viernes, 29 de julio de 2011

San Mateo 14,1-12: La alegría del perdón va unida a la del jubileo, y aunque en este tiempo haya injusticias y sufrimiento, Dios pone en nuestro coraz


San Mateo 14,1-12:
La alegría del perdón va unida a la del jubileo, y aunque en este tiempo haya injusticias y sufrimiento, Dios pone en nuestro corazón la esperanza del cielo

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté

Lectura del libro del Levítico 25,1.8-17: El Señor habló a Moisés en el monte Sinaí: -«Haz el cómputo de siete semanas de años, siete por siete, o sea cuarenta y nueve años. A toque de trompeta darás un bando por todo el país, el día diez del séptimo mes. El día de la expiación haréis resonar la trompeta por todo vuestro país. Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores. Celebraréis jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y retornará a su familia. El año cincuenta es para vosotros jubilar; no sembraréis ni segaréis el grano de ricio ni cortaréis las uvas de cepas bordes. Porque es jubileo; lo considerarás sagrado. Comeréis de la cosecha de vuestros campos. En este año jubilar cada uno recobrará su propiedad. Cuando realices operaciones de compra y venta con alguien de tu pueblo, no lo perjudiques. Lo que compres a uno de tu pueblo se tasará según el número de años transcurridos después del jubileo. Él a su vez te lo cobrará según el número de cosechas anuales: cuantos más años falten, más alto será el precio; cuanto menos, menor será el precio. Porque él te cobra según el número de cosechas. Nadie perjudicará a uno de su pueblo. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.»

Salmo 66,2-3.5.7-8: R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14,1-12. En aquel tiempo, oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes: -«Ése es Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los poderes actúan en él.» Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo habla metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: -«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.» El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.

Comentario: 1.- Lv 25,1.8-17. A la lista de fiestas de ayer hay que añadir la de hoy: el Jubileo, cada cincuenta años. Cada siete semanas de años, y empezando en la fiesta de la Expiación, se celebraba en Israel un año especial, del que tenemos pocas noticias en la Biblia, y que ha estado de actualidad por el Jubileo del año 2000 convocado por Juan Pablo II, con la petición de perdón. Sus características son interesantes, sobre todo desde el punto de vista social: cada uno recobra la propiedad de lo que había enajenado; las tierras vuelven a la familia, se condonan las deudas, los esclavos son liberados («promulgaréis manumisión en el país»), incluso el campo descansa en barbecho durante ese año. De ahí que los precios de los campos o de las cosas variasen mucho, según si era inminente o lejano el año jubilar. El Jubileo tenía, pues, para los judíos un sentido religioso, de culto a Dios; pero, también, un carácter social, de una justicia igualitaria, que contribuye a que las propiedades no se vayan acumulando en unas pocas manos y todos tengan con qué vivir.

Los cristianos no hemos seguido esta costumbre de los años jubilares hasta muy tarde. El año 1300, el papa Bonifacio VIII lo proclamó por primera vez. A partir de entonces, se han ido celebrando cada cincuenta años, al principio y, luego, cada veinticinco. El Jubileo debería servir para el restablecimiento de la justicia social. A la vez que nos gozamos de que todo ese año sea como un «sacramento de la gracia salvadora de Dios», recogemos el espíritu social del Levítico. Iniciativas como la condonación de deudas al Tercer Mundo, la ayuda económica del 0'7, la aportación personal y la valiosa colaboración de las diversas clases de voluntariado a los países más pobres, serían buenos pasos hacia una justicia social más concreta, para que la distancia entre países ricos y pobres no vaya agrandándose, como hasta ahora, sino reduciéndose. Y eso, tanto en el nivel internacional como en la distribución de bienes en el nacional.

La ley prescribía cada siete años un año-sabático, cuyo origen no fue otro que la necesidad de dejar de barbecho una tierra que era bastante pobre (Ex 23,10-12), y que pronto se convirtió en la ocasión de dar la libertad a los esclavos (Ex 21,2-6). Esta prescripción fue considerada utópica, pues en seguida la legislación sacerdotal la reemplazó por la creación de un año jubilar, cada cincuenta años. El "año-jubilar" tiene probablemente su origen en la necesidad de adaptar, después de cincuenta años, el año solar al año lunar. Pero, en el momento en que entra en vigor la legislación sacerdotal, es probablemente olvidado este origen: solo se piensa en reproducir las exigencias de la antigua ley sabática. El objeto de esta prescripción es, pues, la restitución, a los cincuenta años, de todas las tierras compradas en los años precedentes. En el fondo, esta medida vuelve a transformar en contratos de arriendo todos los contratos de compra-venta. Se pretende, con esta medida, que los propietarios no pierdan jamás, de modo definitivo, su patrimonio, y que la herencia familiar, a la que la legislación sacerdotal atribuye gran importancia, pueda ser mantenida. Pero, aparte de ese contexto económico y social, comienzan a manifestarse algunas ideas religiosas que tienen su interés para la evolución futura del año jubilar. En primer lugar, la concepción según la cual la tierra pertenece a Dios; esta es la razón fundamental por la cual no se la puede enajenar definitivamente. En segundo lugar, la idea del "rescate", subyacente a las prescripciones del jubileo y que exige que una propiedad familiar sea "rescatada" preferentemente por un pariente (el "goel") para que no se pierda el derecho a la herencia. Y, por último, la idea de la remisión, no solamente de las deudas, sino también de los pecados, aparece, muy tímidamente aún, en el hecho de la apertura del año jubilar, en el décimo día del séptimo mes, día de las Expiaciones: de este modo se establece una conexión entre la remisión de las deudas y la de los pecados. Estas tres ideas son particularmente importantes aun cuando apenas si son presentidas en el texto del Levítico. Tomando esas ideas como base, los profetas salvarán la institución de la decadencia en que inevitablemente caía, y volverán a lanzarla en un futuro escatológico en donde las perspectivas tomarán una densidad más espiritual. El Tercer-Isaías tiene el mérito de esta perspectiva escatológica (Is 61,1-3). Ya no es necesario tocar la trompeta para anunciar el año jubilar: basta la palabra del profeta. La palabra "evangelio" ha nacido, además, en este contexto, como si lo esencial del evangelio fuera la "buena nueva" del "año de gracia" del Señor.

Ahora bien, el primer discurso pronunciado por Jesús al principio de su vida pública será precisamente un comentario del texto de Isaías, en el que anuncia el año jubilar espiritual (Lc 4,21). Cristo enfoca su ministerio como un verdadero año jubilar. Lo pondrá de manifiesto en numerosas ocasiones, justificando su comportamiento mediante alusiones al texto del profeta Isaías (Mt 11,2-6; Lc 1,77; Ef 1,7). Lo manifestará especialmente mediante el uso de su poder de "perdonar los pecados", que escandalizará a los fariseos (Mt 9,6). El ministerio público de Cristo será, en efecto, una serie ininterrumpida de liberaciones, curaciones, remisiones de deudas y de pecados. Y, cuando suba al Padre, tendrá muy en cuenta situar este poder jubilar de la remisión de los pecados dentro de la liturgia dominical, confiando este poder a los apóstoles en su primera aparición, por el don del Espíritu mesiánico (Jn 20,22-23). Así, pues, no podemos buscar una supervivencia particular del año sabático y del año jubilar en el cristianismo, fuera del domingo; en él se celebra la remisión de las deudas, en él se vive por adelantado la era mesiánica, en que la libertad y el rescate se hacen realidades de vida (Maertens-Frisque).

Este texto nos muestra que, después de cuarenta y nueve años, es decir, después de una semana de semanas de años, estaba prescrito celebrar el año siguiente como año jubilar, como año fuera de las semanas de años, fuera del ritmo según el cual se suceden los años sabáticos. Esto nos muestra también la significación de Pentecostés celebrado después de una semana de semanas que dura el tiempo pascual. Este quincuagésimo día viene a ser, bajo este punto de vista, un «octavo día» más expresivo todavía que los demás; está plenamente justificado por ser el primero de los domingos en los que la Iglesia, habiendo celebrado los misterios de su Señor, celebra ahora la vida de Aquel en ella. Todo esto nos descubre la significación del octavo día. Siendo el sábado el séptimo día de la semana, el domingo es el primero; pero nunca ha recibido esta denominación y los Padres prefirieron la idea del octavo día, como si los siete días de la creación hiciesen pensar en la tierra y el octavo se proyectase en una perspectiva divina y escatológica. Según la Epístola del pseudo-Bernabé (fin del siglo I o principios del II), el octavo día es el verdadero sábado, prefigurado por el sábado mosaico: el octavo día es el sábado que ha creado el mismo Señor... El dice a los judíos: No soporto más vuestras neomenías y vuestros sábados (/Is/01/13). Ved bien lo que quiere decir: no son de ningún modo los sábados actuales los que me agradan, sino aquel que yo he creado y en el cual, poniendo fin al universo, he imaginado el octavo día, es decir, en el otro mundo. He ahí por qué nosotros celebramos con júbilo el octavo día en el cual Jesús resucitó. El "Libro de los secretos de Henoch" (monumento de la teología palestinense del siglo que precedió inmediatamente a la aparición del cristianismo) hace hablar de este modo a Dios: «Yo bendigo toda mi creación visible y el séptimo día, en el cual descansé de todas mis obras. Yo determiné también el octavo día para que sea el primero, el primero creado con mi descanso... Como el primer día el domingo, así también el octavo día, para que los domingos se sucedan ininterrumpidamente».

San Juan Crisostomo escribió en su Segundo tratado de la compunción (último cuarto del siglo IV): «La vida presente no es más que una sola semana que comienza en el primer día y finaliza en el séptimo y vuelve con las mismas dimensiones y se repite con el mismo principio para encaminarse hacia el mismo fin. He ahí por qué nadie llamaría al domingo octavo día, sino primero. En efecto, el ciclo septenario no se extiende al número ocho. Pero cuando todas las cosas antiguas se detuvieron y se disolvieron, entonces surgió la carrera del octavario. Su curso, en efecto, no vuelve jamás al principio, sino que constituye extensiones sucesivas». El deseo de superar la cifra de siete ha impreso su marca en la organización de la semana de Pascua. «El septenario bautismal finaliza el sábado in albis, así llamado en nuestro misal porque en este día, último de la semana, antiguamente los neófitos deponían los vestidos blancos con los que se revistieron la noche de Pascua, inmediatamente después del bautismo. Mas para superar el número siete, número sagrado en la antigua ley, y al alcanzar el número ocho, número perfecto de la ley nueva, pareció ventajoso transformar el septenario bautismal en una verdadera octava mediante la incorporación del domingo" (L. Heuschen).

Hoy leeremos la ley del «Jubileo». Este tema ha resonado profundamente entre las comunidades negras de los Estados Unidos, como una invitación a salir de la esclavitud y a recobrar la libertad. Aunque, de hecho, ha sido poco aplicada ¡cuán significativa es esa costumbre!; todos los cincuenta años, los judíos debían celebrar un «año sabático», una especie de año de gran descanso, un «año jubilar», un año de alegría y de libertad que comportaba la liberación de todos los esclavos, la anulación de las deudas, la devolución del patrimonio a su propietario. Es una ley social anticipada. -Declararéis «Santo» este año cincuenta... Un «año santo» El Papa Pablo VI, siguiendo la gran tradición bíblica proclamó también para el mundo entero un año de reconciliación. Luego hemos vivido otros años de la Redención, y el gran Año del 2º Milenio de la venida del Señor… -Proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes: cada uno recobrará su patrimonio, cada cual regresará a su familia. Un año de libertad... en el que los amos liberan a sus siervos y no les obligan ya a trabajar. ¡Una especie de sabat, de domingo de un año de duración! ¿Soy consciente de las formas nuevas y disimuladas que toma HOY la esclavitud? El trabajo embrutecedor... Las promiscuidades impuestas... La tensión nerviosa provocada por los ritmos y la velocidad... La avidez del dinero mantenida por la publicidad... La creación de falsas necesidades... A partir de mi propia vida puedo buscar cuales son las esclavitudes de las que el Señor quisiera liberarme. Vivir mis domingos con ese espíritu. -Este año cincuenta será para vosotros un año jubilar... ¡Jubilar! ¿Tiene esta palabra significado para mí? ¿Suelo mostrar júbilo, ser feliz en profundidad y difundir a mi alrededor el gusto de vivir? -No sembraréis, ni segaréis los rebrotes, ni vendimiaréis... Comeréis lo que el campo dé de sí. Esto nos parece un poco irreal. Pero, más allá de las prescripciones concretas, ¡qué lección se encuentra también aquí! ¡Conviene que nos lo repitamos de vez en cuando! el hombre no está hecho para el trabajo sino para la vida, sobre todo cuando el trabajo es embrutecedor, pesado, falto de atractivo. Hemos de descubrir de nuevo el sentido del «tiempo libre», de la «oración», de la «contemplación", de la «creatividad artística», del «juego por el juego» del «gusto de estar juntos». ¡Dios nos quiere felices! Su creación no es una trampa, no se trata de una inmensa fábrica de desgracias para los hombres «Dios vio que todo era bueno ¡y descansó del trabajo que había hecho!» Es preciso que meditemos esa sorprendente fórmula. (Génesis, 2-3) ¿Sé encontrar tiempo de "respirar"? ¿Personalmente, en familia? -Que ninguno de vosotros dañe a su prójimo, antes bien que conserve el temor de Dios, pues Yo soy el Señor, vuestro Dios. ¡Dios se hace fiador de la justicia y de la libertad! Jesús se presentó a sí mismo en ese contexto jubilar cuando dijo «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, la libertad a los cautivos, dar libertad a los oprimidos, proclamar un "año jubilar", un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19) En efecto, Jesús es la alegría. El Evangelio es la alegría (Noel Quesson).

2. Es un canto de alabanza a Dios, con deseo y petición de salvación universal que encontrarán su cumplimiento en la llegada de Jesús y envío de los Apóstoles con el Espíritu Santo, predicación de la conversión (cf Lc 24,47) y en la implantación de la Iglesia en la que hombres de todos los pueblos se unen en la alabanza al Señor (cf Hch 2,9-12.47). Se pide la fecundidad de la tierra y la protección ante los enemigos, que todos los pueblos se unan en esta alabanza a Dios cantada por Israel y la salvación llegue a todas las naciones, se rijan por los planes divinos, como dice S. Agustín: “¡oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe” (S. Agustín). La Iglesia, al rezar este salmo en fiestas de la Virgen María, significa que por su internecesión maternal nos llegan las bendiciones de Dios (Biblia de Navarra).

En el fondo, un Jubileo es un homenaje a Dios, dueño del tiempo y del cosmos, que quiere que todos puedan vivir de sus dones. El culto a Dios va siempre unido a la justicia para con sus hijos, sobre todo los más débiles. Por una parte, podemos cantar con el salmo: «la tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios»; pero, por otra, no podemos olvidar su voluntad de que seamos justos con los demás: «porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra». No estará mal que, en torno a los distintos Jubileos que la Iglesia propone, cada uno conceda «amnistía» a los que tenga, por así decirlo, «presos» o «secuestrados», y contribuya, en su ambiente familiar o comunitario, a un mejor reparto de los bienes de Dios. Como nos lo recomienda el Levítico: «nadie perjudicará a uno de su pueblo: teme a tu Dios, yo soy el Señor vuestro Dios».

Así comenta Juan Pablo II: “Acaba de resonar la voz del antiguo salmista, que ha elevado al Señor un canto jubiloso de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que se abre a un inmenso horizonte, hasta abarcar idealmente a todos los pueblos de la tierra. Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en "casa de oración para todos los pueblos" (Is 56,7). También en nuestro salmo, el número 66, el coro universal de las naciones es invitado a unirse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En efecto, se repite dos veces esta antífona: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben" (vv. 4 y 6).

Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación: en efecto, están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel. El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahvé (cf. v. 3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor "hasta los confines del orbe" (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios.

Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina: "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga" (vv. 2.7-8). Es fácil percibir en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal que Moisés enseñó, en nombre de Dios, a Aarón y a los descendientes de la tribu sacerdotal: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6,24-26). Pues bien, según el salmista, esta bendición derramada sobre Israel será como una semilla de gracia y salvación que se plantará en el terreno del mundo entero y de la historia, dispuesta a brotar y a convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento va también a la promesa hecha por el Señor a Abrahán en el día de su elección: "De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12,2-3).

En la tradición bíblica uno de los efectos comprobables de la bendición divina es el don de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad. En nuestro salmo se alude explícitamente a esta realidad concreta, valiosa para la existencia: "La tierra ha dado su fruto" (v. 7). Esta constatación ha impulsado a los estudiosos a unir el Salmo al rito de acción de gracias por una cosecha abundante, signo del favor divino y testimonio ante los demás pueblos de la cercanía del Señor a Israel. La misma frase llamó la atención de los Padres de la Iglesia, que partiendo del ámbito agrícola pasaron al plano simbólico. Así, Orígenes aplicó ese versículo a la Virgen María y a la Eucaristía, es decir, a Cristo que procede de la flor de la Virgen y se transforma en fruto que puede comerse. Desde esta perspectiva "la tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán". Esta tierra ha dado su fruto: lo que perdió en el paraíso, lo recuperó en el Hijo. "La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor (...); luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra".

Concluyamos con unas palabras de san Agustín en su comentario al Salmo. Identifica el fruto que ha germinado en la tierra con la novedad que se produce en los hombres gracias a la venida de Cristo, una novedad de conversión y un fruto de alabanza a Dios. En efecto, "la tierra estaba llena de espinas", explica. Pero "se ha acercado la mano del escardador, se ha acercado la voz de su majestad y de su misericordia; y la tierra ha comenzado a alabar. La tierra ya da su fruto". Ciertamente, no daría su fruto "si antes no hubiera sido regada" por la lluvia, "si no hubiera venido antes de lo alto la misericordia de Dios". Pero ya tenemos un fruto maduro en la Iglesia gracias a la predicación de los Apóstoles: "Al enviar luego la lluvia mediante sus nubes, es decir, mediante los Apóstoles, que anunciaron la verdad, "la tierra ha dado su fruto" con más abundancia; y esta mies ya ha llenado el mundo entero."”

“"La tierra ha dado su fruto", exclama el salmo 66 (…). Esa frase nos hace pensar en un himno de acción de gracias dirigido al Creador por los dones de la tierra, signo de la bendición divina. Pero este elemento natural está íntimamente vinculado al histórico: los frutos de la naturaleza constituyen una ocasión para pedir repetidamente a Dios que bendiga a su pueblo (cf. vv. 2, 7 y 8), de forma que todas las naciones de la tierra se dirijan a Israel, intentando llegar al Dios Salvador a través de él. Por consiguiente, la composición refleja una perspectiva universal y misionera, en la línea de la promesa divina hecha a Abraham: "En ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra" (Gn 12,3; cf. 18,18; 28,14).

La bendición divina implorada para Israel se manifiesta de una forma concreta en la fertilidad de los campos y en la fecundidad, o sea, en el don de la vida. Por eso, el salmo comienza con un versículo (cf. Sal 66,2) que remite a la célebre bendición sacerdotal referida en el libro de los Números: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6,24-26). El tema de la bendición se repite al final del salmo, donde se habla nuevamente de los frutos de la tierra (cf. Sal 66,7-8). Pero allí se encuentra el tema universalista que confiere a la sustancia espiritual de todo el himno una sorprendente amplitud de horizontes. Es una apertura que refleja la sensibilidad de un Israel ya preparado para confrontarse con todos los pueblos de la tierra. Este salmo probablemente fue compuesto después de la experiencia del exilio en Babilonia, cuando el pueblo ya había iniciado la experiencia de la diáspora entre naciones extranjeras y en nuevas regiones.

Gracias a la bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá conocer "los caminos" y "la salvación" del Señor (cf. v. 3), es decir, su plan salvífico. A todas las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y gobierna a todos los pueblos y naciones de la tierra, llevando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz (cf. v. 5). Es el gran ideal hacia el que tendemos, es el anuncio que más nos afecta, hecho en el salmo 66 y en muchas páginas proféticas (cf. Is 2,1-5; 60,1-22; Jl 4,1-11; So 3,9-10; Ml 1,11). Esta será también la proclamación cristiana, que san Pablo presentará recordando que la salvación de todos los pueblos es el centro del "misterio", es decir, del plan salvífico de Dios: "Los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio" (Ef 3,6).

Israel ya puede pedir a Dios que todas las naciones participen en su alabanza; será un coro universal: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben", se repite en el salmo (cf. Sal 66, 4 y 6). El deseo del salmo anticipa el acontecimiento descrito en la carta a los Efesios cuando alude tal vez al muro que en el templo de Jerusalén mantenía a los paganos separados de los judíos: "Ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad. (...) Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios" (Ef 2, 13-14. 19). De ahí se sigue un mensaje para nosotros: debemos derribar los muros de las divisiones, de la hostilidad y del odio, para que la familia de los hijos de Dios se reúna en armonía a la misma mesa, bendiciendo y alabando al Creador por los dones que concede a todos, sin distinciones (cf. Mt 5,43-48).

La tradición cristiana ha interpretado el salmo 66 en clave cristológica y mariológica. Para los Padres de la Iglesia "la tierra que ha dado su fruto" es la Virgen María, que da a luz a Cristo nuestro Señor. Así, por ejemplo, san Gregorio Magno en la Exposición sobre el primer libro de los Reyes comenta este versículo, apoyándolo con muchos otros pasajes de la Escritura: "A María se la llama con razón "monte lleno de frutos", porque de ella ha nacido un fruto óptimo, es decir, un hombre nuevo. Y el profeta, contemplando su hermosura y la gloria de su fecundidad, exclama: "Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz" (Is 11,1). David, exultando por el fruto de este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. (...) La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado su fruto, porque aquel que la Virgen engendró no lo concibió por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo la cubrió con su sombra. Por eso, el Señor dice al rey y profeta David: "Pondré sobre tu trono al fruto de tus entrañas" (Sal 131,11). Por eso, Isaías afirma: "Y el fruto de la tierra será sublime" (Is 4,2). En efecto, aquel que la Virgen engendró no fue solamente "un hombre santo", sino también "Dios fuerte" (Is 9,5)"”.

3.- Mt 14, 1-12. Hemos leído en san Marcos 6, 14-29 (Viernes de la 4ª semana ordinaria) el relato de la muerte de Juan Bautista. -Juan Bautista y Jesús... Se les comparaba el uno al otro. En todo el evangelio subyace esta comparación. Esto prueba el impacto que la predicación de Juan Bautista había tenido en la opinión pública. -Oyó Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo: "Ese es Juan Bautista que ha resucitado..." Herodes no tenía buena conciencia. Había mandado decapitar al profeta; pero temía un castigo divino. Y, de lejos, ¡Jesús le aparecía como una reviviscencia de aquél que había creído decapitar! Creyendo, incluso de modo supersticioso, en esta intervención milagrosa de Dios, Herodes estaba, de hecho, más cerca de la verdadera personalidad de Jesús, que sus compatriotas de Nazaret, que no veían en El más que al carpintero. Pero no basta creer en lo "maravilloso", para creer verdaderamente en Dios. -En efecto, Herodes, había mandado prender a Juan a causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe, pues Juan le decía: "¡No te es lícito tenerla por mujer!" "El evangelio no es neutro", nos repiten el Papa y los obispos. Frente a ciertos grandes problemas, el evangelio toma posición... con el riesgo de conducir a los creyentes hasta el martirio... por el hecho de defender una cierta idea del hombre. ¿Somos capaces de comprometernos por la verdad, la justicia, la moral? Sí, lo que se trata aquí pertenece a la Moral. Señor, ten piedad de nosotros. Danos el valor de decir la verdad, cueste lo que cueste.

Este Herodes Antipas es el mismo de la pasión, hijo de Herodes el Grande (Lc 2,1-18 que vemos en el nacimiento de Jesús) y gobernaba las regiones de Galilea y Perea, estaba casado con una hija de un rey de Arabia pero vivía en concubinato con Herodías. El historiador Flavio Josefo nos dice que la hija de Herodías se llamaba Salomé, la que baila: “danza una joven, su madre siente rebosar crueldad, entre los placeres y lascivias de los comensales se jura temerariamente, e imíamente se cumple lo jurado” (S. Agustín), cometen un crimen. Es el anti-ejemplo del gobernante, y de lo que no se debe jurar, y cuándo no se debe cumplir un juramento… “es malo prometer el reino como recompensa por un baile, es cruel conceder la muerte de un profeta por mantener un juramento” (S. Ambrosio). A Jesús le espera el mismo destino que a su precursor, Juan el Bautista. Un profeta auténtico no sólo es rechazado en su tierra -como decía Jesús ayer-, sino que ese rechazo termina, muchas veces, con la muerte. A Herodes lo que oye contar de Jesús le recuerda a Juan el Bautista. No tiene la conciencia tranquila, porque le había hecho matar en la cárcel, por instigación de Herodías. “El ávido dragón degustaba la cabeza del siervo, teniendo ansias de la Pasión del Señor” (S. Pedro Crisólogo).

-El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera. "¡Dame, ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista!" Juan Bautista, el más "grande de todos los profetas" según las palabras de Jesús... Juan Bautista que "bautizó" a Jesús en el Jordán... ¿Cómo es posible, Señor, que tus amigos estén tan a menudo a la merced de los grandes de este mundo? ¿Por qué tus amigos parecen todos fracasar humanamente? mientras triunfan los impíos, aquellos que se mofan de las leyes elementales de la justicia y de la moral... El misterio de tu cruz está ya presente en esa cárcel en la que se corta la cabeza a un profeta, en esa corte escandalosa donde baila una mozuela descarada, en ese festín abominable en el cual, y mientras se sirven los mejores vinos, se presenta la cabeza de un hombre en una hermosa bandeja cincelada. Dichosos los pobres, para ellos es el reino de los cielos. En cualquier lugar donde sufre un hombre, es Jesús el que sufre y al que se tortura. -El rey se entristeció, pero debido a los juramentos que había hecho, ordenó decapitar a Juan en su prisión.

La figura del Bautista es recia y admirable, en su coherencia, en la lucidez de su predicación y de sus denuncias. También en eso es Precursor de Jesús. “¿Qué mal le ha causado su final a este hombre justo? ¿Qué ha podido hacer su muerte violenta? (…) No fue una muerte, sino una victoria lo que él recibió, no fue el fin de una vida, sino el comienzo de una mayor. Aprende a comportarse como un cristiano, y no sólo no te causará daño nada, sino que ganarás mejores recompensas” (S. Juan Crisóstomo).

Es valiente y comprometido. Dice la verdad, aunque desagrade. Es figura, también, de tantos cristianos que han muerto víctimas de la intolerancia por el testimonio que daban contra situaciones inaguantables. Los profetas mudos prosperan. Los auténticos suelen terminar mal.

Jesús nos dijo que debíamos ser luz y sal y fermento de este mundo. O sea, profetas. Profetas son los que interpretan y viven las realidades de este mundo desde la perspectiva de Dios. Por eso, muchas veces, tienen que denunciar el desacuerdo entre lo que debería ser y lo que es, entre lo que Dios quiere y lo que los intereses de determinadas personas o grupos pretenden. Un cristiano deberá estar dispuesto a todo. Ya anunció Jesús a los suyos que los llevarían a los tribunales, que los perseguirían, que los matarían. Como a él. Y, sin embargo, vale la pena ser coherentes y dar testimonio del mensaje de Jesús en nuestro mundo, empezando por nuestra familia, grupo o comunidad (J. Aldazábal).

Así las cosas, el asunto no estuvo muy claro, Herodes lo siente; si pudiera, evitaría ese pecado; pero es débil. Pilato será también un hombre débil y sin estar tampoco de acuerdo dejará que condenen a Jesús. Todo ello símbolo de una pobre humanidad, mezcla de debilidad y de buenas intenciones. Ten piedad de nosotros, Señor. Ten piedad de las víctimas y de los verdugos. Ten piedad de los que se divierten desenfrenadamente. Ten piedad de los que hacen mofa de la persona humana, de la vida humana. -Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. Es pues en un contexto de ese género en el que Tú has vivido, Señor. Juan, era tu primo, tu precursor... Sí, el te precedía. Tu propia muerte está cerca (Noel Quesson).

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