viernes, 22 de abril de 2011

Vigilia Pascual: Jesús pasa de la muerte a la Vida, y con su glorificación nos abre las puertas del paraíso

Vigilia Pascual: Jesús pasa de la muerte a la Vida, y con su glorificación nos abre las puertas del paraíso

El pregón pascual exulta de gozo en esta noche santa, cuando se ve que “necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos… ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.

Las lecturas del AT tienen un ritmo interno bien conocido: la Ley y los Profetas, con los Salmos. En el primer grupo, la creación, el sacrificio de Abrahán y el paso del mar Rojo. En el segundo, la llamada al amor renovador (con una alusión intencionada a los días de Noé y al diluvio: referencia bautismal y eclesial) y las imágenes sapienciales-sacramentales de la alianza (el agua, el alimento, la Palabra) en los dos textos de Isaías; la llamada entusiasta a la fe, en el texto de Baruc; la promesa del don escatológico (un pueblo, un agua pura, un corazón y un espíritu nuevos), en el maravilloso texto de Ezequiel. En los salmos resuenan los temas de las lecturas que les preceden, destacándose los dos cánticos bíblicos: el de Moisés para la lectura del Éxodo y el de Isaías 12 como cántico bautismal (Pere Tena).

“La noche de Pascua, en su verdadero sentido, es la fiesta nupcial de la Iglesia. Todas las imágenes de nupcias y bodas que, llenas de promesas, nos acompañan a lo largo de la liturgia anual, alcanzan hoy toda su plenitud. La imagen del pozo de Jacob se ha hecho feliz realidad: la mujer que no tenía esposo, pero que había pertenecido a muchos, ha encontrado al esposo celestial que le estaba destinado desde el comienzo. La humanidad ha acabado por comprender a quién debe dirigir el saludo que hasta ahora había dirigido a un esposo falso y seductor. Este saludo era: "¡Salve, esposo! ¡Salve, nueva luz!" (Fírmico Materno). Pues "sólo hay una luz, sólo hay un esposo: Cristo es el único que ha recibido la gracia de tal nombre" (Id). Aquí, en la noche de Pascua, en boca de la Iglesia y ante la luz del cirio pascual, figura de Cristo, el antiguo saludo de los misterios paganos alcanza su verdadero sentido. Ya es de noche; llega el esposo a casa y encuentra a la esposa desvelada. No ha podido pegar los ojos sabiéndolo fuera, en la noche del sepulcro.

¡Ahora ha vuelto vivo! "Sus cabellos están cubiertos de la escarcha de la noche" (Ct 5,2), como decía S. Paulino de Nola: aún lleva impresas las huellas de la pasión. Pero está ante la puerta, sobrenaturalizado, con el cuerpo glorificado, revestido de la divinidad, "mirando por las ventanas, atisbando por entre las celosías" (Ct 2,9); San Ambrosio dirá que las "ventanas" se interpretan como si fuesen los profetas, “por los cuales Dios miró al género humano antes de bajar Él mismo a la tierra". Hasta ahora la esposa solamente ha podido adivinarlo a Él a través de las ventanas y las celosías, a través de los dichos y las imágenes de los profetas. Ahora ha salido de la oscuridad de la noche, y su presencia viva en la gloria de su resurrección sobrepasa con su resplandor cualquier imagen y profecía” (Emiliana Löhr).

El Génesis nos narra el principio, cuando “creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: "Que exista la luz." Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla; llamó Dios a la luz "Día"; a la tiniebla, "Noche". Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero”.

Y Dios separó cielo y tierra, “y dijo Dios…: " que aparezcan los continentes." Y así fue. Y llamó Dios a los continentes "Tierra", y a la masa de las aguas la llamó "Mar". Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: "Verdee la tierra hierba verde que engendre semilla, y árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra." Y así fue”.

Y separó el día y la noche, y puso lumbreras en la bóveda del cielo, “para señalar las fiestas, los días y los años… para dar luz sobre la tierra”. Y el sol alumbra el día y la luna la noche, y las estrellas. “Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto”.

“Y dijo Dios: "Pululen las aguas un pulular de vivientes, y pájaros vuelen sobre la tierra frente a la bóveda del cielo." Y creó Dios los cetáceos y los vivientes que se deslizan y que el agua hizo pulular según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: "Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra." Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Y dijo Dios: "Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies." Y así fue. E hizo Dios las fieras según sus especies, los animales domésticos según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra." Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: "Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra…" Y les hizo señores de todo. “Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus ejércitos. Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho”. Todo es fruto del gran amor de Dios. Todo nace, todo es vida, todo es bueno. Y el gran amor de Dios continúa siempre, en todas las generaciones del mundo y de los hombres: el universo es obra de Dios, la creación entera es buena, el hombre ha recibido la bendición divina y ha sido hecho a imagen de Dios. En esta noche el texto de la creación nos recuerda que la redención culmina el proyecto de Dios trazado desde el inicio. Y Dios busca, impaciente, a alguien con quien estar cara a cara, a alguien con quien hablar. Y el hombre no existe para sí mismo: existimos para los demás, y sobre todo Dios. Somos creados como seres "de cara" a Dios. No hemos sido hechos primordialmente para amar a Dios, sino para que dejarnos amar por Dios, no somos nosotros los que buscamos a Dios; es Dios el primero en buscarnos. Hay alguien que nos busca desde el primer día del universo... Como el enamorado que busca al ser amado con una pasión que da sentido a su vida. Vive sólo para él y por él; piensa en él, existe con referencia a lo que el otro piensa, experimenta y vive. Ser buscado por alguien es la felicidad del que es amado.

Somos buscados por Dios desde el principio. Y con impaciencia y pasión. Sí, somos fruto de la pasión de Dios, que nos dice: "La fuerza con que te amo no es distinta de la fuerza por la cual existes"” (Paul Claudel).

“Dios y Padre creador, / bendito sea tu nombre; / Tú nos has hecho a tu imagen / y nos has moldeado a semejanza tuya. / Llevamos ya estos nombres gloriosos: / hijos amados, / hombres nacidos de una palabra de amor. / Haz que nada desfigure nuestra belleza original, / sino que ésta florezca esplendorosa, / sin mancha ni arruga, / en la resurrección eterna” (“Dios cada día”, Sal terrae).

De todas las cosas creadas, sólo el hombre es llamado "imagen de Dios". La faz del Dios invisible se halla sobre el frágil rostro del hombre.

"Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno". Es una visión positiva de la creación, la realidad material no es mala sino buena, la idea maniqueísta de que lo corporal es malo, no es bíblica ni cristiana. El tapiz de la creación, de la catedral de Gerona, habla con pinturas de esta realidad teológica: el mundo es bueno, salido de las manos de Dios, y las realidades de nuestro mundo son buenas, no hemos de renegar de nada, ni reprimir, sino –como dice el texto- trabajar el jardín, cuidar de la creación, dar gloria al Creador trabajando con Él en la superación del caos: Dios pone orden, separa, distingue.

El Salmo canta por eso: “bendice, alma mía, al Señor: / ¡Dios mío, qué grande eres!... ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! / Todas las cosas hiciste con sabiduría, / llena está la tierra de tus criaturas. / Bendice, alma mía, al Señor”.

El Génesis nos sigue contando que Abraham fue a sacrificar a su hijo, pero el Señor le mando a un ángel para impedirlo. “Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abraham desde el cielo: …te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa… Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido."

Dios llama. Respondió Abraham a la llamada de Dios, incluso cuando creía que Dios le estaba pidiendo la muerte de su propio hijo. Pero la llamada de Dios nunca es para la muerte, sino para la vida. Los especialistas ven en este texto un resto de la costumbre fenicia y cananea de la inmolación del primogénito. El relato iría contra esta tradición. Dios no quiere sacrificios humanos sino la obediencia de la fe. La tradición judía ve en la disponibilidad de Abraham y de Isaac el hecho fundamental por el cual Dios se comprometerá a salvar a las generaciones venideras. La tradición patrística vio en Isaac el prototipo de Cristo: hijo único ofrecido y recuperado por el Padre.

Creer no es crear ni inventar nada. Creer es fiarse. Fiarse de Dios y de su palabra. Creer no es tampoco empeñarse en saber. No soy yo quien tengo que saber. Creer quiere decir simplemente que Dios lo sabe, aun cuando yo esté a oscuras, y que me ama, aun cuando yo no lo sienta. Es el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe. El pueblo de Israel debe ofrecer a Dios los hijos primogénitos, como debe hacer con las primicias de todo, pero no derramando su sangre. Este hombre pone una confianza tan grande en Dios que se dispone a ofrecerle "el hijo único", al que tanto quiere y que es la prenda de la promesa que el mismo Dios le había hecho. No es extraño que los Padres de la Iglesia vieran en Isaac la figura de Jesús, el único y amado de Dios que, éste sí, se ofrece en la cruz (J. M. Grané).

El Salmo dice: “el Señor es el lote de mi heredad y mi copa; / mi suerte está en tu mano: / me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad… / Tengo siempre presente al Señor, / con Él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena. / Porque no me entregarás a la muerte, / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. / Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha”. Todo esto ha sido interpretado como anuncio de la resurrección (Hch 2,25 29), como recordaba Juan Pablo II: “es un cántico luminoso, con espíritu místico… Dios es considerado como el único bien… el don de la tierra prometida al pueblo de Israel”, que para la tribu sacerdotal será Dios mismo. San Agustín comenta: "El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que Tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé Tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de Él nada te puede bastar"”.

También vemos el tema del "camino": "Me enseñarás el sendero de la vida". Es el camino que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor, más allá de la muerte, en la vida eterna, refiriéndolo a la resurrección de Cristo: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2,24). San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción" (Hch 13,35-37)”.

En el contexto de la lectura de Gn 22 (1-18), la carta a los Hebreos nos indica el camino del doble significado de este acontecimiento: "Abraham pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro" (Hb 11,19). “Si el sacrificio de Isaac, hijo único, nos invita a pensar en el sacrificio del Hijo unigénito del Padre, la salvación concedida a Isaac nos traslada a la resurrección de Cristo. Abraham cree en la palabra de Dios: "Isaac es quien continuará tu descendencia" (Gn 21, 12).

El Éxodo nos presenta a Moisés, cuando Dios le dice: "extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto”. Y los egipcios que los perseguían, sus carros y de sus guerreros, se metieron por entre las dos paredes de agua, y se atrancaron. “Dijo el Señor a Moisés: "Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes."

Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su curso de siempre. Los egipcios, huyendo, iban a su encuentro, y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno solo se salvó. Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda… y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo. Entonces Moisés y los israelitas entonaron este canto en honor del Señor: "Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria: Él hundió en el mar los caballos y los carros. Él Señor es mi fuerza y mi protección, Él me salvó. Él es mi Dios y yo lo glorifico, es el Dios de mi padre y yo proclamo su grandeza. El Señor es un guerrero, su nombre es ‘Señor’. Él arrojó al mar los carros del Faraón y su ejército, lo mejor de sus soldados se hundió en el Mar Rojo. El abismo los cubrió, cayeron como una piedra en lo profundo del mar. Tu mano, Señor, resplandece por su fuerza, tu mano, Señor, aniquila al enemigo… ¡El Señor reina eternamente!".

Es el gran relato que marca la historia del pueblo de Israel. Dios no puede soportar la esclavitud de sus hijos, Dios combate junto a ellos contra los poderosos y los opresores. Es este un gran anuncio gozoso. De las lecturas del AT de esta vigilia, ésta es la más importante. Describe el acto fundador del pueblo: el grupo de esclavos llega a ser el pueblo salvado por Dios. La liberación de Dios desemboca en el canto de acción de gracias de todo el pueblo.

El Bautismo es también pascua, imagen de la de Cristo que pasó por la muerte y resucitó a la diestra del Padre y ha hecho posible nuestra pascua, que tiene en el Bautismo su inicio pues nos hizo pasar del pecado a la condición de hijo de Dios. La oración que sigue lo expresa así: “Oh Dios, que has iluminado los prodigios de los tiempos antiguos con la luz del Nuevo Testamento: el mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo liberado de la esclavitud imagen de la familia cristiana...” y el mar-poder del mal. Egipto y el mar vinieron a ser para Israel sinónimos de enemigos. Sumergirse en el mar era signo de muerte, pero Yahvé lo ha convertido en signo de liberación y comienzo de una nueva vida. Es el lenguaje de la teología paulina sobre el bautismo. El bautismo tiene un doble efecto: libera del pecado y nos hace criaturas nuevas, que nacen del "agua y del Espíritu". Jesús se convierte en el nuevo Moisés que conduce al pueblo hacia la patria. Por el bautismo nos incorporamos a Cristo, nos sumergimos en su muerte y resurrección. En él pasamos por la muerte para llegar a la vida-resurrección (Pere Franquesa).

“Dichoso aquel que comprende el significado de los cantos, escribe Orígenes, puesto que nadie canta si no está en fiesta; pero dichoso aún más quien canta el canto de los cantos. Antes es preciso salir de Egipto para poder entonar el primero de los cantos: Cantad a Yahvé, que se ha mostrado de modo glorioso”. Y hablando del bautismo decía: «Sábete que los egipcios te persiguen y pretenden volverte a poner bajo su servicio, quiero decir los dominadores del mundo y los espíritus malos a quienes tú has servido hasta hoy. Se esfuerzan por perseguirte, mas desciendes a las aguas, y eres salvado. Purificado de las manchas del pecado, te levantas hombre nuevo, dispuesto a cantar un cántico nuevo».

Las tres siguientes lecturas, de los profetas, anuncian al pueblo el amor de Dios, el amor inmenso que jamás falla, que siempre espera. El amor que es más fuerte que todas las infidelidades, que todas las debilidades de los hombres.

Isaías es el primero: “el que te hizo te tomará por esposa; su nombre es Señor de los ejércitos. Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra. Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada -dice tu Dios-. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero -dice el Señor, tu redentor-. Me sucede como en tiempo de Noé: juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; así juro no airarme contra ti ni amenazarte. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará -dice el Señor, que te quiere-”. Y sigue cantando la fecundidad de la nueva Jerusalén, mientras Israel en el exilio se encuentra en una situación como la de una esposa abandonada.

-"Con misericordia eterna te quiero": La nueva etapa de amor no tendrá fin. La condición de fidelidad por parte de Israel que exigía el Dt, aquí ni se habla. Es un amor unilateral y que tiene una proyección universal, porque halla su punto de comparación en la alianza con Noé.

El Salmo canta: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado / y no has dejado que mis enemigos se rían de mí... / Señor, sacaste mi vida del abismo, / me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, / dad gracias a su nombre santo; / su cólera dura un instante; / su bondad, de por vida; / al atardecer nos visita el llanto; / por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; / Señor, socórreme. / Cambiaste mi luto en danzas, / me desataste el sayal y me has vestido de fiesta; / te cantará mi alma sin callarse, / Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre”. Canta la misericordiosa de Dios que nos ha levantado y ha hecho que vivamos cuando íbamos a la muerte. Nuestro luto se ha trocado en una danza. La oración cierra, actualizándola, esta visión de construcción de la Iglesia: Dios todopoderoso y eterno..., aumenta con tu adopción los hijos de tu promesa, para que la Iglesia vea en qué medida se ha cumplido ya cuanto los patriarcas creyeron y esperaron (Adrien Nocent).

Juan Pablo II comenta: “Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual”. “Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido”.

Isaías otra vez: “así dice el Señor: "Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: a él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti; por el Señor, tu Dios, por el Santo de Israel, que te honra. Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo."

“Venid a mí, y viviréis”. La mención del trigo y del vino tiene para los oídos cristianos resonancias eucarísticas. Allí mismo donde las circunstancias parecen contrariar el plan de Dios, Dios realiza su obra. Cuando el hombre considera su pecado demasiado grande para ser perdonado, Dios revela un pensamiento que rebasa las normas de la justicia humana y de esa forma permite la conversión del peor de los pecadores. Esta lectura está encabezada y dominada por la llamada de Dios a acercarse a Él todos los que están sedientos. Él va a llenarlos con sus dones: trigo, vino y leche, símbolos de la abundancia de la tierra prometida. Dones que se orientan al don fundamental: la vida. "Venid a mí y viviréis". Esta plenitud de vida se obtiene entrando a formar parte de la Alianza con Dios en Jesucristo. Se trata de un don totalmente gratuito, que no hemos pagado ni podremos pagar.

-El profeta Isaías cree en la fuerza de la Palabra de Dios, que no volverá a Él sin haber cumplido su encargo. Su encargo es crear de la nada un pueblo nuevo. Esta Palabra de Dios se muestra cada día viva, activa, eficaz. La Eucaristía se realiza por el poder de esta misma Palabra de Dios (J. Roca).

El agua y la palabra son sacramentos eficaces, y transforman al pecador en criatura nueva. Y se nos invita a encontrar al Señor mientras Él se deja encontrar, a invocarle mientras está cerca, a abandonar nuestros caminos y volver al Señor. La palabra convierte y el agua alimenta al que ha decidido seguir la palabra. Entramos, pues, en relación vital con Dios y nos hacemos conscientes de que nuestra vida depende del agua que nos ofrece y de la palabra eficaz que nos dirige.

Isaías, ahora como salmo: “he aquí que Dios es mi salvador, confiadamente actuaré, no temeré porque mi fortaleza y mi gloria es el Señor y ha sido mi salvación. / Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador. / Alabad al Señor e invocad su nombre, haced notorios a los pueblos sus consejos, acordaos que su nombre es excelso. / Cantad al Señor, porque se ha portado con magnificencia, anunciad esto en toda la tierra. Regocíjate y da alabanza, morada de Sión, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel”. Es una exaltación jubilosa por lo que el Señor nos ofrece: El Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. La oración conclusiva recuerda que el Señor quiso anunciar por la voz de los profetas lo que hoy se cumple, y añade: ...atiende los deseos de tu pueblo, porque ninguno de tus fieles puede progresar en la virtud sin la inspiración de tu gracia (Adrien Nocent).

Baruc: Escucha, Israel, mandatos de vida; presta oído para aprender prudencia. ¿A qué se debe, Israel, que estés aún en país enemigo, que envejezcas en tierra extranjera, que estés contaminado entre los muertos, y te cuenten con los habitantes del abismo? Es que abandonaste la fuente de la sabiduría. Si hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para siempre. Aprende dónde se encuentra la prudencia, el valor y la inteligencia; así aprenderás dónde se encuentra la vida larga, la luz de los ojos y la paz. ¿Quién encontró su puesto o entró en sus almacenes? El que todo lo sabe la conoce, la examina y la penetra. El que creó la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos; el que manda a la luz, y ella va, la llama, y le obedece temblando; a los astros que velan gozosos en sus puestos de guardia, los llama, y responden: Presentes", y brillan gozosos para su Creador. Él es nuestro Dios, y no hay otro frente a Él; investigó el camino de la inteligencia y se lo enseñó a su hijo, Jacob, a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y vivió entre los hombres. Es el libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna: los que la guarden vivirán; los que la abandonen morirán. Vuélvete, Jacob, a recibirla, camina a la claridad de su resplandor; no entregues a otros tu gloria, ni tu dignidad a un pueblo extranjero. ¡Dichosos nosotros, Israel, que conocemos lo que agrada al Señor!”

Veo ahí la llamada divina, que nos muestra la vocación, la auténtica vida y la felicidad. Se trata de mantenerse fieles a la Palabra o Sabiduría de Dios, que Él dio a Israel y quedó plasmada en la ley y "los mandatos de Dios". El texto es una exhortación a avanzar por este camino de fidelidad a Dios, puesto que cuando Israel se ha apartado de él, le han sobrevenido los mayores desastres (José Roca). Esta Sabiduría, fuente de vida, va de la mano de la Palabra eficaz, que hace “hablar” las estrellas, imagen de cómo hemos de seguir la vida nueva en el agua y en el Espíritu. "Ella es el libro de los mandamientos de Dios y cuantos la guarden vivirán". Se trata, pues, de volver a ella y de caminar hacia su resplandor. Este es el privilegio del bautizado.

El salmo 18, que hemos leído el domingo B de la 3ª semana de cuaresma, nos hace cantar: La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Esta sabiduría que ha de guiar a los bautizados la pide insistentemente al Señor la oración conclusiva: defiende con tu constante protección a cuantos purificas en el agua del bautismo (Adrien Nocent).

Ezequiel: “Me vino esta palabra del Señor: "Hijo de Adán, cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la profanó con su conducta… Los esparcí entre las naciones, anduvieron dispersos… Sentí lástima de mi santo nombre... Mostraré la santidad de mi nombre grande… conocerán los gentiles que yo soy el Señor… Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios."

Por su modo de actuar, Israel se ha alejado de Dios: ésta es la causa por la que le han sobrevenido el destierro y la dispersión. Sin embargo, el Señor va a reunir de nuevo a su pueblo, no porque Israel lo merezca o haya cambiado de actitud, sino "por mi santo nombre". La acción de Dios será una transformación profunda que llegue al corazón de cada persona a fin de formarse un pueblo fiel que le reconozca como único Dios y Señor. Esta transformación es básicamente fruto de la presencia del Espíritu de Dios simbolizado por el agua que purifica y renueva (José Roca). “Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo”. Dios establece una alianza nueva. La pureza ya no será ritual o externa, sino interior. El corazón, centro íntimo de las decisiones, será renovado por Dios, que dará su espíritu para que la actuación sea fruto de una convicción profunda que nazca de la comunión con Dios (J. M. Grané). -Corazón nuevo, espíritu nuevo. Nuestra división interior debida a nuestras infidelidades, pero por otra parte la benevolencia divina que, por su nombre y para glorificarlo por la profanación de que es objeto, quiere reunirnos formando un pueblo como quiso reunir a su nación, es el tema esencial de esta lectura. Pero esta vez no sólo se reunirá a la nación judía: el Señor reúne a hombres de todas las naciones. Los reúne de todos los países y los transforma, derramando sobre ellos un agua que purifica y da un corazón y un espíritu nuevos. El Señor infunde en ellos su Espíritu, y ahí están unos hombres capaces de seguir su ley y de observar sus mandamientos y ser fieles a ellos. Habitarán en el país que Dios les dará; ellos serán su pueblo y Él será su Dios. El texto no necesita más comentario. Tan claramente se aplica a los bautizados de esta Noche y a todos los cristianos unidos en un solo cuerpo por la misma agua bautismal, que sería inútil enturbiar con explicaciones superfluas este texto inspirado. Nosotros, al ser así purificados, recibimos un don del Espíritu (Rm 5,5). En las palabras que siguen se expresa todo el dinamismo pascual: "Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos... Justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvados de la cólera" (Rm 5, 6 ...9). Somos hombres nuevos, tema que repetirá san Pablo (Ef 4, 24) y que san Juan hace desarrollar a Jesús, en su entrevista con Nicodemo: "nacer de agua y de Espíritu" (Jn 3).

Salmo 41: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; / tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? / Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta. / Envía tu luz y tu verdad, ellas me guiaron y llevaron a tu santo monte y a tus tabernáculos. / Entraré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. Te alabaré yo con la cítara, Dios, Dios mío”. Dos salmos se proponen como responsorio tras esta admirable lectura; ambos expresan un encuentro con Dios que hace vivir (Sal 41) y que purifica renovando (Sal 50). El salmo 41 recuerda el ritual bautismal de entrada al altar de Dios, después de haber sido apagada la sed del catecúmeno. - Juan Pablo II comentaba sobre el salmo 41: “Una cierva sedienta, con la garganta seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de un arroyo... En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía… "¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío" (Sal 41,6.12; 42,5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo, y una tercera vez en el salmo que le sigue, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios, que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador… la cierva sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41,3). En hebreo, una sola palabra, nefesh, indica a la vez el "alma" y la "garganta". Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios. No es de extrañar que una larga tradición describa la oración como "respiración": es originaria, necesaria, fundamental como el aliento vital”. Orígenes explicaba que la búsqueda de Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son posibles y necesarios nuevos progresos: "Los que recorren el camino de la búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un horizonte que se pierde en la inmensidad".

Hay como tres actos, el primero “expresa la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles: "Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta" (v. 5). "La casa de Dios", con su liturgia, es el templo de Jerusalén que el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con Dios, "manantial de aguas vivas", como canta Jeremías (Jr 2,13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración… (Tras un segundo acto que no entra en la selección que hoy leemos, donde se ve que el alma está alejada de la ciudad santa), sigue: “Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo a la esperanza. El tercer acto, que se halla en el salmo siguiente, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios y usará expresiones alegres y llenas de gratitud: "Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo"”.

Mientras que el salmo 50 pide al Señor que cree en nosotros un corazón puro y que nos devuelva la alegría de nuestra salvación: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro y renueva en mis entrañas un espíritu recto. No me apartes de tu rostro y no quites de mí tu Espíritu Santo. / Vuélveme la alegría de tu salvación y confórtame con un espíritu generoso. Enseñaré a los inicuos tus caminos y los impíos se convertirán a Ti. / Sacrificio para Dios es el espíritu atribulado, no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado”. - Juan Pablo II también decía sobre el “Miserere”, una de las oraciones más célebres del Salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia: “La tradición judía puso este salmo en labios de David, impulsado a la penitencia por las severas palabras del profeta Natán, que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Sin embargo, el salmo se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores, que recuperan los temas del "corazón nuevo" y del "Espíritu" de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel... Sin embargo, si el hombre confiesa su pecado, la justicia salvífica de Dios está dispuesta a purificarlo radicalmente. Así se pasa a la segunda región espiritual del Salmo, es decir, la región luminosa de la gracia. En efecto, a través de la confesión de las culpas se le abre al orante el horizonte de luz en el que Dios se mueve. El Señor no actúa sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un "corazón" nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios”. Orígenes habla de una terapia divina, que el Señor realiza a través de su palabra y mediante la obra de curación de Cristo: "Como para el cuerpo Dios preparó los remedios de las hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también para el alma preparó medicinas con las palabras que infundió, esparciéndolas en las divinas Escrituras. (...) Dios dio también otra actividad médica, cuyo Médico principal es el Salvador, el cual dice de sí mismo: "No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos". Él era el médico por excelencia, capaz de curar cualquier debilidad, cualquier enfermedad".

“En el Miserere, encontramos una arraigada convicción del perdón divino que "borra, lava y limpia" al pecador y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura que tiene espíritu, lengua, labios y corazón transfigurados. "Aunque nuestros pecados -afirmaba santa Faustina Kowalska- fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador entorne al menos un poco la puerta de su corazón... El resto lo hará Dios. Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia acaba"”. Tres oraciones conclusivas se ofrecen a la libre elección: La tercera, utilizada cuando hay algún bautismo, expresa de la mejor manera la aspiración de todo hombre creyente (Adrien Nocent).

Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”.

Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. Cristo murió, pero ahora vive por siempre. El cristiano no puede permanecer en una vida de pecado: el bautismo ha purificado al "hombre pecador". El cristiano debe esforzarse en que el pecado no domine ya más en él: su vida está en Dios. De esta realidad nace la vida del cristiano: el cristiano está muerto al pecado, pero vive para Dios en Jesucristo.

Esta vida nueva, liberado ya el cristiano del pecado gracias a la intervención de Dios... que le conduce a la resurrección, conduce a una identificación con Cristo, desprendimiento de uno mismo, amor que constituye la característica de la vida en Dios. Quien vive pecando no puede decir que en verdad está en comunión de vida con Cristo. Vivamos, pues, como criaturas nuevas en Cristo Jesús.

Salmo: “Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga ahora Israel que es bueno, porque es eterna su misericordia. / La diestra del Señor hizo proezas, la diestra del Señor me ensalzó. No moriré, sino viviré y contaré las obras del Señor. / La piedra que desecharon los edificadores, ésta ha sido puesta por piedra angular. Por el Señor ha sido hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos”. Todo lo que canta este himno hebreo hace referencia a Jesús, esta piedra central, que es fundamento de nuestra fe.

El Evangelio nos dice que “el primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. HA RESUCITADO. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: «El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».

Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los Apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.

(Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.)”

La fe viene de aceptar la palabra de Dios, de hacer caso de la palabra de Jesús ("acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea"). A las mujeres no hace falta que les digan que lo vayan a contar: el que ha recibido el anuncio de la Buena Nueva, lo comunica, se convierte en evangelizador. ¡Qué escándalo, en aquel tiempo, que los primeros creyentes y apóstoles fuesen mujeres! ¿Sólo en aquel tiempo? (J. M. Grané).

Los dos primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Ellas, llevadas del corazón, con las primeras luces del día del sol, se fueron al sepulcro para ungir mejor el cuerpo del Amado. Los discípulos, muy prudentes ellos, estaban escondidos, a la espera.

Lo que pasó aquella madrugada fue una experiencia indecible. Se disiparon todos los miedos y todas las dudas. El sepulcro se había roto. Y vieron una luz que no hacía más que crecer y crecer. Y empezaron a recordar las palabras del Señor. Todo encajaba perfectamente. Era ya el tercer día, y Cristo había resucitado. En adelante ya no será el día del sol, sino el día del Señor.

Ellas, nerviosas y gozosas, corrieron a anunciarlo a los once. Así tiene que ser todo testigo. Pero los apóstoles, muy sensatos ellos, lo tomaron por «delirio» y cosas de mujeres (Caritas).

La resurrección no tiene nada de apoteosis final. Nuestros ojos son débiles para ver la vida del Resucitado; pero cuando sus seguidores somos conscientes de esta realidad, se palpa en el ambiente de las comunidades: una caridad discreta, fuerte y generosa en desmesura, un respeto sagrado por cada persona, imagen de Dios, un trabajo perseverante por una sociedad más justa, con unas relaciones de sinceridad y confianza que generan paz, una atención preferencial a los pobres, una esperanza cierta de vida ante los signos de dolor y muerte. "¡Aquí hay una vida nueva! ¡Aquí hay alguien!". Es la presencia del Resucitado: "Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo".

El escándalo de la cruz resulta fuente de vida. Y todo desde aquel primer día de la semana en que unas mujeres fueron el sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús y lo encontraron vacío. En el desconcierto de lo que podía haber sucedido, se les presentan dos hombres con vestidos resplandecientes -Dios está allí, en aquella escena- y les dicen: "¡Ha resucitado!". Y corren a contárselo a los apóstoles y a Pedro.

Pedro guarda distancias antes de creer, hasta que se le aparece el Señor. Por la tarde de aquel mismo día, Jesús se hace presente y visible al grupo de los apóstoles: "Paz a vosotros". Y les enseñó las heridas de las manos y del costado. Realmente era él. El escándalo de la cruz resulta fuente de vida.

Si Jesús ha muerto por nosotros, su resurrección es también para nosotros. "Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él". Después de bendecir el agua bautismal renovaremos la fe de nuestro bautismo. Los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido sumergidos en su muerte y plantados a su vera en las aguas de la resurrección, a fin de ver el mundo con ojos de bautizados, ojos de resucitados, y dar frutos del "cielo nuevo y la tierra nueva" (Jaume Camprodon).

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