miércoles, 20 de julio de 2011

Jueves de la 16ª semana de Tiempo Ordinario: para ver a Dios hay que preparar el corazón, acoger la palabra del divino sembrador


Jueves de la 16ª semana de Tiempo Ordinario: para ver a Dios hay que preparar el corazón, acoger la palabra del divino sembrador

Éxodo 19,1-2,9-11,16-20: 1 Al tercer mes después de la salida de Egipto, ese mismo día, llegaron los hijos de Israel al desierto de Sinaí. 2 Partieron de Refidim, y al llegar al desierto de Sinaí acamparon en el desierto. Allí acampó Israel frente al monte. 9 Dijo Yahveh a Moisés: «Mira: Voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre.» Y Moisés refirió a Yahveh las palabras del pueblo. 10 Yahveh dijo a Moisés: «Ve donde el pueblo y haz que se santifiquen hoy y mañana; que laven sus vestidos 11 y estén preparados para el tercer día; porque al día tercero descenderá Yahveh a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí. 16 Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. 17 Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte. 18 Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahveh había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. 19 El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. 20 Yahveh bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte; llamó Yahveh a Moisés a la cima de la montaña y Moisés subió.

Daniel 3,52-56: 52 «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, loado, exaltado eternamente. Bendito el santo nombre de tu gloria, loado, exaltado eternamente. 53 Bendito seas en el templo de tu santa gloria, cantado, enaltecido eternamente. 54 Bendito seas en el trono de tu reino, cantado, exaltado eternamente. 55 Bendito tú, que sondas los abismos, que te sientas sobre querubines, loado, exaltado eternamente. 56 Bendito seas en el firmamento del cielo, cantado, glorificado eternamente.

Evangelio según san Mateo 13,10-17: 10 Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» 11 El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. 12 Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. 13 Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. 14 En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. 15 Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane. 16 «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! 17 Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

Comentario: 1.- Ex 19,1-2.9-11.16-20: Los capítulos 19-24 constituyen la parte central del Éxodo. En ellos encontramos, en efecto, el relato de la preparación de la alianza (Ex 19,1-25 y 20,18-21), el decálogo (20,1-17), el Código de la alianza (20,22-23,19) y el relato de la celebración de la alianza. Tres tradiciones interfieren de manera bastante compleja en este pasaje: el relato sacerdotal (vv. 1-2a), las tradiciones yavhista (vv. 9, 110 y elohista (vv. 2b-3a) y, finalmente, las adiciones del redactor deuteronomista (vv. 3b-8).

a) Al fijar la fiesta de Pentecostés cincuenta días después del Éxodo (tercer mes: vv. 1-2a), la tradición sacerdotal hace de esta fiesta la celebración de la promulgación de la alianza. La alusión al día de Pentecostés debía ser, indudablemente, más precisa en el original, pero la redacción definitiva se contenta con evocar "aquel día", sin duda para satisfacer los distintos cómputos existentes en el judaísmo para calcular la fecha de la fiesta. En el antiguo Israel, Pentecostés ha sido siempre una fiesta agrícola consagrada a la ofrenda de las primicias de las cosechas -especialmente trigo y cebada- (Ex 34,22; 23,16). Pero, a pesar de que el pueblo elegido ha tomado ya conciencia de que su Dios era más el Dios de la historia -de su historia- que de la naturaleza, hace de estas fiestas agrícolas tradicionales celebraciones en recuerdo de uno u otro acontecimiento de la historia del desierto. Pentecostés llega a ser, de este modo, la fiesta de la promulgación de la ley y de la constitución del pueblo elegido en la alianza. Los testigos de esta reinterpretación son raros en la Escritura, pero abundan en los documentos del judaísmo y bastan para explicar que precisamente en la celebración de este Pentecostés judío, recuerdo de la fundación del pueblo elegido, los apóstoles llegaron a descubrir la realidad de la Iglesia (Act 2, 1-4).

b) Yavhé ayudó a Israel, a atravesar el desierto, conduciéndole hasta el Sinaí para establecer una alianza con este pueblo (v.4b; cf. Dt 32,11,3-4; Is 46,3-4; 63,9). Esta alianza no es un contrato bilateral, aun cuando contiene obligaciones recíprocas: sólo Dios tiene la iniciativa, El solo la ha preparado (v. 4). La alianza no es una especie de reglamento definitivo que fija al pueblo en un marco del que jamás pueda ya salir. No se trata de eso; por lo demás todo está referido al futuro ("Yo os tendré por mi pueblo..., vosotros seréis..."). De hecho, la definición más acertada de la alianza parece ser ésta: el principio de una relación, con todo el riesgo que esta lleva consigo.

c) Esta relación entablada con Dios tiene como primera consecuencia el que el pueblo exista como una entidad libre y caracterizada, con personalidad propia (vv. 5-6): reino de sacerdotes, nación santa. La primera expresión recuerda sin duda que el pueblo ha dejado Egipto para "servir a Dios" (Ex 12,31) y rogarle que bendiga al Faraón (Ex 12,32). El pueblo de Israel cumple así ante Dios, en nombre de todas las naciones, la misión mediadora que la casta sacerdotal tiene encomendada en nombre de todo el pueblo. Esas personas puestas voluntariamente aparte representan a la humanidad ante Dios, interceden por ella y le transmiten la voluntad divina (Is 61,6). La segunda definición se deriva de la primera e insiste sobre todo en la pertenencia a Dios del pueblo elegido: como nación, Israel tendrá que tomar una parte muy activa en todas las coyunturas de la historia, interviniendo de modo especial en el proceso evolutivo de la misma; como nación santa, deberá "vivir apartada" de las restantes naciones en cuanto que tendrá que vivir el acontecimiento en comunión con Dios. La Iglesia tiene en las expresiones del Ex 19 una de sus mejores definiciones, y los escritos neotestamentarios se refieren a ellas en varias ocasiones (1 Pe 2,5-9; Ap 1,5-6; 5,10; 20,6). Esta definición será fundamental en la concepción del sacerdocio real del pueblo cristiano, durante mucho tiempo olvidada, y a la cual las nuevas corrientes tienden a devolver su auténtico valor. Este sacerdocio de los fieles es expresado en el poder dado a la Iglesia de bautizar a todo el que se convierte al Señor, de perdonar los pecados (Mt 18,18) y de compartir el cuerpo de Cristo en el sacrificio espiritual. Pero estas expresiones cultuales del sacerdocio real carecen de sentido si no significan la vocación de todos los fieles a dar testimonio de Dios en el mundo y el deber de ofrecer la propia vida como ofrenda espiritual al servicio del mundo. De esta manera los fieles participan de la mediación única y universal, tienen acceso directo a Dios (Heb 10,22; Ef 2,18) y pueden estar seguros de que la ofrenda de ellos mismos al servicio del mundo (Fil 4,18; 2,17; Heb 13,15-16) es aceptada por Dios en la persona de Jesucristo (Maertens-Frisque).

“Este capítulo está redactado como parte de una magnífica liturgia en la que se actualizan los acontecimientos del Sinaí. El autor sagrado no pretende, por tanto, dar una información científica y rigurosa de lo que allí ocurrió, sino que más bien hace una interpretación teológica del contacto real entre Dios y el pueblo. Como ocurre en otras secciones importantes del Éxodo, están recogidas las grandes tradiciones literarias, pero de tal manera combinadas y unidas que resultan inseparables; únicamente cabe descubrir vestigios de una y otra” (Biblia de Navarra).

-Los hijos de Israel llegaron al desierto del Sinaí. Es una de las etapas importantes: en el Sinaí Dios espera a los suyos para hacer Alianza con ellos, y darles su ley. ¿Estoy atento a las etapas, a los hitos sucesivos que Dios dispone en mi camino? -Acamparon frente a la montaña. La escena debía de ser impresionante: en un desierto, bajo el sol esplendoroso, una montaña abrupta... y al pie de esa montaña dominante, la asamblea acampa... los ojos, de vez en cuando fascinados, se elevan hacia las cumbres... El tema de la «montaña» se repetirá en el evangelio: el monte de la transfiguración, el monte de las bienaventuranzas, el monte de los olivos... la montaña de la ascensión. Y los místicos -san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús- hablarán de la «subida al monte Carmelo» para simbolizar el itinerario de la vida espiritual. ¿Me dice algo esta imagen? ¿Soy de los que intentan el ascenso de la alta montaña, con sus riesgos, pero también con los fascinantes horizontes de sus cimas? -El Señor dijo a Moisés: "Me presentaré a ti en una densa nube". Dios es el que toma la iniciativa de ese encuentro. En toda la tradición bíblica, la «nube» seguirá siendo el signo de la presencia divina. Encontraremos de nuevo ese simbolismo en la escena de la transfiguración de Jesús en el Tabor. Dios escondido, Dios en una «densa nube». ¡Cuán verdadero es esto! ¡Y cómo aspiramos a ese encuentro cara a cara! -Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos, relámpagos y una densa nube sobre la montaña. Relámpagos y truenos. Es una puesta en escena de gloria y de poder. Ante la tormenta el hombre es muy pequeño. Una vez más un símbolo parlante. Para los hebreos, protegidos solamente por sus tiendas nómadas, esto fue una prueba que no olvidarán. De nuevo la tradición bíblica conservará esos rasgos para crear el marco de todas las teofanías: cada vez que Dios interviene de manera particular, su acción está rodeada de «fuego» y de «truenos». Pentecostés se hallará también marcado por este signo. El Dios de la tempestad, el Dios del rayo, el Dios todopoderoso, el Dios del Sinaí. Es preciso contemplarlo también bajo ese aspecto temible, para gozar tanto más del otro aspecto, bajo el cual El quiso aparecer, Jesús, el débil niño del pesebre de Belén, el hombre de Nazaret, la dulzura de Dios.

-Todo el pueblo se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido en el fuego y toda la montaña temblaba con violencia. El «encuentro de Dios». Dentro de unos siglos, el profeta Elías, descorazonado, irá a Horeb, para encontrarse de nuevo con Dios todopoderoso. Pero el Señor le dará a entender que «no está en la tempestad... ni en el fuego... sino en la brisa suave» (I Libro de los Reyes 19, 9-13). Así, pues, hay que servirse de las imágenes, pero no hay que estancarse en ellas. -Moisés hablaba y Dios le contestaba... Llamó a Moisés y Moisés subió hacia El... La «Palabra de Dios», medio habitual de su presencia. La meditación de la Escritura, el diálogo de la oración son nuestro Sinaí, más modesto. Ayúdanos, Señor, a escucharte, a encontrarte (Noel Quesson).

2. Fue espectacular la escenografía con la que Dios se apareció a su pueblo, en el monte Sinaí o el Horeb, donde ya se había aparecido a Moisés y hará después con Elías. Dios se sirve también de los fenómenos naturales para dar a conocer su presencia salvadora. Como la zarza ardiente había sido un signo en el encuentro con Moisés, aquí es lo que se podría interpretar como una gran tormenta resonando en el macizo de la montaña, o como un movimiento sísmico o incluso un fenómeno de erupción volcánica, con humaredas grandiosas, fuego y estrépito. Dios prepara psicológicamente al pueblo antes de dictarle las cláusulas de la Alianza: los próximos cinco capítulos del Éxodo los ocupa el texto de esta Alianza. El pueblo reconoce la grandeza de Dios y se purifica para encontrarse con él aunque sólo Moisés es invitado a subir al monte. El cántico de Daniel es muy adecuado para prolongar el clima de la lectura: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres... Bendito eres en el templo de tu santa gloria, tú que sondeas los abismos». En el NT Dios se nos ha acercado mucho más suavemente. Como a Elías en una ligera brisa, a nosotros nos ha venido en la forma de un niño que nace en Belén, como un trabajador, como una persona que no quiere quebrar la caña medio cascada ni apagar el pábilo vacilante. Es verdad que, en Pentecostés, el envío del Espíritu sobre la primera comunidad también se expresa con un lenguaje que recuerda la teofanía del Sinaí: ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso y unas lenguas como de fuego. Pero el estilo del acercamiento de Dios a nosotros es mucho más pacífico que el del Sinaí. Nuestro encuentro con él es, por ejemplo, la proclamación de su Palabra, o la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, o a través de las palabras y los ejemplos de las personas que nos rodean. Además de sentir la misma admiración por las grandes obras de Dios y de reconocer su grandeza y su fuerza, ojalá sepamos descubrirle en estas cosas tan sencillas y tan profundas a la vez, en lo de cada día, no en los milagros, las apariciones o los fenómenos extraordinarios. El camino que nos ha enseñado Jesús es el de la sencillez y la cotidianidad.

Juan Pablo II comentaba: “El cántico que acabamos de proclamar está constituido por la primera parte de un largo y hermoso himno que se encuentra insertado en la traducción griega del libro de Daniel. Lo cantan tres jóvenes judíos arrojados a un horno ardiente por haberse negado a adorar la estatua del rey babilonio Nabucodonosor (…). En el horno, los tres jóvenes, milagrosamente preservados de las llamas, cantan un himno de bendición dirigido a Dios. Este himno se asemeja a una letanía, repetitiva y a la vez nueva: sus invocaciones suben a Dios como volutas de incienso, que ascienden en formas semejantes, pero nunca iguales. La oración no teme la repetición, como el enamorado no duda en declarar infinitas veces a la amada todo su afecto. Insistir en lo mismo es signo de intensidad y de múltiples matices en los sentimientos, en los impulsos interiores y en los afectos.

Hemos escuchado proclamar el inicio de este himno cósmico, contenido en los versículos 52-57 del capítulo tercero de Daniel. Es la introducción, que precede al grandioso desfile de las criaturas implicadas en la alabanza. Una mirada panorámica a todo el canto en su forma litánica nos permite descubrir una sucesión de elementos que componen la trama de todo el himno. Éste comienza con seis invocaciones dirigidas expresamente a Dios; las sigue una llamada universal a las "criaturas todas del Señor" para que abran sus labios ideales a la bendición (cf. v. 57). (…).

El primero es la invitación a la bendición: "Bendito eres, Señor", que al final se convertirá en "Bendecid". En la Biblia hay dos tipos de bendición, relacionadas entre sí. Una es la bendición que viene de Dios: el Señor bendice a su pueblo (cf. Nm 6,34-27). Es una bendición eficaz, fuente de fecundidad, felicidad y prosperidad. La otra es la que sube de la tierra al cielo. El hombre que ha gozado de la generosidad divina bendice a Dios, alabándolo, dándole gracias y ensalzándolo: "Bendice, alma mía, al Señor" (Sal 102,1; 103,1). La bendición divina a menudo se otorga por intermedio de los sacerdotes (cf. Nm 6,22-23.27; Si 50,20-21), a través de la imposición de las manos; la bendición humana, por el contrario, se expresa en el himno litúrgico, que la asamblea de los fieles eleva al Señor.

Otro elemento que consideramos dentro del pasaje propuesto ahora a nuestra meditación está constituido por la antífona. Se podría imaginar que el solista, en el templo abarrotado de pueblo, entonaba la bendición: "Bendito eres, Señor", enumerando las diversas maravillas divinas, mientras la asamblea de los fieles repetía constantemente la fórmula: "A ti gloria y alabanza por los siglos". Es lo que acontecía con el salmo 135, generalmente llamado "Gran Hallel", es decir, la gran alabanza, en la que el pueblo repetía: "Es eterna su misericordia", mientras un solista enumeraba los diversos actos de salvación realizados por el Señor en favor de su pueblo. Objeto de la alabanza, en nuestro salmo, es ante todo el nombre "santo y glorioso" de Dios, cuya proclamación resuena en el templo, también él "santo y glorioso". Los sacerdotes y el pueblo, mientras contemplan en la fe a Dios que se sienta "en el trono de su reino", sienten sobre sí la mirada que "sondea los abismos" y esta conciencia hace que brote de su corazón la alabanza. "Bendito..., bendito...". Dios, "sentado sobre querubines", tiene como morada "la bóveda del cielo", pero está cerca de su pueblo, que por eso se siente protegido y seguro.

(…) es una invitación a abrir los ojos ante la nueva creación que tuvo origen precisamente con la resurrección de Jesús. San Gregorio de Nisa, un Padre de la Iglesia griega del siglo IV, explica que con la Pascua del Señor "son creados un cielo nuevo y una tierra nueva (...), es plasmado un hombre diverso, renovado a imagen de su creador por medio del nacimiento de lo alto" (cf. Jn 3,3.7). Y prosigue: "De la misma manera que quien mira al mundo sensible deduce por medio de las cosas visibles la belleza invisible (...), así quien mira a este nuevo mundo de la creación eclesial ve en él a Aquel que se ha hecho todo en todos llevando la mente, por medio de las cosas comprensibles por nuestra naturaleza racional, hacia lo que supera la comprensión humana". Así pues, al cantar este cántico, el creyente cristiano es invitado a contemplar el mundo de la primera creación, intuyendo en él el perfil de la segunda, inaugurada con la muerte y la resurrección del Señor Jesús. Y esta contemplación lleva a todos a entrar, casi bailando de alegría, en la única Iglesia de Cristo”.

En otra ocasión seguía considerando esta alabanza para que la creación entera alabe al Señor: “En la bendición que los tres jóvenes elevan desde el crisol de su prueba al Señor todopoderoso se ven implicadas todas las criaturas. Tejen una especie de tapiz multicolor, en el que brillan los astros, se suceden las estaciones, se mueven los animales, se asoman los ángeles y, sobre todo, cantan los "siervos del Señor", los "santos" y los "humildes de corazón" (cf. Dn 3,85.87). El pasaje que se acaba de proclamar precede a esta magnífica evocación de todas las criaturas. Constituye la primera parte del cántico, la cual evoca en cambio la presencia gloriosa del Señor, trascendente pero cercana. Sí, porque Dios está en los cielos, desde donde "sondea los abismos" (cf. Dn 3,55), pero también "en el templo de su santa gloria" de Sión (cf. Dn 3,53). Se halla sentado "en el trono de su reino" eterno e infinito (cf. Dn 3,54), pero también "está sentado sobre querubines" (cf. Dn 3,55), en el arca de la alianza colocada en el Santo de los santos del templo de Jerusalén.

Un Dios por encima de nosotros, capaz de salvarnos con su poder; pero también un Dios cercano a su pueblo, en medio del cual ha querido habitar "en el templo de su santa gloria", manifestando así su amor. Un amor que revelará en plenitud al hacer que su Hijo, Jesucristo, "habitara entre nosotros, lleno de gracia y de verdad" (cf. Jn 1,14). Dios revelará plenamente su amor al mandar a su Hijo en medio de nosotros a compartir en todo, menos en el pecado, nuestra condición marcada por pruebas, opresiones, soledad y muerte. La alabanza de los tres jóvenes al Dios salvador prosigue, de diversas maneras, en la Iglesia. Por ejemplo, san Clemente Romano, al final de su primera carta a los Corintios, inserta una larga oración de alabanza y de confianza, llena de reminiscencias bíblicas, que tal vez es un eco de la antigua liturgia romana. Se trata de una oración de acción de gracias al Señor que, a pesar del aparente triunfo del mal, dirige la historia hacia un buen fin.

He aquí una parte de dicha oración: "Abriste los ojos de nuestro corazón (cf. Ef 1,18), para conocerte a ti (cf. Jn 17,3), el solo Altísimo en las alturas, el santo que reposa entre los santos. A ti, que abates la altivez de los soberbios (cf. Is 13,11), deshaces los pensamientos de las naciones (cf. Sal 32,10), levantas a los humildes y abates a los que se exaltan (cf. Jb 5,11). Tú enriqueces y tú empobreces. Tú matas y tú das vida (cf. Dt 32,39). Tú solo eres bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne. Tú miras a los abismos (cf. Dn 3,55) y observas las obras de los hombres; ayudador de los que peligran, salvador de los que desesperan (cf. Jdt 9,11), criador y vigilante de todo espíritu. Tú multiplicas las naciones sobre la tierra, y de entre todas escogiste a los que te aman, por Jesucristo, tu siervo amado, por el que nos enseñaste, santificaste y honraste"”.

3. Mt 13,10-17: (ver domingo 15, ciclo A). El paradigma de las parábolas, y la más larga del discurso de las parábolas del Reino, es la del sembrador. Algunos no entienden, pues no están preparados, su corazón no puede pasar de la oscuridad a la luz… es el misterio de la libertad… así las autoridades religiosas entienden, pero rechazan la doctrina y se sulfuran aún más en su interior. La palabra es aceptada por algunos, pero luego abandonada en las dificultades… expresa esta parábola las diversas situaciones de las almas a lo largo de la historia: “cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es perdibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz” (Balduino de Cantorbery).

-¿Por qué razón les hablas en parábolas? Esta cuestión se plantea porque la predicación de Jesús no parece que haya aportado todos los frutos que se esperaban. Ese fracaso, esa incredulidad, ¿provienen quizá de que Jesús no habló de modo suficientemente claro? "¿Por qué aparentas ocultar tu mensaje hablándoles en parábolas?" -"Vosotros podéis ya comprender los secretos del reinado de Dios: ellos, en cambio, no pueden". En primer lugar, Jesús responde que Dios es "misterio": no es una realidad fácil de conocer... no se entiende enseguida, eso no es claro ni evidente. Dios no está a nivel de las cosas: se toca una piedra, se ve un árbol, se oye a un amigo... Dios no es de este orden. El misterio de Dios, en toda su riqueza, no es una verdad que se impone a la inteligencia humana. Es un secreto, es un misterio que sólo se da a los que están dispuestos a escuchar. Es el oyente, el que ha de esforzarse en comprender: las parábolas no se entienden si no se las escucha con espíritu de fe... no hay que ir con prisas, hay que meditar, esforzarse, saber superar las imágenes exteriores y encontrar su sentido interno. ¿Estoy dispuesto a buscar a Dios, a superar el primer obstáculo? -Miran sin ver... y escuchan sin oír ni entender... Son duros de oído y han cerrado los ojos. Esta es la segunda razón dada por Jesús. Si el misterio de Dios es de por sí un secreto difícil de descubrir, es también verdad que muchos hombres son culpables de ni siquiera buscarlo. Hay dos maneras de "ver" y de "oír": un modo estrictamente material -oigo palabras, ruidos de voces-... y un modo espiritual. En efecto, Jesús ha hablado a todos. Dios llama a todos los hombres sin discriminación. Pero son muy diferentes los terrenos sobre los que cae la semilla. La verdad evangélica no es un conocimiento intelectual: sólo se entiende con el corazón, dice Jesús. -Comprender con el corazón. Es decir, hay que "ponerse a seguir a Jesús"... aplicando a su propia vida lo que el corazón ha descubierto. -¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Danos, Señor, unos ojos nuevos, unos oídos finos... La revisión de vida consiste en "mirar de nuevo" con los ojos de la fe, los acontecimientos que la primera vez se vieron con una mirada simplemente humana. Las parábolas requieren esa mirada de la fe. Toda nuestra vida es una parábola en la que Dios está escondido y desde donde nos habla. Uno puede quedarse en el exterior de las cosas y de los acontecimientos, o bien, "ver" y "oír" a Dios en el hondón de las situaciones humanas. -Muchos profetas y justos desearon ver lo que véis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros y no lo oyeron. Sí, Jesús se atreve a decir que El es "aquel que el pueblo de Dios esperaba": es el tiempo en que todo se cumple, en que todo es gracia, el momento maravilloso del encuentro de Dios con los hombres. ¿Sabremos estar atentos a esta hora de Dios y no dejar pasar la ocasión de verle y de escucharle? (Noel Quesson).

«¿Por qué les hablas en parábolas?». Las parábolas de Jesús tienen claridad y pedagogía para hacer entender su intención a todos. Menos a los que no quieren entenderla. Si ayer la parábola del sembrador empezaba hablándonos de la siembra y del fruto final, hoy la explicación que empieza a dar Jesús -y que terminará mañana- se fija, más bien, en aquellas personas que no están dispuestas a que la semilla produzca fruto en sus vidas. ¿Por qué unos entienden y otros no? Las parábolas pueden resultar sencillas de entender o impenetrables... Jesús habla de personas que oyen pero no entienden, y miran pero no ven: la explicación es que «son duros de oído y han cerrado los ojos para no ver ni oír ni entender ni convertirse». En el fondo, la conducta de cada uno y las actitudes que ha tomado ya previamente, son las que deciden si ve o no ve, si quiere ver o no. Cada persona es responsable de captar el don de Dios, acogerlo o rechazarlo.

Es de suponer que Jesús nos puede dirigir a nosotros la bienaventuranza: «dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen». Los ojos de los sencillos son los que descubren los misterios del Reino. No los ojos de los orgullosos o complicados. Hemos recibido de Dios el don de la fe y con sencillez intentamos responder a ese don desde nuestra vida. Nos hemos enterado del proyecto de salvación de Cristo y lo estamos siguiendo. Pero también podemos hacer ver que no oímos o que no entendemos, porque, en el fondo, no nos interesa aceptar el contenido de lo que oímos o de lo que vemos. Y no hay peor sordo que el no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. ¿Hacemos caso, cada día, de la Palabra que oímos? ¿nos dejamos interpelar por ella también cuando resulta exigente y va contra la corriente de este mundo o contra los propios gustos? Nosotros, que hemos recibido más gracias de Dios que otros muchos, deberíamos ser también mucho más generosos en nuestra aceptación de su semilla y dar más frutos que otros. Si tomásemos en serio las lecturas, nuestra vida seria bastante distinta (J. Aldazábal).

La enseñanza que Jesús comparte con el pueblo y con los discípulos se basa en las vivencias de la vida cotidiana, en las tradiciones narrativas populares y en su increíble capacidad de crear historias. Jesús no enseña como los escribas, los fariseos o los levitas. Su forma de "hablar con autoridad" cautivó desde el comienzo de la misión a la gente sencilla e, incluso, a las personas más instruidas. Jesús vio su particular forma de enseñar como una gracia del Padre. Una bendición que reciben los sencillos para descubrir las revelaciones de Dios. Los "sabios" y poderosos estaban tan entretenidos con sus cargos, dignidades y saberes que difícilmente prestarían oído a un campesino galileo. Su actividad los embotaba tanto que su entendimiento estaba confundido y su corazón obstinado. Contra esta cerrazón de mente, corazón y manos se dirige Jesús. Él quiere que las personas se abran a Dios comprendiendo a través de las cosas sencillas las maravillas que obra Dios en el mundo. Habla a los corazones que se han cerrado al sufrimiento ajeno para que cambien de actitud. Solicita la colaboración de nuestras manos para que transformemos las realidades contrarias al designio de Dios. Hoy debemos volver a la pedagogía de Jesús. Necesitamos recuperar nuestra capacidad para "contar" la buena nueva de manera atractiva, bella y sencilla. Debemos procurar que nuestras catequesis y liturgias no se conviertan en pesados fardos que emboten el entendimiento y cierren el corazón. Precisamos estar despiertos para percibir en la realidad los signos de los tiempos y es urgente tener nuestras manos libres para transformar este mundo en un mundo de hermanos (Servicio Bíblico Latinoamericano).

LLuciá Pou Sabaté

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