miércoles, 27 de abril de 2011

Jueves de la octava de Pascua: Jesús nos ofrece la paz, participar en su familia de hijos de Dios, por su Resurrección Hechos (3,11-26): Después del

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Hechos (3,11-26): Después del milagro, “todo el pueblo, lleno de asombro, corrió hacia ellos, que estaban en el pórtico de Salomón. Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: "Israelitas, ¿de qué os asombráis? ¿Por qué nos miráis así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra santidad, que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien vosotros entregasteis, renegando de Él delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, matasteis al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Por haber creído en su Nombre, ese mismo Nombre ha devuelto la fuerza al que vosotros veis y conocéis. Esta fe que proviene de Él, es la que lo ha curado completamente, como vosotros podéis comprobar. Ahora bien, hermanos, yo sé que vosotros obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero así, Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer. Por lo tanto, haced penitencia y convertíos, para que vuestros pecados queden perdonados. Así el Señor os concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para vosotros. Él debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas”. Y sigue Pedro hablándoles de cómo Moisés habló de Jesús… Es su segunda predicación que leemos en el libro de los Hechos. Jesús, aunque ha muerto, es todavía el dueño de la vida, esto es, el que conduce, como un nuevo Moisés, a la salvación y a la libertad al nuevo pueblo de Dios (3,15). Las tres primeras predicaciones de Pedro (2,14-39; 3,12-26 y 4 8-12) son realmente muy semejantes y pueden ser ejemplo de lo que fue la predicación de la Iglesia de Jerusalén en su período inicial, un resumen de la cual se encontraría también en Mc 1,14.

“Jesús, tu resurrección es una potencia de vida, de alegría, de exaltación. El brinco del hombre que no había andado jamás en toda su vida y que se echa a andar súbitamente es el símbolo de la humanidad salvada. ¡Que cada vez que salga de un pecado, sea con esa alegría! -En efecto, el pecado, más que la enfermedad física, es lo que daña a la humanidad. La verdadera parálisis es la de la voluntad encogida, incapaz de reaccionar-. Danos, Señor, plena salud de alma y cuerpo... de alma sobre todo.

-“Sin embargo, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes”. Es siempre el mismo evangelio que continúa. "Perdónalos, decía Jesús, no saben lo que se hacen..." "Estáis perdonados, decía san Pedro, porque habéis obrado por ignorancia". Está ejerciendo el poder de atar y de desatar, un poder que le dio Jesús: «todo lo que ates en la tierra, será atado en el cielo».

-“Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados; así vendrá la consolación por parte del Señor”. El perdón es el "tiempo de la consolación". ¡Admirable fórmula! ¿Concibo mis confesiones, como una participación en la resurrección? No cuento con apoyarme en la fuerza de mi voluntad, sino en la fuerza de «Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos» (Noel Quesson); el Dios de los patriarcas ha glorificado a Jesús, en quien culmina el profetismo más espiritual de Israel, el del Siervo de Dios. La pasión de Jesús, de donde puede arrancar la conversión de los oyentes; conversión que comporta: arrepentimiento, que quiere decir apartarse del mal, y conversión, que significa volver a Dios.

b) “Yo estaré con vosotros”, fue la promesa de Jesús que continúa con su Espíritu en este Evangelio de la primitiva Iglesia. Como decía Álvaro del Portillo: “El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una misión imposible”. “Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1, 8).

Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos —ni ricos, ni sabios, ni influyentes— tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del Crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.

El Salmo (8,2.5-9): “¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! Quiero adorar tu majestad sobre el cielo: / ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? / Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; / le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies: / todos los rebaños y ganados, y hasta los animales salvajes; / las aves del cielo, los peces del mar y cuanto surca los senderos de las aguas”. Nos ayuda a cantar las maravillas que Dios hace con la luz de la poesía. Aquí vemos la grandiosidad de la creación, «obra de tus dedos» divinos, «obras de tus manos». Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo coronaste de gloria y dignidad». Todo esto nos va bien recordarlo ante las tentaciones, dice S. Ambrosio: “por ello, cuando seas tentado, recuerda que te está preparando la corona. Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha».

El Evangelio (Lucas 24,35-48): “los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas»”.

Después de María Magdalena, Jesús se aparece a los discípulos, con el deseo de la paz: «La paz con vosotros» (Lc 24,36). Así disipa los temores y presentimientos que los Apóstoles han acumulado durante los días de pasión y de soledad. Pienso que las preguntas que angustian a las personas de hoy son: “¿de verdad hay Dios, o estaré solo cuando sufra, sobre todo cuando llegue la muerte?” “¿me salvaré, si hay un más allá?” En “La doble vida de Verónica”, una chica vive en Polonia y tiene una brillante carrera como cantante, pero padece una grave dolencia cardiaca. En Francia, a miles de kilómetros, vive Verónica, otra joven idéntica que guarda muchas similitudes vitales con ella, como sus dolencias y su gran pasión por la música. Ambas, a pesar de la distancia y de no tener aparentemente ninguna relación, son capaces de sentir que no están solas... Es una de las últimas películas del director polaco Kryzstof Kieslowski, protagonizada en un doble papel por una magnífica Irène Jacob: es un fascinante y hermoso film de imborrables imágenes que plantea, como en otras películas del inquietante director, la presencia de Alguien que nos cuida más allá de lo que vemos. Es más, que nos sugiere corazonadas, qué es lo que hay que hacer, sin saberlo, antes de que pase algo malo, por la experiencia “del otro”… para mí es un símbolo, de Quien ha pasado por lo que nosotros pasamos…

a) “Él no es un fantasma, es totalmente real, pero, a veces, el miedo en nuestra vida va tomando cuerpo como si fuese la única realidad. En ocasiones es la falta de fe y de vida interior lo que va cambiando las cosas: el miedo pasa a ser la realidad y Cristo se desdibuja de nuestra vida. En cambio, la presencia de Cristo en la vida del cristiano aleja las dudas, ilumina nuestra existencia, especialmente los rincones que ninguna explicación humana puede esclarecer”. San Gregorio Nacianceno nos exhorta: «Debiéramos avergonzarnos al prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a salir del mundo. La paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos proviene de Dios, según dice el Apóstol a los filipenses: ‘La paz de Dios’; y que es de Dios lo muestra también cuando dice a los efesios: ‘Él es nuestra paz’». Cuando leo este Evangelio en Misa, en el colegio, los niños asistentes ante el anuncio de Jesús: “la paz sea con vosotros” responden “y con tu espíritu”, y es cierto: la resurrección de Cristo es lo que da sentido a todas las vicisitudes y sentimientos, lo que nos ayuda a recobrar la calma y a serenarnos en las tinieblas de nuestra vida. Las otras pequeñas luces que encontramos en la vida sólo tienen sentido en esta Luz. «Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí...»: nuevamente les «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,44-45), como ya lo había hecho con los discípulos de Emaús. “También quiere el Señor abrirnos a nosotros el sentido de las Escrituras para nuestra vida; desea transformar nuestro pobre corazón en un corazón que sea también ardiente, como el suyo: con la explicación de la Escritura y la fracción del Pan, la Eucaristía. En otras palabras: la tarea del cristiano es ir viendo cómo su historia Él la quiere convertir en historia de salvación” (Joan Carles Montserrat).

b) "¡No temáis!" Nos dice también hoy el Señor: En mi vida personal, en la vida del mundo, de la Iglesia, evoco, hoy, una situación en la que falta la esperanza. Pero Tú estás aquí, Señor, "en medio de nosotros".

-Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Jesús les dijo. "¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón estos pensamientos? Ved mis manos y mis pies, ¡que soy Yo! Palpadme y ved que el espíritu no tiene carne ni huesos..." En su alegría no se atrevían a creerlo. Jesús les dijo: "¿Tenéis aquí algo que comer? Le dieron un trozo de pescado asado, y tomándolo lo comió delante de ellos. Para esos semitas que ni siquiera tienen idea de una distinción del "cuerpo y del alma", si Jesús vive, ha de ser con toda su persona: quieren asegurarse de que no es un fantasma, y para ello es necesario que tenga un cuerpo... La resurrección no puede reducirse a una idea "de inmortalidad del alma", como decían algunos niños al comentar el texto: “será un fantasma”, o bien “es su alma en cuerpo virtual”... Es una presencia real. Pero no es el cuerpo que murió, que ahora está con sus heridas sin que los nervios y músculos y huesos sufran los dolores; como no resucitará uno de nosotros con el cuerpo demacrado y arrugado de un anciano al morir, o con las deformidades sufridas por la enfermedad o una mutilación. Ya hemos hablado de que será un cuerpo sin materia corpórea, fuera del espacio y del tiempo podrá aparecerse a quien quiere y como quiere, como un disco duro del ordenador alberga todos los momentos de la vida, o una película puede presentarse en cualquiera de sus secuencias, así la resurrección transforma y quedaremos transfigurados, para poder salir del universo material, y penetrados por el Espíritu de Dios, como Cristo, aparecer en cualquiera forma. "Nosotros esperamos como salvador al Señor Jesucristo, que transfigurará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su Cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas", dirá san Pablo (Flp 3, 21).

La Eucaristía, una parcela del universo, un poco de pan y de vino, es así asumida por Cristo, "sumisa a Cristo" como dice san Pablo, para venir a ser el signo de la presencia del Resucitado, y transformarnos poco a poco a nosotros mismos, en Cuerpos de Cristo. ¡He aquí el núcleo del evangelio! ¡He aquí la "buena nueva"! ¡He aquí la feliz realización del plan de Dios! ¡He aquí el fin de la Creación! ¡He aquí el sentido del universo! Si nos tomamos en serio la Resurrección, esto nos compromete a trabajar en este sentido: salvar al hombre, salvar el universo, sometiéndolo totalmente a Dios”; ese “Dios con nosotros” se queda, podemos espiritualizarnos con Él...

-“Les dijo: Esto es lo que Yo os decía estando aún con vosotros... Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras”, los sufrimientos del Mesías, la resurrección de los muertos, la conversión proclamada en su nombre para el perdón de los pecados... A todas las naciones, empezando por Jerusalén. Vosotros daréis testimonio de esto. “Jesucristo es ahora realmente el Señor, que tiene poder sobre todo el universo, sobre todos los hombres, y que da a los hombres la misión de ir a todo el mundo. En cierto sentido, todo está hecho en Cristo. Pero todo está por hacer. ¿Trabajo yo en esto? ¿Doy testimonio de esto?” (Noel Quesson).

c) Así lo pedimos a la Virgen, la mujer que inaugura esta familia de Jesús, que se formó en la Sagrada Familia, que se amplió con los Apóstoles y que hoy se amplía con el bautismo a todos los hombres, para que sean hijos de Dios: «Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (aleluya), quien nos « llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (comunión), y queremos ser esos del coro que cantamos en la Entrada: «Ensalzaron a coro tu brazo victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21). Queremos entrar en este tesoro escondido en el campo de este mundo y en el frondoso bosque de las sagradas Escrituras, del que habla San Ireneo: «Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt 13,48); tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y parábolas, que no podían entender según la capacidad humana antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: “Cierra estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos lleguen a comprender y abunde el conocimiento” (Dan 12,4)», esta paz que Jesús nos anuncia. “Fijémonos en el saludo inesperado, tres veces repetido por Jesús resucitado cuando se apareció a sus discípulos reunidos en la sala alta, por miedo a los judíos. En aquella época, este saludo era habitual, pero en las circunstancias en que fue pronunciado, adquiere una plenitud sorprendente. Os acordáis de las palabras: “Paz a vosotros”. Un saludo que resonaba en Navidad: “Paz en la tierra” (Lc 2,14) Un saludo bíblico, ya anunciado como promesa efectiva del reino mesiánico. Pero ahora es comunicado como una realidad que toma cuerpo en este primer núcleo de la Iglesia naciente: la paz de Cristo victorioso sobre la muerte y de las causas próximas y remotas de los efectos terribles y desconocidos de la muerte. Jesús resucitado anuncia pues, y funda la paz en el alma descarriada de sus discípulos. Es la paz del Señor, entendida en su significación primera, personal, interior…aquella que Pablo enumera entre los frutos del Espíritu, después de la caridad y el gozo, fundiéndose con ellos (Gal 5,22) ¿Qué hay mejor para un hombre consciente y honrado? La paz de la conciencia ¿no es el mejor consuelo que podamos encontrar?... La paz del corazón es la felicidad auténtica. Ayuda a ser fuerte en la adversidad, mantiene la nobleza y la libertad de la persona, incluso en las situaciones más graves, es la tabla de salvación, la esperanza...en los momentos en que la desesperación parece vencernos.... Es el primer don del resucitado, el sacramento de un perdón que resucita” (Pablo VI).

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