domingo, 17 de julio de 2011

San Mateo 12, 38-42: Dios protege a su pueblo y lo guía a través de la historia, y mandará a su Hijo para que le salve de todos los peligros.


San Mateo 12, 38-42:
Dios protege a su pueblo y lo guía a través de la historia, y mandará a su Hijo para que le salve de todos los peligros.

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

Lectura del libro del Éxodo 14, 5-18. En aquellos días, cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el Faraón y su corte cambiaron de parecer sobre el pueblo, y se dijeron: -«¿Qué hemos hecho? Hemos dejado marchar a nuestros esclavos israelitas.» Hizo preparar un carro y tomó consigo sus tropas: tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales. El Señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas, mientras éstos saltan triunfantes. Los egipcios los persiguieron con caballos, carros y jinetes, y les dieron alcance mientras acampaban en Fehirot, frente a Baal Safón. Se acercaba el Faraón, los israelitas alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos y, muertos de miedo, gritaron al Señor. Y dijeron a Moisés: -«¿No había sepulcros en Egipto?, nos has traído a morir en el desierto; ¿qué es lo que nos has hecho sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto: "Déjanos en paz, y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto"?» Moisés respondió al pueblo: -«No tengáis miedo; estad firmes, y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio.» El Señor dijo a Moisés: -«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón, de sus carros y de sus guerreros.»

Salmo responsorial: Ex 15,1-2.3-4.5-6 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria.

Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

El Señor es un guerrero, su nombre es «El Señor». Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.

Las olas los cubrieron, bajaron hasta el fondo como piedras. Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible, tu diestra, Señor, tritura al enemigo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 12, 38-42. En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: -«Maestro, queremos ver un signo tuyo.» Él les contestó: -«Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Comentario: 1.- Ex 14, 5-18: -Cuando anunciaron al rey de Egipto que el pueblo de Israel había huido, se mudó el corazón del Faraón... En efecto, cuando se lleva a cabo el acontecimiento, el Faraón se da cuenta de que perderá una mano de obra muy barata. Entonces cambia de pensar. Él, que había dejado partir a los hebreos, se lanza a perseguirlos. -Hizo enganchar su carro, tomó seiscientos carros, los mejores, y todos los demás carros de Egipto, cada uno con su dotación. Los bajorrelieves nos dan imágenes de ese ejército temible y rápido. Normalmente los peatones, en este caso los hebreos, ¡estaban vencidos por adelantado! -Los alcanzaron mientras acampaban junto al mar. Es el símbolo mismo de la «situación sin salida»: acorralados junto al mar, ante un ejército más poderoso que ellos. Tratemos primero de imaginar ese drama que se está preparando. Y luego pensemos que la Pascua definitiva, la de Jesucristo, nos librará de una situación todavía más radical: ¡la resurrección de Jesús le libera y nos libera de la misma muerte! Cada una de nuestras fiestas de Pascua y cada eucaristía nos permiten dar gracias por la intervención liberadora de Dios en nuestro favor. -El Señor endureció el corazón del Faraón. Esta fórmula choca profundamente con nuestras mentalidades modernas. Para comprenderla hay que cotejarla con otras fórmulas, como la que hemos encontrado más arriba -«el corazón del Faraón se mudó»- o bien con fórmulas aparentemente contrarias -«el Faraón endureció su corazón» (Ex 8,11; 8,15; 9,7). Nosotros diremos que Dios no quiere nunca el mal, que los redactores ponen en boca de Dios los acontecimientos que pasan, que es una voluntad de Dios permisiva (Dios permite que pasen estas cosas, en cuanto que lo permite, lo quiere, y de esto sacará un bien) pero en realidad no lo quiere directamente… A los semitas no les preocupaba, como a nosotros, entender cómo se imbrican concretamente la libertad humana y el impulso divino, y la verdad es que estamos frente a uno de los mayores misterios. Entonces, ellos afirmaban sucesivamente ambas cosas: - el Señor endureció el corazón del Faraón... - el Faraón endureció su corazón... ¡Sería abusivo hacer responsable a Dios del mal que el hombre comete! Pero los autores de la Biblia afirmaban más que nosotros el dominio soberano de Dios sobre todo hombre. No nos imaginemos que el mal alcance a Dios desprevenido. ¡Qué insondable misterio! Ayúdanos, Señor, a no endurecer nuestros corazones. Líbranos de toda pretensión de total autonomía.

-Los hijos de Israel, llenos de miedo, dijeron a Moisés: «Déjanos tranquilos, queremos continuar sirviendo a los egipcios. ¡Vale más servir que morir en el desierto!» Es la prueba de la Fe. Apenas salidos de la esclavitud, están dispuestos a volver a ella, a causa de las ventajas que, a pesar de todo, sacaban de ella. Sí, ésta es también nuestra prueba y nuestra pregunta: ¿Quién es pues este Dios, que se presenta como «salvador» y que aparentemente deja a los suyos en la miseria?

-"No temáis, aguantad y veréis lo que el Señor hará hoy para salvarnos... El Señor combatirá por vosotros..." Puesta a dura prueba, la fe ha de triunfar con una fe más pura, más despojados de toda confianza en sí mismos para confiar totalmente en el Otro. Esto es siempre actual. Creemos, Señor, pero acrecienta en nosotros la fe (Noel Quesson).

Volvamos sobre el relato: gira en torno a un tema importantísimo: la fe. Y podemos precisar todavía más: la fe entendida como respuesta al miedo producido por unos acontecimientos que aparecen como inevitablemente contrarios a la seguridad del pueblo. Se trata, pues, de aprender a «ver» a Dios en aquello que sucede: ver lo invisible que se manifiesta con fuerza en medio de las realidades visibles que pueden aplastarnos. La narración es de un efecto psicológico impresionante. Dentro del género de gesta épica, allí donde se produce el vértigo, estalla el pánico y se manifiesta la lucha del pueblo, que se debate en la indecisión: quiere la libertad y al mismo tiempo le da miedo el precio que tiene que pagar. En términos teológicos, esta verdad se podría enunciar así: el hombre es capaz de "ver" a Dios y de dejarse atraer por Él y, al mismo tiempo, siente todo el miedo de la aventura que supone el camino de acercamiento a Dios. Se parte de un hecho que ha quedado grabado en la memoria del pueblo como un hecho esencial, pero del que se han perdido los detalles y exactitud histórica que a nosotros tanto nos interesan. Además, el último autor es un teólogo y hace teología. Sin negar el hecho histórico, sino al contrario, afirmándolo, lo que a él le interesa es la lectura de los signos del hecho pasado desde la fe actualmente profesada, que le pide una respuesta a los interrogantes de los signos de los tiempos de hoy. Por eso, más allá de los detalles del hecho, él afirma su verdad: Dios ha liberado al pueblo cuando todo indicaba que eso era imposible. Por encima de un pueblo que duda, que tiene miedo, que no acaba de confiar en la palabra de Yahvé, se destaca la figura de Moisés como un hombre de fe. Su fe es pura e inquebrantable. Por eso es confiada. Confianza que se entrega. Es una fe vivida con toda sinceridad y proyectada sobre los demás como un testimonio irrebatible. Las palabras de Moisés empiezan siendo una afirmación: hemos de ser valientes y mantenernos firmes (v 13). Ante el peligro no se puede tener miedo ni vacilar. Moisés es presentado aquí como un buen estratega que sabe valorar debidamente la fuerza que le sobreviene encima y la del pueblo a quien manda. Y aquí surge la confianza de la fe: el pueblo es realmente una nulidad frente al enemigo organizado. De no haber sido hecho desde la fe, el mandato de mantenerse firmes y no tener miedo habría sido una invitación al suicidio colectivo. Lo mejor era rendirse a la evidencia y evitar desastres mayores. Pero Moisés se apoya solamente en la fe: hoy veréis lo que Yahvé hará para salvaros (13). Es la seguridad que da la fe. Pero notemos que esta seguridad no tiene nada que ver con la irresponsabilidad de la inacción ni con la espera fatalista a que todo sea solucionado desde arriba. La consigna de Yahvé es clara: Dile al pueblo que no se distraiga, que siga adelante, y tú dirígelo (15-16). Hay que aprovechar activamente todos los momentos y todas las circunstancias, porque Dios está realmente ahí (J. M. Aragonés). Ante la primera crisis de fe de Israel en su salida de Egipto, Moisés aparece como líder carismático e intercesor entre el pueblo y Dios, que es quien actúa y base de la esperanza, como bien se apunta en las líneas anteriores; todo esto es signo de Quien vendrá: “por consiguiente (…) continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida: fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de la fe, el cual, despreciando la ignominia, soportó la cruz en lugar del gozo que se le ofrecía, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12,1-2), el liberador que nos cruza el mar de la vida con el rojo de su sangre redentora, su bautismo que es el nuestro…

2. El sábado leíamos cómo el pueblo de Israel salía de Egipto, pero hoy vemos que el Faraón se arrepiente de haberles dejado escapar -un pueblo numeroso, mano de obra barata- y emprende su persecución. Por otra parte, qué poca memoria la del pueblo israelita. Acaban de ser liberados de la esclavitud y ya se han olvidado de Dios. Empiezan a murmurar contra Moisés, nada más ver que les persiguen los egipcios. No le ven salida a la situación, acorralados como están entre el mar y los perseguidores. Moisés les tiene que animar: «no tengáis miedo, veréis la victoria que el Señor os va a conceder». Y les invita a seguir adelante con decisión, hacia la libertad. El relato del paso del Mar Rojo, que continuará mañana, tiene mucho relieve en el Libro del Éxodo. Es explicable: se trata del acontecimiento clave y el mejor símbolo de la liberación. Aunque el camino hacia la tierra prometida esté lleno de dificultades, la travesía del Mar Rojo es el hecho constituyente del pueblo de Israel. No es una historia científica, imparcial, sino un relato religioso, en el que continuamente aparece el hilo conductor: Dios es fiel a su promesa, salva a su pueblo y lo guía. Cuanto más se exageren las cifras de los adversarios y el carácter épico del paso del Mar, tanto más claramente se proclama la grandeza de Dios y su bondad para con el pueblo.

El salmo no podía ser otro que el cántico que entonó el pueblo al verse ya salvado a la otra orilla del Mar Rojo: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado al mar... El Señor es un guerrero, su nombre es el Señor... Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible».

Nosotros cantamos ese mismo cántico en la Vigilia Pascual, después de haber proclamado el relato del Éxodo. En nuestra noche pascual, vemos el sentido pleno de la primera Pascua judía: no sólo admiramos la cercanía que tuvo Dios para con su pueblo, sino, sobre todo, el poder que mostró al resucitar a Cristo de entre los muertos, haciéndole «pasar» (=Pascua) a través de la muerte hacia la nueva existencia, a la que también nos conduce a nosotros por medio de las aguas del Bautismo. En el Bautismo nos introdujo Dios en la nueva comunidad de los salvados. Y a lo largo de toda nuestra vida -camino de desierto, nos quiere liberar de todos los faraones y de todos los peligros que nos acechan. También a nosotros se nos tiene que repetir: «no tengáis miedo». La Pascua de Cristo es el inicio de nuestra victoria. Con nosotros no hará prodigios cósmicos ni podremos contar hazañas milagrosas. Pero sí somos conscientes de cómo Dios, por los sacramentos de su Iglesia, nos concede la fuerza para nuestro camino y nos quiere liberar de toda esclavitud. Por desgracia, nos puede pasar lo que a los israelitas, que no estaban muy convencidos de querer ser salvados: ¿no se estaba mejor en Egipto? Esta queja la repetirán a medida que experimenten las dificultades del desierto. ¿Queremos de verdad que Dios nos libere de nuestros males, de nuestras pequeñas o grandes esclavitudes, o nos sentimos a gusto en nuestro Egipto particular? ¿o, tal vez, ni nos hemos enterado de que somos esclavos?

La gloria y el poder de Dios se han puesto de manifiesto en la victoria sobre los egipcios. Fuerza, poder, salvación, pueden considerarse como sinónimos, puesto que el autor sagrado no considera los atributos como categorías abstractas sino como acciones concretas: Dios “es un fuerte guerrero”, dice el poeta indicando la antigüedad del texto… “Él es el Señor del universo; (…) es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad” (Catecismo 269). “Su nombre es el Señor” (literalmente “Yah”, abreviatura de “Yahwéh”, y quizá esta forma más antigua haya quedado en la alabanza de los salmos, Aleluyah).

3.- Mt 12,38-42 (cf miércoles de la 1ª semana de cuaresma). -Algunos escribas y fariseos interpelaron a Jesús: "Maestro, queremos ver un signo hecho por ti". Siempre estamos tentados de hacer a Dios esta pregunta. Efectivamente, ¿por qué Dios no escribe claramente su Nombre en el cielo? ¿por qué no nos da una prueba manifiesta de su existencia... de manera que la duda resulte imposible? ¡Los ateos y los paganos se verían entonces obligados a inclinarse! ¡Y los fieles se tranquilizarían! ¿por qué Dios no hace este signo? Sencillamente, porque Dios no es lo que pensamos. Si Dios se manifestara en un "signo del cielo" maravilloso, no sería ya el Dios que ha elegido ser: ese Dios, servidor de los hombres para merecer su amor. Dios no quiere quebrantar al hombre. No quiere obligar al hombre a fuerza de poder y de maravillas. Dios ha querido respetar la libertad que dio al hombre. Dios ha elegido ganarse el amor del hombre, muriendo, en Cristo, por él. Dios es un Dios de amor, y estamos siempre tentados de atribuirle otro papel. -No se os dará otra señal que la de Jonás. Jonás estuvo retenido tres días "en la muerte", luego fue salvado por Dios y enviado a Nínive para que predicase la conversión. He ahí la única "señal" que Dios quiere dar: -Así también el Hijo del hombre estará tres días en el seno de la tierra. La "señal de Dios es: la muerte de Jesús... la resurrección de Jesús... la conversión y la salvación de los paganos. Es decir, el misterio pascual. (Jonás es un libro más bien sapiencial, con una narración más bien sapiencial, y además es fundamento sólido para este significado cristológico).

-En el Juicio se alzarán los habitantes de Nínive... Y la reina de Saba... al mismo tiempo que esta generación, y harán que la condenen, pues ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás, y hay algo más que Jonás aquí. Nínive, capital de Asiria, era el símbolo de la ciudad pagana, llena de orgullo y corrupción. Jesús la pone como ejemplo a los fariseos que se tienen por justos y seguros de sí mismos: sí, algunos paganos están más cerca de Dios que ciertos fieles... Jesús anuncia que los paganos, al convertirse, ocuparán el lugar de los hijos de Israel, e incluso participarán en la sentencia final del Juicio. Este signo de salvación que Dios ofrece a todos los hombres, a todas las razas, a todos aquellos que todavía no lo han oído... ¿somos capaces de reconocerlo a nuestro alrededor? Pedimos "signos" a Dios. Nos los da; pero no sabemos verlos. No sabemos interpretarlos. Quisiéramos nuestra clase de signos, que nosotros pudiéramos juzgar e interpretar, signos que correspondan a nuestras referencias y a nuestros deseos. Sin embargo el mundo y la historia están llenos de signos de Dios. Uno de los objetivos de la "revisión de vida" es el de aprender los unos de los otros a ver y "leer los signos de Dios en los acontecimientos": Dios trabaja en el mundo... en el que el misterio pascual continúa realizándose. Dios nos da signos; pero son signos discretos: se puede fácilmente pasar junto a ellos y no verlos. ¡Danos, Señor, ojos nuevos! (Noel Quesson).

A Jesús no le gustaba que le pidieran milagros. Los hacía con frecuencia, por compasión con los que sufrían y para mostrar que era el enviado de Dios y el vencedor de todo mal. Pero no quería que la fe de las personas se basara únicamente en las cosas maravillosas, sino, más bien, en su palabra: «si no véis signos, no creéis» (Jn 4,48). Además, los letrados y fariseos que le piden un milagro ya habían visto muchos y no estaban dispuestos a creer en Él, porque cuando uno no quiere oír el mensaje, no acepta al mensajero. Le interpretaban todo mal, incluso los milagros: los hacía «apoyado en el poder del demonio». No hay peor ciego que el que no quiere ver. Jesús apela, esta vez, al signo de Jonás, que se puede entender de dos maneras. Ante todo, por lo de los tres días: como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días, así estará Jesús en «el seno de la tierra» y luego resucitará. Ese va a ser el gran signo con que Dios revelará al mundo quién es Jesús. Pero la alusión a Jonás le sirve a Jesús para deducir otra consecuencia: al profeta del AT le creyeron los habitantes de una ciudad pagana, Nínive, y se convirtieron, mientras que a Él no le acaban de creer, y eso que «aquí hay uno que es más que Jonás» y «uno que es más que Salomón», al que vino a visitar la reina de Sabá atraída por su fama.

Nosotros tenemos la suerte del don de la fe. Para creer en Cristo Jesús no necesitamos milagros nuevos. Los que nos cuenta el Evangelio, sobre todo el de la resurrección del Señor, justifican plenamente nuestra fe y nos hacen alegrarnos de que Dios haya querido intervenir en nuestra historia enviándonos a su Hijo. No somos, como los fariseos, racionalistas que exigen demostraciones y, cuando las reciben, tampoco creen, porque las pedían más por curiosidad que para creer. No somos como Tomás: «si no lo veo, no lo creo». La fe no es cosa de pruebas exactas, ni se apoya en nuevas apariciones ni en milagros espectaculares o en revelaciones personales. Jesús ya nos alabó hace tiempo: «dichosos los que crean sin haber visto». Nuestra fe es confianza en Dios, alimentada continuamente por esa comunidad eclesial a la que pertenecemos y que, desde hace dos mil años, nos transmite el testimonio del Señor Resucitado. La fe, como la describe el Catecismo, «es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a Él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida» (26). El gran signo que Dios ha hecho a la humanidad, de una vez por todas, se llama Cristo Jesús. Lo que ahora sucede es que cada día, en el ámbito de la Iglesia de Cristo, estamos recibiendo la gracia de su Palabra y de sus Sacramentos, y, sobre todo, estamos siendo invitados a la mesa eucarística, donde el mismo Señor Resucitado se nos da como alimento de vida verdadera y alegría para seguir su camino (J. Aldazábal).

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