miércoles, 8 de junio de 2011

JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA: Jesús ruega por la unidad de los cristianos, en Él recibimos la felicidad: aquí la vida de la gracia y luego la


JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA: Jesús ruega por la unidad de los cristianos, en Él recibimos la felicidad: aquí la vida de la gracia y luego la gloria.

1. En Pentecostés, del año 57, Pablo ha llegado a Jerusalén, para la fiesta de Pentecostés o de las semanas, Shavuot, la última de las peregrinaciones del año para los judíos. El conflicto con las autoridades no se hizo esperar. Algunos judíos le acusan de "incitar" a la defección. De hecho Pablo, estando en el Templo de Jerusalén donde había ido a orar, es perseguido. La policía romana interviene, y conduce a Pablo a la fortaleza. Su cautiverio durará varios años, en Jerusalén, en Cesarea, capital romana de Palestina y después en Roma. -El oficial romano, queriendo saber con certeza de qué acusaban a Pablo, convocó el «Gran Consejo» e interrogó a Pablo. Como Jesús…

Al día siguiente, deseando saber con exactitud de qué le acusaban los judíos, le quitó las cadenas, mandó reunir a los príncipes de los sacerdotes y a todo el Sanedrín, llevó a Pablo y le puso ante ellos.

Sabiendo Pablo que unos eran saduceos y otros fariseos, gritó en medio del Sanedrín: Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y se me juzga por la esperanza en la resurrección de los muertos. Al decir esto se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos, y se dividió la multitud. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección ni ángel ni espíritu; los fariseos en cambio confiesan una y otra cosa. Se produjo un enorme griterío y puestos en pie algunos escribas del grupo de los fariseos discutían diciendo: Nada malo hallamos en este hombre; ¿y si le ha hablado algún espíritu o ángel? Como creciera gran alboroto, temeroso el tribuno de que despedazaran a Pablo, ordenó a los soldados bajar, arrancarles a Pablo y conducirlo al cuartel. En esa noche se le apareció el Señor y le dijo: Mantén el ánimo, pues igual que has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma (Hch 22,30; 23,6-11).

Jesús está con él. No hay nada que temer. Hay que dejarse conducir, abandonarse… (Noel Quesson). De todo se sirve el Señor para hacer su obra, y así la semilla cristiana va al centro del imperio, que era un sueño personal y también apostólico. Por eso apela al César, y por eso hace lo posible para salir ileso del tumulto de Jerusalén contra él. Una cosa es dar testimonio de Cristo, y otra, aceptar la muerte segura en manos de los judíos. Más tarde, ya en Roma, en su segundo cautiverio, sí será detenido y llevado a la muerte, al final de su dilatada y fecunda carrera de apóstol. Esto conecta con su fe en la resurrección, que es lo que hoy está en la discusión de sectas judías. También en nuestro tiempo, como entonces, muchos judíos han perdido la fe en la resurrección, por eso la madre de Edith Stein se enfada mucho con su hija cuando entra al Carmelo, pues piensa que sólo hay esta vida y no se puede malbaratar recluyéndose (luego, cercana su muerte, hubo una reconciliación); también esta santa dio su vida, en el holocausto judío. Hemos de saber defender la justicia de Dios, tratando de superar los obstáculos que se oponen, para que la Palabra no quede encadenada y pueda seguir dilatándose en el mundo. El mismo Jesús nos enseñó a conjugar la inocencia y la astucia para conseguir que el bien triunfe sobre el mal. Pablo nos da ejemplo de audacia (J. Aldazábal). Hemos de pedirlo en esta nueva Pentecostés: “Ven, Espíritu divino... / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento”. El Espíritu Santo nos ayuda para ir en el camino del Señor, en fidelidad, no es camino de rosas. Supone sacrificios. Quien, como Pablo, lo arriesga todo para ser testigo del Señor al que sirve, ha de saber que acepta pisar sobre espinas. ¡Punzantes, pero dichosas espinas que hieren con amor! Para ello, Pablo contaba con el eco profundo de la oración de Jesús al Padre. ¿No había presentado Jesús al Padre a cuantos creyeran en Él, a cuantos se jugaran por Él la vida, a cuantos anunciaran que Dios Padre y su Hijo encarnado, Jesús, nos llaman a todos a la unidad de fe y a vivir unidos a Cristo, como sarmiento a la Vid? Vivamos nuestra unión con Cristo. Sólo a partir de nuestra experiencia personal de su amor por nosotros podremos colaborar para que la salvación se haga realidad en el momento histórico que nos ha tocado vivir.

“Canto de David. Guárdame, Dios mío, pues me refugio en ti. Yo digo al Señor: «Tú eres mi Señor, mi bien sólo está en ti». Señor, Tú eres mi copa y mi porción de herencia, Tú eres quien mi suerte garantiza. Yo bendigo al Señor, que me aconseja, hasta de noche mi conciencia me advierte; tengo siempre al Señor en mi presencia, lo tengo a mi derecha y así nunca tropiezo. Por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, todo mi ser descansa bien seguro, pues Tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha” (Salmo 16/15,1-2a.5.11). Dios, nuestro Padre, es la parte que nos ha tocado en herencia. ¿Querremos algo mejor? Nuestra vida está en sus manos. ¿Quién podrá algo en contra de nosotros? Ni siquiera la muerte podrá retenernos para sí, pues Dios no nos abandonará a ella, ni dejará que suframos la corrupción.

(Juan 17,20-26; se lee también el 7º Domingo de Pascua C): No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos”. He aquí las últimas palabras de la plegaria de Jesús... Benedicto XVI, cuando el asesinato del fundador de la Comunidad de Taizé, el Hermano Roger Schutz, decía: “precisamente ayer recibí una carta del Hermano Roger muy conmovedora, muy afectuosa. En ella, escribe que en el fondo de su corazón quiere decirme que ‘estamos en comunión con usted y con los que se han reunido en Colonia’”; y que tiene el deseo de venir cuanto antes a Roma "para encontrarse conmigo y para decirme que ‘nuestra Comunidad de Taizé quiere caminar en comunión con el Santo Padre’”.

«El Señor de los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente el plan de su gracia para con nosotros pecadores, últimamente ha comenzado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchísimos hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio, con ayuda de la gracia del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de los cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y Salvador; y no sólo individualmente, sino también reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los que consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos, aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y así se salve para gloria de Dios» (Vaticano II). La unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas sino la unidad de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica.

“¡Con qué acentos maravillosos ha hablado Nuestro Señor de esta doctrina! Multiplica las palabras y las imágenes, para que lo entendamos, para que quede grabada en nuestra alma esa pasión por la unidad. Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo cortará; y a todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto... Permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido con la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido conmigo y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer (Jn 15, 1-5).

¿No veis cómo los que se separan de la Iglesia, a veces estando llenos de frondosidad, no tardan en secarse y sus mismos frutos se convierten en gusanera viviente? Amad a la Iglesia Santa, Apostólica, Romana, ¡Una! Porque, como escribe San Cipriano, quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo (san Cipriano). Y San Juan Crisóstomo insiste: no te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra; no envejece jamás, su vigor es eterno.

Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe. Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice” (san Josemaría Escrivà).

LLuciá Pou Sabaté

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