sábado, 23 de abril de 2011

Domingo de Pascua de Resurrección.

La muerte de Jesús no es el final, pues si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no valdría nada (San Pablo, 1 Cor 15,13-19). Ya decía Carlos Cardó (L'Evangeli d'avui, 1, Barcelona 1954, 263): "la resurrección es el más consolador de todos los dogmas. Sensa él, el dolor sería idiota, las penas de esta vida, sarcasmos crueles de una divinidad inhumana, la muerte, una immolación infecunda, destrucción por destrucción, imbecilidad de una caida sin rebote, de una siembra sin germinación. Y como el home necesita absolutamente una prenda de inmortalidad para dar sentido a su vida, para ver una salida al sufrimiento Jesucristo, en toda su predicación, afirmó insistentemente la idea de la inmortalidad dada por él... todo esto, habría quedado desmentido sin su resurrección... si Cristo no hubiera resucitado, el Cristianismo habría muerto en germen, como una impostura”.

Jesús habla a sus discípulos de “irse”: “voy a prepararos un lugar… y volveré y os llevaré a mi casa”. Y el día de la Ascensión nos dicen los ángeles: “este Jesús que habéis visto subir al cielo… volverá”. Y esta espera de Jesús que vuelve da una orientación a la vida cristiana, incluso en el arte: las iglesias se orientaban, es decir se dirigían hacia oriente; hacía donde se celebró la vida de Jesús, la eucaristía, su pascua, esperando que vuelva, el sol naciente, estamos así esperando al que sabemos que nos ama…rd de l'església que fa la eucaristia (acció de gràcies) tot esperant Jesús que torni, com el sol que ve, perquè ens estima.

No solo nosotros, toda la creación lo está esperando, lo hemos recordado esta noche santa: Desde el Génesis al Apocalipsis, toda la historia está orientada a la Pascua del Señor. Lo recordaba mi amigo Ricardo B. Mazza: La palabra de Dios nos ha permitido recorrer en esta noche santa los distintos pasos con los que Dios conduce la historia humana según su providente amor, buscando siempre el bien temporal y eterno del hombre. En el libro del Génesis el relato refiere a cómo el hombre es la creatura más amada por Dios, visualizado esto en el hecho de que antes de ser creado como varón y mujer, le prepara un paraíso brindándole de su abundancia divina todo lo que el ser humano necesita. Dios que no se arrepiente de sus dones y de su elección eterna elige a Abraham. A este hombre lo saca de su tierra y le promete que será el padre de un gran pueblo. Y a través del sacrificio de su hijo Isaac, que aparece como contradicción a la existencia de una descendencia prometida, quiere señalar el texto sagrado anticipadamente que será otro el sacrificio que salvará a la humanidad del pecado, el de Jesús. Por eso el sacrificio de Isaac será figura y anticipo del sacrificio de Cristo.

Y sigue la historia de salvación, ya que de Abrahán surge un gran pueblo, son los descendientes de los doce hijos de Jacob que viven y se multiplican en Egipto, y que concluyen siendo esclavizados.

Dios, que sólo quiere un pueblo libre, y que libremente lo sirva, suscita un salvador, Moisés -figura también de Cristo- que hace posible el Éxodo liberador de los elegidos. Él marcha a la cabeza del pueblo que aprisa huye de Egipto, y lo saca de la esclavitud atravesando el Mar Rojo, figura del bautismo que permite salir de la muerte a la vida. El faraón, figura del espíritu del mal, persigue al pueblo elegido. El mismo texto sagrado muestra que Dios está con aquellos que confían en su Palabra, y por eso este ejército poderoso se desbarata y sucumbe bajo las aguas del mar embravecido, mientras el pueblo llega a la otra orilla, -preludio de la tierra prometida- cantando alabanzas a Dios.

Pero este pueblo pareciera que no se cansa de ser infiel a Dios, coqueteando con el mal se aleja del Señor.

Y Dios, que conoce esa situación y que siempre es fiel, le anuncia que vuelva a Él, renovando la alianza quebrantada. Y así, el profeta Baruc les dirá que es necesario volver a la sabiduría que han perdido por no seguir el camino de Dios, para que no se diga que la gloria que han alcanzado, la de ser elegidos de antemano, la han perdido porque Dios se la ha dado a otro pueblo, extranjero. Palabras que se cumplen como lo escuchamos en la oración después de la lectura, cuando Dios entrega la “gloria” de Israel, es decir, la predilección por los elegidos, al nuevo pueblo, la Iglesia fundada por Cristo. Baruc deja la puerta abierta para que el mismo pueblo pueda volver al Señor, ya que conoce lo que le agrada, retornando a su única sabiduría.

El profeta Ezequiel seguirá insistiendo, llamando a la conversión para que el pueblo de Israel siga siendo el elegido. Lo reunirá de entre las naciones, haciendo esto no por esa comunidad desleal, sino para mostrar la santidad de su nombre profanado en medio de los paganos, para que conozcan los extranjeros que “Yo soy el Señor”.-

El Nuevo Pueblo elegido - destaca el apóstol San Pablo- ha de morir al pecado para renacer a la vida de la gracia, dejar el hombre viejo para revestirse del nuevo. Cambiar la Iglesia toda, el corazón y el espíritu, por la acción de Jesús, por y con quien hemos sido resucitado, para vivir como tales ante el Padre que nos ha elegido en su Hijo.

Ese Jesús, –escuchamos en el texto del Evangelio- que ya no se encuentra en la tumba, lugar donde las mujeres lo buscan.

”No está aquí a quien buscáis”, dicen los ángeles. Buscáis a un muerto, Cristo está vivo, por lo tanto este no es su lugar. El que vosotros creéis que está muerto, vive para siempre, para entregar al hombre una vida que no se termina, ya que el que cree en Él aunque muera vivirá para siempre.

El triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte ha de significar para nuestra vida no solamente una transformación aquí y ahora, en la que como Él debemos librarnos del pecado a la luz de la gracia, sino que toda nuestra vida, nuestro caminar, ha de estar siempre iluminado por el misterio de la resurrección.

Si Cristo ha resucitado tenemos la seguridad que la sociedad toda puede ser cambiada y transformada, para lo que es necesario que el ser humano continúe sus paso por esta vida abriéndose a la gracia de la redención viviendo como resucitado.

La sociedad no cambia si no lo hace el corazón humano. Y si estamos sumergidos en las tinieblas del pecado es porque no hemos actualizado en cada momento el misterio de la muerte y resurrección del Señor, comenzando una vida nueva.

En este tiempo pascual que hoy comenzamos seremos iluminados permanentemente por la luz de Cristo significada por el cirio pascual que como faro en medio de la noche de nuestra vida, nos guiará al buen puerto de la salvación y grandeza humana.

Abramos nuestro corazón, nuestra vida, dejándonos iluminar por el Señor. Que Él vaya cambiando el ser de cada uno de nosotros, transformando nuestra existencia, iluminados por una luz nueva para poder así iluminar a su vez al mundo y a nuestros hermanos con la esperanza de que todo puede ser renovado si es puesto en clave del Señor resucitado.

Domingo de Pascua de Resurrección. El Evangelio de Lucas nos dice que “el primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando las aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: "El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar." Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los once y a los demás. María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido”.

La muerte ha sido vencida sólo por el poder de Dios. Nuestro Credo no habla de una tumba vacía. No le interesa saber directamente que la tumba estuviese vacía, sino que Jesús hubiese yacido en ella. Es necesario también admitir que una comprensión de la Resurrección, tal y como se hubiese desarrollado a partir de la tumba vacía como concepto opuesto al de sepultura, no llega a abarcar el profundo mensaje del Nuevo Testamento. De hecho, Jesús no es un muerto retornado, como por ejemplo el joven de Naím o Lázaro, devueltos a la vida terrena, que concluiría después con una muerte definitiva. La Resurrección de Jesús no es una superación de la muerte clínica, que conocemos también hoy. Jesús, después de la Resurrección, pertenece a una esfera de la realidad que normalmente se sustrae a nuestros sentidos. Sólo así puede explicarse la irreconocibilidad de Jesús, narrada de forma concorde por todos los evangelios. Ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios. Tenemos, por tanto, que admitir que Jesús no era un muerto reanimado, sino vivo en virtud del poder divino, por encima de lo que es medible desde la física o la química. Pero también es cierto que, en realidad, aquella persona, aquel Jesús ajusticiado dos días antes, estaba vivo. Tal superación del poder de la muerte, precisamente donde ésta despliega su irrevocabilidad (es decir, la tumba), pertenece de forma central al testimonio bíblico. Quien cree en la resurrección del cuerpo no afirma un milagro absurdo, sino que afirma el poder de Dios, que respeta su creación, sin quedar ligado a la ley de la muerte. La superación de la muerte, su eliminación real y no simplemente conceptual, es aún hoy como entonces el deseo y el objeto de la búsqueda del hombre (Joseph Ratzinger, El camino pascual).

Sobre la mañana del domingo de Resurrección (según S. Juan 18,1-19,42)

Transcurrido el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús. Muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. Así comienza San Marcos la narración de lo sucedido aquella madrugada de hace dos mil años, en la primera Pascua cristiana.

Jesús había sido sepultado. A los ojos de los hombres, su vida y su mensaje habían concluido con el más profundo de los fracasos. Sus discípulos, confusos y atemorizados, se habían dispersado. Las mismas mujeres que acuden para realizar un gesto piadoso, se preguntan unas a otras: ¿quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? “Sin embargo, hace notar San Josemaría Escrivá, siguen adelante... Tú y yo, ¿cómo andamos de vacilaciones? ¿Tenemos esta decisión santa, o hemos de confesar que sentimos vergüenza al contemplar la decisión, la intrepidez, la audacia de estas mujeres?”. Cumplir la Voluntad de Dios, ser fieles a la ley de Cristo, vivir coherentemente nuestra fe, puede parecer a veces muy difícil. Se presentan obstáculos que parecen insuperables. Sin embargo, no es así. Dios vence siempre.

La epopeya de Jesús de Nazaret no termina con su muerte ignominiosa en la Cruz. La última palabra es la de la Resurrección gloriosa. Y los cristianos, en el Bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo: muertos al pecado y vivos para Dios. «¡Oh Cristo -decimos con el Santo Padre Juan Pablo II-, cómo no darte las gracias por el don inefable que nos regalas esta noche! El misterio de tu Muerte y de tu Resurrección se infunde en el agua bautismal que acoge al hombre viejo y carnal, y lo hace puro con la misma juventud divina» (Homilía, 15-IV-2001).

Hoy la Iglesia, llena de alegría, exclama: éste es el día que ha hecho el Señor: ¡gocémonos y alegrémonos en él! Grito de júbilo que se prolongará durante cincuenta días, a lo largo del tiempo pascual, como un eco de las palabras de San Pablo: puesto que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Poned todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra; porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

Es lógico pensar -y así lo considera la Tradición de la Iglesia- que Jesucristo, una vez resucitado, se apareció en primer lugar a su Santísima Madre. El hecho de que no aparezca en los relatos evangélicos, con las otras mujeres, es -como señala Juan Pablo II- un indicio de que Nuestra Señora ya se había encontrado con Jesús. «Esta deducción quedaría confirmada también -añade el Papa- por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe» (Audiencia, 21-V-1997). Al día siguiente de morir su Hijo, era sábado, y un día obligado de visita al Templo. Aún no había trascurrido una semana desde que Jesús entró triunfante --recibido como el Mesías esperado-- el Domingo de los Ramos en la Ciudad Santa. La «llena de gracia» rezaba con aquella gran esperanza en la Resurrección, el verdadero triunfo de su Hijo; Ella esperaba por todos los discípulos de su Hijo y por todos los hombres. Pero también vivía de fe, porque no sabía cuándo y cómo sucedería todo aquello. Los evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones del Resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de lo sucedido tras la Pascua durante cuarenta días. Más aún, es legítimo y razonable pensar que Jesús resucitado y glorioso se apareció antes que a nadie a su Madre. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro, ¿no podría ser un indicio de que ya se había encontrado con Jesús? Es algo, pues, comúnmente admitido que Jesús se apareció a su Madre -la primera quizá y a Ella sola- después de la Resurrección.

Supongo que sería un hacerse presente en su corazón, en la madrugada del domingo, con la indicación de esperar a que se hiciera presente a los miembros de la Iglesia, poco a poco. Fue una visita digamos “privada” de Jesús a su Madre…

Sólo María había conservado plenamente la fe, durante las horas amargas de la Pasión; por eso resulta natural que el Señor se apareciera a Ella en primer lugar.

Hemos de permanecer siempre junto a la Virgen, pero más aún en el tiempo de Pascua, y aprender de Ella. ¡Con qué ansias había esperado la Resurrección! Sabía que Jesús había venido a salvar al mundo y que, por tanto, debía padecer y morir; pero también conocía que no podía quedar sujeto a la muerte, porque Él es la Vida.

Una buena forma de vivir la Pascua consiste en esforzarnos por hacer partícipes de la vida de Cristo a los demás, cumpliendo con primor el mandamiento nuevo de la caridad, que el Señor nos dio la víspera de su Pasión: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Cristo resucitado nos lo repite ahora a cada uno. Nos dice: ámense de verdad unos a otros, esfuércense todos los días por servir a los demás, estén pendientes de los detalles más pequeños, para hacer la vida agradable a los que conviven con ustedes.

Pero volvamos al encuentro de Jesús con su Santísima Madre. ¡Qué contenta estaría la Virgen, al contemplar aquella Humanidad Santísima -carne de su carne y vida de su vida- plenamente glorificada! Pidámosle que nos enseñe a sacrificarnos por los demás sin hacerlo notar, sin esperar siquiera que nos den las gracias: que tengamos hambre de pasar inadvertidos, para así poseer la vida de Dios y comunicarla a otros. Hoy le dirigimos el Regina Caeli, saludo propio del tiempo pascual. Alégrate, Reina del cielo, aleluya. / Porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya. / Ha resucitado según predijo, aleluya. / Ruega a Dios por nosotros, aleluya. / Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. / Porque el Señor ha resucitado verdaderamente, aleluya.

A veces es útil hacerse preguntas. Y hoy, en este solemne y glorioso día de Pascua, al iniciar la gran fiesta de los cristianos -la gran fiesta de la fe- podría ser oportuno preguntarnos si sabemos exactamente lo que creemos. No quisiera ofender a nadie.

¿Que es el tiempo pascual? Pues para celebrarlo bien, es necesario que sepamos bien qué creemos. -¿Qué es ser cristiano? ¿El cristiano, es el hombre que cree en Dios? Sí, pero no es necesario ser cristiano para creer en Dios: hay millones de creyentes que no son cristianos (y no únicamente en países lejanos; también entre nosotros). ¿El cristiano, es aquel que cree en una vida que no termina con la muerte? Sí, pero tampoco es exclusiva nuestra creer en la pervivencia: también hay hombres que esperan otra vida sin ser cristianos.

¿El cristiano, es el hombre que cree en la necesidad de cierto tipo de comportamiento, basado en el amor, en la justicia, en la verdad...? Sí, pero -una vez más- debemos reconocer que no es necesario ser cristiano para creer en la exigencia de un camino de amor, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad... Hay muchos hombres -incluso no religiosos- que de hecho procuran vivir así.

Todas estas preguntas no definen lo que es nuestra fe. Pero tampoco basta decir que el cristiano es aquel que quiere inspirar su vida en la palabra y en el ejemplo de Jesús. Ciertamente, el cristiano -como dice la misma palabra- se define en relación, en referencia con Cristo. Pero para nosotros, Jesús no es únicamente un maestro, un ejemplo. Nuestra fe nos pide un paso más, un paso de una importancia -y no lo escondamos: de una dificultad- decisiva.

La pregunta sobre nuestra fe tiene una respuesta precisa y concreta: ser cristiano es creer en la resurrección de Jesús Salvador nuestro. Quien tiene esta fe -con todas sus consecuencias- es cristiano; quien no cree en la Resurrección, no puede llamarse cristiano (por más que pueda ser un hombre admirador de Jesús o un hombre religioso o un hombre justo). Ser cristiano no pide nada más ni nada menos que esto: creer que Jesús de Nazaret, después de seguir su camino de anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios, para ser fiel a ello hasta el extremo, aceptó el camino de la cruz con una fe, con un amor, con una esperanza total. Y que por ello Dios Padre le resucitó, es decir, le comunicó aquella plenitud de vida que Él había anunciado, constituyéndole así Señor -es decir, criterio y fuente de vida-, para todos los que creyeran en Él.

Pero hagamos un paso más. Hagámonos otra pregunta: ¿Cómo los que creemos en Jesús resucitado, vivo, vivimos nosotros vinculados a su vida? Y la respuesta será: la consecuencia de nuestra fe en Jesús vivo, es que nosotros creemos que su Espíritu -aquel Espíritu de Dios que dicen los evangelios que estaba en él- está en nosotros.

El tiempo de Pascua debe significar para los cristianos un progreso en esta fe en el Espíritu de Jesús que penetra, ilumina, fortalece, nuestro camino. Porque es gracias a que el Espíritu Santo está presente en mí, en ti, en cada uno de nosotros, que yo, tú, todos nosotros, estamos injertados, vinculados con JC resucitado.

El error de los cristianos muy a menudo es éste: nos lo queremos arreglar solos, porque olvidamos el Espíritu de Dios que está en nosotros, como estaba en los primeros cristianos. Repitámoslo: creer en la Resurrección de Jesús -esto que define nuestra fe- es lo mismo que creer que tenemos en nosotros su Espíritu. El camino no lo hacemos solos: el camino es el Espíritu quien lo hace en nosotros.

Y si ésta es nuestra fe, ésta es también la causa de nuestra alegría. Por eso, la Pascua es tiempo de alegría, de fiesta, de abrirnos sin miedo a la vida de Dios. De ahí que ahora, como hemos hecho en la celebración de anoche, en la solemne Vigilia Pascual, renovemos nuestro compromiso bautismal de lucha contra todo mal, de fe en el Padre que es amor, en el Hijo que es nuestro camino, en el Espíritu que está presente y vivo en nosotros.

Renovación de nuestra fe que es renovación de vida y llamada a la alegría (J. Gomis).

-La gran fiesta que dura 50 días: Hermanas y hermanos: hoy es la gran fiesta cristiana, la mayor de todas. Una fiesta tan fiesta que no tenemos bastante con un día para celebrarla: por eso la Pascua dura nada menos que 50 días, siete semanas, hasta la Pascua de Pentecostés (que significa precisamente "cincuenta"). Y todo como una sola y única y gran fiesta.

En realidad, es la única fiesta de los cristianos porque es la que celebramos también cada domingo. Y es normal que así sea porque la Pascua significa aquello que ES EL NÚCLEO, LA RAÍZ Y LA FUERZA DE LA FE CRISTIANA: la gran afirmación de que Jesucristo ha resucitado, está plenamente vivo, es el triunfador de la muerte y de todo mal. Es la gran afirmación de nuestra fe y es una afirmación no para guardarla -como en el congelador para que se conserve- sino para sembrarla en lo más vivo de nuestra vida para que la renueve, penetre y transforme. Porque si Jesucristo vive, vive para nosotros y en nosotros.

Ayer por la noche la comunidad cristiana se reunió para aquella VIGILIA expectante que desemboca en el canto jubiloso del aleluya: la vigilia pascual, la más importante de las reuniones cristianas del año. Y allí los cristianos que pudieron asistir, renovaron su COMPROMISO BAUTISMAL -como haremos nosotros en esta misa- para expresar sencillamente esto: queremos compartir la muerte y resurrección de Cristo, es decir, LUCHAR contra todo lo que hay de mal en nosotros y en el mundo, ABRIRNOS A LA VIDA que es de Dios, que nos enseñó Jesús de Nazaret, que siembra en nosotros el Espíritu Santo.

-Pedro nos explica qué es la Pascua

1) En primer lugar la INICIATIVA, la acción gratuita y amorosa de Dios. Pedro insiste en que es Dios quien nos dio a Jesús de Nazaret, quien lo consagró con su Espíritu y su fuerza de verdad y amor. Jesucristo pasó haciendo el bien y liberando del mal "porque Dios estaba con él". Pero la acción de Dios se MANIFESTÓ SOBRE TODO RESUCITANDO A JESÚS, no permitiendo que el mal y la muerte triunfara sobre Aquél que se había entregado totalmente al bien y a la vida.

2) Esta acción de Dios sigue eficaz y actual hoy para nosotros. Jesús está vivo y está con nosotros, por gracia, por obra de Dios. Pero NOSOTROS TENEMOS QUE RECONOCERLO, tenemos que descubrir su presencia. Y éste es el segundo aspecto que es preciso entender.

De nada nos serviría crecer y repetir que Jesús ha resucitado si no sabemos QUIÉN ES JESÚS Y QUÉ es para nosotros. JESÚS resucitado es el mismo Jesús de Nazaret que nos presentan los evangelios. El mismo que dijo: "YO SOY LA FUENTE del agua de vida que brotará dentro de vosotros"; "Yo soy LA LUZ que guía hacia la vida y vosotros también tenéis que ser luz que guíe"; "Yo soy la RESURRECCIÓN y la vida, y el que crea en mí nunca morirá"; "Yo soy EL REY y mi misión es dar testimonio de la verdad". Aquella verdad que es simplemente: Dios es amor.

3) Este es JC para nosotros, en nosotros. Es necesario que lo encontremos, lo reconozcamos, en el evangelio y en nuestra vida. Y es preciso también (es el tercer aspecto que subraya san Pedro) QUE LO VIVAMOS, QUE DEMOS TESTIMONIO de él, que lo anunciemos. Es nuestra misión de cristianos, de Iglesia en el mundo. Una misión que es lucha por la verdad y el amor, por el Reino de Dios. Una misión que es un camino difícil, doloroso (como el de Jesús), pero que conduce HACIA LA PLENITUD de vida que la Resurrección de Jesús inicia y anuncia. Por eso es una lucha y un camino de esperanza e incluso de fiesta.

Expresamos en la eucaristía de hoy estos tres aspectos de la Pascua: damos gracias al Padre por su constante acción amorosa y fecunda: reconocemos a Jesús vivo en nosotros, revelador y comunicador de la vida de Dios; pedimos ser más fieles a esta vida siempre nueva y para todos, que nos permite abrirnos sin miedo a la alegría, a la lucha, a la esperanza, a la fiesta (Joaquín Gomis).

Formamos parte de una cadena. Hemos recibido el testimonio de la fe, el testigo, y al recorrer nuestra vida con la fe transmitimos esta fe, el testigo, la tradición, es la transmisión del Evangelio, al dar razón de nuestra esperanza se va enriqueciendo el depósito de la fe con las luces del Espíritu Santo, con la Tradición del Evangelio, que es viva, que avanza, que enriquece su comprensión, que se desarrolla, como un esquema que hizo Jesús, y que se va explicando en el tiempo, se va llenando con su Palabra, se va explicitando con palabras que estaban implícitas en el Evangelio.

Con estas armas, debemos entrar sin miedo "en el sepulcro de Dios" que es EL MUNDO MODERNO -tan secularizado, tan vacío de Dios aparentemente- para descubrir en él, contrastando los hechos con la Escritura, la presencia y la ACCIÓN DEL RESUCITADO. Juan llegó primero al sepulcro, pero fue Pedro el primero que entró y creyó. No tenemos que esperar que la jerarquía vaya siempre por delante; pero sí tenemos que esperar su palabra y que, dejándose de seguridades demasiado humanas, fiándose bastante más del Espíritu, acepte también ella el riesgo de la fe.

Debemos tomarnos en serio LA MISA DE CADA DOMINGO, no como un precepto religioso que hay que cumplir, como una mera ceremonia que nos puede justificar por sí misma, sino como el lugar y el momento privilegiado de nuestro encuentro semanal con el Señor, encuentro que nos ayudará a renovarnos en nuestro compromiso bautismal, a no perder nunca de vista el horizonte de la trascendencia en el atareamiento por las cosas temporales, a distinguir "los bienes de arriba" de "los bienes de la tierra", puesto que "allá arriba" es "donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios". Deberíamos convertir siempre nuestra reunión dominical, y más especialmente en este tiempo, en una auténtica fiesta desbordante de alegría, que prefigurase el banquete del Reino.

Dispongámonos, pues, a CELEBRAR la Pascua del Señor, a hacer la experiencia del Señor resucitado. El está aquí con nosotros. No lo vemos pero está. ¡Claro que está! Como estamos nosotros mismos. Sólo nos falta darnos cuenta, RECONOCERLO, intimar con él.

Lo acabamos de escuchar, nos sentamos con él a la mesa. En virtud del pan y del vino, también nosotros podemos decir que "hemos comido y bebido con él". Y entonces NUESTRA VIDA será como la de Jesús, y NUESTRO TESTIMONIO como el de los apóstoles (Climent Forner).

Celebramos la Resurrección de Cristo. Celebramos nuestra propia resurrección, es decir, el hecho que hemos sido transformados por esta nueva creación, por el Espíritu Santo, por la filiación divina. Nuestra alegría consiste en que lo más profundo de nuestra persona, lo más íntimo, ese reducto que nadie ni nada puede llenar satisfactoriamente, se ha encontrado con Dios mismo (Carlos Castro).

Pascua. Paso del mar rojo, salida de la esclavitud: vivir en libertad. Se abrió una tumba de par en par, y el que había muerto bajo el poder de Poncio Pilato resucitó: la muerte no pudo tragarlo, y la tumba quedó vacía. Esta es nuestra pascua: éste es el paso de la muerte a la vida: ésta es en verdad para todos los cristianos la gran fiesta de liberación. Año tras año, domingo tras domingo, la celebraremos.

No hay pascua sin ruptura: no hay resurrección sin ruptura: no hay libertad sin ruptura. ¿Continuismo? El que padece la esclavitud no puede continuar, si quiere llegar a la libertad. En algún momento decisivo tiene que dar el paso hacia delante, ha de saltar, ha de romper; pues sólo es posible llegar a la libertad, en libertad. Y esto vale para el hombre, para cada hombre, en la historia de su vida, y para el pueblo, para cada pueblo, en su larga biografía. Hay que dejar al faraón que se hunda con sus caballos en el Mar Rojo. La libertad está en la otra orilla.

Es cierto que los hombres y los pueblos viven en la tradición, y aun de la tradición; pero la tradición de los hombres que aman la libertad no puede ser otra que la memoria inapreciable de todos los hechos de emancipación. Cualquier otra tradición que no sea ésta es un fardo inútil que retrasa la marcha, una trampa, un lazo que nos hace caer en el pasado, una tentación que nos hace volver el rostro para que nos convirtamos en estatuas de sal.

La verdadera tradición cristiana, en la que estamos y en la que entramos por el bautismo, es la memoria subversiva de la muerte y resurrección de Jesús. Memoria subversiva sí, porque es la memoria que nos subleva ante cualquier tipo de esclavitud y mantiene despierta la conciencia de la vocación a la libertad de los hijos de Dios; pues para esto, para que vivamos en libertad, Cristo ha levantado la losa de la tumba y ha dejado abierto el camino a nuestra esperanza.

En el principio de esta tradición hay unos hombres que perdieron el miedo a la muerte. Son los testigos, los apóstoles. Para ellos la experiencia pascual fue ciertamente liberadora: Desató su lengua cuando estaban callados como muertos, desató sus pies cuando estaban acorralados por el miedo a los judíos, irguió su esperanza cuando estaban abatidos, les abrió el sentido de las escrituras cuando éstas se hallaban herméticamente cerradas a su comprensión... Y estos hombres liberados salieron por las calles y plazas y por todos los caminos del mundo a predicar con valor el anuncio y la denuncia del evangelio. Es verdad que la fe en la resurrección del Señor no podrá evitar que Pedro y Pablo sean encadenados, pero ¿quien ha podido encadenar ya el evangelio? ¿Quién podrá detener ya la esperanza, una vez desatada? Pues hay una promesa pendiente que se ha de cumplir no obstante y a pesar de todo. Dios es fiel y no defrauda a sus testigos: "Si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres; pero ¡Cristo ha resucitado!" He aquí la adversativa que nadie puede dominar. "¡Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos!" La resurrección, la pascua, es irreversible. Porque es un paso hacia delante. Cristo no resucita para volver a morir. La resurrección de Cristo no es el mito del eterno retorno: vivir para morir, morir para vivir, y vuelta a empezar. No, la resurrección es un hecho histórico, el hecho mayor de toda la historia de la salvación o de la liberación. No tiene que ver nada con un suceso de la naturaleza. Por eso es siempre una ruptura, pues el que resucita no vuelve ya a las andadas.

En este sentido nos dice Pablo: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba...; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra". Pero ¡cuidado!, la fe en la resurrección no pone a los creyentes en una órbita extraterrestre, no puede dispararlos más allá de las realidades de este mundo. Es decir, no puede privarnos de la responsabilidad de alumbrar con dolores de parto la nueva tierra en la que habita la justicia. La resurrección es una ruptura respecto al pecado del mundo, respecto a las estructuras injustas o formas de este mundo que pasan; pero es una vinculación y un compromiso con la esperanza de toda la creación que suspira para que un día se manifieste, al fin, la gloria de los hijos de Dios (“Eucaristía 1976”).

¿Qué sentido tiene la vida? ¿Es el hombre un ser para la muerte? Y, en este supuesto, ¿qué puede ser la historia de la emancipación del hombre, sino una pasión inútil, al fin y al cabo? Pues la muerte no vencida, el último enemigo, es la gran necesidad a la que van a parar todas las libertades.

Los idealistas esperan que llegue un día a florecer la revolución final y traiga consigo la cosecha de la sociedad deseada. Los idealistas esperan, y luchan..., y mueren por la justicia, por la paz y por la libertad de todos. Pero ¿qué justicia, qué paz y qué libertad habrá aquel día -si es que llega- para los que ya murieron y sacrificaron su vida a tan grandes ideales? Rehabilitar el nombre de los mártires y rescatar su memoria -"¡hermano, no te olvidamos!"- no es hacerle justicia. Entonces ¿qué? Entonces, nada; nada para los que ya murieron. Valga, pues, el refrán: "el muerto al hoyo y el vivo al bollo", y disfruten los vivos de la plusvalía de los muertos. ¿Cinismo? En absoluto, es el único realismo si no hay resurrección.

Pero Cristo ha resucitado: Así lo confesaron los Apóstoles. Cuando todo parecía que había terminado en una tumba como siempre, hallaron la tumba vacía y anunciaron que había sucedido lo imposible y lo nunca visto: que Jesús, el justo, había sido rehabilitado por Dios, él mismo y no sólo su memoria; que Jesús de Nazaret, juzgado por el Sanedrín y ejecutado bajo el poder de Poncio Pilato, él mismo y no otro, había resucitado.

No entenderíamos este mensaje si pensáramos que la resurrección no es más que la continuación en el mundo de la causa por la que él vivió y murió. No lo entenderíamos si creyéramos que Jesús, por su muerte ejemplar, en vez de pasar de la muerte a la vida pasó de la vida a la historia, como se dice de los "inmortales".

-Primogénito de los muertos: La resurrección de Jesús fue para los Apóstoles, y es para los creyentes, un paso adelante y no un retroceso. Jesús no resucitó como Lázaro, para volver a morir. La resurrección auténtica de la muerte, el paso definitivo del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Y así derribó Jesús, de una vez por todas, el muro de la desesperación. Ya hay camino hacia la nueva humanidad, porque ha sucedido lo imposible y ahora todo es posible con la gracia de Dios. Porque ha nacido en el mundo una esperanza contra toda esperanza, contra la muerte que todo lo mortifica. La acción y la pasión de los que luchan y esperan no será confundida, pues todos los dolores del mundo son ahora dolores de parto. Jesús encabeza el triunfo de la vida, es el primogénito: si él ha resucitado, también los que luchan y mueren como él resucitarán.

La resurrección de Jesús es la señal de que Dios ha decidido llevar a cabo la gran insurrección de todos los que fueron explotados hasta el límite de la muerte. A diferencia de las revoluciones humanas, que no redimen a los muertos, la revolución de Dios en Jesucristo es verdaderamente radical y universal. Y esto nos permite a los creyentes sentirnos solidarios en una misma lucha no sólo con las generaciones futuras, sino también con las generaciones pasadas.

-Testigos de la resurrección: Creer en la resurrección de Jesús no es sólo tener por cierto que resucitó, sino resucitar con él.

Porque es vencer, ya en esta vida, por la esperanza la desesperación de la muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza que puede disputar a la muerte su dominio. La muerte es el último enemigo y el arma más poderosa de todos los enemigos del hombre. El poder de la muerte se anuncia en el hambre, las enfermedades, la explotación, la marginación, las injusticias... y todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección de Jesús es sublevarse ya contra ese dominio de la muerte (“Eucaristía 1977”).

La Resurrección no es un mito para cantar lo que siempre sucede, el eterno retorno de la naturaleza o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, un volver a la vida para volver a morir desesperadamente... Tampoco es una "historieta piadosa" nacida de la credulidad y de la profunda frustración de un puñado de discípulos, ni un hecho histórico hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros. La Resurrección de Jesús se presenta como un acontecimiento que sucede una sola vez y, por lo tanto, una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos, Jesús vive ya para siempre y no vuelve a morir.

Ciertamente no se trata aquí de un hecho documentado históricamente ni tan siquiera documentable -la "tumba-vacía" no es una prueba histórica irrefutable de la Resurrección, los incrédulos pueden hallar otras hipótesis más "razonables" y plausibles-, no es un hecho que pueda ser objeto de una investigación histórica como las campañas de Julio César o el incendio de Roma. Pero aunque no puede ser registrado por una cámara fotográfica, es un acontecimiento real y verdadero para el creyente y para cuantos se dejan sorprender por la acción imprevisible de Dios. No queremos decir, sin embargo, que la Resurrección deba entenderse como lo que sucedió tan sólo en el interior de la fe de un grupo de discípulos, como un acontecimiento puramente subjetivo. No; es la Resurrección lo que hizo posible la fe y no la fe lo que produjo la Resurrección. La Resurrección como misterio de salvación es acción de Dios en Jesucristo que sale al encuentro de la incredulidad de sus discípulos

-"Nosotros esperábamos...", "Si no veo en sus manos la señal de los clavos... no creeré"-, y así, un hecho exterior y objetivo. Este es el sentido de todo cuanto se dice en el Nuevo Testamento sobre las "apariciones" a "los testigos que Dios había designado". Los evangelistas presentan el acontecimiento de la Resurreción como sentido último y fin de todo cuanto nos dicen de la vida concreta e histórica de Jesús, el Nazareno; por otra parte, la Resurrección es el fundamento y el principio de la historia de la comunidad de la que se ocupará San Lucas en el Libro de los Hechos. Este acontecimiento central y culminante no puede ser entendido como una ficción de cuanto supone y origina.

Así, pues, aunque el relato de las apariciones exprese ya la fe de la comunidad cristiana, esa fe se presenta como una fe fundada en la Resurrección; y no obstante las contradicciones y oscuridades de estos relatos, una cosa clara dicen los textos: que Jesús vive, que es el Señor y se presenta a sus discípulos.

La Resurrección es un hecho improbable desde cualquier punto de vista meramente humano, pues está en contra de lo que parece absolutamente cierto: que la muerte acaba con todas las posibilidades de vida. Pero he aquí que cuando todas las posibilidades humanas se han agotado, Dios actúa de modo sorprendente y hace valer para el hombre la posibilidad que únicamente él tiene en sus manos. Este hecho imposible es por otra parte lo más conveniente y los más deseado, lo único que puede librar al hombre de todo cuanto le esclaviza y mortifica sus más hondas esperanzas. Si siempre pasara en el mundo lo que siempre es posible, no habría salvación para nosotros. Pero ahora es distinto: ¡Ha sucedido lo imposible! ¡La muerte ha sido vencida! Jesús, el Hijo de Dios, pero también un hombre entre los hombres, vive eternamente. Esta novedad radical, que supera de antemano todas las revoluciones y las hace posibles, actúa en el mundo para recrearlo desde un nuevo principio. Porque Jesús, el hombre que murió como un esclavo víctima de los poderes de este mundo, ha resucitado y ha sido constituido en Señor y Juez de la historia, podemos y debemos mantener la esperanza y llevarla adelante contras todas las injusticias hasta que todos los enemigos le sean sometidos.

El Cristo misterioso, Jesús, muerto y resucitado, es una garantía de que la lucha por la justicia tiene sentido. Jesús, vivo por la fe en la comunidad de los creyentes, funda una esperanza invencible que nadie ni nada pueden ya domesticar. Jesús, el Señor, es también la garantía de que "todas las fuerzas de intereses bastardos, de conformismo, de cobardía, de pesimismo histórico, que tratan de ahogar cuanto es contestación en nombre de la liberación y de la justicia, serán impotentes para eliminar de la historia la resistencia contra el egoísmo, la injusticia y la opresión" (“Eucaristía 1973”).

El anhelo de vivir. Es un dato de experiencia que todos sentimos un profundo deseo de vivir, y de vivir en armonía, en comunión con los hombres y con el universo entero. Pero frente a tal deseo se impone una realidad muy distinta: la limitación de nuestro cuerpo, la injusticia, la separatidad... y la muerte. Sin embargo, algo dentro de nosotros se resiste a este fracaso; por eso, los hombres buscamos salidas a estos problemas, especialmente al mayor: a la muerte.

-LOS ANHELOS Y LAS PROMESAS DE ISRAEL. También Israel sintió tales anhelos y sufrió idénticas decepciones; sin embargo, a Israel se le habían hecho una serie de promesas: vivir por encima de fracasos y pecados, comunicación plena con todos los hombres, armonía con el Universo, etc. Todas estas promesas no eran sino respuestas, soluciones a las angustias del hombre.

-EL CUMPLIMIENTO DE ESAS PROMESAS EN JESÚS. En determinado momento de la historia surge un hombre, Jesús de Nazaret, que dice que en él se cumplen todas las promesas que le habían sido hechas a Israel: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11,25). Pero ese hombre, un buen día, es apresado, juzgado y condenado a muerte.

-UN GRUPO DE HOMBRES PROCLAMAN EL HECHO. Aquel hombre había formado un grupo de seguidores. Estos, tras su muerte, se dispersan. Pero a los pocos días estos hombres se reúnen y proclaman un hecho; que Jesús de Nazaret, aquél a quien los sumos sacerdotes habían crucificado, ha resucitado, cumpliendo así las promesas que se le habían hecho a Israel y dando respuesta al problema más angustioso de todos los tiempos: la muerte había sido derrotada. Los pescadores tímidos e ignorantes, llenos de miedo, se han convertido ahora en ardientes propagandistas que se dejarán matar por defender su convicción de que Jesús ha resucitado.

-LOS APÓSTOLES VIVIERON UNA EXPERIENCIA DESCONCERTANTE. Aquellos hombres habían quedado llenos de dudas tras la muerte de su jefe y su guía. Y aunque él les había hablado de resucitar al tercer día, esto no es sino una expresión que ellos la entendían como: "al final de los tiempos"; por eso, los apóstoles no esperaban la resurrección inmediata de Jesús; era algo que no entra, ni por asomo, en su imaginación. Tan cierto es esto que, cuando Jesús se manifieste a sus discípulos, éstos no le van a crecer al principio.

Pero algo sucede, y algo desconcertante, que obliga a los discípulos a superar sus dudas, sus temores; algo distinto de una resurrección al estilo de la de Lázaro, y distinto a una aparición cualquiera; algo maravilloso, nuevo, distinto a cuantas experiencias podían haber tenido hasta entonces: viven la experiencia de que su maestro ha resucitado, de que un hombre como ellos ha resucitado, ha superado los fracasos de esta existencia, de que a uno como ellos, Dios, su Padre, lo ha introducido en la vida definitiva.

-LA PRIMERA COMUNIDAD CRISTIANA SE CONVIERTE EN TESTIGO. Ese algo que han experimentado los discípulos ha cambiado, ha transformado radicalmente a éstos y da lugar a la aparición de la primera comunidad cristiana. Es el primer acontecimiento histórico que se ha producido tras la cruz. En el momento de la muerte de Jesús los discípulos tienen miedo. Ahora se deciden a formar una comunidad en nombre de aquel muerto; ¿qué ha sucedido en el intermedio? Que el muerto ha resucitado y así lo han experimentado los discípulos, y por eso forman esa comunidad, comunidad que, por los motivos que han ocasionado su origen, se ha convertido en testigo, en el primer signo histórico que aparece del misterio pascual.

-JESÚS HA SIDO RESUCITADO. Dios Padre ha resucitado a Jesús y ahora Jesús existe y establece, con esta su nueva existencia, su reinado sobre el mundo entero, un mundo transformado. Por su resurrección, un hombre de nuestra tierra y raza se convierte en la cumbre efectiva de la creación entera, con lo cual la humanidad toda queda exaltada. Por eso la resurrección de Jesús nos atañe a todos. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. "Porque si los muertos no resucitan, tampoco ha resucitado el Cristo, y si el Cristo no ha resucitado, nuestra fe es ilusoria" (1 Cor 15,16s).

En la resurrección de Jesús se hace realidad ante nosotros el acontecimiento del fin: en él contemplamos el término hacia el que caminamos nosotros. En el resucitado contemplamos un hombre que ha triunfado sobre todos los fracasos de esta vida y que existe totalmente orientado hacia Dios y hacia los demás. Su resurrección es la anticipación de la nuestra; en Jesús resucitado se ha cumplido la promesa de Dios para él y para nosotros. Y, sin embargo, todo queda aún por hacerse: la resurrección de Jesús es nuestra esperanza y nuestra exigencia de transformación histórica de la vida.

-JESÚS VIVE. Que Jesús ha resucitado significa que, desde los primeros discípulos hasta nuestros días, hay una serie de personas que tienen la experiencia real de que Jesús vive. Se trata de descubrir y afirmar que Jesús está entre nosotros. Lo que interesa es que nosotros, como los primeros discípulos, tengamos la experiencia de que Jesús ha resucitado, sintamos en nuestras carnes que Jesús vive, porque hayamos entrado en contacto con él, y que esto transforme nuestras vidas como transformó las vidas de sus discípulos primeros (Dabar 1978).

EL DÍA QUE HIZO EL SEÑOR (Sal 117,24). Este es el DÍA que hizo el Señor, canta gozosa la Iglesia en el Día de Pascua. Este DÍA de triunfo, de gloria, de promesas cumplidas, es el DÍA que hizo el Señor, es el DÍA por antonomasia de los cristianos. No lo son el Jueves ni el Viernes Santos, días en los que Cristo dio la medida exacta de su talla gigantesca. No. El DÍA que no necesita calificativos ni apellidos (como son ahora los hombres famosos a los que se les conoce sólo por el nombre e incluso por las iniciales) es el Domingo de Resurrección. Hoy.

Este DÍA irrumpe sin que nada ni nadie pueda detenerlo en el horizonte de la vida cristiana para que, como decía San Pablo, no seamos los más miserables de los hombres ni sea vana nuestra fe. El sepulcro vacío, sin cadáver, es una llamada a la esperanza y a lo que debe ser el estilo de vida cristiano, un estilo de vida que tiene por norte un HOMBRE RESUCITADO, porque el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios que quiere que los hombres sean felices y gocen y rían; un Dios que quiere que los hombres sean hombres de verdad, capaces de comprender al hombre, de compartir con él la alegría y el dolor, la escasez y la abundancia, los proyectos y las decepciones; un Dios que quiere que vivamos en una espléndida libertad porque El murió y vivió precisamente para que seamos libres, con una libertad como nada ni nadie puede darnos, porque está apoyada en la verdad. Lo dijo El en su vida pública con toda rotundidad.

Es inconcebible cómo teniendo este DÍA como quicio en el que se apoya nuestra fe, y por consiguiente nuestra vida, hayamos dado al mundo, en tantas ocasiones, el espectáculo de un cristianismo duro, aburrido, intolerante y hasta cruel. Es incomprensible pero es funesta costumbre no arrumbada del todo. En buena lógica no podría haber en el mundo hombres más equilibrados que los cristianos, quizá porque tenemos como fundamento de nuestra vida la resurrección que supone el triunfo definitivo sobre lo que resulta más doloroso e inexplicable: la muerte.

Hoy es un DÍA de buenas noticias y el mundo está necesitando sin duda que le lluevan noticias favorables, noticias que le descubran lo mucho que hay en el hombre de bueno si es capaz de vivir, como dice hoy San Pablo en su carta, buscando las cosas del cielo y no las de la tierra. Naturalmente que lo dice para aquéllos que, creyendo en la resurrección, se sienten ya resucitados con Cristo. Esta postura de Pablo, que la hizo vida de su vida, supone un estilo que apenas tiene nada que ver con el estilo al uso, pero hay que advertir que buscar las cosas del cielo no es, ni mucho menos, vivir un angelismo desencarnado y simplista (algo así como el famoso «opio del pueblo»). Buscar las cosas del cielo es vivir conociendo perfectamente las de la tierra para ordenarlas debidamente según una jerarquía de valores y cuando llegue la hora de elegir, que llegará en algún momento, lo hagamos desde una fe que se fortalece hoy: la fe en Cristo resucitado.

Creer en Cristo resucitado tiene que producir en los cristianos, en todos nosotros, un cambio que -repito- resume San Pablo en la Epístola de hoy de modo tan conciso: buscar las cosas del cielo para hacerlas realidad en la tierra, que es donde vivimos y donde tenemos que hacer que Cristo viva para que los hombres crean de verdad que ha resucitado y camina con nosotros en el día a día que, a veces, resulta un tanto fatigoso. El DÍA que hizo el Señor, hoy, es un reto importante en nuestra vida. Es un DÍA que no puede acabar cuando hayamos cantado con especial énfasis el Gloria y el Aleluya que la liturgia pone como demostración comunitaria de alegría, sino que tiene que ser el origen de un cambio profundo para que quienes nos vean adivinen nuestra fe en la resurrección y perciban la impronta de esa buena noticia que tenemos y que no pretendemos guardar avaramente, sino darla a los demás, porque comprendemos que haciéndolo servimos al hombre y le indicamos, con toda sencillez, el camino que conduce a Dios, un Dios que ha vencido a la muerte precisamente para que el hombre no mate ni muera, sino que viva con la mayor intensidad posible.

La resurrección necesitó testigos en su momento; los necesita hoy también: los cristianos. Pero sólo según vivamos, nuestro testimonio será fiable (Ana María Cortés).

El amor nos hace ver a Jesús. El evangelio de hoy es una alegoría de Juan que nos hace descubrir qué necesitamos para «ver» a Jesús en su nuevo dimensión de Hombre Nuevo.

Es el primer día de la semana, aún de madrugada, casi a oscuras, cuando la fe aún no ha iluminado nuestro día. Estamos, como la Magdalena, confusos y llorosos, mirando con miedo el vacío de una tumba. Ese vacío interior que a veces nos invade: cansancio de vivir, acciones sin sentido, rutina. El vacío que se nos produce cuando estamos en crisis y los esquemas antiguos ya no tienen respuesta; cuando sentimos que tal acontecimiento o nueva doctrina nos quita eso seguro a lo que estábamos aferrados.

Cuando tomamos conciencia de ello, nos asustamos, creyendo que se derrumba nuestro mundo bien armado.

¿Y Jesús? Nos lo han robado, justamente a nosotros que creíamos tenerlo tan seguro, tan bien «conservado».

Habíamos casado a Jesús con cierto modo muy definido de vivir, como si el tiempo se hubiera detenido para que nosotros pudiéramos gozar y recrearnos indefinidamente en ese mundo ya hecho y terminado.

Pero sobreviene la crisis, cae ese mundo y Cristo desaparece... Entonces pedimos ayuda, y Pedro y Juan comienzan a correr... ¿Será posible que Jesús no esté allí donde lo habíamos dejado debajo de una pesada piedra para que no escapara?

Es la pregunta de la comunidad cristiana, atónita cuando algo nuevo sucede en el mundo o en la Iglesia, y debe recomponer sus esquemas. Pedro y Juan se largan a la carrera. Pedro, lo institucional de la Iglesia. Juan, el amor, el aspecto íntimo. El amor corre más ligero y llega antes, pero deja paso a la autoridad para que investigue y averigüe qué ha pasado. Pedro observa con detenimiento todo, pero no comprende nada. Mas Juan, el discípulo «a quien Jesús amaba», el que había estado a los pies de la cruz en el momento en que todos abandonaron al maestro, el que vio cómo de su corazón salía sangre y agua, el que recibió a María como madre..., el Juan que compartió el dolor de Cristo, «vio y creyó». Intuyó lo que había pasado porque el amor lo había abierto más al pensamiento de Jesús. Pedro siempre había resistido a la cruz y al camino de la humillación; el orgullo lo había obcecado y no se decidía a romper sus esquemas galileos. Pero tiempo más tarde, cuando junto al lago de Genesaret Jesús le exija el triple testimonio de amor: "¿Me amas más que éstos?", y le proponga seguirlo por el mismo derrotero que conduce a la cruz, entonces Pedro será recuperado y no solamente creerá, sino que -como hemos leído en la primera lectura- dará testimonio de ese Cristo resucitado que "había comido y bebido con él después de la resurrección".

La lección del Evangelio es clara: sólo el amor puede hacernos ver a Jesús en su nueva dimensión; sólo quien primero acepta su camino de renuncia y de entrega, puede compartir su vida nueva.

Inútil es, como Pedro, investigar, hurgar entre los lienzos, buscar explicaciones. La fe en la Pascua es una experiencia sólo accesible a quienes escuchan el Evangelio del amor y lo llevan a la práctica.

El grano de trigo debe morir para dar fruto. Si no amamos, esta Pascua es vacía como aquella tumba. Si esta Pascua no nos hace más hermanos, sus palabras son mentirosas. Si esta comunidad no vive y crece en el amor, si no pasa «haciendo el bien y curando a los oprimidos» (primera lectura), ¿cómo pretenderá dar testimonio de Cristo? ¿Y cómo lo podrá ver y encontrar si Cristo sólo está donde "dos o tres se reúnen en mi nombre"?

La Pascua, levadura del mundo. El breve mensaje de Pablo (segunda lectura) sirve de magnífico cierre para estas reflexiones de cuaresma y semana santa. «Basta un poco de levadura para fermentar toda la masa.» No nos preguntemos con los técnicos de estadísticas cuántos somos los cristianos en el mundo, es decir, los bautizados por el agua. Lo que importa es cómo vivimos esa fe -y aquí no podemos hacer estadísticas-, si como levadura vieja o nueva. Hace dos mil años, un pequeño grupo de hombres, conscientes de la Presencia viva de Cristo y llenos de su Espíritu, se metieron sigilosamente en la gran masa humana, colocando en ella la nueva levadura de la Pascua. Ya conocemos los resultados.

Hoy los cristianos somos un escaso grupo, aunque numéricamente grande, en proporción al mundo moderno y sus problemas. Pero no es esa la cuestión que debe preocuparnos. El interrogante es otro: ¿Qué significamos para el mundo de hoy? ¿Qué nueva levadura aportamos? ¿Qué representará para los hombres de este año que corre por el tercer milenio el que nosotros hayamos celebrado una Pascua más? Pablo nos invita a celebrarla «con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad». Quizá sea éste nuestro camino y el mejor aporte a un mundo corrompido por la mentira. Predicarles el mensaje de la verdad con una vida nueva, amasada de sinceridad... Bastará un poco. y con el tiempo fermentará toda la masa (Santos Benetti).

La Resurrección, signo del Reino. La resurrección no se instala en el más acá de la historia, sino en el más allá, pues es Ia misma puerta de entrada al Reino definitivo de Dios y su manifestación suprema. Comprender o pretender comprender la resurrección con un criterio biologista o simplemente historicista es lo mismo que querer abarcar el misterio del Reino desde esos mismos ángulos. Si toda la vida de Jesús no fue sino el abrirse del Reino tanto por sus palabras como por sus actos (signos), su resurrección fue la irrupción plena del Reino en el mundo, como si se anticipara en Cristo a fin de que los demás hombres nos aferráramos a él con segura confianza. Es así como Pablo pudo decirles a los corintios que dudaban del significado de la resurrección: "si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es inútil" (1 Cor 15,14).

Quizá todo esto pueda sorprendernos, pero no nos debiera sorprender si pensamos que el Reino no es el establecimiento de cierta institución religiosa en el mundo (tal como pensaban los judíos) sino el advenimiento de la liberación total a un hombre que se siente pobre, ciego, oprimido, en lágrimas o muerto.

La palabra "resurrección", que de por sí sólo significa «levantarse», es la expresión evangélica de que en Cristo el Reino es ya una plena realidad. Cristo -como recuerda Rom 6,3-11- es el primero en ser liberado radicalmente de toda forma humana de servidumbre (servidumbre a la ley, al pecado y a la muerte, según Pablo) para surgir como un hombre que sólo ahora puede llamarse con propiedad «nuevo» porque no tiene ejemplar alguno similar en la raza humana adamítica.

Y siendo Cristo la cabeza de una nueva raza de hombres, el primero entre todos, su resurrección no se cierra en él como una aureola particular, sino que pasa a ser en la esperanza el patrimonio de toda la humanidad creyente.

Creer en la resurrección de Cristo es mucho más que afirmar que él fue sacado por Dios de la tumba; es reconocer que el proyecto de Dios se realiza en cada hombre, ahora sólo entre luchas y como primicias, mañana como total realidad. Por esto, la resurrección es la garantía de nuestro sentido de trascendencia. Los cristianos creemos que si hoy reina en el mundo la opresión bajo variadas formas, si nuestra historia se rige por la ley del más fuerte o astuto, si el odio y la ambición funcionan como motores de muchas gestas humanas, también estamos convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, no sólo relativamente sino absolutamente.

En síntesis: la palabra o el concepto de «resurrección» pretende significar que el Reino triunfa sobre el mundo tenebroso. El triunfo del Reino es la victoria de la vida en cuanto tal, la victoria sobre las limitaciones humanas, sobre los conflictos que prostituyen al hombre, sobre los obstáculos que se oponen a una liberación plena: «plena», porque el Reino de por sí, por ser de Dios, es plenitud de vida. En Cristo está esa plenitud, por eso él es nuestra plenitud, y en él vemos como anticipadamente cuál es la última intención de Dios sobre el hombre.

Jesús alcanza la resurrección después de pasar por la puerta estrecha de la muerte. En este sentido su resurrección nos muestra que morir como murió Cristo, en libertad y por amor, no es algo sin sentido, que su muerte no fue inútil ni el trágico desenlace que nos puede emocionar pero que sigue siendo un hecho «irreparable», tal como sucede en los cementerios donde encontramos lápidas que rezan la «irreparable pérdida que los deudos lloran acongojados».

El viernes santo veíamos en la muerte de Jesús la muerte brutal, anónima, silenciosa o heroica de millones de hombres sacrificados al ritmo de una historia manejada por las manos de los poderosos. Pues bien, esas muertes no son un absurdo ni una pérdida definitiva. Desde la resurrección de Cristo, ellas aparecen como una positiva contribución a la caída definitiva de toda estructura opresora -sea del signo que sea- que impida al hombre llegar a ser aquello para lo que fue llamado: la imagen de Dios, del Dios de la vida.

El cristiano no se avergüenza de creer en esta utopía, pues lo es, ya que «no tiene cabida aquí entre nosotros todavía». Porque creemos en esta utopía -la utopia del Reino- aún podemos llamarnos cristianos. Y a eso le damos el nombre de esperanza. Y esta esperanza es al fin y al cabo la palanca que mueve la historia.

La Resurrección, fruto de la lucha diaria. La resurrección del domingo de Pascua no puede ser entendida si la desconectamos de toda la vida de Jesús. En efecto, Cristo no se encontró de repente con la resurrección que le ofrecía Dios; en realidad, recogió en su muerte lo que había sembrado durante toda su vida. Jesús luchó por la pervivencia del Reino entre los hombres; lo anunció, pero también lo hizo efectivo: dio de comer a los hambrientos, curó a los enfermos, se enfrentó con las autoridades, rebatió sus esquemas religiosos, criticó duramente la actitud de zorros de algunos y la voracidad de otros, sin pensar en ningún momento que todo se iba a resolver buenamente en la otra vida. No fue un piadoso idealista, un romántico de la revolución social o un poeta de la utopía. De ello dan testimonio todos los evangelios.

Sin embargo, no siempre el cristiano entendió que la esperanza del Reino -o de la resurrección- no podía limitarse a cruzar los brazos para que con la muerte todo se solucionara. Esta actitud fue definida en el siglo pasado como «opio del pueblo», como cortina de humo que impide al hombre asumir toda su responsabilidad en la liberación de los pueblos y de sí mismo. El cristianismo -como se desprende de los relatos de la resurrección- no es la religión de los muertos. «No busquéis entre los muertos al que está vivo...» No anuncia que la muerte todo lo resuelve y que es mejor estar en el cementerio con Dios que aquí entre los hombres. Por todo ello, nuestra fe en la resurrección implica por su misma esencia un compromiso cotidiano y real para que la liberación del Reino se haga presente aquí y ahora, si bien reconocemos de antemano que tal liberación podrá no ser completa y definitiva. Pero menos podrá ser completa si nos desentendemos de los conflictos que hoy vive la humanidad para refugiarnos en la religión del sopor y de la mentira.

La crisis de fe que atraviesa el mundo moderno no tiene por motivo la persona de Jesucristo ni la validez de su evangelio sino precisamente la ausencia de Cristo y del evangelio en el cristianismo tal como se lo vive. No es de fe de lo que se nos acusa sino de pereza y cobardía, dos vicios que son el anti-cristo por antonomasia.

La Resurrección, eclosión del Espíritu. Pascua es «la fiesta» cristiana por antonomasia; es «el día del Señor», que se prolonga a lo largo de todo el año en cada domingo, pequeña pascua semanal. Pero es la fiesta de una comunidad renovada por el Espíritu de la vida. Según Pablo, fue el Espíritu Santo el que dio vida al cuerpo de Jesús transformándolo en el Señor y la cabeza de la Iglesia (Rom 8,11).

Pues bien, la Pascua -tan íntimamente relacionada con Pentecostés, de tal forma que conforma con ella una sola solemnidad- adquiere sentido desde una comunidad cristiana que se renueva permanentemente a impulsos del Espíritu. Si la Nueva Alianza es la obra del Espíritu que graba en nuestros corazones la ley del amor, la Pascua es la eclosión e irrupción de ese Espíritu en hombres dispuestos a decirle sí a la vida.

Una de las experiencias más tristes del cristianismo es la de haber perdido la frescura del Espíritu, el permanente rebrotar de la primavera. Nunca podemos olvidarnos de que Jesús resucita en la luna llena de la primavera, como si toda la naturaleza que despierta de la muerte invernal fuese el preludio de un renacimiento universal, tanto de los hombres como del universo entero, como interpreta Pablo (Rom 8,19-23). Cada año surge la Pascua, cíclicamente, como una llamada a despertar y revitalizar lo que se ha transformado con el tiempo en rutina, tedio, cansancio, aburrimiento e indiferencia.

Vivir esta Pascua supone, por ejemplo, el esfuerzo por cambiar, por pensar de nuevo las cosas como si hoy mismo comenzáramos a hacerlas, como si todo lo ya hecho fuese sólo un peldaño en el ascenso hacia el Reino, plenitud de la vida.

La Pascua nos urge a profundizar en el significado de los textos bíblicos -tal como hace Jesús con los discípulos de Emaús- para aprender a ver con nuevos ojos cosas que antes no veíamos o veíamos de un modo imperfecto (Santos Benetti).

El grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí». Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia. Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana: «Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor. Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo» (José Antonio Pagola).

DIOS LO HA RESUCITADO

Vio y creyó... Pocos escritores han logrado hacernos intuir el vacío inmenso de un universo sin Dios, como el poeta alemán Jean Paul en su escalofriante "Discurso de Cristo muerto" escrito en 1795. Jean Paul nos describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay. Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...».

Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...».

Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria». Cristianos habitados por una fe rutinaria y superficial, ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría. Alegría incontenible. Gozo y agradecimiento. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre». Y si ante Cristo resucitado, sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos (José Antonio Pagola). Hay una lucha por la vida que debemos iniciarla en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte» (E. Fromm). Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia. O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida... O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno. Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.

Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.

La «pasión por la vida» propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde «se produce muerte», para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.

Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y «amigo de la vida» y debe ser firme y coherente en todos los frentes.

Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza? (José Antonio Pagola).

Los cristianos hablamos casi siempre de la resurrección de Cristo como de un acontecimiento que constituye el fundamento de nuestra propia resurrección y es promesa de vida eterna, más allá de la muerte. Pero, muchas veces, se nos olvida que esta resurrección de Cristo es, al mismo tiempo, el punto de partida para vivir ya desde ahora de manera renovada y con un dinamismo nuevo. Quien ha entendido un poco lo que significa la resurrección del Señor, se siente urgido a vivir ya esta vida como «un proceso de resurrección», muriendo al pecado y a todo aquello que nos deshumaniza, y resucitando a una vida nueva, más humana y más plena.

No hemos de olvidar que el pecado no es sólo ofensa a Dios. Al mismo tiempo, es algo que paga siempre con la muerte, pues mata en nosotros el amor, oscurece la verdad en nuestra conciencia, apaga la alegría interior, arruina nuestra dignidad humana. Por eso, vivir «resucitando» es hacer crecer en nosotros la vida, liberarnos del egoísmo estéril y parasitario, iluminar nuestra existencia con una luz nueva, reavivar en nosotros la capacidad de amar y de crear vida.

Tal vez, el primer signo de esta vida renovada es la alegría. Esa alegría de los discípulos «al ver al Señor». Una alegría que no proviene de la satisfacción de nuestros deseos ni del placer que producen las cosas poseídas ni del éxito que vamos logrando en la vida. Una alegría diferente que nos inunda desde dentro y que tiene su origen en la confianza total en ese Dios que nos ama por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.

Hablando de esta alegría, Macario el Grande dice que, a veces, a los creyentes «se les inunda el espíritu de una alegría y de un amor tal que, si fuera posible, acogerían a todos los hombres en su corazón, sin distinguir entre buenos y malos». Es cierto. Esta alegría pascual impulsa al creyente a perdonar y acoger a todos los hombres, incluso a los más enemigos, porque nosotros mismos hemos sido acogidos y perdonados por Dios.

Por otra parte, de esta experiencia pascual nace una actitud nueva de esperanza frente a todas las adversidades y sufrimientos de la vida, una serenidad diferente ante los conflictos y problemas diarios, una paciencia grande con cualquier persona.

Esta experiencia pascual es tan central para la vida cristiana que puede decirse sin exagerar que ser cristiano es, precisamente, hacer esta experiencia y desgranarla luego en vivencias, actitudes y comportamiento a lo largo de la vida (José Antonio Pagola).

«Dinos, María, ¿qué has visto en el camino?»

Una de las piezas maestras del canto gregoriano es, sin duda, la secuencia de la fiesta de hoy: Victimae paschali laudes, «Alabanzas a la víctima pascual». Con anterioridad al concilio de Trento existían numerosas secuencias litúrgicas medievales, un canto que precedía a la proclamación del evangelio. Desde ese Concilio, quedan sólo unas pocas en la liturgia que tienen una gran calidad musical: recordemos, por ejemplo, el famoso Veni Creator del día de Pentecostés, el Stabat Mater del Viernes de Dolores, o el Dies irae de la misa de difuntos, me parece que casi prohibido por ser demasiado tétrico, que queda sin embargo en el rezo de la liturgia de las horas, en la última semana del año litúrgico.

El texto latino de la secuencia de hoy, que es del siglo Xl, no tiene especial valor, pero incluye un diálogo lleno de lirismo e ingenuidad con María Magdalena. La traducción oficial española lo versifica con dignidad: "¿Qué has visto de camino, María en la mañana?". Y María responde: «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua».

María Magdalena, la que los cuatro evangelios presentan al pie de la cruz, es la gran protagonista de las primeras apariciones del Resucitado. Su nombre está recogido por los tres sinópticos dentro del grupo de mujeres que fueron a embalsamar el cuerpo de Jesús y se encontraron con la tumba vacía y el anuncio de que Jesús había resucitado. En el evangelio de Juan, María Magdalena acude sola al sepulcro, lo encuentra vacío y vuelve corriendo a comunicarlo a los discípulos, como hemos escuchado en el relato de hoy. Inmediatamente después continúa con la aparición de Jesús a Magdalena en la que ésta le confunde con el hortelano.

¿Quién fue María Magdalena? Es del grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes. Dirá Lucas que Jesús había expulsado de ella siete demonios. Y, como indicábamos antes, Magdalena tiene un puesto muy importante, tanto al pie de la cruz, como en las primeras apariciones del Resucitado. De la población galilea de Magdala. La tradición cristiana latina, es decir occidental, ha hecho coincidir a María Magdalena con aquella mujer, pecadora pública, que irrumpe durante la comida de Jesús con el fariseo Simón y a la que se le perdonan sus muchos pecados porque amaba mucho. Y también se la ha hecho coincidir con María, la hermana de Lázaro y Marta. Sería también, por tanto, la que escuchaba a los pies de Jesús mientras su hermana Marta se afanaba en el trabajo doméstico, la que fue testigo de la resurrección de su hermano y, también la que vertió, ante el escándalo de Judas, una libra de perfume de nardo puro sobre los pies de Jesús. Pero según los evangelios Magdalena sería una conversa a la que Jesús había cambiado la vida, que se mantiene fiel cuando han huido atemorizados los discípulos y que es testigo privilegiado de las primeras apariciones del Resucitado.

Últimamente se han construido sobre la figura de María Magdalena otras hipótesis que carecen de fundamento en los evangelios: recordemos desde lo que podía insinuar Jesucristo Superstar hasta La última tentación de Cristo que Martín Scorsesse tomó de una novela, hasta las recientes versiones de cine como El código da Vinci.

María Magdalena pudo haber sido aquella mujer que experimentó, en aquella comida convencional ofrecida por el fariseo al maestro, que nadie la había mirado con tanta pureza y comprensión y nadie había sabido reconocer la existencia de su mucho amor en su corazón como lo hizo el maestro. Y fue ese amor nuevo, que la limpieza de Jesús había hecho surgir dentro de su ser, el que le empujó a derramar aquella libra de nardo puro, intuyendo de alguna manera que no lo iba a poder hacer en el día de su sepultura. Y aquella mujer nueva, que amaba mucho porque sentía que se la había perdonado mucho, será la que estará firme junto a la cruz y la protagonista del anuncio inesperado de que el maestro había resucitado.

En este día de pascua en que, como dice la vieja secuencia, los cristianos presentan «ofrendas de alabanza», nos dirigimos a esta mujer que fue primer testigo del centro de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo. Y, podemos preguntarle también con esa vieja e ingenua secuencia de pascua: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?». Ojalá nuestra fe nos pueda decir, en esta mañana de la pascua siempre florida -porque el grano de trigo ha comenzado a dar vida- lo que sintió aquella mujer que quizá había sido pecadora, de cuyo corazón Jesús había expulsado muchos demonios y que, fue fiel a su Señor en la cruz y en la resurrección.

«Dinos, María», en esta mañana de pascua, que nadie hablaba tan de verdad al corazón como aquel a quien tú escuchabas sentada a sus pies. Dinos que tenemos que trabajar, que entregarnos a la lucha de la vida, a las personas a las que queremos... Pero que nunca nos olvidemos de lo que es últimamente lo único necesario: estar a la escucha de nuestro yo, en donde pueda resonar la palabra del Señor resucitado.

«Dinos, María», que Jesús resucitado puede expulsar de nosotros todos esos demonios que están como agarrados a nuestro corazón; que él puede cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne y hacer que nos nazca una carne nueva sobre nuestra carne vieja y podrida.

«Dinos, María», lo que sentiste cuando Jesús te miraba a los ojos y al corazón en aquella fría comida del fariseo. Dinos que podemos encontrar en Jesús a alguien que nos mira siempre con limpieza; que espera de nosotros lo mejor; que sabe descubrir en los escondrijos de nuestro ser y de nuestra vida ese poso de bondad que todos llevamos dentro. Dinos que es más importante amar mucho que errar mucho, que al que mucho se le perdona, mucho ama. Dínoslo hoy, María, al corazón...

"Dinos, María", que cuando se vive en el amor se está más allá de esas lógicas fariseas que siempre calculan todo; que la fuerza del amor es inseparable del riesgo y la generosidad, hasta de cierta locura... Es lo que tú hiciste derramando sobre los pies de Jesús esa libra de nardo puro.

"Dinos, María", que valió la pena estar junto a la cruz del Señor, intentándole dar aunque sólo sea tu compañía y tu amor, y que el seguidor del maestro tiene que estar junto a las cruces del hombre de nuestro tiempo.

Y «dinos, sobre todo, María», en esta mañana de pascua, que podemos sentir que Cristo resucitado nos llama por nuestro propio nombre y nos dice siempre al corazón una palabra de aliento y esperanza. Dinos que hay siempre una Galilea, una patria de bondad, en la que Cristo nos aguarda. Dinos que Cristo debe ser nuestro amor y nuestra esperanza. Dinos que ese Cristo resucitó de veras que sigue hoy vivo ante mi propia vida. «Dinos, María», que ha resucitado Cristo nuestra esperanza y nos llama por nuestro nombre, con el mismo cariño con el que pronunció el tuyo; que el amor es más fuerte que el pecado y la vida más fuerte que la muerte.

«Dinos, María», en esta mañana de pascua, lo que decía la vieja secuencia medieval: "¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua (Javier Gafo).

Misa del día: La Resurrección de Jesús, fundamento de nuestra filiación divina, la fe en ella se convierte en fuente de esperanza y causa de la alegría

Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta. Los ha colmado de gozo al hacerles vivir no ya una vida terrestre sino una vida celestial. Rezan las primeras homilías que conservamos: "Soy Yo, en efecto vuestra remisión; / soy Yo, la Pascua de la salvación; / Yo el cordero inmolado por vosotros, / Yo vuestro rescate, / Yo vuestra vida, / Yo vuestra luz, / Yo vuestra salvación, / Yo vuestra resurrección, / Yo vuestro rey... / Él es el Alfa y el Omega / Él es el principio y el fin. / Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, / el caudillo, el Señor, / aquel que ha resucitado de entre los muertos / aquel que está sentado a la derecha del Padre...." La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo de la Vida que nos comunica el Resucitado. La misa de hoy la tenemos que entender y celebrar sobre todo como un encuentro con el Resucitado tal como lo disfrutaron los discípulos el mismo día de Pascua. “Este es el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Este es el día en que, vencida la muerte, / Cristo sale vivo y victorioso del sepulcro. / Este es el día que lava las culpas y devuelve la inocencia, / el día que destierra los temores y hace renacer la esperanza, / el día que pone fin al odio y fomenta la concordia, / el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Hoy, Señor, cantamos tu victoria, / celebramos tu misericordia y tu ternura, / admiramos tu poder y tu grandeza, / proclamamos tu bondad y tu providencia. / Que sea para nosotros el gran día, / que saltemos de gozo y de alegría, / que no se aparte nunca de nuestra memoria / y que sea el comienzo de una vida / de esperanza, de amor y de justicia”.

"Creer en la resurrección... es el acto de participar en la creación ilimitada... Tener fe, si es que yo alcanzo a descifrar la imagen cristiana, es percibir en su identidad la resurrección y la crucifixión. Sostener la paradoja de la presencia de Dios en un Jesús crucificado, es decir, en el fondo de la desgracia y de la impotencia, un Jesús abandonado de Dios. Tener tal fe es adquirir la libertad de hombre sobre toda ilusión, la del poder y la del tener. Dios no es ya el emperador de los romanos, ni aquel tipo de hombre estimado por los griegos como ejemplar de belleza y de fuerza..., sino más bien la certeza de que es posible creer un futuro mejor, nuevo, pero tan sólo si se identifica con aquellos que en el mundo son los más despojados y los más aplastados... Tal amor y la esperanza en la resurrección se identifican. Porque no hay amor más que cuando un ser es para nosotros irreemplazable, y nosotros estamos dispuestos a dar por él nuestra propia vida... Cuando de verdad estamos dispuestos a tal donación y entrega por el último de los hombres, es entonces cuando Dios está con nosotros; he aquí el poder de transformar el mundo" (R. Garaudy).

“Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la paz”, pedimos en la Oración colecta.

Los judíos tenían el poema de las cuatro noches. La primera noche fue cuando YHWH se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo estaba informe y vacío y las tinieblas se extendían sobre la superficie del abismo, y la palabra de YHWH era luz y brillaba. Y la llamó primera noche. La segunda noche, cuando YHWH se le apareció a Abraham anciano de 100 años y a su esposa Sara, de noventa años, a fin de cumplir lo que dice la Escritura: "Es que Abraham, a los cien años de edad, va a engendrar y su esposa Sara, de noventa años, va a dar a luz un hijo?" Pues bien, Isaac tenía 37 años cuando fue ofrecido en el altar. Los cielos se inclinaron y bajaron e Isaac vio sus perfecciones. Y la llamó la segunda noche. La tercera noche fue cuando YHWH se apareció a los egipcios en medio de la noche; su mano mataba a los primogénitos de Israel, para que se cumpliera lo que dice la Escritura: "Israel es mi primogénito". Y la llamó la tercera noche. La cuarta noche será cuando el mundo llegue a su fin para ser disuelto. Los yugos de hierro se romperán y las generaciones perversas serán aniquiladas. Moisés subirá de en medio del desierto y el rey Mesías vendrá desde lo alto. Uno avanzará a la cabeza del rebaño y su palabra caminará entre los dos y ellos marcharán juntos. Es la noche de la pascua para el nombre de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a lo largo de sus generaciones.

Es el día en que Jesús «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et Spes 22). El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.

“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.

Los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37-43) nos muestran a Pedro que tomó la palabra y dijo: “Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”. Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro, que habla solidariamente con todos los apóstoles: "Nosotros somos testigos..." ¿de qué? De que Jesús es el Cristo, el Señor. Hay una identidad entre el Cristo predicado y el Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la fe cristiana. En esta predicación vemos que Dios ha mostrado que hay que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica; una apertura hacia todos del hecho cristiano, y el subrayar la resurrección de Jesús el tercer día es también no sólo determinación temporal, sino una afirmación histórico-salvífica, como ya se ha visto estas semanas. Hoy se cumplen las escrituras, como dirá Jesús a los de Emaús: la ley y los profetas (Pere Franquesa). Este quinto discurso de Pedro en Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse. Mirar la luz de Jesús, esta estrella, creer en este Ungido, eso es la Pascua, una fiesta de liberación. Creer en el Cristo de Dios es nuestra alegría y nuestra vida, es perdón y reconciliación, es paz y principio de vida eterna (“Caritas”).

El Salmo (117,1-2.16ab-17.22-23) canta: “Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo
Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos, / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente”.

Compuesto para la liturgia hebrea, este salmo recibe un puesto destacado en la cristiana, que encuentra reflejados en él los misterios redentores de la vida de Cristo. El Señor cantó este salmo al finalizar la Última Cena: así consta en las anotaciones de los salterios más antiguos. Y así la primera Eucaristía encontró en este salmo una admirable conclusión. Con los sentimientos que se contienen en él, nuestro Salvador se encaminó hacia la vía dolorosa que le introduciría en la gloria del día eterno. Pero antes, el designio de su Padre era permanecer en la Cruz hasta el final, como dijo Juan Pablo II: "Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar." Nos habla de alabar a Dios “porque es bueno”, y nos dice Jesús que “Nadie es bueno sino sólo Dios”. Esto nos consuela, cuando vemos que alguien nos falla… “Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios" (S. Agustín). Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: nuestro Dios está vestido de un manto de misericordia, le precede la ternura y le acompaña la lealtad, y, desde siempre y para siempre avanza sobre una nube en cuyos bordes está escrita la palabra Amor. Israel está en condiciones de confirmar esta noticia: desde pequeño fue tratado con cuerdas de ternura; fue para él -el Señor- como la madre que se inclina para dar de comer a su pequeño y luego lo levanta hasta su mejilla para acariciarlo, y, en su borrascosa juventud lo acompañó con su brazo tenso y fuerte hasta instalarlo en la tierra jurada y prometida. Esta noticia de su eterno amor lo pueden también constatar todos los fieles en cuyas noches brilló el Señor como una antorcha de estrellas, y fue sombra fresca para sus horas de calor. ¡Gloria, pues, eternamente a Aquel que vela nuestro sueño y cuida nuestros pasos!

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Esta es la liturgia de Pascua en el corazón del año. Pero para el verdadero cristiano, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó el Señor». Cada día es día de victoria y alabanza, de regocijo y acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en torno a la tumba vacía. ¡Cristo ha resucitado! «Este es el día en que el Señor ha actuado». ¡Ojalá pudiera decir yo eso de cada día de mi vida! Sé que es verdad, porque, si estoy vivo, es porque Dios está actuando en mí con su infinito poder y su divina gracia; pero quiero sentirlo, palparlo, verlo en fe y experiencia, reconocer la mano de Dios en los sucesos del día y sentir su aliento a cada paso. Este es su día, glorioso como la Pascua y potente como el amanecer de la creación; y quiero tener fe para adivinar la figura de su gloria en la humildad de mis idas y venidas. «La diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa. No he de morir: viviré para contar las hazañas del Señor». Que la verdad de fe penetre en mi mente y florezca en mis actos: cristiano es aquel que vive el espíritu de la Pascua. Espíritu de lucha y de victoria, de fe y de perseverancia, de alegría después del sufrimiento y vida después de la muerte. Ninguna desgracia me abatirá y ninguna derrota me desanimará. Vivo ya en el día de los días, y sé que la mano del Señor saldrá victoriosa al final. «El Señor está conmigo, no temo: ¿qué podrá hacerme el hombre?» Día a día, necesito a mi alrededor a mi gente, mis amigos, que afirmen esa misma convicción y confirmen mi fe con el don de la suya, que canten conmigo la gloria de Pascua para que todos nos unamos en el estrecho vínculo de la fe y la alegría: «Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Carlos G. Vallés).

"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (v. 22)… Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: “piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado".

La segunda frase que comenta también Juan Pablo II es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf Sal 117,26). La palabra "misericordia" que abre y cierra la composición “traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf vv 2-4)”.

San Pablo a los Colosenses (3,1-4): “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria”.

Los primeros relatos que tenemos de la pascua son las cartas apostólicas, que recogen lo que vivían los primeros cristianos en su primitiva liturgia: el hecho de la resurrección. Pensar en las cosas de arriba donde está Jesús, “gustar” de esas cosas… son reminiscencias de esos himnos litúrgicos que recibe S. Pablo y que re-piensa en su teología: es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el "ya" y el "todavía-no".

Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir. Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y nuestra elección no puede ser otra que "los bienes de arriba". Lo cual no significa que el cristiano se desentienda de los "bienes de la tierra", si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los "bienes de arriba", es decir, lo que esperamos, es también la transformación por el amor del mundo en que habitamos. Cuando Cristo aparezca, se mostrará en Él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya radicalmente, misteriosamente (“Eucaristía” 1982). El paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo Jesús. La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede separar de la moral cristiana. La piedad ha valorado excesivamente algunas prácticas destinadas a mortificar el cuerpo para liberar el alma (P. Franquesa).

El Evangelio de Juan (20,1-9) dice que “el primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

Después que hubieran puesto la experiencia de Jesús resucitado por escrito, la fe de los primeros cristianos quiso conocer los hechos anecdóticos, los acontecimientos según el orden de los sucesos, y antes de que murieran los Apóstoles se fueron recogiendo los relatos, que se fueron escribiendo según el orden de los Evangelistas, y con sus variantes y tradiciones fueron componiéndose los Evangelios. Según lo que me parece entender, las cosas serían algo así como: primero Jesús se aparece en su interior a la Virgen y le comunica, en la madrugada del domingo, es decir hoy, que ha resucitado. Este gozo lo comunican los ángeles a las mujeres, que anuncian la nueva a los Apóstoles, primero Simón y Juan que van y creen, al ver los lienzos como “desinflados”. María Magdalena se queda allí, y habla con Jesús creyendo que es el hortelano hasta que la llama por su nombre: “María” y ella le reconoce. Esto nos hace ver que Jesús en su cuerpo glorioso –que no tiene materia, que puede pasar por espacios sólidos y cruzar en el mismo tiempo varios lugares- se aparece a quien quiere, y quizá también a quien está preparado para ver, como vemos en la siguiente aparición, los de Emaús: por el camino les explica las Escrituras, y se encienden al ver que desde Moisés y los profetas hablan de que Jesús tiene que sufrir antes de resucitar (toda la cuaresma hemos leído estos pasajes) y luego le dicen que se quede (se hace de noche, cuando Él no está) y Él cena con ellos, y al partir el pan lo reconocen. En esta aparición vemos las dos escenas de la Misa: la lectura viva de la Palabra que enciende nuestros corazones, y nos prepara para verle en la fracción del pan, segunda parte de la Misa, en la mesa del altar. Luego, siguiendo con las apariciones, lo hace aquella misma noche de pascua a los apóstoles ya reunidos, y luego el domingo siguiente –es una repetición dominical- y otro más en el lago, y luego por último el día de la Ascensión.

En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.

La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".

Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte (Josep Mª Grané).

S. Agustín también comenta este pasaje: “Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó en este caso o se hubiera recomendado la fe en el hecho de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que se habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto (Jn 20,2).

Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron”. En este día santo "lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta" (Secuencia de Pascua).

c) Ratzinger escribió también una Meditación para el día de pascua: “¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa: «se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde que la humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. Ella espera una medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba. Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya problemas casi insolubles.

La iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal contra la muerte se ha encontrado ya. Existe una medicina contra la muerte y ha producido hoy su efecto: Jesús ha resucitado y no volverá ya a morir. Lo que es posible una vez, es fundamentalmente posible y así esta medicina vale para todos nosotros. Todos nosotros podemos hacernos cristianos con Cristo e inmortales. ¿Pero cómo? Esto debería ser nuestra pregunta más viva. Para encontrar la respuesta, debemos sobre todo preguntar: ¿cómo es que resucitó? Pero, sobre eso, se nos da una simple información que se nos confía a todos: Él resucitó porque era no sólo un hombre, sino también hijo de Dios. Pero era también un hombre real y lo fue por nosotros. Y así sigue, por su propio peso, la próxima pregunta: ¿cómo aparece este «ser-hombre» que une con Dios y que debe ser el camino para todos nosotros? Y parece claro que Jesús vive toda su vida en contacto con Dios. La Biblia nos informa de sus noches pasadas en oración. Siempre queda claro esto: Él se dirige al Padre. Las palabras del Crucificado no se nos refieren en los cuatro evangelios de un modo unitario, pero todos coinciden en afirmar que Él murió orando. Todo su destino se halla establecido en Dios y se traduce así en la vida humana. Y siendo así las cosas, Él respira la atmósfera de Dios: el amor. Y por ello es inmortal y se halla por encima de la muerte. Y ya tenemos las primeras aplicaciones a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino para entrar en el espacio de la inmortalidad.

Pero queda todavía otra pregunta. Jesús no era inmortal en el sentido en el que los hombres deseaban serlo desde tiempos inmemoriales, cuando buscaban la hierba contra la muerte. Él murió. Su inmortalidad tiene la forma de la resurrección de la muerte, que tuvo lugar primero. ¿Qué es lo que debe significar esto? El amor es siempre un hecho de muerte: en el matrimonio, en la familia, en la vida común de cada día. A partir de ahí, se explica el poder del egoísmo: él es una huida comprensible del misterio de la muerte, que se halla en el amor. Pero, al mismo tiempo, advertimos que sólo esa muerte que está en el amor hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ese es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el grano de trigo que muere fructifica.

El egoísmo destruye el mundo; él es la verdadera puerta de entrada de la muerte, su poderoso estímulo. En cambio, el Crucificado es la puerta de la vida. Él es el más fuerte que ata al fuerte. La muerte, el poder más fuerte del mundo, es, sin embargo, el penúltimo poder, porque en el Hijo de Dios el amor se ha mostrado como más fuerte. La victoria radica en el Hijo y cuanto más vivamos como Él, tanto más penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor crucificado de Jesucristo”.

Por último, un pensamiento sobre la Pascua, el día que transforma las penas en alegrías. El enigma mayor de la condición humana es la muerte. ¿Como es que el hombre, con deseos de ser feliz, muere? Es el misterio del dolor, de la cruz, que no tiene explicación. Un proceso de transformación, como una purificación del amor, que nos prepara para la felicidad que es estar con Dios. Realidad misteriosa que no es el final, pues cuando se acaba nuestra estancia aquí en la tierra comienza otra, la vida continúa en el cielo. La muerte no es el final de trayecto, la vida no se acaba, se transforma…

Jesús también muere, y ha resucitado. Y nos dice: “Yo soy el camino…”. La muerte es una realidad misteriosa, tremenda, y del más allá no sabemos mucho, sólo lo que Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida…”

Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia salvadora de la muerte hacia la resurrección.

Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza –con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión, también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro mundo y tiempo.

Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida, la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida más plena, de resurrección.

El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte, tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.

En este retablo de las tres cruces, vemos a la Trinidad volcar su amor en el calvario. Y junto a Jesús, su madre. Allí ella también entrega a su hijo por amor a nosotros. Allí también está el buen ladrón que dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”, y Jesús le da la fórmula de canonización: “en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”; es un misterio ese juicio divino en el amor. Juntos se fueron al cielo.

Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel primer domingo: “¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Queremos ver más allá de lo que se ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros días con ese día de fiesta, de esperanza cierta.

El evangelista Juan nos relata dos hechos. María Magdalena, la más madrugadora, va al sepulcro y se encuentra la losa quitada, el sepulcro vacío. No creyó. Se limitó a contar lo que le pareció más razonable: "se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". El segundo hecho es la visita temprana de Pedro y Juan, avisados por las palabras de María Magdalena. Salen corriendo. Naturalmente corre más y llega antes Juan, pero espera a que Pedro llegue y entre. Pedro ve el sepulcro vacío, pero también las vendas por el suelo y el sudario, cuidadosamente plegado y puesto aparte. Juan vio lo mismo. Vio y creyó. Vio la tumba vacía y las vendas y el sudario aparte, y creyó que Jesús había resucitado. Y creyeron en las Escrituras y en las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.

-El evangelio. El evangelio es la Buena Noticia de la resurrección de Jesús. Más que un hecho, es un acontecimiento que cambia la vida y el mundo. Pues si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Por eso es una buena noticia, la mejor para los seres mortales. En el evangelio se anuncia lo imposible, sí, pero también lo irrenunciable, la resurrección, la vida después de la vida, el triunfo y desmitificación contra la muerte. Morir ya no es morir, es sólo un paso, el tránsito hacia la vida perdurable y feliz. Así lo entendieron los apóstoles. No entendieron sólo que la causa de Jesús perduraba, ni que Jesús pasaba a la historia de los inmortales. Entendieron que Jesús estaba vivo. Y comprendieron que su promesa de vida eterna era una promesa que se cumpliría a pesar de todo.

-La evangelización. Y así lo proclamaron a los cuatro vientos, haciendo hincapié en su experiencia: nosotros somos testigos, lo hemos visto todo. Hemos vivido con él, hemos asistido atónitos a su muerte y, cuando todo parecía acabado en la frialdad de la tumba, la tumba está vacía y el muerto ha resucitado. Y nosotros con él. Evangelizar es siempre eso, anunciar la Buena Noticia, proclamar la resurrección del Señor, anunciar a todos que la muerte ha sido vencida, que la muerte no es el final, que la vida sigue más allá de la muerte. Jesús ha derribado de una vez por todas el muro de la desesperación humana. Ya hay camino hacia una nueva humanidad, porque lo imposible ya es posible por la gracia y con la gracia de Dios. ¿Lo creemos?

-La fe que vence al mundo. Creer en la resurrección de Jesús no es sólo tener por cierta su resurrección, sino resucitar, como nos dice san Pablo. Creer es realizar en la vida la misma experiencia de la vida de Jesús. Es ponernos en su camino y en el camino de nuestra exaltación, resueltamente y sin echar marcha atrás. Jesús entendió su exaltación como subida a la cruz, como servicio y entrega por todos, dando su vida hasta la muerte. El que ama y va entregando su vida con amor, va ganando la vida y verifica ante el mundo la fuerza de la resurrección, porque en "ésto hemos conocido que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos", en que estamos dispuestos a dar la vida y no a quitarla. Sólo esta fe viva, esta experiencia de la nueva vida inaugurada por el Resucitado, puede discutir a la muerte y a la violencia su dominio. Sin esa experiencia, nada de lo que digamos sobre la resurrección podrá convencer a los otros. Tenemos que ser testigos de la resurrección, resucitando y ayudando a alumbrar la nueva vida.

-El testimonio. Creer es ser testigos de la resurrección. Creer es resucitar, vencer ya en esta vida por la esperanza la desesperación de la muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza capaz de disputar a la muerte, y a los ejecutores de la muerte, sus dominios. La muerte es el gran enemigo, el mayor enemigo del hombre. El poder de la muerte se evidencia en el hambre, en las enfermedades y catástrofes, en la violencia y el terrorismo, en la explotación, en la marginación, en las injusticias, en todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección es sublevarse ya contra ese dominio de muerte. Es trabajar por la vida, por la convivencia en paz. Es trabajar y apoyar a los pobres y marginados, a los desprotegidos, a los oprimidos. Y debe ser también plantar cara a los partidarios de la muerte, a los asesinos, a los violentos, a los explotadores, a los racistas y extremistas. Porque sólo trabajando para la vida puede resultar creíble la fe en una vida eterna y feliz (“Eucaristía 1995”).

En el evangelio, María Magdalena, la primera que ha visto la losa quitada del sepulcro, corre a informar del hecho a los dos discípulos más importantes, Pedro, el ministerio eclesial, y Juan, el amor eclesial. Se dice que los dos discípulos corrían «juntos» camino del sepulcro, pero no llegaron a la vez: el amor es más rápido, tiene menos preocupaciones y está por así decirlo más liberado que el ministerio, que debe ocuparse de múltiples cosas. Pero el amor deja que sea el ministerio el que dictamine sobre la situación: es Pedro el primero que entra, ve el sudario enrollado y comprende que no puede tratarse de un robo.

Esto basta para dejar entrar también al amor, que «ve y cree» no en la resurrección propiamente dicha, sino en la verdad de todo lo que ha sucedido con Jesús. Hasta aquí llegan los dos representantes simbólicos de la Iglesia: lo que sucedió era verdad y la fe está justificada a pesar de toda la oscuridad de la situación. En los primeros momentos esta fe se convertirá en verdadera fe en la resurrección sólo en María Magdalena, que no «se vuelve a casa», sino que se queda junto al sepulcro donde había estado el cuerpo de Jesús y se asoma con la esperanza de encontrarlo. El sitio vacío se torna ahora luminoso, delimitado por dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies. Pero el vacío luminoso no es suficiente para el amor de la Iglesia (aquí la mujer antes pecadora y ya reconciliada, María Magdalena, ocupa sin duda el lugar de la mujer por excelencia, María, la Madre): debe tener a su único amado. Ella le reconoce en la llamada de Jesús: ¡María! Con esto todo se colma, el cadáver buscado es ahora el eterno Viviente. Pero no hay que tocarle, pues está de camino hacia el Padre: la tierra no debe retenerle, sino decir sí; como en el momento de su encarnación, también ahora, cuando vuelve al Padre, hay que decir sí. Este sí se convierte en la dicha de la misión a los hermanos: dar es más bienaventurado que conservar para sí. La Iglesia es en lo más profundo de sí misma mujer, y como mujer abraza tanto al ministerio eclesial como al amor eclesial, que son inseparables: «La hembra abrazará al varón» (Jr 31,22).

El ministerio predica. Pedro predica, en la primera lectura, sobre toda la actividad de Jesús; el apóstol puede predicar de esta manera tan solemne, meditada y triunfante sólo a partir del acontecimiento de la resurrección. Esta arroja la luz decisiva sobre todo lo precedente: por el bautismo Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, se ha convertido en el bienhechor y salvador de todos; la pasión aparece casi como un interludio para lo más importante: el testimonio de la resurrección; pues testimonio debe ser, ya que la aparición del Glorificado no debía ser un espectáculo para «todo el pueblo» sino un encargo, confiado a los testigos «que él había designado» de antemano, de «predicar al pueblo» el acontecimiento, que tiene un doble resultado: para los que creen en él, el Señor es «el perdón de los pecados»; y para todos será el «juez de vivos y muertos» nombrado por Dios. La predicación del Papa es la sustancia de la Buena Nueva y la síntesis de la doctrina magisterial.

El apóstol explica. En la segunda lectura Pablo saca la conclusión para la vida cristiana. La muerte y resurrección de Cristo, acontecimientos ambos que han tenido lugar por nosotros, nos han introducido realmente en su vida: «Habéis muerto», «habéis resucitado con Cristo». Como todo tiene en él su consistencia (Col 1,17), todo se mueve y vive con él. Pero al igual que el ser de Cristo estaba determinado por su obediencia al Padre, así también nuestro ser es inseparable de nuestro deber. Nuestro ser consiste en que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, ha sido sustraída al mundo y por tanto ahora no es visible; sólo cuando aparezca Cristo, «vida nuestra», podrá salir también a la luz, juntamente con él, nuestra verdad escondida. Pero como nuestro ser es también nuestro deber, tenemos que aspirar ante todo a las cosas celestes, a las cosas de arriba; aunque tengamos que realizar tareas terrestres, no podemos permanecer atados a ellas, sino que hemos de tender a lo que no solamente después de la muerte sino ya ahora constituye nuestra verdad más profunda. En el don de Pascua se encuentra también la exigencia de Pascua, que es asimismo un puro regalo (Hans Urs von Balthasar).

«ESTE ES EL DÍA» Este es el día que hizo el Señor. Un día que empezó aquella madrugada del sábado al lunes de hace dos mil años y que perdurará para siempre. De lo que ocurrió ese día arranca «todo» para el cristiano.

Es verdad que, como dijo Pedro, «la cosa empezó en Galilea», concretamente en Nazaret, cuando el ángel se llegó a María y le dijo: «Dios te salve, llena de gracia...». Pero, cuando las cosas empezaron a «tener sentido de verdad» fue aquella mañana de resurrección. Es decir, hoy.

Porque daos cuenta. La muerte de Jesús cortó por lo sano todas las ilusiones de los apóstoles y de sus seguidores. ¿Quiénes eran los apóstoles? Gentes que «lo habían dejado todo y le seguían». ¿Por qué? Porque «una rara virtud salía de El y curaba a todos». Porque «tenía palabras de vida eterna». O porque, como los de Emaús, «esperaban que fuera el futuro libertador de Israel». Lo cierto es que «a aquel profeta poderoso en obras y palabras, los sumos sacerdotes y los jefes lo condenaron a muerte y lo crucificaron». Y entonces, a todos sus seguidores, se les hundió el mundo. Y sobre sus vidas y sobre su corazón, cayó una losa, tan grande y fría como la que cayó sobre el sepulcro de Jesús. «Causa finita». Fin.

Pero no. Más bien: Principio, Aurora definitiva. Día «octavo» de la Creación. «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido». Leed despacio el evangelio de hoy, y el de ayer-noche, y el de todo este tiempo. Y veréis cómo van «resucitando» todos: la Magdalena, los de Emaús, y los apóstoles desconcertados. Escuchad su grito estremecido que se les sube por los entresijos del alma: «Era verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón».

Es decir, tras el aparente fracaso de Cristo crucificado, que da al traste con todas sus ilusiones, la resurrección trajo un cambio radical en su mente y en su vida. Dio «sentido» a todo lo que los discípulos antes no habían entendido: al valor de la humillación, del dolor, de la pobreza; comprendieron aquella obsesión de Jesús por el Padre, la fuerza del «mandamiento nuevo», distinto, imprescindible. Todo lo entendieron.

Y así, la resurrección se convirtió para ellos en la piedra fundamental de su fe, en el convencimiento de la divinidad de Jesús, y en el núcleo de toda su predicación. Eso. Ya no pensaron en otra cosa. Esa fue su chaladura: declarar oportuna e inoportunamente que «ellos eran testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús». Y que «creer eso, era entrar en la salvación». Ese fue su pregón. Y ésa debe ser la única predicación de la Iglesia.

Lo que ocurre es que, a partir de ahí, los hombre se dividen en dos: los que no creen y piensan que todo acaba con la muerte. Y prefieren no pensar en ella, aunque la ven cabalgando por todos lados, de un modo inevitable. Y se agarran a la «filosofía de la dicha», ya que el tiempo corre que vuela. Y proclamen como Camús: «No hay que avergonzarse de ser dichosos». Y, segundo los que creemos, a pesar del tormento de la duda y la humillante caducidad de las cosas. Los que hemos aceptado el kerigma de Cristo resucitado. Porque algo nos dice en nuestro interior que no pueden quedar fallidas nuestras ansias de inmortalidad. Y, sobre todo, porque como dirá Pablo: «Si Cristo no hubiera resucitado, seríamos los seres más desdichados». Por eso, dejadme que os repita: «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido» (Elvira).

LA PRIMAVERA HA VENIDO. No hace falta ser profeta, ni experto en sociologías y sicologías, para reconocer que la vida del hombre es un tejer y un destejer, una línea ascendente de ilusiones y proyectos, y otra descendente, en la que todos terminamos cantando aquello de «las ilusiones perdidas, hojas son, ¡ay! desprendidas, del árbol del corazón».

Cada uno hemos escalado una vereda de primaveras diciendo que «la vida es bella». Y cada uno también, de pronto, nos hemos encontrado en una niebla de tristezas, quebrantos y soledades. Añadid el despojo que hacen los años... Y entenderéis al poeta: «Todo el mundo es otoño, corazones desiertos..., palomares vacíos de las blancas palomas que anidaron ayer». Sí, con los años, después de combatir en mil batallas, hacemos el recuento de las «bajas» y nos llenamos de melancolía; acaso, de desolación.

EL SEPULCRO VACÍO.-He aquí una primera realidad reconfortante. ¡Qué malo hubiera sido que María Magdalena hubiera descorrido la piedra y hubiera embalsamado a Jesús! A estas horas sus seguidores, si quedábamos, estaríamos diciendo: «Ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedio». Pero, no. Encontró el sepulcro «vacío». Y tuvo que comprender que sus ungüentos eran regalos inútiles, alivios ridículos para un cuerpo inmortal. «¡No estaba allí! ¡Había resucitado!» Allá sólo estaban las reliquias de la muerte: «unas vendas, un sudario». Constataciones de un dolor superado y redentor. Agua pasada. Banderas de la muerte, humilladas por el huracán de la Vida.

Por eso, comprendió -y nosotros con ella- muchas cosas. Por ejemplo:

1.° Las sagradas escrituras.-«Era verdad», dijeron los de Emaús. Y «era verdad» es lo que nos vemos obligados a decir todos los que creemos. -Y nos referimos a todo lo que anunciaron los profetas, a todo lo que predijo Jesús. Desde entonces, el creyente sabe que la muerte y resurrección de Jesús son el broche final de toda la obra salvadora de Dios. La Creación, el pecado, las vicisitudes del pueblo de Israel, la Encarnación, la Cruz..., encuentran su culmen en la «Resurrección». ¡Aleluia!

2.° Comprendemos también «nuestra incorporación a Cristo». San Pablo lo pregona en la segunda lectura de hoy: «Si hemos muerto con Cristo, también viviremos con El, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado, ya no muere más...». Lo dice de mil maneras: «Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya». ¡Aleluia, Aleluia!

3.° No ha lugar al pesimismo.-Efectivamente, vistas desde esta panorámica, todas las tristezas y quebrantos que el hombre va acumulando, todas las enfermedades y soledades, todas las incomprensiones y frustraciones, empiezan a «tener sentido». Si al final de la vida el hombre tiene la sensación de que todo se le vuelve «otoño», con la resurrección de Jesús, tiene la certeza de que todo es primavera. Eterna primavera. Los árboles del «cielo nuevo y la tierra nueva» que ya no acabarán. Antesala del «séptimo día». O mejor, amanecer del Día Primero. Día sin ocaso. Ocasión propicia para escuchar a Pablo: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba». Y volver a cantar: «¡Aleluia, aleluia, aleluia!» (Elvira).

EL «PASO» Y LOS «PASOS». Durante esta semana que acaba de terminar, las calles más típicas de nuestras viejas ciudades, a pesar del clima de secularización reinante, han visto desfilar escenas bellísimas y entrañables, memoriales de nuestra fe, escultura dolorida y procesional de la Pasión del Señor, catequesis vivas -de hoy, de ayer y de mañana-, para quienes se quieran dejar interpelar. Joyas del arte y de las creencias de nuestro pueblo. Celebración popular de estos extremos de amor, por los que quiso «pasar» el Hijo de Dios. Son «los pasos» de la Pasión. Todos ellos -la entrada en Jerusalén, la cena, el prendimiento, la flagelación, la crucifixión, el descendimiento, los cristos yacentes- son «pasos hacia la muerte».

Pero he aquí que, en esta noche recién terminada, ha cambiado la decoración. Han desaparecido los «pasos de la muerte» y sólo contemplamos el «Paso hacia la Vida»: la PASCUA. El gran PASO con mayúscula y definitivo. La Vigilia que ayer noche celebrábamos nos ha introducido en ese Paso ya para siempre. Y ésa es nuestra Vida. Repasad la liturgia de esta madrugada. Y veréis que todos los símbolos que en ella vemos expuestos, todas las lecturas que hemos proclamado, todas las aclamaciones que hemos cantado, dicen lo mismo: «El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos». Eso eran las lecturas del A.T. Hablan del Dios que es «creador», del Dios que «libera a Israel», del Dios que, con el diluvio, «hace brotar una naturaleza nueva». Es decir, un Dios que desborda vida. Y la bendición del fuego, el desfile del cirio pascual por entre las tinieblas del templo, el canto del pregón pascual, el gloria a toque de campanillas, lo mismo. Son proclamaciones de que el Hijo de Dios ha vencido a la muerte, tal y como lo anunció: «Yo soy la resurrección y la vida».

Pero… aunque todos, hoy, parecemos proclamar el derecho a la vida y hemos avanzado asombrosamente en logros médicos increíbles, sin embargo, paradójicamente, vamos inventando más descarados sofismas para aparcar de la vida a muchos seres, generalmente indefensos, absolutamente menesterosos, juzgando de esta manera que esas vidas no eran necesarias.

Pero… aunque hemos conseguido cotas indiscutibles en cuanto a nivel de vida y a calidad de existencia, es posible, casi seguro, que esa «calidad» la hemos centrado únicamente en la vertiente material del hombre, en sus posibilidades de confort y de consumismo; y no en su dimensión espiritual.

Y frente a todas las ofertas de «vida efímera» que nos brindan por ahí, la Fuente de «vida verdadera» sigue siendo Dios. El, «a través del sufrimiento liberador del crucificado» y de la «resurrección con Cristo», nos regala la oportunidad de «vivir una Vida Nueva». Por eso decimos que «nuestra Pascua es Cristo». Porque, frente a todos los «pasos de la muerte» nos ha traído el «PASO HACIA LA VIDA» (Elvira).

Pero en el primer momento la protagonista es la Magdalena. Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! (Juan 20,1). Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. "Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto. Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacio, y antes de sus apariciones personales, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.

Los Apóstoles que hoy vemos radiantes de fe, han pasado de la actitud de zozobra de los momentos de la Pasión, que comenzó en aquella oración del Señor en el huerto, a descubrir la presencia del resucitado y convertirse con las mujeres en testigos cualificados de la buenanoticia. Pedro y el "otro discípulo" representan al fiel Israel ante Jesús como una fuente de agua viva, como una semilla de vida (Jn 12, 24).

Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: "No había aún entendido la Escritura que dice que El había de resucitar de entre los muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando... "Se volvió hacia atrás y vió a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: "Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?". -"María". -"Maestro" (Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado.

"Jesús le dijo: ‘Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro’" (Jn 20,17). María deja alejarse a su Amado. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí tras tí clamando - y eras ido".

Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede estar quieto. "Qui non zelat non amat", dice San Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección. Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá más.

Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja "el intenso moverse" contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo Resucitado.

Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo" (Salmo 117). Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" (Pregón Pascual).

Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros. "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Señor Jesús" (J. Martí-Ballester).

En el templo de la Sagrada Familia de Barcelona, la figura de Cristo atado a la Columna, tiene la columna rota. Como en la película Las crónicas de Narnia se rompe la piedra del sacrificio al morir el león bueno, por amor, y luego resucitar. Cristo rompe el mundo viejo del pecado y crea el mundo nuevo de la gracia. Crea al hombre nuevo. "Celebremos la Pascua, no con levadura vieja (de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad (1 Corintios 5,6).

"La cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret" (Hechos 10,34). Jesús ha vivido en Nazaret la mayor parte de su vida. En Nazaret ha crecido, se ha desarrollado. Ha pasado de niño a adolescente, de joven a adulto. De Nazaret guarda recuerdos imborrables. De su dulce vida familiar de trabajo, silencio, oración en familia y personal solitaria. De sus horas de oración, donde ha ido descubriendo la ternura del Abbá, el cariño dulce y absorbente que ha ido llenando su corazón día a día, donde ha ido creciendo en edad y en sabiduría y gracia. Allí ha ido descubriendo la voluntad del Padre y ha resuelto seguirla hasta la muerte, con la fuerza del Espíritu Santo.

Cristo hombre muere y vuelve a la tierra, como Adán. Antes de morir había entregado su espíritu al Padre. Su espíritu, su alma, la que le informaba hombre vivo. Porque el Verbo, no se había separado de él. El Padre le devuelve el espíritu y su cuerpo, al recibir de nuevo el alma, resucita y vive como hombre vivo, siguiendo unido a la persona divina. No dejará nunca de ser hombre, como nunca dejará de ser Dios.

Pero, aunque Cristo ha hecho brotar el manantial, hemos de acercarnos a la fuente para sacar agua: "Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12,3). Jesús no nos chapuza en el agua a la fuerza.

Como al hombre que llevaba treinta y ocho años paralítico le pide permiso para curarlo: "¿Quieres curarte?" (Jn 5,6), respeta nuestra voluntad libre. ¿Quieres curarte de tus viejos pecados, de tus defectos viejos? ¿De tu levadura vieja? Acude a la fuente. El sacramento de la penitencia actualizará en tí la Resurrección.

Dice Juan que los Apóstoles no habían comprendido qué era la resurrección (20,9). Es difícil de comprender, porque es un misterio, que sólo se comprende por la fe.

Estamos celebrando la Eucaristía, el sacramento de la fe. En él Cristo muere y resucita hoy, y cada día. Por nosotros, para quitar de nosotros la levadura vieja.

"Nuestra víctima pascual: Cristo, ha sido inmolada" (1 Corintios 5,7). Celebremos la Pascua resucitando con él y colaborando con su Espíritu para permanecer resucitados siempre, inmolándonos con Cristo, para ser también víctimas con él, "extirpando lo que hay de terreno en nosotros: lujuria, inmoralidad, pasión, deseos rastreros y codicia" (Col 3,5); "pues hemos muerto con él, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Colosenses 3,1), para gloria de Dios Padre, que por la fuerza del Espíritu Santo, ha resucitado y exaltado a su Hijo, constituyéndolo Señor. Y "cuando se manifieste él glorioso, que es nuestra vida, os manifestaréis también vosotros gloriosos".

Glorifiquemos al Señor porque "este es el día en que actuó, y es la causa de nuestra alegría y gozo. Porque su diestra es poderosa y excelsa. Y porque resucitando a Jesús, nos promete que también nos resucitará a nosotros y nos hará partícipes de su vida gloriosa. No he de morir, no nos ha creado el Señor para la muerte, sino para la vida. Viviremos para cantar las hazañas del Señor" (Salmo 117). A El triunfante y glorioso la gloria por los siglos. Amen (J. Martí-Ballester).

"Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo. Cuando Él se manifiesta en vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él" (Col. 3, 1-4). Procuraré transmitir a los demás la alegría de mi fe tratando de hacerlos felices. "Entonces de todas la tumbas esparcidas por los continentes de nuestro planeta, hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo, ha vencido a la muerte. El árbol de la vida del que el hombre fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente a los hombres en el cuerpo de Cristo. Aunque se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque crezca el cementerio en el que el hombre surgido del polvo retorna al polvo, todos los hombres que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la resurrección" (Karol Wojtyla, Signo de Contradicción).

Cristo, al caer la tarde del día de Pascua, exhaló su aliento sobre los apóstoles y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu que desde el inicio -desde siempre- reposa sobre Jesús y lo conducía, el Espíritu de Dios, ahora Jesús lo da a los suyos. Se lo da realmente -recibid-. El que es Sacramento del Padre, convierte la Iglesia en sacramento suyo y le da el poder divino de la reconciliación-perdón de Dios. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les queden retenidos. Porque es resurrección, Pascua es perdón, vida, posesión del Espíritu, fuente de la vida sacramental de la iglesia y de cada uno de los cristianos. Por eso es paz -presencia saciadora de Dios- y es alegría en el ESpíritu, por Cristo Señor nuestro. El gran regalo de Pascua que nos libra del miedo. "No temas: Yo soy el primer y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde".

Fortalecidos y seguros por la vida sacramental avanzamos hacia el futuro con Jesús, nuestro verdadero Pontífice. Con él la iglesia es el puente que une el presente y el futuro, lo natural y lo sobrenatural.

-COMPROMETIDOS POR LA FE. Sólo desde la fe los signos sacramentales tienen sentido, son realmente significativos. Y la fe -don de Dios- debe ser aceptada y confesada. Y recibimos y profesamos la fe en el interior de la comunidad. Pero es preciso que, tanto esta recepción como la confesión, sean personalizadas. La fe nos compromete, comporta una nueva manera de vivir. Cada uno debe decir el "Señor mío y Dios mío" de Tomás, en comunión con los demás, ciertamente, pero dejándose comprometer personalmente en ello. En los sacramentos y en la eucaristía sobre todo -en la misa que estamos celebrando- tenemos que saber "ver" a Jesús resucitado a través de los signos e iluminados y guiados por la palabra apostólica, que es luz para que los que no hemos visto ni tocado al Cristo histórico podamos adherirnos a su persona y seguir con él su camino de amor al Padre y de servicio y entrega a los hermanos.

Cada domingo somos invitados a hacer la experiencia de la fe que la celebración del misterio pascual reanima y aumenta los dones de la gracia haciéndonos conocer mejor qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha regenerado y qué sangre nos ha redimido para que los frutos del sacramento pascual perduren siempre en nosotros y nos hagan testimonios de la salvación en medio de nuestro pueblo (J. M. Aragonés).

¿Qué hacer con los obstáculos? La piedra en la puerta del sepulcro no supuso un freno para las mujeres. Se ponen en camino, sin saber cómo removerán la losa... Ellas nos pueden... Pero, al llegar, se la encuentran quitada. Eso sucede siempre que ponemos lo que está de nuestra parte.

Optimismo, que nos hace santamente audaces en la vida interior y en el apostolado: a no medir las cosas con criterios humanos: “no puedo, no sé, es que no me entenderán”... Contar con la gracia de Dios, fuerza sobrenatural que nos asegura la victoria en nosotros y en los demás -a través nuestro- si nos comportamos como verdaderos instrumentos.

La alegr'a por la Resurrecci-n de Cristo se ha de contagiar a otras almas. No podemos ocultar la victoria que supone respecto a los poderes del mundo. El Viernes Santo, es el aparente éxito de los poderes de la tierra. El Domingo de Resurrección es el triunfo de Dios.

Y entonces el corazón del cristiano desborda de gozo al comprender un poco más el Amor de Dios que nos ha amado hasta el extremo de morir en la Cruz, acompañado de tantos padecimientos, sin ningún consuelo humano... Y, al poco tiempo, aparece Jesucristo glorioso.

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