viernes, 24 de junio de 2011

San Mateo 8,5-17: Dios nos visita y nos sonríe y nos bendice en Jesús, que viene a curarnos de nuestras dolencias y a bendecirnos, como proclama Marí


San Mateo 8,5-17:
Dios nos visita y nos sonríe y nos bendice en Jesús, que viene a curarnos de nuestras dolencias y a bendecirnos, como proclama María en su Magnificat

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

Génesis 18,1-15: 1 Apareciósele Yahveh en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. 2 Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a sur vera. Como los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra,3 y dijo: «Señor mío, si te he caído en gracia, ea, no pases de largo cerca de tu servidor. 4 Ea, que traigan un poco de agua y lavaos los pies y recostaos bajo este árbol, 5 que yo iré a traer un bocado de pan, y repondréis fuerzas. Luego pasaréis adelante, que para eso habéis acertado a pasar a la vera de este servidor vuestro.» Dijeron ellos: «Hazlo como has dicho.» 6 Abraham se dirigió presuroso a la tienda, a donde Sara, y le dijo: «Apresta tres arrobas de harina de sémola, amasa y haz unas tortas.» 7 Abraham, por su parte, acudió a la vacada y apartó un becerro tierno y hermoso, y se lo entregó al mozo, el cual se apresuró a aderezarlo. 8 Luego tomó cuajada y leche, junto con el becerro que había aderezado, y se lo presentó, manteniéndose en pie delante de ellos bajo el árbol. Así que hubieron comido 9 dijéronle: «¿Dónde está tu mujer Sara?» - «Ahí, en la tienda», contestó. 10 Dijo entonces aquél: «Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo.» Sara lo estaba oyendo a la entrada de la tienda, a sus espaldas. 11 Abraham y Sara eran viejos, entrados en años, y a Sara se le había retirado la regla de las mujeres. 12 Así que Sara rió para sus adentros y dijo: «Ahora que estoy pasada, ¿sentiré el placer, y además con mi marido viejo?». 13 Dijo Yahveh a Abraham. «¿Cómo así se ha reído Sara, diciendo: "¡Seguro que voy a parir ahora de vieja!"? 14 ¿Es que hay nada milagroso para Yahveh? En el plazo fijado volveré, al término de un embarazo, y Sara tendrá un hijo.» 15 Sara negó: «No me he reído», y es que tuvo miedo. Pero aquél dijo: «No digas eso, que sí te has reído.»

Lucas 1,46-50,53-55: 46 Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor 47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador 48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, 49 porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre 50 y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. 53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. 54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia 55 - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»

Mateo 8,5-17 5 Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó 6 diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» 7 Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» 8 Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. 9 Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace.» 10 Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. 11 Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, 12 mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» 13 Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.» Y en aquella hora sanó el criado. 14 Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. 15 Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. 16 Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, 17 para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades.

Comentario: 1.- Gn 18, 1-15: -En la encina de Mambré se apareció el Señor a Abraham, que estaba sentado a la puerta de su tienda. Era la hora más calurosa del día. Una escena muy bella, muy simple y fácil de imaginar. Es así como Tú nos sorprendes, Señor, si estamos disponibles: en pleno mediodía, en el centro de nuestras jornadas, en el marco familiar de nuestras vidas. El largo caminar de Abraham está marcado por hitos, por puntos de referencia, por encuentros. Con frecuencia, como nosotros, tuvo que caminar de noche, sin verte, sin comprender. Y luego, de vez en cuando dabas una señal a Abraham, tu amigo. Hacías que sintiera tu proximidad. Ibas a él en la banalidad ordinaria de un pequeño suceso en apariencia. Un acontecimiento que era preciso descifrar y que otros no lo hubieran quizá interpretado así.

-Vio a tres individuos de pie ante él. Aparentemente son seres humanos, nómadas que van de paso. La acogida. La hospitalidad. El servicio prestado. El amor fraterno. La atención al otro. El don de sí. ¡Cuidado! no faltéis a la cita, es Dios que pasa. El texto bíblico dice «el Señor se apareció»: eres Tú el que se presenta a la entrada de la tienda, pero bajo la forma de tres viajeros misteriosos . El famoso icono de Rubliev no ha dudado en pintar las tres personas de la Trinidad a través de los desconocidos de este relato. ¿Tras de qué rostro te presentarás HOY, Señor? ¿Sabré encontrarte, a la entrada de mi tienda, hacia el mediodía?

-Les sirvió agua, pan, un becerro tierno y sabroso, leche... Hace preparar para ellos lo mejor que tiene, aquello que necesitan. Aquello que quizá esperaban, porque era mediodía. ¿Que esperan HOY de mí, los que viven conmigo?

-La risa de Sara. Trato de imaginarme esa risa algo trémula, esa alegría que estalla, que ilumina el rostro de ¡esa ancianita de noventa años! ¡No! es imposible; esos tres viajeros desconocidos están locos anunciando que Sara tendrá un hijo dentro de un año. Ríe porque le cuesta creer en esa promesa ridícula. Ríe también porque es feliz. ¿Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor? ¡Tal es la respuesta de Dios a la risa de Sara! En efecto, Dios propone siempre al hombre más de lo que éste se atreve a esperar. ¡Quieres, Señor, para nosotros, más de lo que queremos! Vas más allá de nuestros deseos. Tenemos un corazón demasiado pequeño. A través de esta «vida», concedida más allá de las leyes humanas, nos significas que quieres darnos una «vida» a la que no tenemos derecho. «Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor?» Quiero meditar esta palabra. Sí, lo creo, Señor. Tú quieres colmarnos. Tú quieres darnos mucho más de lo que te hemos pedido... pero frecuentemente «de otro modo». La vida terrestre, la que se desarrolla «junto a la encina de Mambre» o en otro lugar, la que ve nacer los niños en las familias... ¡es ya tan hermosa! Pero, ¡qué será la vida «maravillosa» que nos tienes destinada! (Noel Quesson).

Son tres hombres, pero, a veces, parece que es uno solo. Son ángeles, pero en algunos momentos del diálogo parece que es el mismo Dios. Abrahán les dedica su mejor hospitalidad y escucha en recompensa de nuevo, y ya como inminente, la promesa de la descendencia. Si ayer se sonreía Abrahán, hoy la que se ríe es Sara. Es lógico que acojan con un cierto escepticismo, entre la duda y la alegría, la promesa de su descendencia, dada su edad. Sara, además, muestra su curiosidad escuchando la conversación de su marido con los huéspedes, y aparece un poco mentirosa, negando que se haya reído, asustada por haber sido descubierta. Pero el que sonríe con bondad es Dios. Isaac significa «la sonrisa de Dios», o «Dios ríe». Abrahán sigue siendo modelo de fe y de acogida de la voluntad de Dios. Dios nos visita misteriosamente. Saberlo descubrir en los peregrinos o en las personas o en los acontecimientos es todo un arte y una sabiduría de fe cristiana. También nosotros nos llevaremos sorpresas como Abrahán cuando oigamos: «estaba hambriento y me diste de comer», porque Jesús se nos acerca ahora en la persona del prójimo. Por otra parte, Dios parece que tiene un gusto particular en elegir para su obra salvadora a personas débiles, a matrimonios ancianos y estériles: la madre de Sansón, la de Samuel, la de Juan el Bautista, y aquí, Sara. Pero a estas personas les pide una actitud de entrega y fe total. Entonces, por débiles que sean sus fuerzas humanas, Dios hace cosas grandes.

Guardémonos, pues, del peligro "turístico" que nos haría pensar que los nómadas son los otros. Todos somos nómadas en el sentido de que todos caminamos y de que al mismo tiempo se nos invita a acoger a los que pasan y que tienen sed, a los que tienen hambre, a los que necesitan que se les lave los pies, a los que esperan bendiciones. "Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre a mí me recibe" (Mt 18, 5). Esta es ya la escena de Mambré. Es un nómada, mi cónyuge fatigado por las dificultades de la existencia y que espera que me acerque a él. Es un nómada, mi hijo, que duda de sí mismo, separado de mí, quizá por un tiempo y que espera, por más lejos que le vea, que me lance hacia él. Es un nómada, mi colaborador que tiene problemas familiares y que espera de mí las palabras que devuelven el valor o simplemente ser escuchado con una auténtica simpatía. "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe y el que me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado" (Mt 10, 40). Señor, tú vienes a nuestra vida, no a través de las abstracciones sino de las personas que se hallan en camino. Y se trata desde luego de la experiencia de Abrahán cuando acoge a esos tres viajeros que sólo son uno, para tornarse tres... tres personas... un Dios. Y como la capacidad de acogida de Abrahán se dobla tanto por su estado de nómada como por sus disposiciones interiores, corre desde la entrada de la tienda al encuentro de los visitantes. Y es él quien les ruega, es él quien les pide la gracia de aceptar ser acogido por ellos, por ti. "Señor mío, te lo ruego, si he hallado la gracia ante tus ojos, no pases por favor ante tu servidor sin detenerte" (Gn 18, 3). Entonces, en esta admirable inversión de papeles, el acogido se torna acogedor, el acogedor se deja acoger; he aquí Señor, que pides hospitalidad, que te reúnes con tu hijo en su pobreza fundamental. ¿Y cuál es la pobreza fundamental para un hombre de ese tiempo, oriental por añadidura, en quien el sentido de la fecundidad se halla tan desarrollado como el de la acogida? La pobreza fundamental consiste en no tener hijos. Desde luego hubo, hace ya largo tiempo, ese promesa inicial: "Alza los ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas... tal será tu posteridad" (Gn 15). Pero eso tuvo que ser una ilusión de juventud porque ahora resulta fisiológicamente imposible tanto para Abrahan como para Sara. Abrahán y Sara permanecen, pues, encerrados, en esa su pobreza, en ese estado en que no hablan ya entre ellos pero están abiertos a los demás, sin retorno sobre sí mismos y sobre el final de sus esperanzas. Pero lo que es imposible a los hombres resulta posible a Dios. ¿Cuál es en la Biblia el signo concreto de la omnipotencia? Dar un hijo a quien no puede tenerle. Porque tu poder se expresa en la gratuidad de tu gracia. Tu amor se manifiesta gratuitamente hacia Ana y se produce el nacimiento de Samuel; tu amor se manifiesta gratuitamente hacia Isabel y Zacarías y se produce el nacimiento de Juan el Bautista; tu amor se manifiesta gratuitamente hacia la Humanidad entera y se produce el nacimiento de Cristo Jesús, tu hijo, nuestro Señor. Entonces llega el momento de la realización de tu promesa y del signo de tu gracia todopoderosa en favor de Abrahán y de su raza para siempre. "En el plazo de un año volveré y Sara tendrá un hijo" (Gn 18, 10). Y Abrahán, como hombre habituado a confiar, como amigo de Dios, confía sin saber cómo sucederá. Pero Sara ríe, oculta tras el velo de la tienda. Sé que se han dado explicaciones de todo género a esa risa del escepticismo y del sarcasmo. La mejor prueba, creo, reside en la mala fe de Sara, que se defiende como puede, más mal que bien: "No, no me he reído", dice (Gn 18, 15). Hay una risa destructiva; la que rechaza las promesas, corta los impulsos; aquella por la cual nos dañamos unos a otros ahogando a través de la ironía toda apertura a la gracia, toda capacidad para entrar en el plan de Dios, la risa sarcástica. Tú conoces bien, Señor, que todos poseemos esa capacidad para destruir con una risa burlona cualquier anuncio hecho de tu parte al corazón de nuestro prójimo. No sólo las parejas poseen esa capacidad de autodestruirse; la tienen todos tus hijos, desde nuestra madre Eva y el fruto del árbol prohibido. Por ejemplo: un hombre que se siente llamado a la oración regular y al que se esposa le dice: "¡Tú, tú que ni siquiera eres capaz de ocuparte de mí unos instantes al día!". Un hijo que anuncia todo feliz a sus padres que va a trabajar durante un trimestre; "Ya nos hiciste esa misma promesa en el mes de abril del año pasado". Un responsable parroquial que espera un aumento de ayuda de los laicos "comprometidos" y una pareja que se burla a sus espaldas: "Nunca dejará de llevar la batuta en todo". Un hombre penetrado de un gran sentimiento de solidaridad hacia los enfermos que realiza visitas constantes a los hospitales y su mejor amigo que se burla: "Todo el mundo sabe que engaña a su mujer". Alguien que ha descubierto en un grupo de oración carismática hasta qué punto la oración del cuerpo es verdaderamente oración y que ahora tiende con todo su corazón las manos al cielo rezando el Padrenuestro mientras que sus vecinos se dan codazos: "¿Verdad que parece que está pidiendo limosna?". Una muchacha que ha escuchado la llamada para entrar en el monasterio de las hermanas de Belén: "¿De qué sirve eso?" Podía contentarse con militar en tal o cual movimiento o con hacerse enfermera". Y así tus llamadas a todo progreso espiritual, a todo compromiso personal, tropiezan con la ironía, con la risa sarcástica, con el recuerdo sin indulgencia de nuestras debilidades, con nuestra razón razonada y cáustica. "¿Pero existe algo demasiado maravilloso para Yahvé?" (Gn 18, 14). ¿Hay algo demasiado maravilloso para ti? Dame el vivir de la esperanza como Abrahán y Sara, el vivir lo imposible con mis hermanos, como tú nos convidas a hacerlo; lo imposible en ellos, lo imposible en mí. Que se me haga como tú dices. Porque tú eres el Dios de lo imposible (Alain Grzybowski).

Tres sonrisas: la de Abraham (XVII, 17), la de Sara (XVIII, 12) y Ia de Ismael (XXI, 9); en relación con este tercer caso, efectivamente que la traducción pone con frecuencia "juguetear", pero se trata siempre de la misma palabra. Estas son otras tantas alusiones al nombre de Isaac, forma abreviada de Yshq-EI, que significa «Que Dios sonría, que sea favorable». La sonrisa de Abraham expresa una cierta incredulidad ante la enormidad de la promesa; «la sonrisa nace del contraste», ha escrito Bergson. Sin embargo, la sonrisa de Abraham es ya una alegría ante la realidad maravillosa de la cual no puede dudar una vez que ha recibido la promesa de Yahvé. En Sara la sonrisa (XVIII, 12) no es carencia de fe ya que ella no conoce la identidad del huésped que le habla; esta anciana mujer no hace más que divertirse un poco ante aquella promesa que ella considera como un deseo vano e irrealizable. Sin embargo, no está muy segura de esta su sonrisa, puesto que muy pronto mentiría para disculparse (v. 15). Cuando la promesa se hubo cumplido, su sonrisa se convierte en una amplia risa de alegría (XXI, 6) que será comunicada, y ella lo sabe y lo afirma, a todos cuantos comprenderían la importancia del acontecimiento. Simplemente divertida o realmente gozosa, la sonrisa nace, en cualquier caso, del contraste entre la conducta de Dios y nuestras previsiones humanas. Dios es siempre para nosotros inesperado, sorprendente, maravilloso. He ahí por qué el cielo, cara a cara ante Dios, nos hará «dichosos»; «el cielo, decía un viejo predicador, será una gran explosión de risa y pasarán varios siglos antes de que logremos reponernos». El filósofo judío Filón ve en Isaac el tipo de la alegría, de una alegría puramente natural, casi sin esfuerzo, recibida como un regalo. «Para él Isaac representa la virtud perfecta, que es un don natural, por oposición a Jacob, que señala el esfuerzo moral, y a Abraham, el esfuerzo intelectual... Los títulos que Filón concede a Isaac caracterizan su excelencia: solamente él es «idea sin pasión», «raza dichosa», «gracia perfectísima», «obra del Increado». Isaac es de este modo el prototipo de la perfección. El es quien posee la perfecta «apaceia», que permanece totalmente extraño a las cosas sensibles, y esto no por esfuerzo, sino por naturaleza... La virtud es obrada en él directamente por el Increado, por el Padre del universo. El realiza, pues, la dicha perfecta» (Danielou). Filón escribe: «Es Dios el creador de la risa y de la alegría, de tal forma que no es necesario pensar que Isaac es obra de la generación, sino más bien de la creación del Increado. Si, en efecto, Isaac significa risa, es Dios quien causa esta risa según el testimonio de Sara (Gén. XXI, 6: Dios me ha concedido de qué reírme), y por consiguiente El debe ser llamado con toda lógica Padre de Isaac». Que Isaac sea una figura de Jesús aparecerá más claramente en el episodio bien conocido y tan conmovedor del sacrificio de Isaac. Abraham es impelido a pronunciar esta palabra que transciende a los siglos y de la cual él mismo sin duda alguna no realiza todo el contenido profético: «Es Dios quien proporcionará el cordero» (Gén. XXII, 8). Jesús se manifiesta como el verdadero objeto de la promesa hecha al patriarca, la verdadera causa de su alegría, el Isaac espiritual, cuando dice: "Abraham, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró" (Jn. VIII, 56). El «Día de Jesús» es su advenimiento; Jesús se apropia de este modo una expresión reservada a Dios en el Antiguo Testamento: «el Día de Yahvé». Abraham vio «el Día de Jesús» en un acontecimiento profético, "desde lejos" como dice San Pablo a los hebreos: «En la fe murieron todos sin recibir el objeto de las promesas, pero viéndole y saludándolo desde lejos» (Heb. XI, 13). «El acontecimiento visto aquí es, sin duda alguna, el nacimiento de Isaac, ya que la risa de Abraham con ocasión del nacimiento de Isaac era interpretada por la tradición judía como el signo de una gran alegría. Jesús, por consiguiente, hace afluir aquí hacia su persona, como hacia su fuente, "la alegría mesiánica" (L. Heuschen).

2. El «salmo» de hoy es nada menos que el Magníficat de María de Nazaret, que alaba a Dios y recuerda la promesa hecha a Abrahán: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva... como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre». El Catecismo aproxima a María a la figura de Abrahán: «Abrahán es el modelo de obediencia que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (CEC 144). Los «testigos de la fe son Abrahán, que creyó, esperando contra toda esperanza; la Virgen María que, en la peregrinación de la fe, llegó hasta la noche de la fe» (CEC 165). «Abrahán, por su fe, se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra. Por su fe, María vino a ser madre de los creyentes» (CEC 2676). Si acogemos la visita de Dios, también a nosotros nos nacerán hijos, y la Iglesia progresará en su maternidad y tendrá vocaciones y su evangelización de este mundo tendrá éxito, lo mismo que Abrahán y Sara tuvieron a su esperado hijo Isaac, y María de Nazaret dio al mundo al Mesías anunciado por los siglos. El saludo profético y la bienaventuranza de Isabel despertaron en María un eco, cuya expresión exterior es el himno que pronunció a continuación, el Magníficat, canto de alabanza a Dios por el favor que le había concedido a ella y, por medio de ella, a todo Israel. María, en efecto, dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... Auxilia a Israel, su siervo, ... y su descendencia por siempre». El evangelista San Lucas no nos ha dejado más detalles de la visita de la Virgen a su prima Isabel, simplemente añade que María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa de Nazaret. Muchos son los temas de meditación que ofrece este misterio. Conocido el embarazo de Isabel, María marchó presurosa a felicitarla, a celebrar y compartir con ella la alegría de una maternidad largo tiempo deseada y suplicada: ¡qué lección a cuantos descuidamos u olvidamos acompañar a los demás en sus alegrías! El encuentro de estas dos santas mujeres, madres gestantes por intervención especial del Altísimo, sus cantos de alabanza y acción de gracias, y las escenas que legítimamente podemos imaginar a partir de los datos evangélicos, constituyen un misterio armonioso de particular ternura y embeleso humano y religioso: parece como la fiesta de la solidaridad y ayuda fraterna, del compartir alegrías y bienaventuranzas, del cultivar la amistad e intimidad entre quienes tienen misiones especiales en el plan de salvación. Sería delicioso conocer sus largas horas de diálogo, sus confidencias mutuas, sus plegarias y oraciones, sus conversaciones sobre los caminos por los que Yahvé las llevaba y sobre el futuro que podían vislumbrar para ellas y para sus hijos. Podemos pensar que, de alguna manera, se resumen en la bienaventuranza que Isabel dirigió a María, y en el cántico de acción de gracias por el pasado, el presente y el futuro, que ésta elevó al Todopoderoso. Y todo ello constituye un magnífico programa para ir configurando nuestro corazón y nuestro espíritu.

Dentro de la complejidad del himno, hay como dos partes:

La primera parte (vv. 46b-49) se caracteriza por las partículas «mi» y «me», que se refieren a la persona que canta: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, / se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; / ... Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, / porque el Poderoso ha hecho grandes cosas en mi favor».

La segunda parte evoca la historia de Israel o, mejor, las grandes actuaciones de Yahvé en la historia de la salvación, y comienza en el v. 50: «Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Sigue a continuación el recuento de los grandes hechos realizados por el Señor: «Él hace proezas con su brazo: / dispersa a los soberbios de corazón...», que termina con el v. 55.

Ésta es, pues, la estructura global, que subraya las intervenciones divinas en una sola persona, y después en la historia en general, concretamente en la historia de Israel.

Hay una gran afinidad con las bienaventuranzas de Lucas: dichosos los pobres y los hambrientos; ¡ay de vosotros, los ricos!... Se habla tanto de categorías sociales como de actitudes del corazón, indicando cómo todo cuanto Dios realizó en el Antiguo Testamento, dispersando a los poderosos y a los prevaricadores y defendiendo a sus pobres y a sus humildes, lo seguirá haciendo en la Nueva Alianza a través de la acción regeneradora de Jesús.

Se trata, por tanto, de una síntesis de la historia, que sirve de prólogo al Evangelio (Carlo M. Martini).

Proclama mi alma la grandeza del Señor (v. 46). San Ambrosio, que en su comentario a Lucas escribe: «Esté en cada uno de nosotros el alma de María para glorificar a Dios», nos recuerda que el agradecimiento es la primera expresión de la fe. No lo son, en cambio, la lamentación, la crítica, la amargura, la autocompasión ni el derrotismo, que son actitudes de falta de fe, porque la verdadera fe prorrumpe espontáneamente en la alabanza y el agradecimiento. Alabanza por todo cuanto Dios realiza en nosotros y en el mundo; agradecimiento al reconocernos agraciados y al tomar conciencia de que la misericordia divina «se extiende de generación en generación». Es una invitación a confesar que también muchos discursos eclesiásticos, por así decirlo, muchas recriminaciones y muchas amarguras son fruto de una fe empobrecida.

Ha hecho obras grandes en mi favor (v. 49). Nos preguntamos: ¿cuáles son esas obras grandes? Seguramente María puede intuirlas, por la fe, en el pequeño germen de vida apenas perceptible que lleva en su seno; sin embargo, desde el punto de vista humano no es un hecho extraordinario. Es la fe la que le hace descubrir realidades grandes en cosas pequeñas, realidades definitivas en hechos incipientes, realidades perennes en las realidades efímeras. Mientras que la poca fe nunca está contenta ni satisfecha y querría siempre ver más, la fe verdadera está contenta y reconoce en los más insignificantes signos el poder de Dios.

Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación (v. 50). María expresa aquí su fe en la certeza de que no sólo en el pasado y en el presente, sino que tampoco en el futuro decaerá la misericordia del Señor ni se encogerá el brazo de Dios. Muchas veces hablamos como si la misericordia del Señor se hubiese detenido en los tiempos más gloriosos del cristianismo y no abarcase también a nuestras generaciones. Querríamos retroceder cincuenta años atrás, cuando la gente frecuentaba las iglesias, a la vez que nos asalta la duda y el temor de que el Señor se haya alejado de nosotros. Sin embargo, María proclama «su misericordia de generación en generación». Por otra parte, debemos reconocer que, si miramos a nuestro alrededor con los ojos sencillos y limpios de la fe, podemos percibir la misericordia de Dios en favor nuestro y descubrir a veces sus signos sensibles.

Ha auxiliado a Israel, su siervo (v. 54). Cuidó -paidòs autou- de su hijo y siervo Israel, como cuidó de María su sierva («se ha fijado en la humillación de su esclava»). El verbo «cuidar» aparece en otros pasajes del Nuevo Testamento: «El Espíritu cuida de nuestra debilidad» (Rm 8,27); «No cuida de los ángeles, sino de los hijos de Abraham» (Heb 2,16). La solicitud por Israel es, por consiguiente, una característica de Dios: lo fue, efectivamente, en los momentos dramáticos del pueblo hebreo a lo largo de los siglos, y no ha decrecido. Por eso debe ser también una característica propia de todos cuantos sienten como María y con María; y por eso la relación con Israel es una importante y valiosa piedra de toque en la vida de la Iglesia: como el Señor cuida de Israel su siervo, también la Iglesia y la humanidad deben cuidar de él, deben seguir expresando de algún modo el amor de Dios a ese pueblo, a pesar de todas las dificultades y hasta malentendidos que ello pueda acarrear. La relación del Señor con Israel está inequívocamente en el corazón mismo del Magníficat, al que hay que acudir para reflexionar sobre sus terribles destinos históricos sucesivos. «María, hija de Sión, Madre de Jesús y de la Iglesia, concédenos entrar en el misterio de tu fe y de tu alabanza y percibir cómo miras a tu pueblo, a la humanidad y a la historia» (Carlo M. Martini).

3. Mt 8, 5-17. -Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo... El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios... excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación! ¡en favor de un oficial de las fuerzas del orden! ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fieles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino. Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del "¿qué dirá la gente?", no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero. Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.

-Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente. Ejemplo de plegaria: este hombre expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado. ¿Es así mi plegaria? ¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí?

-Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré. Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.

-Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure. Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de "impureza legal". Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa. Que mi plegaria no sea agresiva, Señor, como si pudiera exigirte lo que te pido. Dame la humildad de ese pagano:

"Yo no soy quién, yo no soy digno". -Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, y viene... Este hombre subraya el valor de la "palabra" del que tiene autoridad.

-Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe." Se trataba, sin embargo, de una fe muy elemental, una fe principiante, inicial. Este hombre no da ningún contenido doctrinal a su Fe, es un simple afecto global a Jesús. Pero Jesús sabe apreciar esta fe inicial. Señor, ayúdanos a saber ver y apreciar los más mínimos inicios de la fe en el corazón de nuestros hermanos.

-Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa con Abraham... En cambio a los ciudadanos del Reino los echarán afuera... Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia. Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.

-Luego dijo Jesús: "Ve, que te sea otorgado lo que has creído". La Fe. Ella introduce al Reino. Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan (Noel Quesson).

Ayer leíamos la curación del leproso, cuando Jesús bajaba del monte del sermón. Hoy escuchamos dos milagros más: en favor del criado (o, tal vez, del hijo) de un centurión y de la suegra de Pedro.

El militar es pagano, romano, o sea, de la potencia ocupante. Pero la gracia no depende de si uno es judío o romano: sino de su actitud de fe. Y el centurión pagano da muestras de una gran fe y humildad. Jesús alaba su actitud y lo pone como ejemplo: la salvación que él anuncia va a ser universal, no sólo para el pueblo de Israel. Ayer curaba a un leproso, a un rechazado por la sociedad. Hoy atiende a un extranjero. Jesús tiene una admirable libertad ante las normas convencionales de su tiempo. Transmite la salvación de Dios como y cuando quiere. Con la suegra de Pedro no dice nada, sencillamente, la toma de la mano y le transmite la salud: «se le pasó la fiebre».

Jesús sigue ahora, desde su existencia de Resucitado, en la misma actitud de cercanía y de solidaridad con nuestros males. Sigue cumpliendo la definición ya anunciada por Isaías y recogida en el evangelio de hoy: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Quiere curarnos a todos de nuestros males. ¿Será un criado o un hijo el que sufre, o nosotros los que padecemos fiebre de alguna clase? Jesús nos quiere tomar de la mano, o decir su palabra salvadora, y devolvernos la fuerza y la salud. Nuestra oración, llena de confianza, será siempre escuchada, aunque no sepamos como. Antes de acercarnos a la comunión, en la misa, repetimos cada vez las palabras del centurión de hoy: «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». La Eucaristía quiere curar nuestras debilidades. Ahora no nos toma de la mano, o pronuncia palabras. El mismo se hace alimento nuestro y nos comunica su vida: «el que come mi Carne permanece en mí y yo en él... el que me come vivirá de mí, como yo vivo de mi Padre» (J. Aldazábal).

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