jueves, 23 de junio de 2011

Solemnidad de San Juan Bautista: es el precursor, que prepara los caminos de Jesús, y nos enseña a hacer espacio a Jesús en nuestras vidas, para vivir


Solemnidad de San Juan Bautista: es el precursor, que prepara los caminos de Jesús, y nos enseña a hacer espacio a Jesús en nuestras vidas, para vivir auténticamente, hacer de la oración vida

Lectura del Profeta Isaías 49,1-6. Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi esclavo (Israel), de quien estoy orgulloso.» Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo; para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-: Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

Sal 138,1-3.13-14ab.14c-15: R/. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

Señor, tú me sondeas y me conoces: me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno, porque son admirables tus obras.

Conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13,22-26: En aquellos días, Pablo dijo: Dios suscitó a David por rey; de quien hizo esta alabanza: «Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.» De su descendencia, según lo prometido, sacó Dios un Salvador para Israel: Jesús. Juan, antes de que él llegara, predicó a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión; y cuando estaba para acabar su vida, decía: -Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias. Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1,57-66.80. A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -¡No! Se va a llamar Juan. Le replicaron: -Ninguno de tus parientes se llama así. Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él. El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Comentarios: 1. Is 49,1-6. El segundo poema del Siervo (cf. Ciclo A, Segundo Domingo Ordinario) se refiere a la misión del profeta, del siervo o la del precursor llamado desde el seno materno (cf Lc 1,41.44). Habla de la salvación universal, y se habla aquí de al misión del siervo (vv. 5-6): la restauración de las tribus tiene que ser tan eficaz que, también los no israelitas, puedan quedar iluminados y alcanzar la salvación, la luz del siervo iluminará a todos los pueblos, “luz de las naciones” (v. 6). El siervo, con un amor de predilección, ha de mover a sus compatriotas, iluminar y salvar también a los de fuera. La interpretación mesiánica de este texto –común entre judíos alejandrinos, la comunidad de Qumrán y algunos autores de la literatura intertestamentaria como el Libro de Henoc- entiende al Siervo como alguien colectivo, el pueblo de Israel. Los cristianos ven en él a Jesús, y así lo aplica Simeón en su profecía del templo, y así también lo hacen los Apóstoles (Hch 13,46-47; cf. también Juan Pablo II, Veritatis splendor 2).

2. Juan pablo II comenta esta salmo 138 en la perspectiva de que Dios lo ve todo: “himno sapiencial de gran belleza y fuerte impacto emotivo”, las primeras dos estrofas “exaltan respectivamente la omnisciencia de Dios (cf. vv. 1-6) y su omnipresencia en el espacio y en el tiempo (cf. vv. 7-12)”, que no entra en el trozo que hoy escoge la liturgia, para fijarse luego “en la realidad más alta y admirable de todo el universo, el hombre, definido como el «prodigio» de Dios”. “El vigor de las imágenes y de las expresiones tiene como finalidad la celebración del Creador: «Si es notable la grandeza de las obras creadas -afirma Teodoreto de Ciro, escritor cristiano del siglo V-, ¡cuánto más grande debe de ser su Creador!». Con su meditación el salmista desea sobre todo penetrar en el misterio del Dios trascendente, pero cercano a nosotros. El mensaje fundamental que nos transmite es muy claro: Dios lo sabe todo y está presente al lado de sus criaturas, que no pueden sustraerse a él. Pero su presencia no es agobiante, como la de un inspector; ciertamente, su mirada sobre el mal es severa, pues no puede quedar indiferente ante él. Con todo, el elemento fundamental es una presencia salvífica, capaz de abarcar todo el ser y toda la historia. Es prácticamente el escenario espiritual al que alude san Pablo, hablando en el Areópago de Atenas, con la cita de un poeta griego: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

El primer pasaje (cf. Sal 138,1-6), como decíamos, es la celebración de la omnisciencia divina. En efecto, se repiten los verbos de conocimiento, como «sondear», «conocer», «saber», «penetrar», «comprender», «distinguir». Como es sabido, el conocimiento bíblico supera el puro y simple aprender y comprender intelectivo; es una especie de comunión entre el que conoce y lo conocido: por consiguiente, el Señor tiene intimidad con nosotros, mientras pensamos y actuamos”.

Luego, al contemplar “el hombre, definido como el «prodigio» de Dios (cf. v. 14)”, añade: “después de considerar la mirada y la presencia del Creador que se extienden por todo el horizonte cósmico, en la segunda parte del salmo que meditamos hoy, la mirada amorosa de Dios se fija en el ser humano, considerado en su inicio pleno y completo. Aún es un ser «informe» en el seno materno: algunos estudiosos de la Biblia interpretan la palabra hebrea que usa el salmo como equivalente a «embrión», descrito mediante esa palabra como una pequeña realidad oval, enrollada, pero sobre la cual ya se posa la mirada benévola y amorosa de los ojos de Dios (cf. v. 16).

El salmista, para definir la acción divina dentro del seno materno, recurre a las clásicas imágenes bíblicas, mientras que la cavidad generadora de la madre se compara a «lo profundo de la tierra», es decir, a la constante vitalidad de la gran madre tierra (cf. v. 15). Ante todo, se utiliza el símbolo del alfarero y del escultor, que «forma», que plasma su creación artística, su obra maestra, precisamente como se decía en el libro del Génesis con respecto a la creación del hombre: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo» (Gn 2,7). Luego viene el símbolo del «tejido», que evoca la delicadeza de la piel, de la carne, de los nervios «entretejidos» sobre el esqueleto. También Job evocaba con fuerza estas y otras imágenes para exaltar la obra maestra que es la persona humana, a pesar de estar golpeada y herida por el sufrimiento: «Tus manos me formaron, me plasmaron (...). Recuerda que me hiciste como se amasa el barro (...). ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios» (Jb 10,8-11).

Sumamente fuerte es, en nuestro salmo, la idea de que Dios ya ve todo el futuro de ese embrión aún «informe»: en el libro de la vida del Señor ya están escritos los días que esa criatura vivirá y colmará de obras durante su existencia terrena. Así vuelve a manifestarse la grandeza trascendente del conocimiento divino, que no sólo abarca el pasado y el presente de la humanidad, sino también el arco todavía oculto del futuro. También se manifiesta la grandeza de esta pequeña criatura humana, que aún no ha nacido, formada por las manos de Dios y envuelta en su amor: un elogio bíblico del ser humano desde el primer momento de su existencia. Ahora releamos la reflexión que san Gregorio Magno, en sus Homilías sobre Ezequiel, hizo sobre la frase del salmo que hemos comentado: «Siendo todavía informe me han visto tus ojos y todo estaba escrito en tu libro» (v. 16). Sobre esas palabras el Pontífice y Padre de la Iglesia construyó una original y delicada meditación acerca de los que en la comunidad cristiana son más débiles en su camino espiritual. Y dice que también los débiles en la fe y en la vida cristiana forman parte de la arquitectura de la Iglesia, «son incluidos en ella (...) en virtud de su buen deseo. Es verdad que son imperfectos y pequeños, pero, en la medida en que logran comprender, aman a Dios y al prójimo, y no dejan de realizar el bien que pueden. A pesar de que aún no llegan a los dones espirituales hasta el punto de abrir el alma a la acción perfecta y a la ardiente contemplación, no se apartan del amor a Dios y al prójimo, en la medida en que son capaces de comprenderlo. Por eso, sucede que también ellos, aunque estén situados en un lugar menos importante, contribuyen a la edificación de la Iglesia, pues, si bien son inferiores por doctrina, profecía, gracia de milagros y completo desprecio del mundo, se apoyan en el fundamento del temor y del amor, en el que encuentran su solidez». El mensaje de san Gregorio es un gran consuelo para todos nosotros que a menudo avanzamos con dificultad por el camino de la vida espiritual y eclesial. El Señor nos conoce y nos envuelve con su amor”.

Como se ve, esto es muy distinto a la idea de que “Total dependencia + total libertad=total amor”. Siento ya el fastidio del hombre "moderno" al escuchar este salmo: ¿por qué? -Me presentan un Dios minucioso, un Dios que ve todo, que lo sabe todo, que ha previsto todo ("¡En tu Libro, estaban mis días determinados, cuando aún no existía ninguno de ellos!"). Digamos sinceramente que no nos gusta esta imagen de un Dios fantasma, de un Dios que nos hubiera "programado" anticipadamente y que vigila nuestra menor infracción. Esto es justamente no comprender a Dios. Cuando oponemos "dependencia" y "libertad", no entendemos lo que es el verdadero "amor". Nadie es más dependiente que el que ama. Piensa en el otro. Está polarizado por el otro. Vive tan sólo para el que ama. Se "somete" al otro. Sin embargo, se siente totalmente libre. Desde dentro, movido por un impulso espontáneo y personal, se da al otro. De igual manera en este salmo hay una especie de combate: el salmista, hombre moderno en el fondo, ensayó en un primer momento "huir" de Dios, ocultarse en el extremo del mundo, para estar "tranquilo". Igual combate el de Jacob contra Dios, en el Pozo de Jabok, durante toda una noche, el hombre "vencido" quedó señalado, cojeó el resto de sus días (Génesis 32, 23-33). Es la huida de Jonás ante una misión difícil y a quien Dios lleva por la fuerza a Nínive para que predique en ella (Jonás 1,1-3). Son nuestras propias reticencias, impregnados como estamos del ateísmo, las que nos hacen ver a Dios como un "rival" de nuestra propia libertad: ni Dios, ni "Señor". Pues bien, hay que mirarlo en la línea del amor: sí, no puedo escaparme de Ti, Señor, confieso que me has vencido... Tú me amas, y yo te amo. Transparencia, secreto de amor. "Ninguna creatura escapa a la mirada (de amor) de Dios, todo está al descubierto y al desnudo ante sus ojos" (Hebreos 4,13). En lugar de ver en ello una insoportable tiranía, el autor del salmo la considera como una fuente de serenidad total, "Tú me conoces, mi amor. Sabes todo sobre mí. No puedo ocultarte nada, ni la madeja enredada de mis idas y venidas, ni mis pensamientos, ni mis proyectos, ni mis desesperaciones". En nuestros amores humanos, hay siempre una imperfección radical: hay siempre un rincón oculto que resiste a la transparencia... La terrible opacidad del cuerpo. Vamos, corazón mío, déjate amar hasta la más perfecta transparencia. Predestinación. "No ha llegado la palabra a mi lengua y ya Tú, Señor, la sabes... Tú te anticipas... Cuando en lo oculto me iba formando... En tu libro se inscribían todas mis acciones, calculados estaban mis días, antes que llegara el primero...". Este lenguaje repugna al pensamiento moderno, pues parece quitar toda libertad al hombre... Como si fuéramos marionetas sin responsabilidad, manipulados, programados, carentes de toda iniciativa. San Pablo, retomando esta misma idea dirá que "Dios nos ha predestinado para que nos asemejemos a la imagen de su Hijo" (Efesios 1,4). El pensamiento antiguo, como el pensamiento semítico, deja en segundo plano las causas segundas en provecho de la Causa primera. Se atribuye a Dios todo lo que sucede, sin decir que Dios no obra habitualmente en "directo", sino a través de las "causas segundas", que están, de hecho, en el fondo de los acontecimientos. Se dirá que Dios envía la lluvia, la enfermedad, o cualquier otra cosa... Esto mismo ocurre con la "predestinación", forma de hablar que, mirando el desarrollo de la historia bajo el ángulo humano, trata de describir el actuar de Dios..., que siendo eterno, "domina el tiempo". Cuando se realiza el designio de Dios, se dice, y esto es cierto filosóficamente, que desde el principio Dios había previsto todo eso. Ahora bien, en Dios no hay "ni antes ni después". Dios está fuera del tiempo, está en la eternidad, es decir en una especie de "presente" que acumula y condensa todos los instantes del transcurrir del tiempo. Dios puede, a la vez, "predestinar y respetar nuestra libertad". Pero desde nuestro punto de vista "temporal", podemos decir que "Dios nos amó El primero". Nos agrada pensar que Dios tuvo la iniciativa (Noel Quesson).

Este salmo es un viaje al interior, al mar del misterio interior; es una obra de arte; llama la atención su carga de introspección que llega a honduras definitivas; y, por otro, la altísima inspiración poética que recorre toda su estructura con metáforas brillantes, y con audacias que nos dejan admirados, y tanto si va al «margen de la aurora» como al «confín del mar», sin detenerse nunca en sí mismo, el punto focal es siempre el Tú de Dios. Es algo sorprendente que desde su observatorio de su interioridad más remota focaliza en Dios su telescopio contemplativo, y obtiene una visión sobre el misterio esencial de Dios y del hombre. Es un salmo de oración, de contemplación. Hay personas que cuando oran hablan con Dios, otros van a través de la humanidad santísima de Jesús al Padre, pienso que es más difícil detenerse con el Espíritu, porque es “escurridizo”, nos lleva a las Personas que ama, las otras dos… así es el Amor, desaparece. Pero en ese espejo vemos nuestra vida: “Señor, tú me sondeas y me conoces…” en la Palabra vemos nuestra vida. Desde hace casi 500 años hemos inventado “el Espíritu Santo y nosotros”, diríamos un poco en broma y en serio, el sagrario como lugar para penetrar en el núcleo del meollo de esta Palabra y rezar con fruto, pero tenemos libertad para rezar donde queramos, lo que es conveniente es empezar por tranquilizarse, sosegar los nervios, descargar las tensiones, abstraerse de clamores exteriores e interiores, soltar recuerdos y preocupaciones; y así, ir alcanzando un silencio interior, de tal manera que el contemplador perciba que no hay nada fuera de sí, y no hay nada dentro de sí. Y que lo único que queda es una presencia de sí mismo a sí mismo, esto es, una atención purificada por el silencio. Este es el momento de abrirse al mundo de la fe, a la presencia viva y concreta del Señor, y es en este momento cuando el texto del salmo 138 puede ser un apoyo precioso para entrar en una oración de contemplación.

Los vestigios de la creación, las reflexiones comunitarias, las oraciones vocales pueden hacernos presente al Señor: una noche estrellada, una montaña cubierta de nieve, un amanecer ardiente, el horizonte recortado sobre un fondo azul nos pueden «dar» a Dios, pueden despertárnoslo, pero no son Dios mismo, sino evocadores, despertadores de Dios. Y el alma verdaderamente sedienta no se conforma con los «mensajeros», como dice San Juan de la Cruz: «No quieras enviarme -de hoy ya más mensajero- que no saben decirme lo que quiero». Y comenta el místico castellano: «Como se ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia, sino la presencia.... pídele le entregue la posesión de su presencia.» Más allá de los vestigios de la creación, y de las aguas que bajan cantando, el alma busca el manantial mismo, Dios mismo, que está siempre más allá de las evocaciones, de los conceptos y las palabras. Para penetrar en el santuario del salmo 138, el hombre debe tener presente que Dios no sólo es su creador, no sólo está objetivamente presente en su ser entero, al que comunica la existencia y la consistencia; es preciso también tener presente que El lo sostiene, pero no a la manera de la madre que lleva a su criatura en sus entrañas, sino que, en una dimensión mucho más profunda, y distinta, verdaderamente Dios lo penetra y lo mantiene en su ser. A pesar de esta estrecha vinculación entre Dios y el hombre, no hay, sin embargo, simbiosis ni identidad alguna, sino que, más bien, la presencia divina es una realidad creante y vivificante, realidad que el salmista verbaliza con una expresión de alto vuelo poético: «Todas nuestras fuentes están en Ti» (Salmo 87).

El encuentro con Dios se consuma a solas. En el fondo, cualquier encuentro, tanto a nivel divino como humano, se realiza a solas, en su sentido original y profundo. En realidad, la expresión castellana a solas significa una convergencia de dos soledades, ya que la esencia radical de la persona, sea divina o humana, es ser soledad o mismidad. Por un lado, es necesario acallar todo nerviosismo y toda la turbulencia interior, hasta percibir, en silencio pleno, mi identidad personal, mi soledad: «A estas profundidades de sí mismo retorna (el hombre) cuando entra dentro de su corazón, donde Dios lo espera» (GS 14). Se trata, pues, del «núcleo más secreto, sagrario del hombre, donde éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de él» (GS 14). Es a esta zona interior a donde deberá «bajar» el hombre para una vivencia auténtica y fuerte del salmo 138 (Larrañaga).

3. Hch 13,22-26. Es el primer discurso en que aparece Pablo misionando, mientras los anteriores tenían como actor a Pedro. Pero el contenido principal es el mismo. Esta elaboración consta sobre todo de reflexiones sobre el A.T. Se trata de una breve síntesis de la historia de la salvación, indicando algunos de sus hitos, para mostrar que en JC culmina toda ella. El Bautista parece sin solución de continuidad respecto a sus antecesores, empalmando con ellos. Es el último eslabón de la acción de Dios para preparar la venida de un Salvador. Por su parte, Jesús es la Palabra de Salvación (13. 26). Juan no apunta hacia sí mismo, sino hacia Cristo, tal como dice la tradición sobre el Bautista. Es uno de los textos donde este personaje es contemplado más explícitamente como figura véterotestamentaria. Lo realmente importante es la palabra de salvación, el Señor Jesús. Juan está en función del mismo Jesús. Acción de Dios en la historia por medio de hombres y entrega de estos hombres a la causa de Dios serían las dos lecciones principales de este texto (F. Pastor).

4. Lc 1,57-66.80: La fiesta del nacimiento de san Juan Bautista ha gozado históricamente de gran popularidad. El folklore con sus hogueras y baños, la literatura con sus romances e incluso la economía (por ser el día en que se contrataban los segadores) así lo constatan. La Iglesia colocó esta celebración a seis meses exactos antes de la navidad, aplicando al ciclo litúrgico la frase "ya está de seis meses la que consideraban estéril". Juan fue un personaje conocido en su tiempo. El historiador Flavio Josefo no se olvida de citarlo. Para la fe cristiana supone el fin del AT y el preludio del Nuevo. Es, ni más ni menos, que el precursor. Su nombre lo indica: Juan quiere decir "Dios se ha compadecido", mientras que Jesús significa "Dios salva". Sin embargo, nada de esto impide el que las actitudes fundamentales de su personalidad puedan servirnos perfectamente como esquema de reflexión. El Bautista no fue, desde luego, un docto y religioso burgués de ideas acertadas, pero descomprometidas como quien observa la marcha del mundo desde fuera. Juan toma postura ante la situación en que vive. Lo hace con las características y matices de su particular psicología, pero no se limita a pensar o a hablar. También el nuestro es, en cierto modo, un tiempo de crisis y de necesidad de cambio. No faltan ni en el ámbito civil ni en el religioso personas con ideas, al menos aparentemente, acertadas. Se piensa y se escribe en las secciones fijas de los semanarios dominicales con la elegancia y el dulce encanto de la progresía, pero el compromiso no va más allá. Así la verdad pierde su carácter de denuncia y se convierte en droga para el lector y en refuerzo para el sistema. La excesiva oferta de estas "verdades" oculta y devalúa la auténtica verdad. Juan es la antítesis de aquel Herodes que se mantuvo en el trono pese a todos los cambios políticos que tenían lugar en la dirección del imperio romano. A Maquiavelo le debía encantar tan astuto príncipe. Sin embargo, el Bautista no era una caña que se movía hacia donde soplaba el viento. No por ello era un inmovilista y, mucho menos, un conservador al estilo de los saduceos. Actuó sobre la realidad desde la fe que llevaba dentro. Estas características de su personalidad deben hacernos reflexionar hoy. En el fondo se trata de no amar sólo de palabra o por escrito, sino con obras y de verdad. Es obvio que la actuación de cada uno de nosotros vendrá coloreada por nuestra particular psicología, lo mismo que ocurrió en el caso de Juan. Pero ello no debe suponer una excusa para un irresponsable "dejarnos llevar" por la corriente social que justifica de hecho la injusticia. No basta con ser geniales en las ideas, hay que actuar. En este punto, interesa recordar que el término "espiritualidad" significa para el cristiano que debe ser movido por el Espíritu de Jesús. Entender esta palabra como mero intimismo, bonito y autogratificante, supone una huida del mundo que ni Juan ni Jesús de Nazaret practicaron. La escucha y obediencia al Espíritu han de hacernos capaces de discernir en nuestro mundo los valores positivos y los que, por el contrario, han de ser rechazados por muy general que sea su aceptación. No se trata por ello de ser fanáticos o intolerantes con los demás. La libertad está en la base de un mundo más humano. Mucho menos puede esto fundamentar el inmovilismo, cuando de lo que se trata es de cambiar la realidad. Pero quizá la actitud clave que permite al Bautista actuar de esta manera es su desprendimiento. Juan no construye nada para él, ni siquiera un grupo de seguidores. Obra en función de otro. Tiene clara conciencia de ser puente y camino. Él no es el fin. Está dispuesto a desaparecer de la escena cuando su misión esté cumplida. Este mismo talante es el adecuado para el discípulo de Jesús. No se trata de hacer prosélitos para "nuestro" club, sino actuar de forma que facilitemos a los hermanos el encuentro con el Maestro. La Iglesia no es para sí misma. Lo importante es que, a través de su predicación, los hombres descubran al verdadero Mesías. Su objetivo, como en el pasaje de la samaritana, es facilitar que las gentes digan: "Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino por lo que nosotros hemos descubierto". Conseguido esto, ya pueden cortarle la cabeza, si gustan, porque su misión estará cumplida. Es cierto que muchas veces los que nos llamamos discípulos impedimos a otros su acceso al Maestro. Ni entramos ni dejamos entrar. Deformamos su rostro con abstractas teologías y ocultamos su estilo con un actuar más propio de fanáticos fariseos o de explotadores saduceos que de pueblo convertido. Pero él sigue hablando. ¡Señor, danos la autenticidad y el desprendimiento del Bautista! (“Eucaristía 1990”).

Así comenta S. Agustín: “Hoy recibimos al santo Juan, precursor del Señor, el hijo de una estéril que anunciaba al hijo de una virgen, pero siempre siervo que anuncia al Señor. Puesto que Dios hecho hombre había de venir mediante una virgen, le precedió un hombre nacido de una mujer estéril para que aquél -refiriéndose al cual dice Juan que es indigno de desatar la correa de su calzado- fuera reconocido como Dios hombre. Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha, repito, a Cristo, no porque tú le ofrezcas algo a él, sino para progresar tú en él. Admira, pues, a Juan cuanto te sea posible. Escuchaste qué has de admirar. Un ángel lo anuncia a su padre, que era sacerdote, y le priva de la voz porque no le dio crédito; permanece mudo esperando recobrar la lengua con el nacimiento del hijo. Concibe quien era estéril y anciana, infecunda por doble capítulo: por estéril y por su edad. El ángel ya anuncia quién va a ser, y se cumple en él lo anunciado. Cosa más maravillosa aún: aparece lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Luego, al llegar santa María, salta de gozo en el vientre y saluda con sus movimientos a quien no podía con la palabra. Al nacer devuelve la lengua a su padre y el padre, al hablar, impone el nombre al niño, y todos se maravillan de gracia tan excelsa. ¿De qué otra cosa puede hablarse sino de gracia? ¿De dónde había merecido este Juan a Dios? ¿Cómo mereció a Dios antes de existir para poder merecerlo? ¡Oh gracia, gratuitamente dada!

Todos se llenan de admiración y quedan estupefactos; en el fondo de su corazón dicen algo que quedó escrito para que nosotros lo leyéramos: ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. ¿Qué piensas que será este niño? (Lc 1,66). Supera los límites de la naturaleza humana. Conocemos a los niños, pero ¿qué piensas que será éste? ¿Por qué dices: qué piensas que será este niño. La mano del Señor está con él? Que la mano del Señor está con él lo sabemos ya; pero desconocemos lo que será. Ciertamente será grande quien ya de pequeño lo es. ¿Qué será el que siendo aún tan chiquito, es ya tan grande? ¿Qué será? La flaqueza humana no lo vislumbra, tiemblan los corazones de todos los que piensan en ello. ¿Qué piensas que será este niño? Será grande; pero ¿qué tendrá que ser quien sea mayor que él? El será extraordinariamente grande; pero ¿qué habrá de ser el que sea mayor que él? Si el que comienza a existir ahora es grande, ¿cómo será el que ya existía?

Pero, ¿por qué acabo de decir «el que ya existía»? Existía antes de Juan y de Zacarías; más aún, existía antes de Juan, de Abrahán, de lsaac y de Jacob. Antes de Juan existían ciertamente el cielo y la tierra. ¿Cómo será el que existía desde el principio? Al principio, es decir, antes de Juan y antes de cualquier hombre, hizo Dios el cielo y la tierra (Gn 1,1) ¿Preguntas por medio de qué hizo esto? La Palabra no la hizo Dios al principio, sino que ya existía. En el principio existía la Palabra, y la Palabra no era cualquier cosa, sino la Palabra era Dios. Todo fue hecho por ella (Jn 1,1.3). En el final de los tiempos fue hecho también el que ya existía para que no pereciese lo que había hecho. ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. Si el niño va a ser tan grande porque la mano del Señor está con él, ¿cómo será la misma mano del Señor? Cristo, en efecto, es la mano del Señor; el Hijo de Dios es la mano de Dios y la Palabra de Dios también es la mano de Dios. ¿Qué es, en efecto, la mano de Dios sino aquello mediante lo cual hizo todas las cosas? ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. iOh debilidad humana! ¿Qué has de hacer frente a la persona del juez, si tales son tus dudas sobre la del heraldo? Pero ¿qué acabo de decir ahora? Vuelvo a centrarme en la consideración de la costumbre humana. ¿Qué dije? Hablé de un heraldo, hablé de un juez y un heraldo; un hombre simplemente y un hombre juez. Hablé de lo que se ve; ¿quién podrá hablar de lo que está oculto? La Palabra se hizo carne (Jn 1,14), pero sin convertirse en carne la Palabra misma. La Palabra se hizo carne recibiendo lo que no era, mas sin perder lo que era. He aquí que nos ha llenado de admiración el nacimiento de su heraldo... Mas veamos por quien tuvo lugar ese nacimiento.

Se acerca el ángel Gabriel a Zacarías, no a Isabel, su esposa, la madre de Juan; se acerca, repito, el ángel Gabriel a Zacarías, no a Isabel. ¿Por qué? Porque Juan iba a hallarse en el seno de Isabel por obra de Zacarías. Así, pues, cuando el ángel anuncia el próximo nacimiento de Juan, no fue al vientre receptor, sino al origen del semen. Anunció el hijo futuro de ambos, pero lo anunció al padre. Juan, en efecto, había de nacer de la unión del hombre y de la mujer. He aquí que, a la vez siguiente, el ángel Gabriel se allega a María, no a José; el ángel vino a la mujer que iba a dar origen y comienzo a aquella carne. ¿Cómo anunció el ángel el hijo al sacerdote Zacarías, padre del mismo? ¿No temas, Zacarías, le dijo, pues ha sido escuchada tu oración (Lc 1,13). ¿Cómo? ¿Había entrado, hermanos míos, aquel sacerdote en el Santo de los santos, para pedir hijos al Señor? De ningún modo. Dirá alguien «¿Cómo lo demuestras, puesto que Zacarías no dijo lo que había suplicado?». Sólo voy a decir una cosa muy breve: si él hubiese pedido un hijo, hubiese dado fe cuando se le anunció. Le comunica el ángel que le va a nacer un hijo, y ¿no lo cree? ¿Es cierto que había pedido eso? ¿Quién ora sin esperanza de obtener lo que pide? ¿O quién, si tiene esperanza, no cree? Si no tienes esperanza, ¿por qué pides? Si esperas, ¿por qué no crees? ¿Qué decir, pues? Ha sido escuchada, dijo, tu oración; he aquí que Isabel concebirá y dará a luz un hijo. ¿Cómo así? Porque ha sido escuchada tu oración. Supón que hubiera dicho Zacarías: «¿Cómo? ¿Acaso lo he pedido yo?». Ciertamente el ángel, ni estaría engañado ni engañaría él mismo cuando decía: Ha sido escuchada tu oración; he aquí que tu mujer dará a luz. Mas ¿por qué dijo eso? Porque Zacarías sacrificaba en nombre del pueblo; el sacerdote sacrificaba en bien del pueblo, pueblo que esperaba a Cristo. Juan anunciaba a Cristo”.

LLuciá Pou Sabaté

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