domingo, 24 de julio de 2011

† LUNES. SANTIAGO, apóstol, patrono de España, Solemnidad


† LUNES. SANTIAGO, apóstol, patrono de España, Solemnidad

Solemnidad del apóstol Santiago, hijo del Zebedeo y hermano de san Juan Evangelista, que con Pedro y luan fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. Decapitado poco antes de la fiesta de Pascua por Herodes Agripa, fue el primero de los apóstoles que recibió la corona del martirio (elog. del Martirologio Romano).
Misa de la Solemnidad (rojo).
Misal: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. prop. No se puede decir la PE IV.
Lec.: vol. V, pág. 117.
Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2. El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.
Sal 66. R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
2Co 4, 7-15. Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús.
Mt 20, 20-28. Mi cáliz lo beberéis.
Acción misionera y martirial del apóstol Santiago. En la celebración eucarística de hoy recordamos la vida y muerte del apóstol Santiago. La primera lectura describe el martirio del apóstol, el texto es considerado como un acta martirial (1 lect.). Santiago fue el primer apóstol que entregó su vida por el Evangelio bebiendo el cáliz predicho por Jesús (Ev.). Pablo teologiza sobre la vocación martirial que conlleva la muerte y resurrección de Cristo (2 lect.).
Liturgia de las Horas: oficio de la Solemnidad. Te D

Fiesta: Santiago, apóstol, Patrón de España
San Mateo 20, 20-28:
Dar la vida por Cristo es recobrarla de un modo pleno, beber su cáliz es participar en su gloria

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

25 de julio

SANTIAGO, APÓSTOL*

Solemnidad (en España)

Beber el cáliz del Señor.

No desalentarse por las propias flaquezas, Acudir al Señor.

Acudir a la Virgen en las dificultades.

Pasando Jesús junto al lago de Galilea vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban repasando las redes, y los llamó, y les dio el nombre de «Boanerges», que significa «hijos del Trueno».

«Todo comenzó cuando algunos pescadores del lago de Tiberíades fueron llamados por Jesús de Nazareth. Acogieron esta llamada, lo siguieron y vivieron con Él cerca de tres años. Fueron partícipes de Su vida cotidiana, testigos de Su plegaria, de Su bondad misericordiosa con los pecadores y con los que sufrían, de Su poder. Escucharon atentos Su palabra, una palabra jamás oída». En este tiempo, los discípulos tuvieron el conocimiento «de una realidad que, desde entonces, les poseerá para siempre; precisamente la experiencia de la vida con Jesús. Se había tratado de una experiencia que había roto la trama de la existencia precedente; habían tenido que dejar todo, familia, profesión, posesiones. Se había tratado de una experiencia que les había introducido en una nueva manera de existir».

Un día el invitado a seguirle fue Santiago, hijo de Salomé, una de las mujeres que servían a Jesús con sus bienes y que estuvo presente en el Calvario, y hermano de Juan. El Apóstol conocía ya al Señor antes de que Este le llamara definitivamente, y gozó de una particular predilección, junto a Pedro y a su hermano: estuvo presente en la glorificación del Tabor, presenció el milagro de la resurrección de la hija de Jairo y fue uno de los tres que el Maestro tomó consigo para que le acompañaran en Getsemaní en el comienzo de la Pasión. Por su celo impetuoso, el Señor dio a estos dos hermanos el sobrenombre deBoanerges, los hijos del trueno. (francisco fernandez carvajal).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,33; 5,12.27-33;12,2. En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: -«¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: -«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Salmo 66,2-3.5.7-8: R. Que se me pegue la lengua al paladar sí no me acuerdo de ti.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

Segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4,7-15. Hermanos: El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Evangelio según san Mateo 20,20-28. En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: -¿«Qué deseas?» Ella contestó: -«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.» Pero Jesús replicó: -«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? » Contestaron: -«Lo somos.» Él les dijo: -«Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.» Los otros diez, que lo hablan oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: -«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Comentario: 1. Hch 4,33.5,12.27b-33.12,1b: La gracia de Dios apoya la predicación apostólica y el apóstol vence su miedo natural predicando con valentía. Se da testimonio de la resurrección del Señor, no de algo confuso y abstracto sino de algo bien concreto, conocido en vida. El apóstol y el creyente sólo saben lo que experimentan, y de eso dan testimonio. Los milagros de los apóstoles confirman su doctrina: “sin obrar milagros ni prodigios, los discípulos de Jesús no habrían movido a sus oyentes a abandonar, por nuevas doctrinas y verdades, su religión tradicional y a abrazar con peligro de la vida las enseñanzas que les anunciaban” (Orígenes). Van unidos a la Revelación de Dios esos milagros, acompañan a la gracia, esos carismas, al servicio de la caridad que edifica la Iglesia (Catecismo 2003). El sanedrín ataca a los apóstoles, quieren su muerte. La presencia de los testigos resulta molesta cuando pone a los hombres ante el espejo de la verdad. El destino del que predica la fe es sufrir la incomprensión del que no se ha comprometido y rechaza una apertura hacia Dios acogiendo el evangelio. El autor pone en boca de los apóstoles un "kerigma", una predicación concisa e incisiva que tiene como contenido los puntos fundamentales de la fe en Jesús: su resurrección y exaltación. Jesús es presentado como Salvador de Israel (cf 13,23) recogiendo así la tradición veterotestamentaria del mesías salvador (cf Is 59,20). Según el uso bíblico (cf Dt 17,6) se citan dos testigos que fundamentan lo que se proclama: los mismos Apóstoles y el Espíritu que asiste a los que obedecen a la fe, a los que viven según la fe (cf 2,38). El que da, con su vida, testimonio de lo que cree, va a lo esencial, al núcleo de lo cristiano. No se siente desatendido en esta tarea, sino que el Espíritu de Jesús apoya todas sus decisiones. Como ocurre frecuentemente en la primitiva comunidad, a Santiago, por ser apóstol, le ha venido la muerte de forma violenta. Aunque el motivo último o aparente, el detonador es el querer congraciarse con los judíos (v. 3), hay todo un contexto de rechazo, tanto por parte del poder religioso, como del poder civil. El verdadero profeta, el que vive lo que predica, es molesto para todos. Para los que queremos vivir la fe, la actitud de estos primeros creyentes se nos convierte en estímulo y en responsabilidad.

“Dios ha permitido –comenta S. Juan Crisóstomo- que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban (…). Los apóstoles no se irritan ante los jueces sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas, y sólo buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina”.

La predicación es el principio de un proceso que lleva con frecuencia a los testigos del evangelio ante los tribunales públicos e incluso ante la misma muerte. Pero esa muerte, como la de Santiago, es el más claro testimonio y la mejor prueba que pueden dar los apóstoles de que Jesús ha resucitado y su causa sigue viva en el mundo. "Mártir" significa lo mismo que "testigo", por eso los testigos de Jesús no retroceden ante el martirio. Sacerdotes y saduceos, que constituían la clase dirigente y dominante, se alarman al ver el éxito que tienen con el pueblo los discípulos de Jesús. Y mandan apresar a los apóstoles, que tienen que comparecer ahora en el sanedrín, lo mismo que Jesús. El sumo sacerdote comienza el interrogatorio. En sus palabras se percibe la gran preocupación y el miedo que tienen estas autoridades de que el pueblo se vuelva contra ellas para pedirles cuentas por la sangre de Cristo que hicieron crucificar. Los tiempos han cambiado considerablemente y está lejos aquella situación en la que los judíos, cegados por el odio al nazareno, pidieron a gritos: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Ahora resulta que nadie quiere cargar con las responsabilidades del crimen: sacerdotes y saduceos están interesados en olvidarlo todo y en hacerlo olvidar al pueblo. No quieren recordar ni tan siquiera el nombre de Jesús, y cuando hablan de él dicen "ese hombre". Pero los testigos mantienen viva la memoria de Jesús y enseñan al pueblo en su nombre. Por eso son objeto de persecución. La respuesta de Pedro, en nombre de los demás apóstoles, es una clara denuncia y un anuncio abreviado del evangelio. Pedro denuncia abiertamente el crimen del sanedrín, que condenó a muerte a Jesús, y anuncia que este mismo Jesús es ahora el Señor en cuyo nombre es posible la conversión y el perdón de los pecados. Santiago es la primera víctima de los apóstoles. Herodes lo manda decapitar para complacer a los judíos. Es el mismo Herodes que decapitó al Bautista, nieto de Herodes el Grande, que edificó el nuevo Templo de Jerusalén y ordenó la matanza de los inocentes y sobrino de Herodes Antipas, tetrarca de Galiela en el tiempo de la muerte del Señor. Se le conoce con el nombre de Herodes Agripa I, y fue muy favorecido por el emperador Calígula quien le amplió los territorios bajo su dominio y le permitió usar el título de rey. El martirio de Santiago es un estímulo para cuantos han recibido la misión de predicar el evangelio con oportunidad y sin ella, porque es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (“Eucaristía 1978”). El martirio de Santiago el Mayor debió de ocurrir hacia los años 42-43, es el primer mártir de los Doce y el único cuya muerte se menciona en el Nuevo Testamento. Hoy lo honoramos de modo especial: Santiago el Mayor nació en Betsaida; era hijo de Zebedeo y Salomé y hermano de apóstol Juan. Durante tres años acompañó al Señor, presenció asombrado los milagros que Jesús realizaba; fue testigo de su transfiguración en el Tabor y escuchó la voz del Padre que salía de las nubes, como antes había escuchado las parábolas y predicaciones de su Maestro. El amaba al Señor, de tal manera, que deseaba ardientemente que cayera fuego del cielo sobre los samaritanos que no quisieron; recibirlo, pero su amor no estaba iluminado, como tampoco lo estaba su espíritu. Era un hombre con espíritu cándido, fiel, sincero, de buen corazón, sin falsedad, aunque iracundo. El Salvador los llamó a él y a su hermano, significativamente, "los hijos del trueno"; pero este apodo no era negativo sino más bien un signo de su afecto hacia ellos. Desde el siglo IX, su sepulcro es venerado en la catedral de Compostela, España, a donde han acudido hasta nuestros días innumerables peregrinos. Hoy rezamos: “Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que Santiago fuera el primero de entre los apóstoles en derramar su sangre por el Evangelio, fortalece a tu Iglesia con el testimonio de su martirio y defiéndela con su valiosa protección”. Y en el prefacio proclamamos:” En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso, Pastor eterno. Porque no abandonas a tu rebaño, sino que lo cuidas continuamente por medio de los santos Apóstoles, para que sea gobernado por aquellos mismos pastores que le diste como vicarios de tu Hijo”...

2. Salmo 66. El Señor tenga piedad y nos bendiga (v. 1). Que Dios nos bendiga (v. 8). La lectura "cristiana" de estos versículos, es decir, su alcance y comprensión a la luz de la plenitud de la Revelación, los convierten en hondos y luminosos. La bendición de Dios se consuma en su Hijo Jesucristo, por medio del cual nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Aprovechemos este silencio contemplativo de nuestra oración para agradecer a Dios Padre estas bendiciones: en primer lugar, la bendición consistente en contemplarnos -antes, incluso, de la creación del mundo- como formando un solo cuerpo en la Persona de Cristo. Un cuerpo que llegará "al estado de varón perfecto, a la medida de la edad perfecta de Cristo" (Ef 4,13). ¡Qué sublime predestinación!; después, la bendición consistente en realizar esta predestinación de una manera admirable: haciéndonos hijos suyos. ¡Qué excelsa dignidad! Por medio de Cristo -de su Pasión y de su Muerte- podemos contemplar de nuevo el rostro del Padre, sereno y bondadoso. Viene, pues, a propósito la conclusión de nuestra meditación con esta antiquísima colecta sálmica: "Conociendo la tierra tus caminos, Padre santo, y todos los pueblos tu salvación, confesamos que Cristo es nuestro sendero y nuestra patria; por Él caminamos derechamente y llegamos a la más plena victoria; danos, pues, como regalo a aquél que hiciste para nosotros salvación. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén."

Ilumine su rostro sobre nosotros. Agustín desarrolla su plegaria "cristiana" con estas palabras: "Ya que nos grabaste tu imagen, ya que nos hiciste a tu imagen y semejanza, tu moneda, ilumina tu imagen en nosotros, de manera que no quede oscurecida. Envía un rayo de tu sabiduría para que disipe nuestras tinieblas y brille tu imagen en nosotros... Aparezca tu Rostro, y si -por mi culpa-, estuviese un tanto deformado, sea reformado por ti, aquello que Tú has formado."

La tierra ha dado su fruto: Son varios los Padres que, en el comentario a este versículo, nos ofrecen una interpretación concorde. ¡La Tierra! La Virgen María, es de nuestra tierra, de nuestra raza, de esta arcilla, de este lodo, de la descendencia de Adán. La tierra ha dado su fruto; el fruto perdido en el Paraíso y ahora reencontrado. La tierra ha dado su fruto.

Primeramente ha dado la flor: «Yo soy el narciso de Sarón y el lirio de los valles» (Cant 2,1). Y esta flor se ha convertido en fruto: fruto porque lo comemos, fruto porque comemos su misma Carne. Fruto virgen nacido de una Virgen, Señor nacido del esclavo, Dios nacido del hombre, Hijo nacido de una Mujer, Fruto nacido de la tierra" (S. Jerónimo). "Nuestro Creador, encarnado en favor nuestro, se ha hecho, también por nosotros, fruto de la tierra; pero es un fruto sublime, porque este Hombre, nacido sobre la tierra, reina en los cielos por encima de los Ángeles" (S. Gregorio Magno; cf. F. Arocena).

Esta repetición de palabras crea una especie de alborozo en el mismo vocabulario. Una vez más, vemos a Israel consciente del privilegio de ser el "pueblo de la Alianza"... y deseoso de participar esta dicha al conjunto de la humanidad. Pide a todas las naciones, a toda la tierra, a todos los hombres, asociarse a las "bendiciones" de que es el primer beneficiario. Este salmo seguramente se cantaba en una de las dos fiestas de cosecha: Pentecostés o los Tabernáculos. La fertilidad de la tierra, la felicidad de una hermosa siega, incitaba a los hebreos a compartir esta dicha, fruto de la bendición divina.

"Id por todo el mundo: haced discípulos míos entre todas las gentes"... Jesús vivió profundamente en su conciencia este "universalismo" de Israel. Transformó este voto en proyecto... Enviando a sus apóstoles hasta "los confines de la tierra". "¡Jesús debió recitar este salmo con gran fervor!". "Que venga tu reino universal, que se haga tu voluntad".¡"Que los pueblos te aclamen oh Dlos, que te aclamen todos los pueblos"!

La tierra entera... El mundo entero... Todos los pueblos... Todos los hombres. Esta visión amplia, cósmica, mundial, es muy moderna. Nunca como hoy se han traspasado las fronteras que separan los pueblos. Entramos cada vez más en la era de los viajes al exterior. El mundo entero llega a nuestra casa por la televisión. La manera de vivir de otros pueblos, sus problemas se aproximan a nosotros. Al mismo tiempo se acentúan los sueños de paz universal y definitiva. ¡"Que las naciones se alegren, que canten"! Al hacer esta oración hoy, no podemos encerrarnos en nuestros pequeños universos particularistas o nacionalistas estrechos... Al contrario, este salmo contribuye a ampliar nuestros horizontes. En este sentido, el Padre Teilhard de Chardin con su pensamiento universal, contribuyó a "ampliar nuestros corazones". Escribió un opúsculo titulado: "La Misa sobre el mundo". Admiremos la amplitud de esta "eucaristía". El sol ilumina, allá, la franja extrema del primer oriente. Una vez más, bajo el mantel móvil de sus fuegos, la superficie viviente de la tierra despierta, vibra y reinicia su aterradora labor. Pondré en mi patena, oh Dios mío, la cosecha esperada de este nuevo esfuerzo. Echaré en mi cáliz la savia de todos los frutos que serán triturados hoy"...

"La tierra ha dado su cosecha". Esta dimensión realista, temporal, de la felicidad basada en los bienes de aquí abajo, no fue menospreciada por Jesús: nos manda pedir "el pan nuestro de cada día". "Tu camino será conocido sobre la tierra". Jesús se llamó a sí mismo el "camino". "Yo soy el camino, la verdad, la vida". "Que su rostro aparezca ante nosotros". El "rostro" de Dios, luminoso: La sonrisa de Dios a la humanidad. Jesús, en su encarnación, ¿no fue acaso la respuesta inaudita a esta oración? El Dios invisible, el Dios "sin rostro", se hizo visible a nuestros ojos en el rostro humano de Cristo. "La tierra ha dado su cosecha, su fruto"...¡ Jesús, fruto de la tierra! Jesús, la más bella mies que jamás haya salido del seno de la tierra. "Tu salvación será conocida entre todas las naciones". Esta salvación la trajo El, Jesús. Recitando este salmo, Cristo oró por su propia misión en el plan del Padre: "He venido, no para condenar sino para salvar". "Tú conduces las naciones sobre la tierra". Conducir, guiar, papel divino. Jesús reivindicó explícitamente este papel, presentándose como el "buen pastor" que conduce sus ovejas hacia las fuentes de agua viva. La tierra ha dado su cosecha: Dios, Dios nuestro nos bendice. Ha habido en ciertas épocas de la historia de la Iglesia una tentación de espiritualismo desencarnado, un desprecio de las cosas de aquí abajo, un cierto pesimismo ante los alimentos terrestres, considerados como impuros. No se trata de caer en el exceso inverso que idolatra los "bienes de la tierra". Jesús trató de "loco" al hombre que amplió sus graneros al tener una cosecha excepcional... No precisamente por el éxito, sino porque se olvidó de pensar en "su alma". ¡Sí, es verdad! Los placeres terrestres son frágiles, no pueden saciar totalmente el "hambre" y la "sed" del hombre. La verdadera actitud cristiana es la del hombre que se da sin medida al éxito de la "creación": recoger una hermosa cosecha, llevar a feliz término una empresa, terminar bien un trabajo, hacer evolucionar las situaciones, educar a un hombre o una mujer... Esto es un "don de Dios": "Dios, nuestro Dios, nos ha bendecido". ¡Hay que hacer una espiritualidad del fracaso, cuando llegue! pero es más urgente hacer una espiritualidad de la "cosecha": "He aquí el pan, fruto del trabajo del hombre y de la tierra, te lo presentamos, él se convertirá en tu cuerpo".

Que las naciones se alegren, que canten. ¡La búsqueda de la felicidad, de la fiesta. Atreverse a orar así! Atreverse a pedir a Dios no solamente que cese el dolor, sino que aumente la felicidad y la alegría. Y si nosotros oramos para que los pueblos estén "alegres" y "canten"... ¿Cómo podemos tener caras aburridas? La alegría es el gran secreto del Cristiano. Un santo triste es un triste santo. Hagamos a aquellos que viven con nosotros la primera caridad, la caridad de la alegría y de la sonrisa.

La oración del tiempo de cosecha: oración de otoño: La vejez no es un tiempo fácil de vivir. Un poeta habló de esta edad que "siente la decadencia de las cosas perecederas". Este salmo sugiere que nada se acaba. El otoño es una estación nostálgica, es cierto. Pero todo continúa, en las cosechas que se guardan en el granero: todo lo que ha habido de trabajo, de amor, de sacrificio, de don de sí en una vida... "Está guardado en Dios" mejor que en ningún granero. Lo que ha hecho un anciano en su vida, los granos que ha cosechado, servirán para próximas siembras. Para quien cree en Dios, nada se acaba (Noel Quesson).

«Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe». Esa es mi plegaria, Señor. Sencilla y directa en tu presencia y en medio de la gente con quien vivo. Bendíceme, para que los que me conocen vean tu mano en mí. Hazme feliz, para que al verme feliz se acerquen a mí todos los que buscan la felicidad y te encuentren a ti, que eres la causa de mi felicidad. Muestra tu poder y tu amor en mi vida, para que los que la vean de cerca puedan verte a ti y alabarte a ti en mí. Mira, Señor, los seres que viven a mi alrededor adoran cada uno a su dios, y algunos a ninguno. Cada cual espera de sus creencias y de sus ritos las bendiciones celestiales que han de traer la felicidad a su vida como prenda de la felicidad eterna que le espera luego. Valoran, no sin cierta lógica, la verdad de su religión según la paz y alegría que proporciona a sus seguidores. Con ese criterio vienen a medir la paz y alegría de que yo, humilde pero realmente, disfruto, y que declaro abiertamente que me vienen de ti, Señor. Es decir, que te juzgan a ti según lo que ven en mí, por absurdo que parezca; y por eso lo único que te pido es que me bendigas a mí para que la gente a mi alrededor piense bien de ti. Eso era lo que ocurría en Israel. Cada pueblo a su alrededor tenía un dios distinto, y cada uno esperaba de su dios que su bendición fuera superior a la de los dioses de sus vecinos y, en concreto, que le bendijera con una cosecha mejor que la de los pueblos circundantes. Israel te pedía que le dieses la mejor cosecha de toda la región, para demostrar que tú eras el mejor Dios del cielo, el único Dios verdadero. Y lo mismo te pido yo ahora. Dame una cosecha evidente de virtudes y justicia y paz y felicidad, para que todos los que me rodean vean tu poder y adoren tu majestad. «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación». Quiero que todo el mundo te alabe, Señor, y por eso te pido que me bendigas. Si yo fuera un ermitaño en una cueva, podrías hacerme a un lado; pero soy un cristiano en medio de una sociedad de hecho pagana. Soy tu representante, tu embajador aquí abajo. Llevo tu nombre y estoy en tu lugar. Tu reputación, por lo que a esta gente se refiere, depende de mí. Eso me da derecho a pedir con urgencia, ya que no con mérito alguno, que bendigas mi vida y dirijas mi conducta frente a todos éstos que quieren juzgarte a ti por lo que ven en mí, y tu santidad por mi virtud. Bendíceme, Señor, bendice a tu pueblo, bendice a tu Iglesia; danos a todos los que invocamos tu nombre una cosecha abundante de santidad profunda y servicio generoso, para que todos puedan ver nuestras obras y te alaben por ellas. Haz que vuelvan a ser verdes, Señor, los campos de tu Iglesia para gloria de tu nombre. «La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben» (Carlos G. Vallés).

Juan Pablo II comentaba: “Acaba de resonar la voz del antiguo salmista, que ha elevado al Señor un canto jubiloso de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que se abre a un inmenso horizonte, hasta abarcar idealmente a todos los pueblos de la tierra. Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en "casa de oración para todos los pueblos" (Is 56, 7…).

Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación: en efecto, están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel. El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahveh (cf. v. 3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor "hasta los confines del orbe" (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios.

Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina: "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga" (vv. 2. 7-8). Es fácil percibir en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal que Moisés enseñó, en nombre de Dios, a Aarón y a los descendientes de la tribu sacerdotal: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Pues bien, según el salmista, esta bendición derramada sobre Israel será como una semilla de gracia y salvación que se plantará en el terreno del mundo entero y de la historia, dispuesta a brotar y a convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento va también a la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: "De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 2-3).

En la tradición bíblica uno de los efectos comprobables de la bendición divina es el don de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad. En nuestro salmo se alude explícitamente a esta realidad concreta, valiosa para la existencia: "La tierra ha dado su fruto" (v. 7). Esta constatación ha impulsado a los estudiosos a unir el Salmo al rito de acción de gracias por una cosecha abundante, signo del favor divino y testimonio ante los demás pueblos de la cercanía del Señor a Israel. La misma frase llamó la atención de los Padres de la Iglesia, que partiendo del ámbito agrícola pasaron al plano simbólico. Así, Orígenes aplicó ese versículo a la Virgen María y a la Eucaristía, es decir, a Cristo que procede de la flor de la Virgen y se transforma en fruto que puede comerse. Desde esta perspectiva "la tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán". Esta tierra ha dado su fruto: lo que perdió en el paraíso, lo recuperó en el Hijo. "La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor (...); luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra"”.

“«La tierra ha dado su fruto» (…). La frase nos hace pensar en un himno de acción de gracias dirigido al Creador por los dones de la tierra, signo de la bendición divina. Pero este elemento natural está íntimamente ligado al histórico: los frutos de la naturaleza son considerados como una ocasión para pedir repetidamente que Dios bendiga a su pueblo (Cf. versículos 2.7.8.), de modo que todas las naciones de la tierra se vuelvan a Israel, tratando de llegar a través de él al Dios salvador. La composición ofrece, por tanto, una perspectiva universal y misionera, tras las huellas de la promesa divina hecha a Abraham «Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Gn 12, 3; cf 18,18; 28,14).

La bendición divina pedida por Israel se manifiesta concretamente en la fertilidad de los campos y en la fecundidad, es decir, en el don de la vida. Por ello, el Salmo se abre con un versículo (cf. Salmo 66,2), que hace referencia a la famosa bendición sacerdotal del Libro de los Números: «El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Num 6,24-26). El eco del tema de la bendición resuena al final del Salmo, donde reaparecen los frutos de la tierra (vv. 7-8). Ahí aparece este tema universal que confiere a la espiritualidad de todo el himno una sorprendente amplitud de horizontes. Es una apertura que refleja la sensibilidad de un Israel que ya está dispuesto a confrontarse con todos los pueblos de la tierra. La composición del Salmo debe enmarcarse, quizá, tras la experiencia del exilio de Babilonia, cuando el pueblo comenzó a experimentar la Diáspora entre las naciones extranjeras y en nuevas regiones.

Gracias a la bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá experimentar «la vida» y «la salvación» del Señor (cf v. 3), es decir, su proyecto salvífico. A todas las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y gobierna a los pueblos y a las naciones de todas las partes de la tierra, guiando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz (cf v 5). Es el gran ideal hacia el que estamos orientados, es el anuncio más apremiante que surge del Salmo 66 y de muchas páginas proféticas (cf Is 2,1-5; 60,1-22; Jon 4,1-11; Sof 3,9-10; Mal 1,11). Esta será también la proclamación cristiana que delineará san Pablo al recordar que la salvación de todos los pueblos es el centro del «misterio», es decir, del designio salvífico divino: «los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Ef 3,6).

Ahora Israel puede pedir a Dios que todas las naciones participen en su alabanza; será un coro universal: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben», se repite en el Salmo (cf vv. 4.6). El auspicio del Salmo precede al acontecimiento descrito por la Carta a los Efesios, cuando parece hacer alusión al muro que en el templo de Jerusalén separaba a los judíos de los paganos: «En Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad... Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,13-14.19). Hay aquí un mensaje para nosotros: tenemos que abatir los muros de las divisiones, de la hostilidad y del odio, para que la familia de los hijos de Dios se vuelva a encontrar en armonía en la única mesa, para bendecir y alabar al Creador para los dones que él imparte a todos, sin distinción (cf Mt 5,43-48).

La tradición cristiana ha interpretado el Salmo 66 en clave cristológica y mariológica. Para los Padres de la Iglesia, «la tierra que ha dado su fruto» es la virgen María que da a luz a Jesucristo. De este modo, por ejemplo, san Gregorio Magno, en el «Comentario al primer Libro de los Reyes», glosa este versículo, comparándolo a otros muchos pasajes de la Escritura: «María es llamada y con razón "monte rico de frutos", pues de ella ha nacido un óptimo fruto, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria de su fecundidad, el profeta exclama: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará" (Is 11,1). David, al exultar por el fruto de este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado su fruto, porque aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: "El fruto de tu seno asentaré en tu trono" (Sal 131,11). De este modo, Isaías afirma: "el germen del Señor será magnífico" (Is 4,2). De hecho, aquel a quien la Virgen engendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios poderoso" (Isaías 9, 5)»”.

“Concluyamos con unas palabras de san Agustín en su comentario al Salmo. Identifica el fruto que ha germinado en la tierra con la novedad que se produce en los hombres gracias a la venida de Cristo, una novedad de conversión y un fruto de alabanza a Dios. En efecto, "la tierra estaba llena de espinas", explica. Pero "se ha acercado la mano del escardador, se ha acercado la voz de su majestad y de su misericordia; y la tierra ha comenzado a alabar. La tierra ya da su fruto". Ciertamente, no daría su fruto "si antes no hubiera sido regada" por la lluvia, "si no hubiera venido antes de lo alto la misericordia de Dios". Pero ya tenemos un fruto maduro en la Iglesia gracias a la predicación de los Apóstoles: "Al enviar luego la lluvia mediante sus nubes, es decir, mediante los Apóstoles, que anunciaron la verdad, "la tierra ha dado su fruto" con más abundancia; y esta mies ya ha llenado el mundo entero"”.

El salmo que se ha proclamado expresa el reconocimiento al Creador porque ha bendecido a la tierra con sus frutos, y llama a todos los pueblos a unirse en esta acción de gracias. Es un mensaje muy actual, pues implica superar odios y hostilidades para que todos los hombres puedan sentarse en la única mesa y alabar al Creador por tantos dones que nos ha hecho.

3. 1Co 4,7-15: El "tesoro" al que este pasaje alude es el conocimiento, la experiencia de Jesús resucitado (v. 6). Este es el incomparable don que llevamos en "vasijas de barro", expresión que puede hacer referencia a la debilidad personal del mismo Pablo (cf. 2 Co 12.7-10; Ga 4.14), o tal vez al propio cuerpo del hombre salido del barro según la tradición de Gn 2.7. La predicación de la fe se hace desde la limitación propia de ser hombre.

vv. 8-10: Toda esta serie de fuertes imágenes nos recuerdan las diversas peripecias de un combate de gladiadores. Pablo ha experimentado personalmente esta situación (cf. 1.8s; 11.24s) y sabe muy bien que sin la gracia de Jesús estaba abocado al fracaso final. La debilidad del que cree no es síntoma de fracaso, sino lugar de la manifestación de Dios. Si en la debilidad de Jesús se manifestó la gloria del Padre, en la poquedad del creyente aparecerá sin duda la verdad del mensaje.

vv. 11-12: Pablo insiste muchas veces en esta carta sobre las pruebas de su ministerio, contrapartida de su fecundidad (6.4; 11.23-33). Pero hay una pizca de ironía al presentar así las cosas. El Apóstol ridiculiza a esos que se predican a sí mismos (4.5) y se creen desde ahora en posesión de la salvación futura (5.10-13) (gnósticos?). Apropiarse de la gloria de Jesús es un camino cerrado que lleva al fracaso. Cuando el profeta se adueña de lo que predica está cometiendo el robo más imposible: apropiarse de Dios mismo. El camino a seguir es el contrario: Dios se manifiesta en "nuestra carne". Nuestro diario luchar es hoy el lugar de la manifestación de Dios.

vv. 13-14: El argumento para demostrar que esto no es una locura está puesto en el triunfo de los creyentes mismos (como en 1 Co 6,14-15). El profeta no se mueve continuamente en una paradoja, sino que tiene una fuerte seguridad: Dios le dará el triunfo. Pero queda claro, según Pablo, que sólo puede hablar el que ha llegado a creer. Una fe recia es la garantía de un apostolado fecundo (“Eucaristía 1978”).

"Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro". La verdad que se pronuncia desde una posición de fuerza se oscurece, resulta sospechosa y corre el riesgo de ser malentendida. Desde una posición de fuerza se puede vencer y negociar con el adversario, pero cuando se trata de convencer y de dar gratuitamente la verdad que hemos recibido, toda esa fuerza es debilidad. Por eso el evangelio sólo se puede ofrecer "en vasijas de barro", para que resplandezca en medio de nuestra debilidad. Si la Iglesia ha de anunciar el Evangelio a los pobres lo ha de hacer desde la pobreza y desde la libertad. Por lo tanto, no desde el poder sino en la distancia del poder político y económico. El evangelio sólo puede predicarse con credibilidad desde la cruz, que es donde aparece su verdad desnuda. Al celebrar hoy la fiesta de Santiago apóstol, y hay que deshacer el equívoco del otro Santiago. Ya es hora de apearnos del caballo del triunfalismo y de la intransigencia. Ya es hora de ofrecer el evangelio "en vasijas de barro", humildemente, generosamente, libérrimamente (“Eucaristía 1981”).

En su tarea apostólica Pablo ha sido fiel y la luz del evangelio resplandece en las diversas comunidades. Pero el apóstol no se apunta nada como propio; no cae en la tentación de tributar culto a su personalidad. La aptitud para el servicio del evangelio es don del Señor, tesoro que "llevamos en vasijas de barro". Esta es la gran paradoja de todo apóstol. Su vida está erizada de dificultades: odios, persecuciones, cansancio psicológico en el cumplimiento de su misión: pero el colapso nunca es total. Cuando la esperanza humana parece extinguirse, entonces brilla el actuar de Dios. La fuerza se realiza en la debilidad y el poder de Dios triunfa a pesar de nuestra inutilidad. El sufrimiento es una asociación a la muerte de Cristo; y así como toda vida lleva consigo un germen de vida. Por la muerte, Cristo pasa a la vida y esa vida actúa en los cristianos (v.s. 10-12). Asociado a la muerte de Cristo, el apóstol hace que a través de la muerte resplandezca la vida. Pero el apóstol es un ser humano que necesita de apoyos para proclamar el evangelio, sobre todo, cuando la dificultad es grande. “Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buascas más uqe una vida placentera, te has desviado del camino. (…) En la ciudad de los santos, solo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones” (Pseudo Macario). La imagen del Dios alfarero está siempre presente… y en medio de ese actuar –reciclaje divino que saca bien del mal que con nuestra libertad vamos a veces haciendo-… “lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios” (S. Josemaría Escrivá).

Y el gran apoyo es la fe en la resurrección (v.s. 13-14). Dios resucitó a Cristo de la muerte por un acto de su poder. Pablo tiene la seguridad de que Dios le resucitará también a El del sepulcro del dolor humano. Debilidad humana y necesidad absoluta de la fe para realizar la misión de apóstol. Gran enseñanza para todo el que estime su misión. Ni la dificultad lo amedrentará ni se regodeará en culto alguno a la personalidad (Dabar 1978).

Pablo nos ofrece aquí una teología sobre el servicio o ministerio de la palabra. Es un apóstol que habla desde su propia experiencia, desde una vida íntimamente relacionada con Cristo y consagrada por entero a predicar a Cristo entre todos los pueblos. Pablo entiende que su ministerio apostólico es una participación en la muerte y en la resurrección de Jesucristo (cf. Rom 8,17-20 y 35-39; 1 Cor 4,9-13; 15,30s; 2 Cor 1,4-11; 11,23-33; Ef 3,13; Flp 1,17-22; etc.). Si en la muerte de Jesús triunfa la fuerza vivificante del Espíritu Santo, también triunfa la extraordinaria fuerza de Dios en medio de la debilidad de quienes anuncian el evangelio. Pues el "evangelio es fuerza de Dios para salvar a los creyentes" (Rm 1,16). Que esta fuerza es de Dios y no de los hombres se ve con claridad precisamente al considerar las mùltiples debilidades de quienes anuncian el evangelio. Porque los apóstoles son como "vasijas de barro" (alusión a la formación del primer hombre: Gn 2,7) en las que se guarda un tesoro. Aquí se escucha la crítica de Pablo a cuantos se vanagloriaban de su oratoria y sabiduría humana, pues no son estas dotes naturales el estuche conveniente y la forma necesaria para presentar el evangelio. Lo que le va al evangelio, como fuerza de Dios, es todo lo contrario: no la fuerza y la sabiduría humana, sino la "debilidad" y la "necedad" de la cruz de Cristo (1 Cor 1,17-31: “Eucaristía 1990”).

El pensamiento de que el ministerio apostólico es un servicio a los hermanos nace, en san Pablo, de una profunda reflexión en el misterio personal del propio Jesús. El antiguo himno, que canta el anonadamiento y la exaltación de Cristo y que se reproduce en la carta a los Filipenses (2,5-11), nos puede servir de pauta interpretativa de este fragmento (pues también allí se insiste en las exigencias de unidad entre los cristianos). El himno contempla la actitud voluntaria de Cristo en aquel momento, que nosotros reconocemos como el punto capital de la historia de salvación y punto de referencia constante para la Iglesia de todos los tiempos. Desde el comienzo, el himno muestra la condición divina de Jesucristo, destacando el hecho de que esta realidad suya personal no es para él un obstáculo para entregarse, con espíritu de total obediencia al Padre, a la obra de salvación: al encarnarse se convierte en esclavo como todos nosotros, y su anonadamiento culmina con su muerte en cruz. A partir de este momento se narra la obra de Dios en Cristo: al resucitarlo, queda proclamado como Señor del universo. Y termina: todo eso «para gloria de Dios Padre». En otras cartas se llama Pablo con frecuencia siervo o esclavo de Cristo (Rom 1,10; Flm 1,1; Tit 1,1). Aquí, en cambio, se califica de siervo de los consagrados. Esta autodenominación la entiende el Apóstol a la luz de la manifestación de la gloria de Dios en la persona de Cristo: por el anonadamiento a la glorificación. La perícopa de hoy podríamos decir que historifica la kénosis del siervo que asume la responsabilidad del ministerio. Evidentemente, Pablo no puede hablar de su muerte. Pero cuando usa la expresión «peligro de muerte» hace una referencia explícita al misterio pascual de Cristo, misterio que queda reflejado en su vida (10), y que obra, por medio de él, la salvación en los creyentes (12). Así como la muerte de Cristo sólo tiene sentido por la resurrección, así también el «peligro de muerte» del siervo cobra su sentido por la «fe en la resurrección», una resurrección operante ya desde ahora, y que va transformando la existencia del Apóstol y de todos los que siguen a Jesús. Y todo eso, también, «para gloria de Dios» (A. R. Sastre).

El presente texto de Pablo, de la segunda carta a los cristianos de Corinto, leído en la celebración de Santiago mártir, ilumina el sentido de la gesta gloriosa de aquellos que han dado la vida por su fe en Cristo y han sido llevados a la muerte "por causa de Jesús" (4,11). El mártir es un hombre que no se dejó enredar en la red falaz de las cosas temporales, visibles, de las apariencias, sino que su mirada ha permanecido fija más allá, hacia las cosas "invisibles" y «eternas» (8). Y hasta en las cosas visibles y temporales y, por tanto, caducas han llegado a contar las mismas vejaciones a que estuvieron sometidos, las persecuciones, los abatimientos y hasta la misma muerte. No se acobardaron ante el desmoronamiento y ruina de su «hombre exterior», aquel que tanto ellos mismos como los otros veían. De hecho, por dentro los animaba la esperanza cierta de que tal desmoronamiento llevaba consigo, en cambio, la renovación del otro hombre, «el interior», el que Dios creaba continuamente en ellos. “¿Y de qué manera? Por la fe, por la esperanza, por la caridad ardiente. Por tanto hemos de ver los peligros ocn mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, más esplendor y brillo sacará de allí, como el otro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido” (S. Juan Crisóstomo).

El hombre esperado y que luchaba en ellos de forma violenta por manifestarse. «Nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que les sobrepasa desmesuradamente» (17). El drama, por así decirlo, del mártir radica en el hecho de ver y darse cuenta de que ésta no es ni la auténtica ni la verdadera vida. El anhelo de esa vida estalla en ellos como un gemido, como un deseo que Dios mismo hace nacer en las profundidades de donde brota su existencia, para que su condición mortal sea absorbida finalmente por la Vida, con mayúscula. Han pasado por el mundo como extraños y peregrinos, sin echar raíces, en tránsito por una tierra que no es su patria, viviendo, pero no como persona saciada y satisfecha, sino sumergido en la agridulce embriaguez de la añoranza de quien se siente forzado a vivir lejos de lo que más quiere. Contentos, sí, pero deseando siempre «el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señor» (5,8: M. Gallart).

4. Mt 20,20-28: Este texto sobre el servicio cristiano hay que ponerlo en relación con los vv. 17/19 que anuncian el mayor servicio de Jesús, el de su propia muerte. La madre de los hijos del Zebedeo aspira no sólo a un mejor puesto para sus hijos, sino a lo máximo, al todo del reino. La aspiración a lo más alto es algo grabado en el corazón del hombre. Jesús no anulará esta aspiración sino que le dará un nuevo giro, aunque la ambición esté, por supuesto, descartada del reino. Como en otras ocasiones Jesús calma el ardor de sus discípulos sin humillarlos. Pero los apóstoles no podían imaginar ni la magnitud ni el verdadero significado de este cáliz (Jesús usa el lenguaje litúrgico sacrificial, que evoca el Siervo sufriente de Isaías 52,13-53,12 que llega hasta el ofrecimiento de su vida). Solamente la gloria de Jesús, la experiencia de la cruz vencida, pudo dar a las primeras generaciones de cristianos la fuerza necesaria para enfrentarse a la muerte por ser creyentes. Sólo Dios decide los asientos en el Reino. Solamente él asocia a quien quiere a su autoridad de juez escatológico, y ni siquiera el martirio da derecho a ninguno de ellos. Si el que se dice creyente "exige" a Dios una recompensa por su adhesión, no ha entendido que el único camino para "llegar arriba" en el reino de Jesús será sobre todo el ponerse al servicio de los demás. Un día el invitado a seguirle fue Santiago, hijo de Salomé, una de las mujeres que servían a Jesús con sus bienes y que estuvo presente en el Calvario, y hermano de Juan. El Apóstol conocía ya al Señor antes de que éste le llamara definitivamente, y gozó de una particular predilección, junto a Pedro y a su hermano: estuvo presente en la glorificación del Tabor, presenció el milagro de la resurrección de la hija de Jairo y fue uno de los tres que el Maestro tomó consigo para que le acompañaran en Getsemaní en el comienzo de la Pasión. Por su celo impetuoso, el Señor dio a estos dos hermanos el sobrenombre de Boanerges, los hijos del trueno.

Desde que Santiago manifestó sus ambiciones, no del todo nobles, hasta su martirio hay un largo proceso interior. Su mismo celo, dirigido contra aquellos samaritanos que no quisieron recibir a Jesús porque daba la impresión de ir a Jerusalén, se transformará más tarde en afán de almas. Poco a poco, conservando su propia personalidad, fue aprendiendo que el celo por las cosas de Dios no puede ser áspero y violento, y que la única ambición que vale la pena es la gloria de Dios. Cuenta Clemente de Alejandría que cuando el Apóstol era llevado al tribunal donde iba a ser juzgado fue tal su entereza que su acusador se acercó a él para pedirle perdón. Santiago... lo pensó. Después lo abrazó diciendo: "la paz sea contigo"; y recibieron los dos la palma del martirio. En el diálogo hay una pedagogía divina: "Fijémonos -escribe San Juan Crisóstomo- en cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: "¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?", sino que sus palabras son: ¿Podéis beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo tengo que beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su Pasión le da el nombre de bautismo, para significar con ello que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo". Y «Santiago vivió poco tiempo, pues ya en un principio le movía un gran ardor: despreció todas las cosas humanas y ascendió a una cima tan inefable que murió inmediatamente» (San Juan Crisóstomo).

La segunda parte de la escena se centra sobre el grupo de los demás apóstoles. Jesús no critica directamente los poderes terrenos, sino que enseña a sus amigos que no es un modelo al que se pueda equiparar el Reino. Más aún, el verdadero medio de que disponen los miembros de la comunidad mesiánica para llegar a la "grandeza" del Reino es el servicio. El sentimiento y deseo de superioridad que anida en el corazón de todo hombre tiene un cauce de expresión en la dinámica del reino: el servicio. Todo lo contrario a lo que cabría esperar. Sólo mirando al servicio total de Jesús en su muerte es posible entender estas palabras sin pensar que se trata de no sé qué ironía.

v. 28: Este verso viene a ser la clave del servicio cristiano. Jesús es el siervo que ha sufrido por muchos (cf. Is 53. 11-12). Así ha realizado el servicio fundamental: el haber dado comienzo para los hombres al tiempo de salvación. Si el Hijo del hombre no se arroga el poder de dar los puestos en la gloria (v. 23) siendo, como es, el servidor por excelencia mediante su muerte, la ambición religiosa es lo más opuesto al evangelio. Solamente una iglesia servidora es una iglesia creyente (“Eucaristía 1978”).

Salomé, acompañada de sus hijos Santiago y Juan, pide los mejores puestos para ellos en el reino de los cielos, pero Jesús habla no de conceder honores, sino salvar a los hombres con un amor que no se detiene ante la muerte y muerte de cruz. El que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, sabrá resucitar y premiar en su día a los que ahora siguen los pasos de Jesús. El disgusto de los otros discípulos al descubrir la ambición de sus compañeros, Juan y Santiago, ofrece una buena ocasión al Maestro para enseñar a todos una gran lección. Jesús les recuerda cómo se comportan en el mundo los que dominan sobre los pueblos, y les advierte para que no suceda entre ellos lo mismo. Pues si él no ha venido a este mundo para ser servido, sino para servir, sus discípulos no deben aspirar a otra cosa que al servicio amoroso a todos sus hermanos (“Eucaristía 1990”). Podríamos resumir el evangelio de hoy con este pensamiento: el modelo del Reino, y por tanto de los que lo predican, no será el del poder político, sino el del servicio tal como Jesús lo entiende y lo realiza en su vida. La petición que la madre de Santiago y Juan hace para sus hijos viene inmediatamente después del tercer anuncio de la pasión: no han comprendido cuál es la pretensión de Jesús ni cómo se va a realizar; pero el hecho de pedir que los dos estén estrechamente asociados al poder de Jesús ("sentarse a la derecha y a la izquierda") indica que le tienen confianza e incluso que le reconocen como Mesías. Esta pretensión va totalmente desencaminada. Solamente el Padre sabe quiénes van a ocupar los primeros lugares en el Reino, y ni el martirio da derecho a esas aspiraciones. El discípulo no tiene que preocuparse de esto, sino de "beber el cáliz" de Jesús, es decir, estar en comunión con su mismo destino: en este contexto beber el cáliz hace referencia a las palabras inmediatamente anteriores de Jesús sobre su subida a Jerusalén y su crucifixión (cf. 20, 18-19). La indignación de los otros diez se debe más a la envidia, al oír esta petición, que al hecho de que hayan comprendido "los secretos del Reino". Las normas que rigen en la comunidad mesiánica rompen con toda la ideología dominante en el mundo que la rodea especialmente con el modo de ejercer el poder en el mundo pagano ("los pueblos" o "las naciones"): su característica dominante es el absolutismo. Los que forman la comunidad mesiánica no deben asemejarse al modelo pagano; el modelo que Jesús propone es el del "servidor" (diakonos) y "esclavo" de los demás. La novedad de este modelo es el servicio a los demás: para los judíos era un honor llamarse servidores de Dios, pero no de los hombres. Este servicio que Jesús propone tiene un modelo muy claro: Él mismo. Con sus últimas palabras corrige una concepción errónea que podía tenerse sobre su persona y al mismo tiempo se presenta como tipo del Siervo. Eso se hace en primer lugar con una frase negativa: "no ha venido para... ", y luego con otra positiva: "sino para dar su vida...", indicando que él será el verdadero Siervo de Yahvé y que su muerte tendrá el sentido de ser para todos los hombres una liberación ("rescate") para llevar una nueva vida (Josep Roca).

Mientras que Mc 10, 33-45 hace intervenir a Santiago y a Juan en persona, Mateo se limita a poner en escena a su madre, sin duda para no debilitar la reputación de los apóstoles...; es este un procedimiento corriente en él. Es igualmente seguro que la petición de estar sentados a la derecha y a la izquierda del Señor en su reino (v. 21) no se refiere a la recompensa eterna, sino a una función de judicatura. Mateo acaba de recordar la promesa hecha por Jesús a sus apóstoles de que se sentarán sobre tronos para juzgar a las tribus de Israel (Mt 19, 28) como asesores del Juez soberano (Mt 25, 31). En este momento de su vida pública Jesús y los apóstoles tienen conciencia de que será mucho más que un Mesías: el Hijo del hombre mismo al que Dios ha de confiar el juicio y la condenación de los paganos (Dan 7, 9-27). Ahora bien: la profecía de Daniel (Dan 7, 9-10) describe a ese Hijo del hombre rodeado de un tribunal sentado sobre tronos. Los apóstoles debieron de comprender muy pronto que ellos constituirán ese tribunal, y la petición de Santiago y de Juan lo confirma. Han comprendido que Jesús será entregado a los paganos (Mt 20, 19) y se imaginan que el juicio realizado por el Hijo del hombre castigará a estos por su crimen. Esperan verse asociados a esa revancha divina.

Ya se imagina la purificación que Jesús se ve obligado a hacer experimentar a tales imaginaciones. Comienza por hacer observar que el acceso a los tronos del juicio pasa por el sufrimiento: beber un cáliz y sumergirse en las pruebas (v. 22). Añade después que, de todas maneras, sólo Dios fija la hora del juicio y la composición del tribunal (v. 23). Así, las funciones ejercidas en los últimos tiempos dependen tan sólo de la elección divina y están, en todo caso, marcadas por el misterio pascual.

En el diálogo con la mujer de Zebedeo, Cristo presenta su pasión bajo el simbolismo de la copa. En el Antiguo Testamento, la copa designa el juicio de Dios sobre los pecadores (Jer 25, 15-17; 49, 12; 51, 7; Ez 23, 32-34; Sal 74/75 9; Is 51, 17-22): esta copa debe ser bebida hasta las heces (Jer 25, 28; Ez 23, 31-34) Ahora bien: la copa tiene también valor sacrificial (Nm 4, 14; 7, 23; 19, 25; Zac 9, 15). De ahí se desprende que Jesús piensa sufrir el juicio de los pecadores y piensa hacerlo de manera sacrificial (cf. Is 53, 10). Aislado, rechazado por el mundo, tiene, sin embargo, el propósito de morir por este mundo y de levantar así, con su muerte sacrificial, la hipoteca que la incredulidad hace que pese sobre la humanidad, impidiendo reconocer la voluntad de Dios.

Beber en la copa es una misión reservada a uno solo: el Siervo paciente, el Redentor. Nunca podrán los discípulos coincidir con Jesús en esa misión única e incomunicable. En este sentido la pregunta formulada en el v. 22b recibe una respuesta negativa: los discípulos no serán nunca el siervo paciente, no podrán aspirar al título de salvador como Jesús. Y, sin embargo, en un segundo plano sí podrán ser asociados a esa misión. Beberán, efectivamente, la copa del sufrimiento, así como la copa sacramental, mediante la cual el cristiano se asocia a la pasión y a la resurrección de Jesús.

Lo que Jesús acaba de decir a Santiago y a Juan lo generaliza después pensando en los otros diez y apoyándose en el tema del servicio (vv. 24-28). Jesús desvela la conciencia que tiene de su misión: es Mesías e Hijo del hombre, pero también es el Siervo paciente que se inmola por la multitud (v. 28); cf. Is 53, 11-12). Consciente de su misión de jefe y de la proximidad de su muerte, que le impedirá ejercer esa misión, Jesús pone su confianza en Dios y descubre que no será jefe hasta después de haber servido como el Siervo de Yahvé.

Pero Jesús exige que sus apóstoles sigan la misma evolución psicológica: si ha descubierto su vocación de Siervo paciente, es preciso, igualmente, que los apóstoles descubran el sentido del servicio (vv. 26-28).

Este Evangelio enfoca, pues, la pasión de Jesús y su resurrección pensando en su repercusión sobre la vida cristiana misma: "hay" que beber el cáliz para poder sentarse sobre los tronos, hacerse bautizar en la prueba para juzgar la tierra, servir para ser jefe. El sufrimiento entra con pleno derecho en la vida del discípulo, y no sólo ese sufrimiento accidental, moral y físico, que forma parte de la condición humana, sino también el sufrimiento característico de la repulsión y del abandono que ha conducido a Jesús a la cruz.

El aislamiento del cristiano actual en un mundo secularizado y ateo es quizá un preámbulo a esa repulsión y una razón también para llevar la cruz con Jesús en la celebración y la Eucaristía (Maertens-Frisque).

San Agustín comenta que no fueron los dos hermanos reprendidos en su deseo, pero sí encaminados hacia un orden: “Dos discípulos de nuestro Señor, los santos y magníficos hermanos Juan y Santiago, según leemos en el evangelio, desearon que el Señor les concediese el sentarse en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. No anhelaron ser reyes de la tierra, no desearon que les otorgase honores perecederos, ni que los colmase de riquezas; no desearon verse rodeados de numerosa familia, ni ser respetados por súbditos, ni ser halagados por aduladores; sino que pidieron algo grande y estable: ocupar unos asientos imperecederos en el reino de Dios. ¡Gran cosa era la que desearon! No fueron reprendidos en su deseo, pero sí encaminados hacia un orden. El Señor vio en ellos un deseo de grandeza y se dignó enseñarles el camino de la humildad, como diciéndoles: «Daos cuenta de lo que apetecéis, daos cuenta de que yo estoy con vosotros; y yo, que os hice y descendí hasta vosotros, llegué hasta humillarme por vosotros». Estas palabras que os narro, no aparecen en el evangelio; sin embargo expreso el sentido de lo que en él se lee. Os invito ahora a leer las palabras exactas que allí se hallan, para que veáis de dónde han salido las que os he dicho. Una vez que el Señor escuchó la petición de los hermanos, les dijo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). Vosotros deseáis sentaros a mi lado, pero debéis contestarme antes a lo que os pregunto: ¿Podéis beber el cáliz qué yo he de beber? ¿No os resulta amargo el cáliz de la humildad, a vosotros que buscáis los puestos de grandeza?

Donde se impone un precepto duro, hay siempre un gran consuelo. Los hombres se niegan a beber el cáliz de la pasión, el cáliz de la humillación. ¿Anhelan las cosas sublimes? Amen ante todo las humildes. Partiendo de lo humilde se llega a lo sublime. Nadie construye un edificio elevado, si no ha puesto bien los cimientos. ¡Hermanos míos! Considerad tranquilamente estas cosas; instruíos y afianzaos en la fe para que veáis el camino que debéis recorrer hasta alcanzar lo que deseáis. Conozco y sé sobradamente que ninguno de vosotros rechaza la inmortalidad, la eterna sublimidad, así como el llegar a conseguir la compañía de Dios. Todas lo deseamos.

Veamos, pues, por dónde hemos de llegar hasta ellas, ya que amamos el lugar a donde nos encaminamos. Dije, pues: el que ha de edificar una casa de heno, temporal, no se preocupa de cavar un cimiento firme. Si, por el contrario, desea levantar un gran edificio, de gran consistencia y larga duración, ante todo pone su mirada y atención en los cimientos que ha de cavar y no a la altura que ha de alcanzar; y cuanto más elevada haya de ser la cúspide del edificio, tanto más profundas han de ser las zanjas de los cimientos. ¿Quién no quiere ver sus mieses altas? Antes de conseguirlas, debe remover la tierra profundamente para echar la simiente. El que ara surca las profundidades de la tierra. El que ara profundiza el surco para que crezca la mies. Cuanto más altos y más esbeltos son los árboles, tanto más profundas tienen las raíces, porque toda altura procede de la profundidad.

¡Oh hombre! Tú tenías miedo a soportar las afrentas de la humillación. Te conviene beber el cáliz amargo de la pasión. Tus vísceras están irritadas, tienes inflamadas las entrañas. Bebe la amargura para conseguir la salud. La bebió el médico sano, y ¿no la quiere beber el enfermo debilitado? El Señor dijo a los hijos de Zebedeo: «¿Podéis beber el cáliz? No les dijo: ¿Podéis beber el cáliz de las afrentas, el cáliz de la hiel, el cáliz del vinagre, el cáliz amarguísimo, el cáliz repleto de ponzoña, el cáliz de toda clase de dolores?». De haberles dicho eso, los hubiera atemorizado en vez de animarlos. Donde hay participación hay también consuelo. ¿Por qué desdeñas ese cáliz, ¡oh siervo!? El Señor lo bebió. ¿Por qué lo desdeñas, ¡oh hombre débil!? El sano lo bebió. ¿Por qué lo desdeñas, oh enfermo? El médico lo bebió. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?

En aquel momento, ellos ávidos de grandeza, ignorando sus fuerzas y prometiendo lo que todavía no tenían, responden: Podemos. El Señor les replica: Beberéis ciertamente mi cáliz, ya que yo os concedo el que lo bebáis, ya que os convertiré de débiles en fuertes, os concedo la gracia de padecer para que bebáis el cáliz de la humildad; pero no está en mi poder el sentaros a mi derecha o a mi izquierda, pues mi Padre lo ha dispuesto para otros (Mt 20,23). Si no se les concede a ellos, ¿a quiénes otros se les concede? Si los apóstoles no lo merecen, ¿quién lo merece?... ¿Para quiénes otros, ¡oh Señor!? Si no lo recibió Juan que descansó sobre el pecho del Señor; si no lo recibió el que traspasó el mar, el aire, el cielo y llegó hasta la Palabra (Jn 1,1); el que traspasó tantas cosas y consiguió llegar hasta ti, en cuanto eres igual al Padre; si no recibió lo que pidió, ¿quién lo recibirá? El Señor es consciente de lo que había dicho: Está dispuesto para otros. ¿Para qué otros? Para los humildes, no para los soberbios; luego será también para vosotros, si os hacéis como esos otros, si deponéis la soberbia y os vestís de humildad”.

El orante puede recordar la llamada de Cristo a Santiago, junto al mar de Galilea. La respuesta del apóstol fue inmediata. La oración también es llamada. Cada uno debe responder a Jesús con toda diligencia. Santiago aceptó beber el cáliz del Señor. En efecto, tuvo que aprender a servir, a vivir desprendido de sí mismo, hasta dar la vida por su fe. Que el recuerdo de la sangre derramada de Santiago sea fruto de nuevos cristianos. Y realidad que dinamice el sentido testimonial de quienes nos profesamos discípulos de Jesús.

En la década que va desde la primera predicación hasta la muerte martirial de Santiago, según una piadosa tradición de los pueblos de España, el Apóstol se desplazó a la península ibérica como primer anunciador del evangelio. Él y sus discípulos plantaron las primeras Iglesias en las provincias de Celtiberia ya romanizadas. Dentro de esa misma tradición, con leves soportes documentales, pero con honda belleza y ternura, se nos muestra al Apóstol cansado y exhausto, junto a la orilla del Ebro, al pie de un pequeño pedestal de piedra, donde acude la Virgen María, todavía viviente en este mundo, para darle ánimos al pobre Santiago y nuevos impulsos a su empeño evangelizador. Tradiciones de corte parecido y de origen tardío se dan en otras naciones de la Europa cristiana y con distintos Apóstoles de Jesús, fenómeno muy común en los siglos comprendidos entre la invasión de los Bárbaros y la baja Edad Media. En nuestro caso esos relatos se revisten con datos históricos de probada autenticidad, como son en su conjunto la presencia del cristianismo en la Hispania romana y la plétora posterior de mártires, santos padres, monasterios y santuarios, desde el siglo III hasta la Iglesia visigótica. Sin unas raíces tan recias, tan extendidas, tan profundas, el árbol frondoso de la fe de España, abatido brutalmente durante más de siete siglos de dominio musulmán, no habría podido resistir a tan tremendos desafíos.

Compostela se convirtió en peregrinación de gran importancia en la cristiandad, los Años jubilares desde las postrimerías del siglo XII hasta hoy hacen que Compostela, con Jerusalén y Roma constituirán los puntos focales de la cristiandad medieval, con claras ventajas para la primera por su accesibilidad viaria, el valor espiritual de sus perdonanzas, la literatura circulante de sus peregrinos más famosos. En Centro-Europa se llegará a llamar a España el Jacobland, el país de Santiago. Peregrinar a su sepulcro será una llamada de conversión y purificación con fuerza singular. Fluyen los peregrinos de Inglaterra y de Dinamarca, de Flandes, de Italia y arrolladoramente de Francia. Compostela hará méritos, en el segundo milenio cristiano, para ser considerada como uno de los ejes espirituales más profundos de la Europa de ayer y de hoy (Antonio Montero).

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