historia alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la reconciliación de toda la creación”. Estas tres dimensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

Según Juan Evangelista, “los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos litúrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida”, y así vemos la fiesta de las tiendas como trasfondo de las tiendas que quiere montar Pedro en la transfiguración.

El trasfondo es también Éxodo 24, con la subida de Moisés al monte Sinaí, clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se dice: «La nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube» (Ex 24, 16). Tanto Moisés como los Profetas hablan todos de Jesús.

2. En el relato de la transfiguración, “se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9,2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia”.

El monte es un símbolo: lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; es también “liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona”.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29). “La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí... no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Pero su luz viene de Dios, de haber hablado con Él, y le hace resplandecer. “Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz”.

Las vestiduras de Jesús también hablan de nosotros. “En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz”.

Aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. “Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación— de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas”. Es lo que explicó Jesús a los de Emaús: cómo hablaban de su pasión los profetas.

“Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras bajan del «monte alto». Jesús habla con ellos de su futura resurrección de entre los muertos, lo que presupone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al respecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 9-13). Jesús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y completa la imagen que se habían hecho de todo ello. Identifica al Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el camino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efectivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías”. La esperanza en la salvación y la pasión van de la mano, dando una novedad revolucionaria con el Cristo que padece, esto nos muestra que “la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resucitado”.

3. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «... no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5). Palabras pronunciadas en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. Se relaciona el comentario con Éxodo 33, 7ss, donde se describe cómo Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). “Por tanto, Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo”. Pero es mucha más directa la relación con la fiesta de las Tiendas: pueden confluir en un texto del Evangelio varias fuentes proféticas: “tanto la exégesis judía como la paleocristiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándose unas a otras”. Así habla “el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin duda todavía conocidas y se las reinterpretaba en el contexto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mismo carácter tridimensional que caracteriza —como ya hemos visto— a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación definitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la marcha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas”. Las Tiendas eran recuerdo de la protección divina en el desierto, y una prefiguración de donde los justos vivirían al llegar el mundo futuro (por tanto tenían un significado escatológico). «La epifanía de la gloria de Jesús —dice Daniélou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas»; así Pedro reconocería en su éxtasis «que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad... La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico». Pero luego, “al bajar del monte Pedro debe aprender a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración —ser luz en virtud del Señor y con Él— comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión”.

Así adquiere un nuevo sentido el Prólogo de Juan, cuando el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14): El Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando el tiempo mesiánico, como dice Gregorio de Nisa a propósito de esta fiesta: «Pues la verdadera fiesta de las Tiendas, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamente por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118, 27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana».

Entonces, «se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7). La nube sagrada, “el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11). Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración”. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios. Ahora hay una nueva proclamación de la Ley, en Jesús: «Escuchadlo»; como dice Hartmut Gese: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma». “Con esto concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo»”. El contenido del relato de la transfiguración es irrupción y comienzo del tiempo mesiánico, y con esta visión podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye: «Y añadió: "Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios"» (9, 1). Se refieren a la Transfiguración. Se les promete que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder». “En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dynamis) del reino que llega en Cristo”.

Pero esto no era todo, reclama otro tipo de poder, cuando el que es vulnerable será Rey, como Pablo dice: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—, poder (dynamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1, 23s). El poder de asumir toda la flaqueza y el dolor que abruma a la humanidad, para poderla divinizar y, será cuando llegue el Espíritu Santo, o quizá más tarde… cuando entiendan eso de resucitar de entre los muertos.

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