sábado, 20 de agosto de 2011

San Mateo 16,13-20: La respuesta de la fe en Jesús, ante la manifestación de la infinitud del amor y la misericordia de Dios


San Mateo 16,13-20:
La respuesta de la fe en Jesús, ante la manifestación de la infinitud del amor y la misericordia de Dios

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

Lectura del Profeta Isaías 22,19-23. Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna

SALMO RESPONSORIAL 137,1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc: R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; / delante de los ángeles tañeré para ti. / Me postraré hacia tu santuario, / daré gracias a tu nombre.

Por tu misericordia y tu lealtad, / porque tu promesa supera a tu fama. / Cuando te invoqué me escuchaste, / acreciste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde / y de lejos conoce al soberbio. / Señor, tu misericordia es eterna, / no abandones la obra de tus manos.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 11,33-36. ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva? El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 16,13-20. En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: -Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Comentario: 1. Por el año 700 a. C., el pequeño reino de Judá se hallaba comprometido políticamente por las dos grandes potencias beligerantes de la época: Egipto y Asiria. Aunque el piadoso rey Ezequías (716-687), aconsejado por el profeta Isaías, confiaba más en Dios que en las alianzas con los pueblos vecinos y en las intrigas de Egipto contra los asirios, había en Jerusalén un partido que buscaba la guerra contra los dominadores del Norte. Entre estos "halcones" se encontraba sin duda el primer ministro o mayordomo de Ezequías, Sobna.

Es verdad que a este mayordomo parece que el cargo se le había subido a la cabeza, pues se ha construido un palacio y un mausoleo excavado en la roca (v. 16) y se pavonea por las calles paseando en su carroza como si fuera un rey (v. 18); pero Isaías dirige su crítica a Sobna, y su amenaza, sobre todo porque fomenta las alianzas con los extranjeros y favorece la guerra, porque confía más en su política que en el poder salvador de Dios. El "poder de las llaves", es decir, el poder de administrar el tesoro del palacio real y de regular el acceso del pueblo ante el rey, se confería simbólicamente con la entrega de las llaves del palacio. El mayordomo las llevaba ostensiblemente colgadas del hombro, entre otras cosas debido también a su tamaño (“Eucaristía 1990”).

La posición del nuevo mayordomo será firme como la estaca o clavija en la que se ata el tirante mayor que sostienen toda la tienda de campaña. Así estará firme Eliacín, como corresponde al que ha de ser el apoyo del palacio real y su adelantado de cara al pueblo. Se anuncia también que la posición de Eliacín será motivo de honra para toda su familia; en él se asentará la gloria de su estirpe.

Seguidamente el profeta compara a este mismo Eliacín a un clavo en la pared, del que cuelgan demasiados cacharros, hasta el punto de no poderlos aguantar y venirse con todos abajo. Es una alusión al nepotismo que ejercería más tarde Eliacín y que se supone fue motivo de su ruina. Diríase que el poder corrompe; al uno le llevó al militarismo, y al otro al nepotismo (“Eucaristía 1990”).

En un primer plano se trata de sustituir un funcionario indigno por otro digno. Es el Señor quien elige y hace cesar, quien concede y quita todo poder, quien ejecuta el rito de la investidura... Aunque cualquier ser humano pueda ocupar un cargo en la institución de Dios, el Señor sigue siendo el dueño de esa institución, pudiendo deponer y poner a otro en el cargo. El "funcionario" (=cualquier cargo en la institución) está para servir y no para aprovecharse del cargo y así labrarse sepulcros que perpetúen su memoria.

-En un segundo plano, el texto se abre a una lectura mesiánica: sólo el Mesías cumplirá plenamente con la exigencia de su elección. Él será el mayordomo de la casa del Padre, él poseerá autoridad para abrir y cerrar, para admitir y expulsar. Él da arraigo a la gran tienda donde acampamos, camino de la morada definitiva. Él se sentará en el trono como rey y juez. En todo cumplirá la misión encomendada al servicio de los hombres: ésa es su gloria. Y no necesitará labrarse ningún mausoleo porque la gloria de su sepulcro es haber quedado vacío (A. Gil Modrego).

2. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!"… y este Dios "trascendente" mira a los humildes con predilección. Prodigio de lo infinitamente grande, ante lo infinitamente pequeño… es la grandeza del amor, la "Hessed", sentimiento que llega hasta las entrañas. La palabra aparece dos veces en este salmo. Si es amor, Dios da la vida, Dios salva. Dios está contra todo lo que hace daño, su mano se abate contra los enemigos del hombre", su mano "protege al pobre rodeado de peligros"... ¡Que tu "mano", Señor, no deje incompleta su obra! Y este mensaje va destinado un día a todos los hombres. "Te alabarán, todos los reyes de la tierra, cuando oigan las palabras de tu boca". Los reyes representan a su pueblo; a través de ellos, todos los pueblos darán gracias a Dios, en el día escatológico del Mesías. ¡Admirable visión universal!

Nada cuesta poner este salmo en boca de Jesús, quien "dijo" este salmo, dándole una dimensión de oración personal. La suya… ¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16).

Acción de gracias. Sentimiento dominante del alma de Jesús, una especie de exultación sonora, íntima, que sin cesar, afloraba a sus labios: "te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños" (Mt 11,25). Aun los milagros, a menudo, los hacía con una oración de alabanza: "tomó los siete panes y los peces, dio gracias, y los repartió..." (Mt 15,36). El instante cumbre de su vida, su "hora", como decía el mismo Jesús, fue una celebración de acción de gracias, que nos pidió repetir "en memoria suya": "tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Y con la copa hizo lo mismo después de la comida" (Lc 22,19-20).

El amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por El. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.

Podemos meditar con motivo de estas palabras el redescubrimiento de la "adoración". Mientras más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!

El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por El! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Jn 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.

Nuestras "eucaristías" son la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!

"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson).

«El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Sé que tienes planes sobre mí, Señor, que has comenzado tu trabajo y que quieres llevar a feliz término lo que has comenzado. Eso me basta. Con eso descanso. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. Has prometido que lo acabarás. Gracias, Señor. Tú mismo hablaste con reproche del hombre que comienza y no acaba: del labrador que mira hacia atrás a mitad del surco, del aparejador que deja la torre a medias, sin acabar de construir. Eso quiere decir que tú, Señor, no eres así. Tú trazas el surco hasta el final, acabas la torre, llevas a buen fin tu trabajo. Yo soy tu trabajo. Tus manos me han hecho, y tu gracia me ha traído adonde estoy. No eludas tu responsabilidad, Señor. No me dejes en la estacada. No repudies tu trabajo. Se trata de tu propia reputación, Señor. Que nadie, al verme a mí, pueda decir de ti: «Comenzó a construir y no pudo acabar». Lleva a feliz término lo que en mí has comenzado, Señor. Tú me has dado los deseos; dame ahora la ejecución de esos deseos. Tú me invitaste a hacer los votos; dame ahora fuerza para cumplirlos. Tú me llamaste para que me pusiera en camino hacia ti; dame ahora determinación para llegar. ¿Por qué me llamaste, si luego no ibas a continuar llamándome? ¿Por qué me hiciste salir, si no tenías intención de hacerme llegar? ¿Por qué me diste la mano, si luego me ibas a soltar a mitad de camino? Eso no se hace, Señor... Estoy en pleno trajinar, y siento la dificultad, el cansancio, la duda. Por eso me consuela pensar en la seriedad de tus palabras y la solidez de tu promesa. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Esa declaración me da esperanza cuando me fallan las fuerzas, y ánimo cuando se acobarda mi fe. Yo puedo fallar, pero tú no. Tú te has comprometido en mi causa. Y tú cumples tu promesa hasta el final. Permíteme expresar mi fe en una oración, mi propia convicción en una humilde plegaria, con las palabras que tú me has dado y que me deleitan al pronunciarlas: «¡Señor, no dejes por acabar la obra de tus manos!» (Carlos G. Vallés).

3. Rm 11,33-36. Dios es un misterio insondable que nos sobrepasa, a pesar de que al mismo tiempo nos penetra por todas partes. "¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!". Recuerda aquello de: "Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros" (Is 55,9). ¿Quien no ha experimentado, alguna vez, la grandeza de Dios? (J. Totosaus). Los judíos fueron los primeros en obedecer, pero después desobedecen; los y paganos, que empezaron por desobedecer, terminaron obedeciendo (vv.30-31;cf. Mt 21,28-32). Pero, dominando este ir y venir y dando la clave de todo ello está la misericordia de Dios (v. 32), que permite a cada hombre pasar por el pecado con el fin de experimentar la vanidad de su voluntad propia y abrirse a la gracia del amor divino, única salida posible a la situación en que estaba envuelto el hombre (Maertens-Frisque). Así proclamamos la “feliz culpa” -canta la Iglesia en el pregón pascual refiriéndose al primer pecado- que nos merece la redención porque quita nuestra soberbia; es el valor “terapéutico” del pecado, bien aprovechado con él la gracia divina nos hace mejores… (es toda la doctrina de Rom 8 según la que todo es para bien para los que Dios ama, ya comentado en otro lugar). Aquí –continuando el argumento del domingo anterior- Pablo ha desarrollado su pensamiento en torno al problema de la desobediencia de Israel al evangelio de Jesucristo. Un día, al final de los tiempos, también la misericordia divina se manifestará a los judíos, pues Dios ha querido encerrarnos a todos, judíos y gentiles, en la desobediencia, para tener de todos los pueblos una misma misericordia. Pablo concluye este capítulo y este tema alabando una misma misericordia y la generosidad de Dios, la insondable misericordia divina. Por unos caminos inescrutables, Dios conducirá a Israel a la salvación prometida. Y esto es motivo de admiración y de alabanza para el creyente. El misterio de la salvación está por encima de toda sabiduría humana, excede todo conocimiento humano. Insondable es su generosidad, pues da antes de recibir nada y salva simplemente porque quiere y es bueno. La salvación es un misterio que excede también todas las exigencias de la humana voluntad. Dios está por encima del conocimiento y de la voluntad humana; es un misterio de gracia (“Eucaristía 1987”).

4. Mt 16, 13-20 (paralelos: Mc 8, 27-30; Lc 9, 18-21). En el texto de hace dos domingos escuchábamos de labios de los discípulos el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios (Mt 14. 33). Es el mismo reconocimiento que escuchamos hoy de labios de Simón. Este reconocimiento distingue al discípulo de la gente. "¿Quien dice la gente... quién decís vosotros que soy yo?" Mateo sigue operando con la división claramente introducida a partir del capítulo de las parábolas. El reconocimiento de Simón adquiere la condición de fundamento o cimiento sólido. A esta condición debe Simón su sobrenombre de Pedro. Algo del juego de palabras del texto griego puede percibirse también en castellano: Pedro-piedra. Sobre este cimiento, consistente en el reconocimiento de la identidad divina de Jesús por el hijo de Jonás, se levanta la comunidad o pueblo creyente. Por tratarse de un cimiento sólido, el edificio construido sobre él ofrece totales garantías: "el poder del infierno no la derrotará" (aquí “infierno” es la traducción de “hades" empleado en el texto griego. En la mitología clásica el hades es la mansión de los muertos, el lugar de la muerte, equivalente al "sheol" de los judíos). El edificio es inexpugnable a la destrucción y a la muerte. Esta misma idea de la consistencia de un edificio construido sobre cimientos sólidos (cf. Mt 7,25).

Nosotros también hemos de dar una respuesta a una pregunta sobre Jesús. "¿Quién decís que soy yo?". Es el “laboratorio de la fe” del que hablaba Juan Pablo II en su penúltima Jornada de los jóvenes, la del milenio, en Roma: ““Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Jesús plantea esta pregunta a sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo. Simón Pedro contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). A su vez el Maestro les dirige estas sorprendentes palabras: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17). ¿Cuál es el significado de este diálogo? ¿Por qué Jesús quiere escuchar lo que los hombres piensan de Él? ¿Por qué quiere saber lo que piensan sus discípulos de Él? Jesús quiere que los discípulos se den cuenta de lo que está escondido en sus mentes y en sus corazones y que expresen su convicción. Al mismo tiempo, sin embargo, sabe que el juicio que harán no será sólo el de ellos, porque en el mismo se revelará lo que Dios ha derramado en sus corazones por la gracia de la fe. Este acontecimiento en la región de Cesarea de Filipo nos introduce, en cierto modo, en el “laboratorio de la fe”. Ahí se desvela el misterio del inicio y de la maduración de la fe. En primer lugar está la gracia de la revelación: un íntimo e inexpresable darse de Dios al hombre; después sigue la llamada a dar una respuesta y, finalmente, está la respuesta del hombre, respuesta que desde ese momento en adelante tendrá que dar sentido y forma a toda su vida. Aquí tenemos lo que es la fe. Es la respuesta a la palabra del Dios vivo por parte del hombre racional y libre. Las cuestiones que Cristo plantea, las respuestas de los Apóstoles y la de Simón Pedro, son como una prueba de la madurez de la fe de los que están más cerca de Cristo… (y después de hablar de la respuesta de Tomás, ya después de la resurrección, la otra gran confesión de la mesianidad de Jesús, añade): Cada uno de vosotros puede encontrar en sí mismo la dialéctica de preguntas y respuestas que hemos señalado anteriormente. Cada uno puede analizar sus propias dificultades para creer e incluso sentir la tentación de la incredulidad. Al mismo tiempo, sin embargo, puede también experimentar una progresiva maduración de la convicción consciente de la propia adhesión de fe. En efecto, siempre en este admirable laboratorio del espíritu humano, el laboratorio de la fe, se encuentran mutuamente Dios y el hombre… Queridos amigos, también hoy creer en Jesús, seguir a Jesús siguiendo las huellas de Pedro, de Tomás, de los primeros Apóstoles y testigos, conlleva una opción por Él y, no pocas veces, es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente para seguir al divino Maestro, para seguir “al Cordero a dondequiera que vaya” (Ap 14,4). No por casualidad, queridos jóvenes, he querido que durante el Año Santo fueran recordados en el Coliseo los testigos de la fe del siglo XX. Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero sí ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día. Estoy pensando en los novios y su dificultad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio. Pienso también en los matrimonios jóvenes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad. Pienso, asimismo, en las relaciones entre amigos y en la tentación de deslealtad que puede darse entre ellos. Estoy pensando también en el que ha empezado un camino de especial consagración y en las dificultades que a veces tiene que afrontar para perseverar en su entrega a Dios y a los hermanos. Me refiero igualmente al que quiere vivir unas relaciones de solidaridad y de amor en un mundo donde únicamente parece valer la lógica del provecho y del interés personal o de grupo. Así mismo, pienso en el que trabaja por la paz y ve nacer y estallar nuevos focos de guerra en diversas partes del mundo; también en quien actúa en favor de la libertad del hombre y lo ve aún esclavo de sí mismo y de los demás; pienso en el que lucha por el amor y el respeto a la vida humana y ha de asistir frecuentemente a atentados contra la misma y contra el respeto que se le debe. Queridos jóvenes, ¿es difícil creer en un mundo así? En el año 2000, ¿es difícil creer? Sí, es difícil. No hay que ocultarlo. Es difícil, pero con la ayuda de la gracia es posible, como Jesús dijo a Pedro: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17). Esta tarde os entregaré el Evangelio. Es el regalo que el Papa os deja en esta vigilia inolvidable. La palabra que contiene es la palabra de Jesús. Si la escucháis en silencio, en oración, dejándoos ayudar por el sabio consejo de vuestros sacerdotes y educadores con el fin de comprenderla para vuestra vida, entonces encontraréis a Cristo y lo seguiréis, entregando día a día la vida por Él. En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna. Queridos jóvenes, para estos nobles objetivos no estáis solos. Con vosotros tenéis a vuestras familias, a vuestras comunidades, a vuestros sacerdotes y educadores y a tantos de vosotros que, en lo oculto, no se cansan de amar a Cristo y de creer en Él. En la lucha contra el pecado no estáis solos: ¡muchos como vosotros luchan y con la gracia del Señor vencen! Queridos amigos, en vosotros veo a los “centinelas de la mañana” (cf. Is 21,11-12) en este amanecer del tercer milenio. A lo largo del siglo que termina, jóvenes como vosotros eran convocados en reuniones masivas para aprender a odiar, eran enviados para combatir los unos contra los otros. Los diversos mesianismos secularizados, que han intentado sustituir la esperanza cristiana, se han revelado después como verdaderos y propios infiernos. Hoy estáis reunidos aquí para afirmar que en el nuevo siglo no os prestaréis a ser instrumentos de violencia y destrucción; defenderéis la paz, incluso a costa de vuestra vida si fuera necesario. No os conformaréis con un mundo en el que otros seres humanos mueren de hambre, son analfabetos, están sin trabajo. Defenderéis la vida en cada momento de su desarrollo terreno; os esforzaréis con todas vuestras energías en hacer que esta tierra sea cada vez más habitable para todos. Queridos jóvenes del siglo que comienza, diciendo “sí” a Cristo decís “sí” a todos vuestros ideales más nobles. Le pido que reine en vuestros corazones y en la humanidad del nuevo siglo y milenio. No tengáis miedo de entregaros a Él. Él os guiará, os dará la fuerza para seguirlo todos los días y en cada situación. Que María Santísima, la Virgen que dijo “sí” a Dios durante toda su vida, que los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y todos los Santos y Santas que han marcado el camino de la Iglesia a través de los siglos, os conserven siempre en este santo propósito”.

Pedro es el portavoz de la fe de la Iglesia primitiva, como sus sucesores continúan siéndolo. Más que en formulaciones, la fe es vivencia, respuesta a esta pregunta: de cada día y de siempre: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", para ser “firmes en la verdadera alegría" (Colecta). Él tiene palabras de vida eterna, es fuente de alegría. Sólo en él se encuentra la perfecta alegría, la verdadera. Fuera de él, las alegrías son inconsistentes e inestables, como todas las realidades de este mundo en medio de las que nos movemos nosotros. Pero así como todas esas realidades derivan de él, son don suyo y nos lo muestran, así también todas las alegrías descienden de su fuente, son don de su bondad, pregustación de la alegría perfecta. Resulta agradable pensarlo durante las vacaciones, cuando todos somos más sensibles a las dimensiones festivas de la existencia (J. Totosaus).

El mundo de hoy se sigue haciendo la pregunta: "¿quién es Jesús?", sigue suscitando polémicas y conflictos, hasta que se ha ido fijando la fe católica: "Jesús es Dios y hombre verdadero". Gran misterio, pero no es algo teórico: nos sentimos interpelados por la pregunta de Jesús: ¿Qué decimos nosotros, qué dices tú, qué digo yo? Y mejor aún: ¿Qué dice nuestra vida, nuestras obras, nuestros proyectos, nuestras metas, nuestras intenciones? ¿Qué tiene que ver Jesús en nuestra vida? ¿Qué tiene que ver nuestra vida con el prójimo? Es ahí donde el Evangelio suena con fuerza. Con tal fuerza que no podemos sofocar esa pregunta. Porque esa respuesta es nuestra vida. Y en esa respuesta está la vida de todos los demás. De nuestra respuesta depende el futuro. Si nos sentimos cristianos, tenemos que responder, no podemos callar en un mundo injusto, no podemos encogernos de hombros ante el hambre, no podemos ser felices en medio de tanta pobreza e infelicidad. Tenemos que responder. Tenemos que dar la cara por Jesús, por el hombre, por todos y por cada uno (“Eucaristía 1990”).

Esta fe en Jesús va unida a la unión con la Iglesia, pues dice Jesús a Pedro que le da "las llaves del Reino". Es el cargo de mayor confianza; lo que él ate y desate, queda oficialmente convalidado. Todos sabemos que el auténtico poseedor de las llaves es Xto Jesús. El Ap (3. 7) habla de él, de Jesús, como el Señor, el que posee las llaves: él es el que abre y nadie puede cerrar; cierra y nadie puede abrir. Pero es el mismo Jesús el que transmite esa misión a Pedro. La otra imagen, de la roca sobre la que se construye el edificio, también se aplica radicalmente al mismo Cristo. Pero Pedro va a visibilizar este papel de fundamento sólido, precisamente por la profesión de fe que ha sabido hacer en nombre de los demás apóstoles. Hablando del "primado" de Pedro y de sus sucesores, hay que evitar el lenguaje exagerado, en clave de dominio o de poder. Es el portavoz de la fe de la Iglesia. Pero tampoco hay que minimizarlo, porque en el Evangelio es claro el valor que se le atribuye por voluntad del mismo Cristo. En la homilía habría que hacer un esfuerzo por presentar la figura del Papa en un lenguaje ajustado y constructivo. Pedro en la primera comunidad y el Papa como sucesor suyo a través de las generaciones, es el encargado de animar en la fe a sus hermanos, de confirmar su fidelidad en las dificultades, de ser el "pastor" de todos en nombre de Cristo como signo visible de Cristo-Pastor y Cristo-Cabeza de su Iglesia. Portavoz de la fe de los demás, guía de la comunidad en situaciones como la elección de Matías o el primer Concilio de Jerusalén, Pedro es en verdad el fundamento de la unidad y de la caridad en la Iglesia. Papa o Primado no significa el que domina, o el señor. El único Señor es Cristo Jesús. Significa más bien el servidor, el animador. Con una autoridad entendida al modo de Jesús: también él, siendo el Maestro y el Señor, lavó los pies a sus discípulos y se entregó totalmente por los demás. El nombre que recibe el Papa, de "servidor de los servidores" de Dios, es el que mejor traduce la intención de Jesús para su papel en la Iglesia. Visto desde la fe, el sentido del Papado es de importancia decisiva para la Iglesia y su dinámica. Es el servicio de la fe, de la caridad, de la unidad y de la misión de la comunidad de Cristo. La comunidad no "es del Papa", sino "de Cristo": pero es el Papa el que más urgentemente ha recibido la misión de animar, discernir, unir, confirmar en la fe a sus hermanos, en comunión con sus hermanos en el Episcopado. Es lo que entendemos cuando afirmamos que la Iglesia de Cristo, además de una y santa, es también "apostólica".

La lección que hoy nos da la Palabra es una respuesta a tantas posturas deficientes en relación al Papa. Desde los que sólo saben medir desde perspectivas humanas (ejercitando en exceso la crítica), hasta los que se guían para su aceptación o no del Papa a partir de sus ideologías, o los que en el fondo no aceptan la mediación eclesial en ninguno de sus niveles, ("yo creo en Dios... en Cristo... pero no en los curas": y esta vez los "curas" pueden representar todo lo que hay de mediación humana y ministerial en la salvación que Cristo nos ofrece). En la Eucaristía siempre recordamos al Papa y al propio Obispo. La celebramos en comunión con ellos. Pedimos al Señor que les "confirme en la fe y en la caridad", porque es precisamente en la fe y en la caridad como se edifica día tras día la comunidad eclesial. Este recuerdo de unidad en la Eucaristía debería traducirse en una actitud de respeto y comunión también en la vida, en la respuesta a su magisterio, en la visión de fe de su papel tal como lo ha querido Cristo. No se trata de una aceptación ciega, pero sí se trata de una postura desde la fe y desde el amor. Desde la confianza en Cristo y su Espíritu, que se sirven de los hombres para guiar a su Iglesia (J. Aldazábal).

Pedro recibe este bienaventuranza por boca de Jesús: "¡Dichoso tú, Simón!...” procuremos también nosotros sentir –en medio de las tormentas del mundo y de la vida- la felicidad de la fe en Jesús, que nuestro corazón vibre con este deseo de fe, al menos desear tener este deseo, desear realizar la experiencia de la felicidad de la fe. Es lo que podemos pedir hoy: Señor, ayúdanos a desear tener el deseo de seguir a Jesús, a desear sentir la felicidad de la fe en Jesús, corno los apóstoles, como Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Josep Hortet).

Así lo explicaba san Agustín: “¿Quién es Cristo? Preguntémoselo al bienaventurado Pedro. Cuando se leyó ahora el evangelio, oísteis que, habiendo preguntado el mismo Señor Jesucristo quién decían los hombres que era él, el Hijo del hombre, los discípulos respondieron presentando las opiniones de la gente: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Quienes esto decían o dicen no han visto en Jesucristo más que un hombre. Y si no han visto en Jesucristo más que un hombre, no hay duda de que no han conocido a Jesucristo. En efecto, si sólo es un hombre y nada más, no es Jesucristo. Vosotros, pues, ¿quién decís que soy yo?, les preguntó. Respondió Pedro, uno por todos, porque en todos está la unidad: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,13-16).

Aquí tienes la confesión verdadera y plena. Debes unir una y otra cosa: lo que Cristo dijo de sí y lo que Pedro dijo de Cristo. ¿Qué dijo Cristo de si? ¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Y ¿qué dice Pedro de Cristo? “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Une las dos cosas y así viene Cristo en la carne. Cristo afirma de sí lo menor, y Pedro de Cristo lo mayor. La humildad habla de la verdad, y la verdad de la humildad; es decir, la humildad de la verdad de Dios, y la verdad de la humildad del hombre. ¿Quién -pregunta-dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Yo os digo lo que me hice por vosotros; di tú, Pedro, quién es el que os hizo. Por tanto, quien confiesa que Cristo vino en la carne, automáticamente confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne. Diga ahora el arriano si confiesa que Cristo vino en la carne. Si confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne, entonces confiesa que Cristo vino en la carne. Si niega que Cristo es hijo de Dios, desconoce a Cristo; confunde a una persona con otra, no habla de la misma. ¿Qué es, pues, el Hijo de Dios? Como antes preguntábamos qué era Cristo y escuchamos que era el Hijo de Dios, preguntemos ahora qué es el Hijo de Dios. He aquí el Hijo de Dios: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1)”.


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