domingo, 12 de junio de 2011

San Mateo 5,38-42: Dios se muestra victorioso en su misericordia, y nos pide que seamos también misericordiosos como él Autor: Padre Llucià Pou Sabat


San Mateo 5,38-42:
Dios se muestra victorioso en su misericordia, y nos pide que seamos también misericordiosos como Él.

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

II Corintios 6,1-10: 1 Y como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. 2 Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación. 3 A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, 4 antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; 5 en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; 6 en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, 7 en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; 8 en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; 9 como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; 10 como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos.

Salmo 98,1-4 1 Cantad a Yahveh un canto nuevo, porque ha hecho maravillas; victoria le ha dado su diestra y su brazo santo. 2 Yahveh ha dado a conocer su salvación, a los ojos de las naciones ha revelado su justicia; 3 se ha acordado de su amor y su lealtad para con la casa de Israel. Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios. 4 ¡Aclamad a Yahveh, toda la tierra, estallad, gritad de gozo y salmodiad!

Mateo 5,38-42 38 «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. 39 Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: 40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; 41 y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. 42 A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

Comentario: 1. 2 Co 6,1-10: Pablo concluye la larga defensa de su ministerio apostólico apelando, como ministro de Dios, al sentido de responsabilidad de los corintios con una cita de Isaías, y luego enumera las tribulaciones que ha tenido que sufrir en su ministerio. Este “tiempo favorable” durará hasta el día que Cristo vuelva, pues cada día es día de salvación: “Ecce nunc tempus acceptabile, ecce nunc dies salutis: éste es el tiempo oportuno, que puede ser el día de la salvación. Otra vez se oyen los silbidos del buen Pastor, con esa llamada cariñosa: ego vocavi te nomine tuo (Is 43,1). Nos llama a cada uno por nuestro nombre, con el apelativo familiar con el que nos llaman las personas que nos quieren. La ternura de Jesús, por nosotros, no cabe en palabras… Ecce nunc dies salutis, aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar — amor con amor se paga— diciendo:ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido” (san Josemaría Escrivá; cf notas de la Biblia de Navarra).

En relación con las tribulaciones, son muy vivos estos versos: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa. / Dios no se muda, / la paciencia / todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene, / nada le falta. / Sólo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila). Es famosa la versión de Taizè en canción de estas palabras, que me llegó por Internet con los siguientes comentarios, muy suculentos: “Hay demasiados ruidos en ti... escucha en lo profundo de tu ser... Hay demasiadas preocupaciones en tu mente... y demasiado peso en tu corazón... quédate a solas... entra en tu aposento… El Señor está aquí y te llama… te ama y te espera... Quédate en silencio delante del Señor… Olvida tus palabras, olvida tus recuerdos, tus peticiones, tus proyectos; mírale, escúchale sin que tus voces interiores te distraigan. Quédate en paz ante Él, abandona en Él toda turbación, todo cuidado, toda preocupación, olvídalo todo. Quédate sin ataduras, libre de tus deseos, pobre como la madera muerta en invierno, vacío de todo cuanto no sea Él. Quédate solo, sin nadie más en tu corazón, que ninguna criatura se interponga entre vuestras miradas. Quédate sin quejas, sin estorbos, sin huéspedes extraños, sin nada que no sea Él. Quédate entero, sin más recuerdo que Dios, sin buscar consuelos humanos, sepultado con Él y en Él, desapareciendo tú para hacerte don en su corazón. Quédate sin tristezas, sin resentimientos, sin orgullo, sin falsas imágenes de ti mismo. Quédate a la escucha de su Palabra, hazte Palabra y Voluntad suya. Quédate sin poderes, sin privilegios, sin honores, sin ídolos, y deja a Dios ser Dios. Quédate en adoración tan profunda que nada altere esa atención, que ni penas ni goces quebranten ese abandono... Quédate en silencio delante del Señor, desaparece tú y que sólo Él sea en ti. Quédate en silencio... Quédate... “Quédate en silencio delante del Señor...” (Salmo 37, 7)”.

Así lo dice también El peregrino ruso cuando le aconsejan: “—Siéntate solo y en silencio. Inclina la cabeza, cierra los ojos, respira dulcemente e imagínate que estás mirando a tu corazón. Dirige al corazón todos los pensamientos de tu alma. Respira y di: Jesús mío, ten misericordia de mí. Dilo moviendo dulcemente los labios y dilo en el fondo de tu alma. Procura alejar todo otro pensamiento. Permanece tranquilo, ten paciencia y repítelo con la mayor frecuencia que te sea posible…”. Él lo hace, pero señala: “comencé a aburrirme… una densa nube de extraños pensamientos me envolvió”, y se le dice que insista pues en esta “guerra del mundo de las tinieblas contra ti, nada aborrece tanto como el recogimiento interior, por eso procura distraerte e impedir que aprendas a orar interiormente. Pero el enemigo sólo puede hacer lo que Dios le permite y Dios sólo le permite lo que es necesario... —repite sólo…: Jesús mío, ten misericordia de mí... después de cierto tiempo también tu corazón se abrirá a la oración…” Y el peregrino es paciente y encuentra esa paz inalterable de quien no vive de fatuidades: “desde entonces camino sin cesar y rezo ininterrumpidamente la oración de Jesús, que es para mí más preciosa y más dulce que todas las cosas del mundo. A veces ando hasta 70 km en un día y no me siento cansado… si alguno me hiere, me basta pensar: ‘¡qué dulce es la oración de Jesús!’, para que la ofensa y el resentimiento se alejen y sean olvidados. He llegado casi a la insensibilidad; no tengo preocupaciones, no tengo deseos…”, quien vive de amor desea sólo sembrar de paz y alegría los corazones

-Como cooperadores de Dios os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios... Debió de ser para Pablo un gran gozo, una muy útil certeza el pensar que cooperaba con Dios. Mi experiencia ni coincide a menudo con la de Pablo, y, sin embargo... Pensando en mis trabajos de HOY, trato de considerarlos como una cooperación, como un «trabajo con» alguien, contigo, Señor. ¿Es verdad, Señor, que la gracia que nos otorgas puede resultar vana? Aplico esta consideración a mi vida... Y concretamente te pido perdón. -Ahora bien, éste es ahora el momento favorable. Los profetas del Antiguo Testamento hablaban así. Anunciaban el momento de la prueba «decisiva», la que no se volverá a presentar: una ocasión única que hay que saber aprovechar para convertirse. ¿Cuál es esta llamada para mí? Lo que nos permite presentarnos como verdaderos ministros de Dios es nuestra vida entera: perseverancia... angustias... dificultades... cárcel... refriegas.. fatigas... noches sin sueño... días sin comer... castidad... conocimiento de Dios... paciencia... bondad... dones del Espíritu... amor sincero... lealtad en la palabra... poder que procede de Dios... Estos son los signos que nos presenta Pablo de la verdad de su ministerio, de su fidelidad a Dios. Es la imagen que nos da Isaías del Servidor sufriente. Es también la imagen de Jesús. Es la imagen de la vida de Pablo. ¿Es algo la mía? ¿Cuál es mi grado de fidelidad a Dios? ¿Cuál es mi capacidad de superar las pruebas? En gloria y en desprecio... en calumnia y en buena fama...

-Tenidos por impostores, siendo veraces... Como desconocidos aunque bien conocidos.. Tenidos por muertos, estando vivos... Castigados, pero no condenados a muerte... Como tristes, pero siempre alegres... Como pobres, aunque enriquecemos a muchos... Como los que nada tienen, aunque todo lo poseemos. Es preciso leer de nuevo detenidamente esas antítesis que ponen de manifiesto el contraste entre el aspecto exterior del apóstol y la realidad interior. Aparentemente ¡todo parece perdido! Pero, ¡qué confianza en lo hondo de sí mismo! ¡Qué alegría! Es una especie de re-edición de las Bienaventuranzas: Jesús había dicho ya: «Felices... los que lloran», «Felices... los pobres». Y Pablo lo repite a su manera mediante su propia vida. No, no puede decirse que la vida cristiana sea una vida fácil. Pero no es una vida triste. La insistencia está claramente puesta en la segunda parte de cada una de esas frases, la parte positiva: «estamos vivos... estamos siempre alegres... lo poseemos todo...». De igual manera que la insistencia de Jesús en las Bienaventuranzas, se ponía sobre la primera palabra: «felices»... Quizá el sentido profundo de la cruz es ser el triunfo del valor, del amor, sobre todo lo que puede afectar nuestras fuerzas vivas (Noel Quesson).

Pablo comprende el carácter de su ministerio apostólico como una «colaboración». En realidad es Dios quien lo ha hecho todo en la persona de Jesucristo, el Apóstol se limita a ayudar a los hombres a reconocer la nueva realidad salvadora y a participar en ella. Se han de comprender dos cosas: el Apóstol no puede nunca pretender ser el actor principal del ministerio que ejerce, porque la entidad de este ministerio suyo toca una realidad profunda que le ha sido dada y que le sobrepasa. Es, exactamente, un «tesoro en vasos de barro» (4,7). El Apóstol, como Cristo, es su revelador, su descubridor, pero mientras Cristo es el realizador, él sólo es el administrador. Además, ha de tener presente también que el tono para llevar a cabo este ministerio no puede ser un tono autoritario y coercitivo que, intimidando las conciencias, acaba por conseguir lo que quiere. El evangelio es presentado con frecuencia por el mismo Jesús como una invitación. La exhortación de Pablo tiene bien en cuenta el misterio de la libertad del hombre. La llamada a la conversión puede dejarse pasar, puede caer en el vacío, pero ciertamente su gratuidad no se puede mezclar con motivaciones nacidas del miedo. Quien se decide a optar por el «ámbito de la rehabilitación con Dios» (5,21) ha de hacerlo con la conciencia de conquistar una más plena libertad. Pablo fundamenta su exhortación en un texto de Isaías que habla de un tiempo de salvación y de gracia para el pueblo de Israel (Is 49,8). Y una vez más, el Apóstol lee con plenitud la Escritura y subraya fuertemente su actualidad, identificando el momento de que habla el profeta con el tiempo presente, con el tiempo de su alocución. De hecho, sin embargo, este "ahora" no queda nunca encerrado dentro de unas concretas coordenadas históricas. Se puede decir que, siempre que hay anuncio del evangelio, la gracia y la salvación vuelven a encontrar su «ahora», su momento de presencia. Recordemos que la comunidad cristiana, desde tradiciones litúrgicas muy antiguas y muy distintas, lee este texto al comienzo del tiempo cuaresmal, tiempo en que toda la Iglesia se esfuerza por renovar su conversión y su fe en el evangelio (A. R. Sastre).

2. El salmo 97, explica Juan Pablo II, “es un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf. v. 6). Se define como "cántico nuevo" (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta… resuena repetidamente el nombre del "Señor" (seis veces), invocado como "nuestro Dios" (v. 3)…

El salmo comienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf. vv. 1-3). Las imágenes de la "diestra" y del "santo brazo" remiten al éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. v. 1). En cambio, la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: "misericordia" y "fidelidad" (cf. v. 3). Estos signos de salvación se revelan "a las naciones", hasta "los confines de la tierra" (vv. 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica… se trata de un coro colosal, que tiene como única finalidad exaltar al Señor, rey y juez justo…

Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: "¡Venga tu reino!", un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.

En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio "se ha revelado la justicia de Dios" (cf. Rm 1,17), "se ha manifestado" (cf. Rm 3,21). La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio "es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego", es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora "todos los confines de la tierra" no sólo "han contemplado la salvación de nuestro Dios" (Sal 97,3), sino que la han recibido.

3. Pienso que en este trozo del Evangelio Jesús plantea un tema muy actual, y los ejemplos serían infinitos: si tengo que tratar a este hermano que me ha robado la herencia, qué hacer con este colega que me acosa con mobbing, si hizo bien Juan Pablo II al abrazar a quien le disparó una bala para matarle, etc… que formulado en plan moderno podría ser: ¿Pueden coexistir el amor, la misericordia y la justicia? (cf.http://www.catolico.org/articulos/amor_justicia.htm): En realidad, estas se necesitan mutuamente. San Juan en su primera epístola nos da la definición del amor. “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque DIOS ES AMOR. En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados.” (Cf. 1 San Juan 4: 7-19)

La “justicia” es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo (1807 del Catecismo de la Iglesia Católica).

La “misericordia” es el atributo de Dios que extiende su compasión a aquellos en necesidad. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento ilustran que Dios desea mostrar su misericordia al pecador. Uno debe humildemente aceptar la misericordia; no puede ser ganada. Como Cristo ha sido misericordioso, también nosotros estamos llamados a ejercer compasión hacia otros, perdonando -como dicen las palabras de Jesús- “setenta veces siete” (Mt 18:22).

Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia”, nos permite verlo especialmente cercano al hombre, sobretodo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, Él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia.

Jesús, sobretodo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la «condición humana» histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral. Cabalmente el modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado «misericordia» en el lenguaje bíblico (Cf. Dives in misericordia).

…La misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas del mal existentes en el mundo y en el hombre. Por su parte, la idea de justicia que debe servir para ponerla en práctica en la convivencia de los hombres, de los grupos y de las sociedades humanas, en la práctica sufre muchas deformaciones. La experiencia demuestra que fuerzas negativas, como son el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera a la justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte en el motivo fundamental de la acción; esto contrasta con la esencia de la justicia, la cual tiende por naturaleza a establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto. No en vano Cristo contestaba a sus oyentes, fieles a la doctrina del Antiguo Testamento, la actitud que ponían de manifiesto las palabras: «ojo por ojo y diente por diente». Tal era la forma de alteración de la justicia en aquellos tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su modelo. Jesús nos dice en las Sagradas Escrituras: «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20) (Cf. Dives in misericordia).

En efecto, es obvio que en nombre de una presunta justicia (histórica o de clase, por ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo, se le mata, se le priva de la libertad, se le despoja de los elementales derechos humanos. La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por si sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones (Cf. Dives in misericordia).

Las palabras del sermón de la montaña: «Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia» ¿no constituyen en cierto sentido una síntesis de toda la Buena Nueva, de todo el «cambio admirable» en ella encerrado, que es una ley sencilla, fuerte y dulce a la vez de la misma economía de la salvación? Estas palabras del sermón de la montaña, al hacer ver las posibilidades del «corazón humano» en su punto de partida (ser misericordiosos), ¿no revelan quizá, dentro de la misma perspectiva, el misterio profundo de Dios: la inescrutable unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la que el amor, conteniendo la justicia, abre el camino a la misericordia, que a su vez revela la perfección de la justicia? (cf. Dives in misericordia).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada