sábado, 30 de julio de 2011

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (A): junto a Jesús eucarístico nos alimentamos de su Pan vivo, y la prueba de que participamos de Él es cuando lo d


Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (A): junto a Jesús eucarístico nos alimentamos de su Pan vivo, y la prueba de que participamos de Él es cuando lo damos a los demás: el pan divino –saciar la sed de Dios- y el pan para sus cuerpos –erradicar el hambre del mundo-

1. LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 55, 1,3: Así dice el Señor: - Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero: Venid y comprad trigo; comed sin pagar vino y lecho de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura? Escuchad atentos y comeréis bien, saborearéis platos substanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.

SALMO 144, 8-9.15-16.17-17: El Señor es clemente y misericordioso, / lento en la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos; / es cariñoso con todas sus criaturas.

Los ojos de todos te están aguardando, / tú les das la comida a su tiempo; / abres tú la mano, / y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos, / es bondadoso en todas sus acciones; / cerca está el Señor de los que lo invocan, / de los que le invocan sinceramente.

LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,35.37-39: Hermanos: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto venceremos fácilmente por Aquél que no ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 14, 13- 21: “Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio”

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en una barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Al desembarcar, vio Jesús la muchedumbre, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: —”Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer.”

Jesús les replicó: —”No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.”

Ellos le replicaron: —”No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.”

Les dijo: —”Tráiganmelos.”

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce canastos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Comentario: Dios, nuestro Padre, nos convoca nuevamente a compartir el pan de la fraternidad en torno a la mesa que Él mismo nos prepara, como dice el prefacio dominical X: el pan único y partido es también prenda del domingo sin ocaso, la humanidad entera en el descanso de Dios. Pero mientras nos unimos al Señor en esas primicias de la bienaventuranza, hemos de trabajar… El hambre afecta a una gran parte de la humanidad, muestra el egoísmo de muchos. Por eso la geografía del hambre y la estadística del hambre es un indicador de un mundo absurdo, de una cultura inhumana, de una política sin imaginación, de una economía insensata, de un progreso sin sentido.. Pues, mientras haya hambre en el mundo, mientras se tolere, se fomente y se trafique con el hambre de los pueblos y de los hombres será impensable la paz, la justicia, la libertad, la solidaridad la felicidad. Así no se puede vivir al menos sin despojarse de la dignidad humana (“Eucaristía 1981”). Por primera vez en la historia, hemos llegado a poseer suficientes alimentos y medicinas para que todos los hombres puedan vivir y sobrevivir... Esta situación del mundo debería hacernos pensar en otras posibilidades y en otros órdenes económicos y políticos (Juan María Artadi). No se trata de un programa de revolución social, sino de la llamada urgente a la conversión religiosa que pone en un primer plano las exigencias éticas de la relación del hombre con Dios. Esa relación, más que en el templo y en el culto, se establece y confirma en la vida social Dios prefiere la misericordia a los sacrificios. En el encuentro con el pobre, con el desamparado y marginado, negocia el hombre su situación y relación con Dios. (Joaquín Losada). Jesús sacia nuestra hambre de Dios y nos urge a saciar el hambre de la humanidad sufriente. En pleno verano. Puede ser un buen momento para meditar tranquilos. También para autocontrolar los gastos de vacaciones y plantearnos de qué manera vamos a descansar o, dicho de otro modo, qué objetivos tenemos para las vacaciones. Buen momento para alimentar la labor de aquellos que dedican las vacaciones para hacer un servicio o para iluminar la vida de aquellas personas que renuncian a sí mismas por estar al servicio de un familiar anciano o enfermo crónico. O tantas vidas anónimas que viven el espíritu evangélico muy a fondo… (J. Romaguera).

1. -Contexto: El tema de la eficacia de la palabra divina, "leit-motiv" de todo el segundo Isaías: cap. 40-55, ilumina la lectura litúrgica de hoy. Todo el poema intenta levantar los ánimos de los desterrados con la esperanza de la inminente vuelta del destierro. Ante la pertinaz incredulidad de su gente, el poeta se ve obligado a recurrir a la palabra de Dios (cap. 55): el Señor siempre cumple sus promesas (40. 8), su palabra se realiza (55. 4), nunca vuelve vacía (45. 23).

-Texto de hoy: Un vendedor ambulante ofrece su mercancía, trigo, agua, vino y leche, a hombres hambrientos y sedientos (v. 1). Esos productos alimenticios no están reservados a ricos y poderosos sino a todo ser humano, ya que son absolutamente gratuitos; el único requisito exigido es tener ganas de comer y beber.

El vendedor es el profeta que habla en nombre de Dios. El producto que ofrece es de tal calidad que no se le puede poner precio. Por eso es gratuito. Los hambrientos y sedientos son los exiliados, todos ellos privados del alimento primordial de la libertad. ¿Dónde encontrar ese alimento? Los exiliados andan un tanto despistados y tratan de comer y de beber algo que nunca puede calmar su hambre y su sed: "¿por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?" (v. 2; cf. 41. 17; 48. 21; 49. 10...). Resecos por la aridez del camino intentan buscar fuentes, pero no las encuentran... Sólo el Señor es el verdadero aljibe, sin agrietar, de aguas cristalinas (Jr 2,13) que son capaces de empapar la tierra sedienta y hacerla germinar (55.10ss). Sólo Dios es el que puede derramar su agua sobre todo lo sediento y vivificarlo. Y el agua que da vida a lo reseco es símbolo del espíritu o aliento divino que reanima al pueblo deportado. El trigo evoca no un pan cualquiera sino el pan de la palabra divina: "...el hombre no vive sólo de pan sino de todo lo que sale de la boca de Dios" (Dt 8. 3; Mt 4. 4). Por haber despreciado tantas veces este pan de la palabra, Amós nos recriminará: "Mirad que llegan días... en que enviaré hambre al país: no hambre de pan, sino de oír la palabra del Señor" (8. 11). El vino y la leche, alimentos a los que se compara la palabra de Dios son enumerados con mucha frecuencia en la Biblia como bienes elementales y, a la vez, insuperables (Is 60. 16; 66. 11...; Ct 5. 1...). El profeta nos invita a participar en el banquete de esta palabra, fuente de vida, en acudir al Señor. El bien que se ofrece es gratuito, la liberación del pueblo (52. 3). Si el ser humano se abre escuchando la palabra (v. 3) obtendrá la vida.

-Reflexiones: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? Es decir, ¿por qué gastáis tanto en cosas superfluas, cuando hay tanta gente que no tiene lo necesario para vivir? La mayor parte de nosotros, si analizamos nuestros gastos, veremos que podíamos prescindir de muchos de ellos sin que se resintiera ni nuestra salud, ni el bienestar en el que vivimos. Bastaría con que fuéramos un poco más sobrios, un poco más austeros, un poco más pobres evangélicamente, para que aún nos sobrara algo con lo que poder alimentar a algunas de esas personas que sabemos que se están muriendo de hambre. Es siempre cuestión de amor, cuestión de generosidad, y cuestión de una más justa distribución de las riquezas. No es ningún secreto, todos sabemos que sobran en nuestro mundo alimentos y dinero para que puedan vivir dignamente todas las personas. Pero es el egoísmo de los que tenemos mucho el que no nos permite ayudar a los que no tienen nada o casi nada. Sí, una vez más, es cuestión de amor, o, mejor de falta de amor.

-¿Por qué nos empeñamos en gastar dinero en lo que no alimenta? El bienestar, el nivel de vida, nuestra posición social... ¿puede calmar nuestra hambre y nuestra sed? Más bien, todo lo contrario: tedio, aburrimiento prematuro, refugio en el alcohol y droga, suicidios... ¿Seremos capaces de emplear bien nuestro salario?... Los hombres estamos hambrientos y sedientos... y buscamos pan y agua. ¿Dónde están los vendedores ambulantes a los que podamos acudir? Preferimos montar nuestro tenderete entre "gente bien" que sepa agradecernos nuestra oferta… Y esta oferta al banquete de la palabra nos evoca la invitación al banquete definitivo, instaurado por Jesús. Banquete gratuito, universal, sin distinción de personas... Banquete que colma todas las ansiedades y preocupaciones humanas (Mt 22. 2ss; Ap 21. 6; 2: A. Gil Modrego).

2. El mundo moderno, marcado por el ateísmo, está tentado de rechazar toda trascendencia... En esta perspectiva reduccionista, el universo y el hombre se bastan a sí mismos. Sin embargo los ateos más lúcidos, confiesan que esta condición humana es trágica. Y algunos redefinen al hombre como "un ser que solamente puede realizarse en dependencia de Otro". Malraux afirma lo siguiente: "El problema principal para un agnóstico de nuestro tiempo es el siguiente: puede existir una comunión sin trascendencia, y si no, ¿sobre qué puede fundar el hombre sus valores supremos? ¿Sobre qué trascendencia no revelada puede fundar su comunión? Escucho de nuevo el murmullo que escuchaba hace poco: si es para suicidarse, ¿para qué ir a la luna?". Este salmo, sin controversia, ingenuamente, toma partido en este gran debate. Se trata de saber si el hombre puede definirse únicamente por lo "inmediato", "objeto de necesidad y de fabricación o de placer"... O bien si se define también, por una "apertura" a una realidad totalmente otra y que no depende de él: ¡Dios!

Ya hemos referido varias veces que este Salmo es alfabético (cada verso comienza con una de las letras)... signo de que se quiere cantar "la Alianza" en forma total... Alaba la "gloria" de Dios, su "magnificencia", su "grandeza" su "poder", su "esplendor"... En la perspectiva judeo-cristiana, Dios es el totalmente otro, el trascedente. ¡Dios es Dios! Esto es un balbuceo para hablar de El. Si fuera cierto que Dios está "a nuestro alcance", si El fuera de "nuestro mundo", si estuviera "al nivel de las cosas observables"... estaría a nuestro nivel, particular, pequeño. Si lograra limitar a Dios, comprenderlo totalmente, no sería más grande que mi pequeño cerebro. Dios no es del mismo orden de lo creado. El salmista lo dice hablando de su "magnificencia", de su "gloria", de su "grandeza". ¡Sí! Dios nos supera totalmente, así como el infinito es de un orden completamente diferente al finito. En nuestra época de comunicación intercultural, tenemos que aprender de los orientales el sentido agudo de nuestra pequeñez, de nuestra desaparición en el "gran todo" que nos supera. Sin embargo, nos resistimos a aceptar este "nirvana" integral, este "anonadamiento" integral. Dios quiere que existamos ante El. Por eso el salmo canta también la "bondad" divina, su "justicia", su "ternura", su "piedad", su "amor", su "fidelidad", su "proximidad"... Cualidades más que todo paternales. ¡Dios es Rey! Pero un rey que pone todo su poder al servicio de su amor y derrama sus bendiciones sobre la humanidad. No es un potentado dominador y lejano: se interesa por su creación y en ella difunde la vida. Todo el Evangelio testimonia que Jesús era "el hombre vuelto hacia Dios". El enviado del Padre. No tiene quereres personales: está sólo para hacer la voluntad del Padre. Jesús es la expresión viviente y la encarnación de esta ternura de Dios de que habla el salmo 144, El es aquel "que sostiene a los que caen y levanta a los agobiados". En la perspectiva judeo-cristiana, Dios es también el totalmente próximo, el inmanente, el Dios con nosotros, el Dios que hizo la Alianza. Esta perspectiva complementa la del salmo. Si tenemos en cuenta los dos aspectos, lograremos un pensamiento equilibrado, equilibrio que sólo Jesucristo llevó a total perfección: el hombre Dios.

Alabad, bendecid, proclamad, dad gracias. Si, según costumbre de la Sinagoga, utilizamos frecuentemente este salmo, surgirá poco a poco en nosotros una actitud esencial: el sentido de la "alabanza". Con frecuencia tenemos ante Dios la actitud del pedigüeño. Nuestras oraciones se aíslan con frecuencia en la petición, a riesgo de transformar a Dios en simple "motor auxiliar" de nuestras insuficiencias: cuando todo va bien, prescindimos de El... Si algo va mal, pedimos su ayuda... Releamos este salmo, descubriremos otra forma de oración. No hay una sola línea de "petición". Por el contrario, el vocabulario de alabanza es de una intensidad y de una variedad admirables: Es admirable el cúmulo de cualidades que el salmista encuentra en Dios: ¡Tú eres grande, Señor... Poderoso, admirable, glorioso, fuerte, bueno, justo, tierno, amante, eterno, verdadero, fiel, compasivo, próximo, atento, salvador... Nuestra vida de oración se transformaría totalmente si adoptáramos más a menudo este tono positivo de alabanza, en lugar de la oración de petición, que en el fondo, nos encierra en nosotros mismos, para poner a Dios a nuestro servicio!

Dime cómo es tu oración, y te diré quién eres. Hay personas que dicen "amar" a otra persona, y de hecho sólo se aman a sí mismas: todo su lenguaje, todas sus actitudes, son únicamente para "aprovecharse" del otro y no para "servirlo"... "A menudo somos también con Dios interesados egoístas". Aunque decimos a Dios "hágase tu voluntad", de hecho estamos diciendo "que mi voluntad sea hecha". La recitación frecuente de este salmo podría enseñarnos a adoptar con más frecuencia hacia Dios un verdadero lenguaje de amor, orientado hacia El, y no orientado hacia nosotros. Dime si tu oración es "contemplación", "admiración", "mirada extasiada hacia Dios"... Y te diré si tú lo amas verdaderamente. Dime si aceptas "perder el tiempo" con El y te diré si tú lo amas verdaderamente. Dime si pasas todo el tiempo hablando o si tú dejas de hablar para escuchar, y te diré si tú lo amas a El (Noel Quesson).

La lectura cristiana de este salmo puede tener como trasfondo la plegaria de Jesús, el padrenuestro. Santificado sea tu Nombre..., venga a nosotros tu reino..., hágase tu voluntad..., danos hoy nuestro pan de cada día..., encontrar correspondencias en algunos expresiones de este salmo: bendeciré tu nombre por siempre jamás..., alabaré tu nombre por siempre jamás..., que proclamen la gloria de tu reinado..., tu reinado es un reinado perpetuo.... satisface los deseos de sus fieles..., tú les das la comida a su tiempo..., sacias de favores a todo viviente... Todo este amor que el salmista descubre en Dios, los cristianos lo descubrimos en Jesucristo que nos lo ha manifestado en su vida y nos ha enseñado a reconocerlo y expresarlo en la plegaria del padrenuestro (Jordi Latorre).

El Señor «es cariñoso con todas sus criaturas», comentaba Benedicto XVI: su “«reino» no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede por desgracia con frecuencia con los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura, bondad, de gracia, de justicia, como confirma en varias ocasiones en los versículos que contienen la alabanza. La síntesis de este retrato divino está en el versículo 8: el Señor es «lento a la cólera y rico en piedad». Son palabras que recuerdan la presentación que el mismo Dios había hecho de sí mismo en el Sinaí, donde dijo: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éx 34,6). Tenemos aquí una preparación de la profesión de fe en Dios de san Juan, el apóstol, al decirnos simplemente que Él es amor: «Deus caritas est» (cf. 1 Jn 4,8.16). Además de fijarse en estas bellas palabras, que nos muestran a un Dios «lento a la cólera y rico en piedad», dispuesto siempre a perdonar y ayudar, nuestra atención se concentra también en el bellísimo versículo 9: «el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Una palabra que hay que meditar, una palabra de consuelo, una certeza que aporta a nuestra vida. En este sentido, san Pedro Crisólogo se expresa con estas palabras…: «"Grandes son las obras del Señor": pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la Creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. De hecho, habiendo dicho el profeta: "Grandes son las obras de Dios", en otro pasaje añade: "Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo, llena la tierra… Por esto la grande, generosa, única misericordia de Cristo, que reservó todo juicio para un solo día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia… Por eso confía totalmente en la misericordia el profeta, que no tenía confianza en la propia justicia: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa" (Salmo 50, 3)». Y nosotros decimos también al Señor: «Piedad de mí, Dios mío, pues grande es tu misericordia»…

Es una gozosa alabanza al Señor como soberano amoroso y tierno, preocupado por todas sus criaturas. En efecto, el centro del canto está constituido por la celebración intensa y apasionada de la realeza divina, que es la expresión del proyecto salvífico de Dios. No estamos a merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que tiene para nosotros un designio, un reino que instaurar. Este reino no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede con frecuencia en los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura y bondad, como afirma el Salmo: «el Señor es lento a la cólera y rico en piedad». Por eso comenta San Pedro Crisólogo: «"Grandes son las obras del Señor", pero más grande aún es su misericordia»”.

3. San Pablo nos dice, en la segunda lectura, que, si estamos poseídos y habitados por el amor de Dios, nada debe asustarnos: ni la aflicción, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada. Nada debe tener poder suficiente para apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Lo importante es estar poseídos por ese amor grande de Dios manifestado en Cristo. Todo lo demás se nos dará por añadidura. Hasta el hacer milagros. Probablemente estas líneas son la cumbre o una de ellas de la literatura paulina. La clave para entender este final del cap. 8 de Rm es más bien experiencial y afectiva que puramente racional. Quien siente algo semejante, aunque sea en grado menor, entiende estas afirmaciones, poéticas, líricas y místicas. Quien no, pasa por encima de ellas como si no fueran dirigidas a él y constituyesen privilegio de unos pocos elegidos. No: es algo válido para cualquier cristiano. Es más, no se basa Pablo en una respuesta personal -y por tanto voluntaria y opcional- a la obra divina, sino en esta misma acción de Dios que llega a todo hombre que se abre a ella. La piedra angular y cimiento de todo esto es Cristo, el Padre, el Espíritu y su amor derramado en nuestros corazones. Esto es así porque Dios nos ama, y eso no tiene acepción de personas. Por consiguiente todo cristiano ha de estar en condiciones de poder hacer suyas las afirmaciones de Pablo, que se entienden muy bien en sí mismas y apenas requieren explicación. Es más bien una asimilación y apropiación de ellas lo necesario para leer y entender estas frases. Y eso es posible para todos. En realidad tenemos aquí un "test" de nuestro cristianismo. O podemos decir esto mismo junto con Pablo, o nuestra fe está todavía en mantillas. Pablo se apoya en Cristo. Es el mismo que ha dicho poco antes (Rm 7,24): "¡desgraciado de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" y de cuanto lleva a esta exclamación. Pero esta misma persona, que no hace el bien que quiere, sino el mal que aborrece (Rm 7,19), puede decir que nada le separará de Dios porque Él le ama. Esto lo podemos decir todos, porque a todos nos ama Dios (F. Pastor). Claro que para acoger ese amor, hay que abrir el corazón, pues ¿de qué me sirve el billete de lotería ganador si no lo sé?, y para eso hemos de rezar, como recordaba Benedicto XVI a los jóvenes en la Jornada de Sydney: “Tenemos que permitir que el amor de Dios penetre en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestra aridez espiritual, de nuestro conformismo ciego con el espíritu de nuestro tiempo. Solo entonces podemos permitirle que encienda nuestra imaginación y plasme nuestros deseos más profundos. Por eso, la oración es tan importante: la oración cotidiana privada en la tranquilidad de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia”. La esperanza cristiana y la confianza inquebrantable en el amor que Dios nos tiene nos lleva a dejarnos llevar por ese amor divino, corresponder. Este es el fundamento de nuestra seguridad, pues si Dios está con nosotros y nos ama hasta el extremo de darnos a su propio Hijo, nadie podrá condenarnos. El amor de Dios, el que Dios nos tiene, se ha manifestado en el amor de Cristo que se ha desvivido por todos cuando todos éramos aún enemigos. Este amor es una fuerza victoriosa que nos libera del pecado y de la muerte y de cualquier amenaza. Pablo sabe muy bien que el cristiano está sometido a muchos peligros y necesidades: el sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre..., pero de todo ello sale victorioso con la ayuda de aquel que nos ha amado. Aquí habla por experiencia y desde la experiencia de una esperanza que se abre camino sin que nada ni nadie pueda detenerla. Pablo se siente presa del amor de Dios que se manifiesta en Cristo Jesús. Ninguna realidad creada puede separarnos de la omnipotencia del amor (“Eucaristía 1990).

San Agustín, para que no seamos ingenuos, sitúa no sólo en la dulzura del amor el contexto de estas palabras, sino también en la dureza de la cruz. En medio de las contrariedades y miserias, la paradoja de la cruz lleva a preferir a Jesús sobre todo lo demás: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? El Apóstol pasó ciertamente por alto todos los halagos del mundo, y quiso que los recordases tú el halagado por el mundo. ¿Por qué?, porque anunciaba de antemano los combates de los mártires; aquellos combates en que vencieron la persecución, el hambre, la sed, la penuria, la deshonra y, por último, el temor de la muerte y al más cruel de los enemigos. Mas considerad, hermanos, que todo es obra del arte de Cristo. El Apóstol nos invita a preferir el amor de Cristo al del mundo”.

4. La multiplicación de los panes y los peces es una catequesis eucarística. Una catequesis, por tanto, de lo que es la vida cristiana en su globalidad. Jesús sacia nuestra hambre de Dios, en él encontramos el camino que nos lleva hacia Dios (idea que recoge la plegaria eucarística V/B). Su palabra y su testimonio de vida y acción nos dicen cuál es la vida que vale la pena. En la Eucaristía nos alimentamos de esta palabra, de esta vida de Jesús. Su pan partido nos da vida. Como expresa el salmo de hoy: "Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo".

- Jesús nos urge a saciar el hambre de la humanidad sufriente: El camino por el cual nos conduce Jesús y que sacia nuestra hambre de Dios pasa por la entrega en favor de los que más sufren. Pasa por el compartirlo todo, sea poco o mucho lo que tengamos. Abrir los ojos, como Jesús. Darse cuenta de la realidad. Y dar una respuesta, no teórica sino práctica, como Jesús. La mesa eucarística siempre nos abre a la caridad. Y la caridad hecha acción nos lleva a la mesa eucarística. (Ya hemos visto que la primera lectura añade una tercera enseñanza vinculada a las de este evangelio: la gratuidad de Dios y la gratuidad de la caridad).

Luego de explicar las parábolas sobre los misterios del Reino, Jesús abandonaba Cafarnaúm para dirigirse “a su tierra” (Mt 13,54), a Nazaret. También allí, como era su costumbre, “enseñaba en la sinagoga”. Más a pesar de la admiración que suscitaba por sus enseñanzas, no pudo hacer allí muchos milagros “por su incredulidad” (v. 58). Podemos suponer que luego retornó a Cafarnaúm, donde le llegan noticias de la muerte de Juan Bautista. La noticia de la muerte del Bautista causó un impacto muy profundo en el alma del Señor, de modo que quiso pasar un tiempo en soledad, apartado de la muchedumbre que lo buscaba incesantemente. Con sus apóstoles subió a una barca para dirigirse a un sitio tranquilo y deshabitado donde tiene lugar la escena de hoy.

El Señor manda traer lo que tienen, toma los panes y los peces y procede a pronunciar la bendición elevando la mirada al cielo. Esta bendición de alimentos era costumbre entre los judíos. Los rabinos enseñaban que comer los alimentos sin bendecirlos constituía un pecado de infidelidad. Mientras los rabinos hacían esta oración mirando al suelo, el Señor eleva la mirada a lo Alto. Luego de la bendición el Señor partió los alimentos y se los daba a sus discípulos para que ellos diesen de comer a la muchedumbre. Todos estos eran gestos típicos de la comida judía, en la que el jefe de familia hacía la bendición, partía el pan y se lo entregaba a todos, recogiendo finalmente las sobras. Es entonces cuando el Señor realizó un milagro impresionante: “Comieron todos hasta quedar satisfechos.” El hecho evocaba por un lado a Moisés, por medio de quien Dios había enviado el “maná” o “pan del cielo” a su pueblo para alimentarlo en su marcha por el desierto (ver Ex 16,1ss; Jn 6,31-32). En aquellos tiempos se esperaba que el Mesías prometido por Dios vendría del desierto. Allí obraría grandes prodigios, con los que manifestaría la inauguración y presencia del Reino de los Cielos. Los tiempos mesiánicos estarían caracterizados por la sobreabundancia de bienes y bendiciones para todo el pueblo de Israel (ver Zac 1,17). Una de las señales que haría para ser reconocido como el Mesías enviado por Dios sería una “lluvia perpetua” de maná. De allí que le preguntan a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» (Jn 6,30-31) El Señor, a quienes así le preguntan, no les promete una nueva lluvia de maná, sino que se presenta a sí mismo como “el verdadero Pan del Cielo”, “el Pan vivo” (ver Jn 6,35.41.48-51), el Pan que Dios da, «el que baja del Cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33): «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» (Jn 6,51). Por otro lado, el milagro de la multiplicación de los panes no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro semejante había sido realizado por el profeta Eliseo, cuando alimentó milagrosamente a un grupo de cien hombres con sólo veinte panes de cebada. El diálogo entre Eliseo y su servidor se asemeja al diálogo entre el Señor y sus Apóstoles, y es por tanto una clave importante para comprender la respuesta que el Señor da sus Apóstoles: «Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: “Dáselo a la gente para que coman”. Su servidor dijo: “¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?” El dijo: “Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará”. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.» (2Re 4,42-44). El milagro del Señor Jesús sobrepasa con creces la multiplicación obrada por medio del profeta Eliseo. La admirable sobreabundancia —dio de comer a unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños— indicaba que se trataba no sólo de un gran profeta enviado por Dios, sino del Mesías esperado. Por este milagro reconocieron en Él al «profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,14). Pero el Señor Jesús, lejos de permitir que esta señal se constituya en el inicio de un mesianismo político (ver Jn 6,14-16), hace de este milagro el signo de otro milagro mayor: la futura transformación del pan y del vino en su propia carne y sangre, para ser comida y bebida para los creyentes. El pan que multiplica milagrosamente en el desierto es figura y preparación de la Eucaristía. Esa era la intención con que el Señor presentaba su milagro, y así lo entendieron los Evangelistas, cosa que se descubre al comparar los términos con los que los sinópticos describen esta distribución solemne y los de la Cena: «tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”» (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19). San Juan, por su parte, lo hace evidente uniendo el milagro de la multiplicación de los panes con el discurso del “Pan de vida” (Jn 6; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1357,1333-1336.1339). De este modo quiso el Señor que se prolongase esta admirable multiplicación hasta que Él vuelva glorioso en su última venida. ¡Y verdaderamente es admirable esta nueva multiplicación! Por ella el Señor Jesús viene alimentando a enormes multitudes —a lo largo del tiempo y en diversos lugares del orbe— con la fracción y multiplicación de un solo y único Pan: su propio Cuerpo. Esta es la multiplicación que a través de los siglos se sigue realizando hoy. Este es el Pan que sigue siendo distribuido por los discípulos que por la Iglesia han recibido el encargo del Señor: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mt 14,16). Así, pues, en cada Eucaristía alcanza su realización lo que aquella figura anunciaba: en el Sacrificio Eucarístico es Cristo, el Hijo de María, el único Pan vivo que se parte y reparte para alimentarnos a todos nosotros. De este modo el Señor Jesús, en diversos lugares y al mismo tiempo, en diversos tiempos y en los mismos lugares, multiplica su presencia hasta que vuelva, y pronuncia en el hoy de nuestra historia aquella promesa que nos llena de confianza: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). En Él encontramos el verdadero pan que se multiplica por su amor infinito hacia nosotros, el pan vivo que sacia el hambre de vida eterna que hay en cada uno de nosotros, pan sobreabundante que aún después de repartido entre tantos sobra y se recoge «para que nada se desperdicie» y pueda ser distribuido a todos los que tengan necesidad de Él. También hoy Él nos conduce a praderas de hierba fresca, enseñándonos con su Palabra de vida y fortaleciendo nuestra fragilidad con un alimento singular: ¡Ésta es la mesa que Él ha preparado para nosotros, una mesa cuya comida es su Cuerpo y cuya bebida es su Sangre, alimento que nos nutre y sostiene en el largo caminar y que es para nosotros prenda de vida eterna! Éste es el Cordero de Dios... ¡dichosos los llamados a la Cena del Señor! De este modo maravilloso Él ha querido acompañarnos siempre, guiarnos por senderos de justicia, de bondad y de misericordia, por todos los días de nuestra vida, hasta que por años sin término alcancemos habitar en su casa.

La gran multitud esperaba a Jesús... "Sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos". Los habló del Reino de Dios. Ahora bien, mientras tanto se hizo de noche. Los apóstoles le sugirieron que despidiera a la muchedumbre, para que pudieran encontrar algo para comer en los pueblos cercanos. Pero Jesús les dejó de piedra, diciéndoles en alto para que todos escucharan: "Dadles vosotros de comer". "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces", le responden desconcertados. Jesús pide que se los lleven. Invita a todos a sentarse. Toma los cinco panes y los dos peces, reza, da gracias al Padre, después ordena distribuir todo a la multitud. "Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos". Eran unos 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños, dice el Evangelio. ¡Fue el picnic más feliz en la historia del mundo!

¿Qué nos dice este evangelio? En primer lugar, que Jesús se preocupa y "siente compasión" de todo el hombre, cuerpo y alma. A las almas les da la palabra, a los cuerpos la curación y la comida. Alguno podría decir: "Entonces, ¿por qué no lo hace también hoy? ¿Por qué no multiplica el pan entre tantos millones de hambrientos que hay sobre la tierra?". El evangelio de la multiplicación de los panes ofrece un detalle que nos puede ayudar a encontrar la respuesta. Jesús no sonó los dedos para que apareciera, como por arte de magia, pan y pescado para todos. Preguntó qué tenían; invitó a compartir lo poco que tenían: cinco panes y dos peces.

Hoy hace lo mismo. Pide que pongamos en común los recursos de la tierra. Sabemos perfectamente que, al menos desde el punto de vista alimenticio, nuestra tierra sería capaz de dar de comer a varios miles de millones de personas más de los actuales. Pero, ¿cómo podemos acusar a Dios de no dar pan suficiente para todos, cuando cada día destruimos millones de toneladas de alimentos que llamamos "excedentes" para que no bajen los precios? Mejor distribución, mayor solidaridad y capacidad para compartir: la solución está aquí.

Lo sé, no es tan fácil. Se da la manía de los armamentos, hay gobernantes irresponsables que contribuyen a mantener a muchas poblaciones en el hambre. Pero una parte de la responsabilidad recae también en los países ricos. Nosotros somos ahora esa persona anónima (un muchacho, según uno de los evangelistas) que tiene cinco panes y dos peces; sólo que los tenemos muy bien guardados y tenemos cuidado para nos entregarlos no vaya a ser que se repartan entre todos.

La manera en que se describe la multiplicación de los panes y de los peces ("levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente") siempre ha recordado la multiplicación de ese otro pan que es el cuerpo de Cristo. Por este motivo, las representaciones más antiguas de la Eucaristía nos muestran un cesto con cinco panes y, al lado, dos peces, como el mosaico descubierto en Tabga, en Palestina, en la iglesia construida en el lugar de la multiplicación de los panes, o en el famoso fresco de las catacumbas de Priscila en Roma.

En el fondo, lo que estamos haciendo en este momento también es una multiplicación de los panes: el pan de la Palabra de Dios. Yo he roto el pan de la Palabra e Internet ha multiplicado mis palabras de manera que más de cinco mil hombres, también en esta ocasión, han comido y han quedado saciados. Queda una tarea: recoger "los trozos sobrantes", hacer llegar la palabra también a quien no ha participado en el banquete. Convertirse en "repetidores" y testigos del mensaje (Raniero Cantalamessa). Se podría hablar también de la importancia del joven que puso lo suyo –poca cosa- que se multiplicó al dejarlo en manos del Señor: que la Virgen nos ayude a hacer lo mismo.

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