viernes, 15 de julio de 2011

NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN



Sábado de la 15ª semana de Tiempo Ordinario: el Señor de la historia nos conduce hacia la liberación por su Primogénito, Jesús, que nos salva en su Sangre redentora

Lectura del libro del Éxodo 12, 37-42. En aquellos días, los israelitas marcharon de Ramsés hacia Sucot: eran seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños; y les seguía una multitud inmensa, con ovejas y vacas y enorme cantidad de ganado. Cocieron la masa que habían sacado de Egipto, haciendo hogazas de pan ázimo, pues no había fermentado, porque los egipcios los echaban y no los dejaban detenerse; y tampoco se llevaron provisiones. La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto las legiones del Señor. Noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones.

Salmo 135,1.23-24.10-12.13-15. R. Porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno: R.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros: R.

Y nos libró de nuestros opresores: R.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos: R.

Y sacó a Israel de aquel país: R.

Con mano poderosa, con brazo extendido: R.

Él dividió en dos partes el mar Rojo: R.

Y condujo por en medio a Israel: R.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón: R.

Evangelio según san Mateo 12,14-21. En aquel tiempo, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones.»

Comentario: 1.- Ex 12,37-42: -Los hijos de Israel partieron de Ramsés hacia Sukkot unos seiscientos mil hombres sin contar los niños. Este es un relato «épico», en él se exageran algunos detalles. Los sacerdotes que pusieron por escrito el relato de ese acontecimiento, algunos siglos después, aumentaron el número de israelitas para que se levantara el ánimo de los judíos que entonces no eran más que un «pequeño resto». En los textos del Concilio también se define a la Iglesia como «un pueblo inmenso»... y, a la vez, como un «pequeño rebaño»... Porque el pueblo de Dios, a menudo minoritario de hecho está destinado de derecho a abrirse a la multitud. Ruego por la Iglesia y por la inmensa masa de hombres que espera la revelación de Jesucristo. -Salió también con ellos una abigarrada muchedumbre. Muchos textos subrayan esa diversidad racial, esa especie de universalidad, en la partida del pueblo de Dios. Se trata de un conjunto heteróclito (Dt 29,10; Josué 8,35; Lv 24,10): extranjeros, egipcios, víctimas quizá también de la dictadura del Faraón, que aprovecharon la ocasión para evadirse de Egipto. Jesús dirá que el Reino de Dios es como una red que «recoge peces buenos y menos buenos» (Mt 13,47). ¿Admito la «diversidad en la Iglesia o prefiero encerrarme en la seguridad de pequeños clubs de gente que piensa como yo? ¿Qué pienso sobre el «pluralismo» político de los cristianos? ¿Soy capaz de dialogar con personas diversas de mí? Se forjará la unidad de Israel, pero será en el desierto y en la fe a partir de esa muchedumbre diversa y abigarrada que huye de la esclavitud. -De la masa que habían sacado de Egipto cocieron tortas sin levadura porque no pudieron entretenerse preparando provisiones. Se vuelve a poner de relieve la prisa de la partida con ese tema del «pan sin levadura», porque no había tiempo para que fermentase. ¡Partir! Abandonar algún confort material para adquirir la libertad espiritual. «¡Deja tu país!», decía ya Dios a Abraham» (Gn 12,1). Caigamos en la cuenta de que, a pesar de las dificultades, los hebreos en Egipto disfrutaban de ciertas ventajas materiales -en el desierto echarán en falta las «carnes grasas y las ollas llenas» (Ex 16,3). Partir sin «provisiones», comer «pan sin levadura» es signo de desasimiento, de disponibilidad total a la llamada de Dios, de una voluntad de renunciación personal. «Abandonando allá sus redes, le siguieron» (Lc 5,l l; Mt 4,20; Mc 1,18). HOY todavía nuestras eucaristías son panes ácimos. ¿Es solamente un recuerdo formal, o es un signo? ¿Somos un pueblo siempre dispuesto a partir a la primera llamada? -Esta noche que fue de "guardia" para el Señor, para sacarlos de Egipto, ha de ser también una noche de "guardia" para todos los hijos de Israel... Sí, la celebración de la Pascua era una fiesta nocturna, una «velada». HOY también, nuestra «vigilia pascual» es la cumbre litúrgica del año y el más hermoso oficio de Pascua. ¿Sabemos darle esta plenitud de sentido? Dios se preocupó de hacer «guardia", de estar en «vela» por nosotros, como una madre que pasa la noche junto a la cama del hijo enfermo, como un soldado que monta la guardia en las avanzadillas, frente al peligro. Jesús nos pedirá también "velar". Nos dará el ejemplo de sus noches en oración (Lc 6,12), y velará por nosotros, trágicamente, su última noche terrestre, la de Getsemaní. Dios no cesa de "velar" por mí. Y yo ¿qué tiempo de vigilia y de atención le dedico? (Noel Quesson).

A unos siglos de distancia de los hechos del éxodo, el autor bíblico nos presenta la realidad histórica como una visión de gesta heroica, en la que todo adquiere un sentido trascendente de cara a la posteridad y de cara también a ayudar al pueblo de su tiempo a descubrir la acción de Dios en la historia nacional. Por eso, en estas narraciones del libro del éxodo, el protagonista principal es Yahvé y simultáneamente el pueblo de Israel. No se trata de dos protagonistas, sino de uno solo: Yahvé, que actúa desde dentro y a través del pueblo oprimido. Igualmente, los hechos del éxodo son vistos desde un punto de partida que da valor y sentido nuevo a toda una serie de instituciones culturales y religiosas del pueblo de Israel. La salida de los israelitas de Egipto se nos presenta en forma multitudinaria. El poder de la opresión ha sido destruido por la acción poderosa de Dios a favor del pueblo, y éste ha salido (v 37). «El pueblo» no son solamente los descendientes de los patriarcas, sino también "una turba inmensa" (38). La salvación de Dios no se dirige sólo a un pequeño grupo de privilegiados, sino que tiene dimensiones universalistas: todos los que sufren la opresión de los poderosos. El redactor final del texto ha querido añadir una pincelada de gran ternura a la pintura que sobre el hecho del éxodo le ha legado la tradición. El v 42, seguramente una adición, nos presenta a Yahvé como un padre atareado en una labor importante y delicada, que exige responsabilidad de ejecución y esfuerzo constante. En otras palabras: el autor nos dice que Dios veló toda la noche, ya que estuvo alerta sobre la marcha de los acontecimientos para que nada fallase y todo llegase a un éxito total. Es una manera muy humana de hablar de Dios y resulta pedagógicamente muy apta para expresar lo que se quiere decir: todo ha sido obra de Yahvé, que se ha acreditado a los ojos de todos para ganarse nuestra confianza. El ejemplo de Dios, que vela al comienzo de la «nueva creación» en la obra del éxodo, ha de ser imitado siempre por los hijos de Israel, lo mismo que es respetado «el reposo» de Yahvé después de la creación del mundo.

La ley de los primogénitos se contempla también a través de la explicación catequética de 13,11-16. Aparece aquí la dimensión «sacramental» del rito del rescate del hijo primogénito. La familia revive el misterio pascual en la fuente misma de su perpetuación: mientras el orgullo opresor era aplastado -sencillamente, borrado- en el núcleo mismo de la perpetuación -el heredero-, los que habían sido destinados a desaparecer son liberados y proyectados a la historia futura del pueblo (8s) por Yahvé, que no sólo ha salvado a «aquellos» oprimidos, sino a «todo» el pueblo, a todos los que caminan hacia la libertad a través de la historia (J. M. Aragonés).

Estos fragmentos del Éxodo nos piden hoy una lectura cristiana. Hay tres niveles en la acción de los padres de Jesús al llevarle al templo «para cumplir lo que prescribe la ley sobre él» (Lc 2,27). En primer lugar, la diligencia de unos israelitas piadosos, fieles cumplidores de lo que prescribe la ley. Es el presente inmediato: agradar a Dios, identificando la propia voluntad con la de él. Después, el recuerdo de lo que Yahvé había hecho cuando sacó a los padres de la servidumbre de Egipto (Lc 2,22.24; Ex 13,11-16). Es el pasado que revive en los signos y se hace actual como una lección de la permanencia del Señor en medio de su pueblo. Existe un tercer nivel, el más importante. Es el que nos sitúa en el "ahora" eterno de Dios: lo mismo que antaño, también ahora y siempre, Dios salva a los débiles. Es aquí donde el nombre de Jesús aparece con toda su fuerza, iluminando la lectura cristiana de nuestro texto. Para Israel la mortandad de los egipcios, estilizada épicamente, no tendría ningún sentido especial si no estuviese unida al nacimiento del pueblo. Así ha visto cómo el orgullo de los opresores es abatido en la misma realidad que ellos perseguían e intentaban conseguir: matar a los primogénitos de los hebreos, acabar con su especie (Ex 1,16-22). Y Yahvé saca la salvación de esta misma injusta opresión. Ahora les devuelve las tornas. En la fuente misma de la vida, Yahvé juzga a los opresores y a los oprimidos. Mientras aquéllos -la raza de los tiranos- desaparecen, éstos -el linaje de los oprimidos, ahora liberados- nacen a la libertad. Es la catequesis que el redactor deuteronomista del texto explica a los israelitas de su época (vv 14-16). La historia continúa. No es un punto más o menos ligado a otros. Es un sentido de marcha, un itinerario, un éxodo en definitiva. La opresión -el pecado- va haciendo su andadura. La salvación -la liberación por Yahvé- hace también acto de presencia en esta marcha hasta llegar a la plenitud de los tiempos. Ahora Dios mismo es el Hijo del hombre. Hijo del pueblo y del mundo de los oprimidos. El es el primogénito: de Dios y de la humanidad. Como primogénito de los hombres se somete humildemente al rito del rescate. Como primogénito-unigénito de Dios, él mismo es el rescate auténtico que hace brotar la salvación en el interior de la familia humana. Los tres niveles se juntan. La humanidad redimida entra en el ahora eterno de Dios. Aquello que se realizó antiguamente en acción profética, lo que después prosiguió en el signo, ahora se consuma en la plena realidad de la acción de Cristo. El es la puerta, el altar y la víctima. Los primogénitos de la opresión quedan sepultados allá, en la oscuridad del tiempo y de la historia. La legión de los oprimidos -incluso los oprimidos por el propio pecado- son redimidos por quien es la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre. Jesús se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso el Señor lo ha exaltado. Y con él, el primogénito, todos los hermanos que por él hemos pasado de la muerte a la vida (J.M. Aragonés).

2. El relato de la salida de los israelitas de Egipto es muy breve. Será mucho más detenido el episodio del Mar Rojo. Los números que se citan aquí son, ciertamente, exagerados, para poner aún más de relieve el poder de Dios que los liberó de la esclavitud. Con el tiempo, los relatos referentes a los orígenes de un pueblo se van adornando de detalles más épicos. Así se subraya más la intervención prodigiosa de Dios. Además de los mismos judíos, se dice que otros muchos -extranjeros, o emigrantes, o incluso egipcios descontentos de la situación- les acompañaron en la salida. Fue noche de vela para Dios: «noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto». Y, a la vez, «noche de vela para los israelitas por todas las generaciones». No nos extraña que el pueblo judío siga celebrando esta noche en vela, año tras año, porque Dios estuvo despierto aquella primera vez e inició con brazo poderoso la historia de la liberación de su pueblo. Ellos nunca se cansarán de cantar: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia... sacó a Israel de aquel país... dividió en dos partes el mar Rojo...».

Vale la pena que, con renovada motivación, continuemos cantando el estribillo del salmo de hoy: «porque es eterna su misericordia». En Cristo Jesús, sucedió la gran «noche de vela» de Dios, resucitándole de entre los muertos. Por eso, cada año, la comunidad cristiana, en la Vigilia Pascual, se reúne y vela en honor de Dios y de su Resucitado. «Porque es eterna su misericordia». Nos llenamos de alegría al cantar el pregón de aquella noche, hablando de la Pascua de Cristo: «Porque estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles. Esta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo...

Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte. Cristo asciende victorioso del abismo... ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo...!»

3.- Mt 12, 14-21: He aquí un nuevo incidente de Jesús respecto al sábado: en ese día curó a un paralítico, y ¡en plena sinagoga esta vez! -Los fariseos salieron y tuvieron consejo para planear el modo de acabar con El. La discusión que precede a este pasaje muestra la preocupación de Jesús por la evolución de los fariseos... Les habló de la oveja caída en un pozo y de cuán natural era salvarla aun en día del sabbat... con mayor razón, dijo Jesús, tenemos el derecho y el deber de "¡hacer bien a un ser humano incluso en sábado!" Pero son espíritus limitados, permanecen encerrados en sus reglas estrictas de lo "permitido y lo prohibido"... y se imaginan que el dejar hacer supondría la pérdida de la fe. Entonces deciden cortar de raíz esta nueva interpretación de la ley, y planean cómo dar muerte a Jesús. -Jesús se enteró y se marchó de allí. Le siguieron muchos y El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Es la famosa ley del silencio mesiánico. Jesús mandaba callar: insistía en que no se hablase de sus milagros ni del misterio de su persona. La hostilidad llegó a ser tan fuerte a su alrededor que ¡Jesús se vio obligado a esconderse! ¿Sería esto un signo de fracaso, una confesión de impotencia o de resignación derrotista? Mateo contestará a esta cuestión con una larga cita del profeta Isaías -la más larga cita del Antiguo Testamento- que es una de las claves más importantes para comprender la personalidad del Mesías. -"He aquí a mi servidor, mi elegido... Mi Amado, en quien mi alma se complace..." Jesús es el verdadero "siervo" de Dios. ¿Soy yo también servidor o servidora de Dios? Jesús es el "Amado" del Padre. Esta certeza ¿es también mi alegría y mi apoyo? -Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. La obra de Jesús no va destinada solamente al "pueblo elegido" ni tampoco a los primeros pueblos que tuvieron la suerte de recibir el evangelio: Todas las naciones son amadas de Dios en Cristo, y Jesús ha sido enviado a todas ellas. -No disputará ni gritará; ni oirá nadie su voz en las plazas públicas. Jesús no es un líder, en el sentido usual del término; no es un reformador, o un revolucionario que lo pone todo en completo desorden. Su acción es "interior~, es calma, es apacible, va de corazón a corazón. No mete ruido, no busca que hablen de El: pide silencio. Su papel es enderezar las conciencias, curar las llagas, dar de nuevo valor a los pecadores. -La caña cascada no la quebrará, el pábilo humeante no lo apagará... Y en su nombre pondrán las naciones su esperanza. ¡Maravillosa vocación la de Jesús: vocación de amar... de no quebrar lo cascado, no apagar los pequeños destellos de luz que aún subsisten, volver a dar esperanza! Gracias, Señor, de haber querido ser todo esto por nosotros, por mí. Ayúdanos, Señor, a parecernos a ti (Noel Quesson).

La respuesta de Jesús sobre el sábado, que leíamos ayer, no les gustó nada a los fariseos, que «planearon el modo de acabar con él». Jesús, aunque intentaba no provocarles innecesariamente, siguió con su libertad y entereza. Ahora bien, este estilo era el que anunciaba Isaías hablando del Siervo de Dios y que ahora Mateo afirma que se cumple a la perfección en Jesús: anuncia el derecho, pero no grita ni vocea por las calles. Tiene un modo de actuar lleno de misericordia: la caña cascada no la quiebra, el pábilo vacilante no lo apaga. Ayer decía aquello de «misericordia quiero y no sacrificios». El es el que mejor lo cumpla can su manera de tratar a las personas.

Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos aquí un espejo en donde mirarnos, o un examen para comprobar si hemos aprendido o no las principales lecciones de nuestro Maestro:

- tenemos que anunciar el derecho, es decir, hacer que llegue el mensaje de Cristo a las personas y a los grupos;

- pero no debemos imponer, sino proponer; no vocear y gritar, coaccionando, sino anunciar motivando, respetando la situación de cada persona en medio de este mundo secularizado y pluralista;

- cuando vemos una caña cascada o un pábilo vacilante, o sea, una persona que ha fallado, o que está pasando momentos difíciles y hasta dramáticos por sus dudas o problemas, la consigna de Jesús es que le ayudemos a no quebrarse del todo, a no apagarse; que le echemos una mano, no para hundirla más, sino para levantarla y darle una nueva oportunidad.

Es lo que continuamente hacia Jesús con los pecadores y los débiles y los que sufrían: con la mujer pecadora, con el hijo pródigo, con Pedro, con el buen ladrón. Es lo que tendríamos que hacer nosotros, si somos buenos seguidores suyos (J. Aldazábal).

LLUciá Pou Sabaté

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